Deseo de ser abubilla

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Tras salir del manicomio,

aunque me cueste leer y me asole la acedía,

he decidido construir un palacio de hadas

con pensamientos hermosos,

amueblar mi mente de brillantes fantasías,

de recuerdos satisfechos e historias nobles,

he decidido construir una casa de tesoros preciosos,

sin que me turbe la patológica y yihadista soledad;

una casa construida sin manos pero donde viva muy feliz mi alma,

una casa de puertas elíseas con alma de luz de cima.

He sufrido demasiado.

Ahora quiero vivir como un pájaro,

y, como un pájaro, alimentarme frugalmente de blanco sésamo,

adormidera y menta.

Sean estas las últimas palabras que escribo,

y llegue la paz a mi desnudo y cardiópata corazón.

Esbozo de poema moral (redactado en cinco minutos)

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Os veis privados de todo cuanto os haría felices.

Restaurantes, juergas, clubs nocturnos, negocios

y aventuras que definen el «lifestyle» de la gente à la page lerda.

Atiborrados de droga, en medio de la apnea de los Rolling Stones y la coca.

.La civilización «ritrosa», porfiada, hostil, os devora.

No sabéis vivir.

No sabéis reposar en la ausencia,

refrescar la vida con delicadezas y paz esencial.

Follaje de oscuras sombras llenan el parque donde respiráis.

Veniros al país de mi duro manicomio

que acabaré con vuestra blandura idiota.

Apocalipsis

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Nueva York, por supuesto, había desaparecido.

Al igual que Tokio, Ceilán, Buenos Aires o Madrid.

Inmensas tormentas polares desde el norte de Siberia al centro de África asolaban un mundo sin televisión, casi sin electricidad, sin Internet y con muy escasas comunicaciones.

Un réquiem tétrico de vientos y colosales montañas de arena

inundaba los pulmones y a unos bosques raquíticos casi de juguete.

Piedras negras sin nieve y helada nieve negra alquitranada.

Chacales, alimañas y lobos.

Extinción de aquella común realidad

de tardes en el cine con la novia,

y de luz que no llagara la piel.

Alargaba mis manos y no tocaba sus dulces piernas

sino calaveras y enjambres hambrientos de ratas.

Pero era feliz.

Feliz como un fraile mendicante bajo la noche supersónica de estrellas.

Feliz al unir mis oídos al aullar aterrador de los lobos.

Sabía al fin que la carne solo es muerte y el soñar solo es muerte.

Que el crepúsculo del mundo y una animal soledad eran mi poema incesante.

Conocimos al fin lo que siempre hemos sido: muerte y corrupción.

Ahora es el término; que los felices pantanos radiactivos nos desintegren por siempre.

Suplico el exilio a Francia

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«REGIS AD EXEMPLUM TOTUS COMPONITUR ORBIS», declaró Claudiano, es decir, todo el mundo se conforma con el ejemplo de los reyes, o sea , que los «súbditos» imitan a las élites. Hoy los reyes y cardenales imitan a los súbditos y frailes, a poder ser intentando convertirse en lo más bribones y deslustrados o analfabetos posibles. La ejemplaridad no se difumina por capilaridad de arriba a abajo; triunfó la rebelión de las masas, que lo quieren todo (ideas, políticos, libros, arte, etcétera) a su imagen y semejanza; de una zafiedad embarazosa, escandalosa y decadente.

El Papado es una monarquía peronista y populista chusca, la realeza una suerte de «reality» a lo «gipsy kings», con una reina nieta de taxista y muy probablemente mentalmente perturbada. Si me leen desde la embajada de Francia les suplico que me permitan exiliarme; no soporto, químicamente no soporto más la catetez hispánica.

Cara a cara

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A nada de esto,

los pensamientos de los filósofos,

los cuadros de la galería,

la altura de la belleza,

las quimeras de las sirenas,

el río tumultuoso,

soy ajeno.

Yo, Christian mi nombre, desprecio, sé y no sé,

río, lloro, tiranizo, me exalto y me quejo.

Soy filósofo, dios, héroe, demonio y el vasto universo entero

Rey del Infierno y Rey de los Cielos me oprimen las sombras

pero también oprimo a las sombras.

Quiero morir mirando a la Realidad cara a cara.

Oda a Marwan et alii

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Su poesía es un striptease de puta fea

como emperifollada con pelucas de peluquería rancia.

Pereza de ánimo, estreñimiento de ideas y diarrea de flatulencias cursis.

Miniatura de ingenio y elocución casposa

como corroboran sus conspicuos aforismos

o esos ripios que educan la «indemocracia».

Obscenos rescates de braguitas manchadas

y ternura de consejero áulico de pitufinas.

Deshonestos efectismos sin misterio.

Inconsolables soledades mullidas de zurullos plañideros.

Universos con acaboses de palabras tan, tan, pero que tan rosas.

Pero nos exhorta a levantar al cielo su corazón,

a abrillantar el monedero de su lucro,

a leerlo en las redes días tras días sea con lluvia, pandemia o cemento;

pero yo pienso que será más menester leer

uno a uno sus libros con pausa y ventosidad generosa,

ya en el váter, ya en el cadalso, y cada alba, a horcajadas, mearlos y defecarlos,

con furia y desdén, fusilarlo cual si no hubiera un mañana.

Cual si fuera dríade y ruiseñor de enormes memos y sufridoras tontainas.

Depresión

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La melancolía produce miedo, abatimiento y tristeza, desesperación y otras horribles pasiones. Altera la funciones corporales y las que dependen del cerebro. Se abate el rostro, se inclina pesada la frente, gotea la nariz, babeas de la boca, las mejillas se contraen y las palabras balbucientes se entrecortan. El estómago está repleto de crudezas y mucosidades, la sangre no purga los humores, deploras tus carencias y debilidad e imploras el retorno de la alegría.

La acedía ofrece a la mente objetos equivocados, la llena de histriones fantasmas punzantes, separa temporalmente el alma de los sueños vívidos sumiéndote en una mugre o meras nubes ácidas de cartón aplastado y húmedo. Se derraman lágrimas pues mucha es la tempestad que agita tu corazón. No puedes leer, ni retener, ni memorizar, tu cerebro es una lejía acre sin sonido ni resonancia alguna.

Eres un funeral que camina y una mente turbia y entumecida. Ridículo te limitas a yacer en la cama por horas. Lo fármacos borran casi todos tus recuerdos. Como quien sufre alergia al trigo, tú sufres alergia a la vida llena y feliz. El árbol se enrosca en ti impidiéndote respirar y ahogándote paulatinamente. Odias la noche pesada, interminable. Conchas de cauri lacerándote la piel y aversión honda al sol. Como un montón de leña seca y que chispazos de demonios malignos encienden.

Preferiría estar muerto siempre, que así vivo quince minutos.

Cultura y molicie

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Yo pertenezco a la burguesía propietaria culta. A diferencia de la aristocracia sus élites no se fundaban en el principio de la sangre, sino en el acomodo de un cierto principio de riqueza y en la laboriosidad educativa. Éramos los creadores de las élites y profesiones culturalmente creativas, y el nivel medio nunca se abajaba hasta una mediocridad embarazosa y vil (a la par que la mayoría uníamos -o deseábamos aunar- la cultura cristiana y la cultura europea) Fuimos la última estirpe de los patricios.

Los libros y el arte glosaban a otros libros y a otras obras de arte, en una nutricia y fertilísima -espléndida- conversación literaria y artística. Observo obstáculos en esta forma de formación de las élites desde el establecimiento mismo (digamos que principios de los años cincuenta) de una cultura igualitaria popular y anti-elitista; observo también que en estos tiempos populares e informales sectores cada vez más amplios de la población toman parte en las actividades culturales degradándolas.

Ahora vemos por doquier embaucos o timos de pillos pintores que no saben pintar ni componer, cantantes refractarios al arte del canto, periodistas amarillistas que no tienen ni pajolera idea de preguntar o de escuchar, escritores grafómanos obsesivos pero que no se les ocurre la idea elemental de abrir un libro para leerlo o estudiarlo, gentes insensibles a la conversación profunda, el análisis intelectual, o la emoción cultivada, pero que son o se creen artistas debido a la peste posmoderna -de origen romántico- que afirma que el arte solo consiste en «expresarse» (seas o no un analfabeto sideral y sea lo que sea que signifique el brumoso término «expresión»)

Pese a que yo me considero un mero amateur o «dilettante» (culturalmente mis lagunas son como cráteres lunares profundísimos), me preocupo en estrechar en la medida de mis fuerzas la familiaridad con la vastísima acumulación de saberes del pasado.Mis papás refinaron mis modales, mi clase burguesa me proveyó de urbanidad y civismo (aunque propendo a veces a ciertos excesos contraculturales, heterodoxos o lunáticos) La cultura, claro, es un perenne esfuerzo premeditado de perfección, la única forma de avance frente a las mazas, la caverna platónica y la barbarie. La vanidad o pedantería son peligros relativos, pero alguien ciertamente culto no incomoda nunca a su interlocutor tenga la clase social que tenga y sea todo un ignorante o un medio-letrado.Pero si antes las élites hacendadas eran la salvaguarda de la cultura, ahora la verdadera lacra es el «homo videns» o el «homo technologicus» tontísimo, pero que muy tontísimo, junto a la caterva ridícula e inane o bochornosa de pseudo-artistas.

Aturdidas criaturas sin dudas y con lenguaje sin reflexión o cohesión, que se mueven por el brillo pulimentado del mundo como semi-autómatas. La hondura eterna no ronda ni orbita por esas mentes pueriles. El credo de las preguntas obstinadas e insidiosas se borra o desaparece de su escenario mental. Los pensamientos y la sensibilidad yacen demasiado hondos, caídos en grutas sin casi aire.

En una obra de 1987 escribió Finkielkraut (cuya tesis era que cuando el odio a la cultura pasa a su vez a ser cultural, la vida guiada por el intelecto pierde toda relevancia, visibilidad o significación) Escribía -decía- el filósofo francés: «Siempre que lleve la firma de un gran diseñador, unos zapatos equivalen a Shakespeare, una historieta con una intriga palpitante equivale a una novela de Nabokov, lo que leen las lolitas equivale a Lolita, una frase publicitaria eficaz equivale a un poema de Apollinaire, un ritmo de rock a la melodía de Mozart, un bonito partido de fútbol al más selecto ballet, un gran modisto a Picasso, Manet o Miguel Ángel, un clip, cualquier vulgar single o un spot equivalen a Verdi o Wagner. El futbolista y el soberbio coreógrafo, el gran escritor y el publicista, el sublime músico y el rockero son creadores con idénticos derechos. Hay que terminar con el prejuicio que reserva la cualidad para unos pocos y que suma a los restantes en las subcultura»

Corre paralela a la voluntad de humillar a Shakespeare la de ennoblecer al zapatero. Corre paralela a la voluntad de humillar a Talleyrand y Richelieu la de ensalzar a Sánchez e Iglesias. Establecer jerarquías y distinguir «quantitas» ayunas de calidad de «qualitas» intocables y definitivas, no creer que TODAS las prácticas culturales son GRANDES creaciones de la humanidad, es -ya es- el pensamiento de un vesánico u orate perturbado. Bárbara Cartland vale lo que Flaubert, y, por ser más popular, merece estudiarse en las Universidades y orillar al obsesivo estilista francés tan aburrido.

El arte debe apartarse y huir urgentemente de Shakespeare y acercarse lo más posible a los parlamentos intelectuales de Messi o a las bufonadas de Tik Tok. Todo lo que sobrevive debe hacerlo en la forma más liviana y hedonista posible (Horacio acabará en forma de cómic y videojuego, no lo duden) El futuro es (el presente es) de Mickey Mouse y Shakira, de Los Pitufos y Sálvame, créanme.

Cuando Finkielkraut escribió su ensayo (un ajuste de cuentas al posmodernismo de moda) no existían Google, Pinterest, Tik Tok, Twitter, Pornhub, Smartphones, Wikipedia, Netflix, Reggaetón, Whatsapp, etcétera, casi él solo conocía la televisión, los coches, la nevera y la tostadora. Existe una incompatibilidad irreconciliable entre esos mecanismos tecnológicos y la verdadera creatividad cultural, agravándose la metástasis anti-intelectual señalada por el pensador francés hasta límites que rozan la auto-parodia.

El amor no pertenece ya a la retórica y la retórica pertenece sepultada en la urna de los muertos, la felicidad personal se descentra de los libros y se centra en «telefoninos» 5 G, la etiqueta y el autocontrol no regulan el trato sino la violencia soterrada y el botellón potatorio.

¿Se romperá el cable del ascensor y todos los pasajeros caeremos al abismo? Yo creo que YA casi bordeamos el abismo, sino vivimos en él de pleno. Creo con inusitada (¿irreal?) convicción que vivimos una civilización papuda, decadente y zancuda. Preferiría ser un aristócrata de la corte de Luis XIV que un adolescente bobo que idolatra a una estrella del pop mema o se pasa todo el santo día jugando con su consola o colgando fotos intrascendentes en Instagram.

Prefiero oír a Casanova conversando con Benedicto XIV o Clemente III, con la emperatriz María Teresa o con Luis XV, con Madame Pompadour, Voltaire, o con el Doctor Johnson, Winckelmann y Mozart, que arrellanarme acéfalo ante el televisor o la radio escuchando retransmisiones futboleras o noticias deportivas.

Leemos en Mateo 5, 48. «Estote ergo vos perfeci!» (Sed, pues, perfectos) Las élites burguesas hacendadas cultas creaban esa perfección. El proletariado artístico la destruye. Esa perfección armoniosa se ha diluido como un azucarillo con la cultura coetánea moderna. ¿Ha perdido la humanidad la capacidad de vivir con ideas abstractas o serias? Tocqueville ya habló profético de «la hipocresía de la molicie» Se está creando una Era Glacial Tecnológica que presumo durará varios siglos (si se me permite ser vanamente profético). Baudeliare todavía creía en el éxito y presentó por eso su candidatura a la Academia. Yo tan solo me conformo con inspeccionar apacibles nieblas y tímidos cirros. Yo solo me impongo a mí mismo el primitivismo de los bosques y la metalurgia del silencio.