Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
Estar leyendo, la mejor especie de felicidad. Mi rostro se ilumina o se ensombrece según avanzan las frases. La lectura, en ese instante, parece una corriente eléctrica silenciosa, unas agradables parestesias, que atraviesan y adormecen el cuerpo hacia partes de un significado mayor.
En mi manera de leer hay algo hipnótico, surreal. El libro me absorbe y cruzo fantasmagóricas identidades invisibles. No me muevo, pero viajo mucho. Paso las páginas con lentitud segura, las oraciones brillan en mis ojos. Soy un niño cómplice de Jim Hawkins, y parezco no respirar. Soy ahora Sandokán, en el último refugio selvático de las páginas impresas.
Leer es un gesto cortesano, grave, alabastrino, lleno de gracia antigua. Parece que cada palabra que leas esté tocada por un soplo de eternidad, y que, al acabar el libro, sonará el más bello rumor de seda en el silencio.
El arcoíris no es un lujo de la vista, sino un ejercicio para el alma. Después de la tormenta, cuando el bosque aún gotea y las colinas huelen a tierra mojada, surge ese puente irreal. Y uno comprende que la naturaleza tiene infinitos modos de recordar al hombre que lo bello no está reñido con lo efímero. No podemos tocarlo, ni guardarlo, ni alterar su estructura. Lo vemos y desaparece. Como los sueños, el arcoíris existe solo mientras lo miramos.
La niebla sube por las corredoiras, envuelve los sotos, borra los caminos y los tiempos. No se sabe si es mañana o tarde, invierno o verano. La niebla le da a Galicia un rostro antiguo, monacal, de misterio amable y profundo. Bajo ella, el paisaje piensa, murmura, recuerda.
La niebla baja de las fragas y nos llena de sueños. No hay nada tan vivo como la niebla: hace nacer castillos donde no hay más que peñascos, hace desaparecer aldeas enteras como quien apaga un candil. Toda Galicia parece un mundo encantado cuando la niebla recorre las corredoiras.
Espesa como un sudario, vuelve litúrgico el paisaje. Los montes se inclinan como penitentes, los caminos se esfuman, y el viajero cree caminar entre almas que regresan a la romería de los muertos.
Bajo ella, uno siente que incluso la muerte puede retrasarse un poco más.
Las estrellas no son adornos fríos suspendidos en la negrura; son puertas diminutas abiertas en la esfera de la noche, por las que la luz de otros mundos entra a raudales. Cuando fijamos en ellas la vista, sentimos que la mente se inclina y el corazón reverente se apiada, como un árbol que el viento dobla, hacia una región que no es de este mundo… y allí, por un instante, somos más de lo que somos. Ya dejó dicho Emerson que las estrellas producen un efecto particular, porque brillan siempre desde un lugar inaccesible. Y Pascal señaló la angustia universal al observar el cielo estrellado: ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y voluntad de quién ha sido destinado este lugar y este tiempo para mí?
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«Cuando el hombre levanta los ojos a la noche, y ve sobre sí la multitud de estrellas, el orden que guardan y el concierto admirable con que se mueven, siente como si algo en su interior despertase del sueño de la tierra. Aquel cielo poblado de luces es una lección muda y perpetua que enseña al corazón humano a buscar lo alto, lo eterno, lo que no pasa», Fray Luis de León, «Los nombres de Cristo».
«El cielo nocturno parecía descender sobre la sierra como un manto bordado de signos. Las estrellas no iluminaban: insinuaban. Y en esa insinuación cabía todo un universo de plegarias mudas», Gabriel Miró.
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No hay visiones más solemnes que los campos estrellados del cielo. Cielo de mi infancia. Porque el cielo nocturno de aquella rica infancia está bordado con una precisión que ninguna memoria puede borrar. Las estrellas eran insectos inmóviles, atrapados en la resina del tiempo. A veces, cuando la noche es propicia, vuelvo a ver aquel firmamento de Sitges, y siento que toda mi vida está suspendida entre dos constelaciones. En su silencioso orden encuentro una libertad profunda, una serenidad que me libra del peso de mis propios pensamientos. Allí donde la razón se agota, comienza la música de las esferas.
Quien no ha sentido vértigo ante el cielo estrellado es incapaz de comprender su propia pequeñez. En esas noches, yo veo a los hombres como sombras que pasan, pero veo también su grandeza: que todavía siendo tan pequeños, son capaces de mirar la inmensidad. Lucrecio, «De rerum natura»: «Mira cómo la noche extiende su manto y cómo innumerables fuegos puntean la inmensa bóveda. Allí no hay cólera divina ni presagios fatales: sólo la serena marcha de los átomos en el vacío. Quien comprende esto, vive sin temor, sabiendo que las estrellas no nos juzgan; sólo brillan».
Cuando las miro siento que la mente se vuelve transparente, como si estuviera hecha de la misma sustancia que ellas. Las estrellas dejan caer pensamientos fríos, perfectos, que nos recuerdan que el universo no se agota en nuestro lenguaje. Joseph Conrad: «En el mar, una noche estrellada es una revelación. No hay tierra, no hay refugio, solo un cielo inmenso que cae sobre ti, recordándote que tu destino es tan frágil como un hilo en la tormenta».
Solo cuando perdemos a un ser querido comprendemos que la muerte estuvo allí desde siempre, merodeando en torno a nosotros como una peonza, aguardando el momento oportuno para irrumpir en nuestro perimundo. Entonces, lo que parecía inmutable se desvanece, las certezas se acaban, la música sangra, y la vida ya no es la misma: la muerte ha dejado caer una gota de su esencia pestilente en nuestro corazón sin posibilidad de enmienda.
Se acerca mi muerte (lo percibo con infalible intuición), y, sin embargo, lo que más atormenta no es el trivial hecho de dejar de existir, sino la sospecha, creciente, abrasadora, punzante, de haber vivido una vida errónea. Esa duda me invade tan fuerte que anula el terror a la muerte. Morir no es estrictamente lo terrible: lo terrible es comprender que fabriqué mi existencia en falso, que las ambiciones, las cortesías, las poses, el teatro social, el aislamiento de enfermo, no son nada frente a la evidencia feroz de la muerte.
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«Voy tomando conciencia, con una lucidez que a veces roza la serenidad, de que la muerte no es algo que me ocurrirá en un futuro remoto, sino una tarea en la que estoy ya ocupado. Cada día entrego un fragmento de mí a la nada, cada noche algo se desprende silenciosamente. Morir consiste en ver cómo lo que parecía firme se diluye en ese vasto movimiento de retorno. No me asusta: me he ido preparando sin saberlo. Solo temo una cosa: no haber sido digno de mi propia muerte», Margueritte Yourcenar, «Memorias de Adriano».
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CODA
No se andaba con nimiedades. Amaba a la vida, a su familia, a la música, los arabescos de las metáforas, y el fondo impenetrable del día donde los ojos rehúyen la obscuridad. Palpitaba con el dorado crepuscular de una muchacha. Y, al atardecer, todavía le gustaba bañarse en el mar. Todo acaba. Ejecutó de modo vacilante la escritura. Pero la Nada lo lleva a la Muerte. Serenas ruinas, cerezas en los árboles: vino de lo eterno y mira ya lo eterno.
Acaso me llamen presuntuoso irreal y arrogante jactancioso, pero, gracias a mis libros, ya puedo sumarme a los versos proféticos de Horacio («Odas», III, 30):
«He levantado un monumento más durable que el bronce, más alto que la regia mole de las pirámides. Ni la lluvia destructor ni el aquilón rabioso podrán destruirlo, ni el curso infinito de los años ni la huida de las edades. No moriré del todo».
Ni la ira de Júpiter, ni el fuego, ni la dentellada voraz del tiempo, borrará mi nombre: viviré en la boca de los hombres. Si hoy no me entienden, mañana lo harán; pues nunca faltará siglo que reconozca lo que otro despreció. El gusto mudable del tiempo puede desdeñarme ahora, pero no podrá impedir que la fama me reclame cuando convenga. Presiento en mí una posteridad soberbia (si me equivoco será un error feliz)
Cuando yo sea sombra, hombres del futuro me harán justicia. Bien sé que mis libros no han tenido el favor de los lectores de hoy, pero están escritos con verdad y genio, y el genio llega siempre donde quiere. No me sostiene la soberbia, sino la certeza de mi energía.
«Cuando concluyo un libro, mi alma queda como una casa después de un incendio: ennegrecida, desierta, con olor a ceniza. He vivido tanto dentro de mis páginas que, al cerrarlas, pierdo mi morada. No siento alegría, ni alivio, sino un vacío parecido a la muerte ¿Qué hacer con los días que no se llenan ya de mis personajes? ¿Dónde poner la atención, la cólera, la ternura que los alimentaba? Uno acaba y se convierte en un fantasma de sí mismo», Flaubert, carta a George Sand.
«Cuando termino un libro quedo a la intemperie. Es como si me hubiera desnudado y ahora no supiera vestirme de nuevo. No siento orgullo, ni felicidad, ni alivio: siento un hueco inmenso en el pecho, una soledad infantil. Me asusta la vida sin la compañía del libro que ya no escribo», Clarice Lispector. Entrevista.
«Acabar un libro significa desmantelar el andamiaje mental que lo sostenía. Durante meses uno ha vivido inmerso en una lógica, en un clima, en un sistema cerrado. Al poner el punto final, ese edificio se derrumba y el escritor queda rodeado de escombros. Es un vacío difícil de explicar: una mezcla de alivio y de pérdida», Juan Benet, “Otoño en Madrid hacia 1950”.
«Cuando acabo un libro, lo dejo sobre la mesa como quien deja un objeto que ya no le pertenece. Durante días siento una gran vaciedad, una especie de suspensión. He estado tan entretenido con la disciplina diaria de escribir que, al terminar, el tiempo se me vuelve demasiado largo. No sé qué hacer con las horas ni con la memoria», Josep Pla, «El cuaderno gris».
Se me ocurren decenas de ideas; mi mente fluye como un torrente encabritado. Siento como si una mano divina me guiase. No hay recompensa económica o de lectores a lo que escribo, solo la certidumbre (y el placer) de la expresión encapsulada, pescada con esfuerzo, y la fatiga de haber luchado titánicamente contra la natural estupidez del lenguaje y de su sombra, nuestro inútil cerebro. Yo creo en la frase bien elaborada, cincelada en detalles exactos. El escritor no es un profeta, sino un artesano que intenta darle a las cosas un poco más de sentido. Y debe trabajar cada día, incluso sin ganas.
Puedo permitirme el lujo de escribir diez o doce horas al día, cada día, porque no trabajo. Durante más de veinte años trabajé como funcionario discreto de un gobierno extranjero; clasificaba papeles, redactaba informes, analizaba información; y de noche, cuando el cuerpo estaba exhausto, intentaba componer versos y leer por mi cuenta. A veces temí que la oficina me hubiera devorado la vida interior. La tarea administrativa, con sus rituales mecánicos, puede matar el espíritu si uno no está vigilante.
¿Trabajos? En una biblioteca hubiera sido feliz. Es un oficio apacible, silencioso, que permite habitar entre los libros como quien vive entre jardines babilónicos. O corrector de imprenta o traductor o profesor, oficios que tampoco me hubieran disgustado. O científico, sí, sobre todo eso, científico, para aprender exactitud, rigor, paciencia. La ciencia te entrena para desconfiar de las palabras vagas, ambiguas y confusas y, encima, limpia la prosa.
Me asombra Bolaño: «Nunca tuve un trabajo de verdad. Fui camarero, vigilante nocturno, basurero, pero nada duraba. Escribir era lo único que permanecía. Creo que el escritor, para ser libre, debe conocer la intemperie del mundo laboral». El dinero es importantísimo; un amo terrible, pero un excelente sirviente. El dinero, por sí mismo, es completamente insignificante. Solo adquiere significado cuando circula, cuando se transforma en acción, en pensamiento, en cosas. Pero la mayoría de los hombres no lo usa; lo acumula como si temiera que el mundo se terminara mañana. El dinero, sorprendentemente, puede ser una forma de total libertad espiritual, aunque, claro, no deba convertirse en nuestro único dios.
Como decía Pla, el dinero no da la felicidad, pero tampoco estorba nada para encontrarla.
Poesía, mujer reclinada en el fondo de la calesa, muy hermosa, riendo y abanicándose, mujer joven y casquivana, ataviada manolescamente con peinetas de teja y pañolones de crespón. Modelo aturdiendo con sus frescos pechos y sus vestidos de alta costura de Chanel. Yo siempre busqué tus labios de cálido enjambre de abejorros.
Fui poeta. Ahora no. Ahora soy un ex-convicto de la poesía. Esa poesía, de la que logré aproximaciones infinitesimales, que engrandece la mente al despertarse en ella una sucesión de imágenes y pensamientos que nos hacen sentir la unidad del mundo. Esa poesía que transmuta todo lo que toca.
¡La mano tendida! ¡El nombre exacto de las cosas! ¡El desbordamiento de sentimientos poderosos recordados con tranquilidad! ¡La revolución que legisla el mundo! Poesía: una belleza casi insoportable, una plenitud tan natural y tan rica que el mundo alrededor parece desvanecerse. Cuando se inclina, el aire a su alrededor cambia de textura, como si el espacio mismo la deseara. Sus movimientos son de una precisión sensual que no buscan seducir, pero que inevitablemente seducen. No hay en ella caricatura del erotismo, sino su forma más alta y luminosa:
la de una gracia que no sabe que es gracia. Eso es poesía, así es el poema.
¿Poesía? Encantamiento, emoción, organización exacta de la emoción. Nombrar y despojar. Lugar que solo un necio se atrevería a fotografiar. Lapislázuli. Hidrología. Organismo vivo en el que el instante resplandece. Tensión musical, forma bioluminiscente. Transustanciación de la materia.
Una gata joven, principesca e intimidante, de majestad tropical, luz propia, de fiebre y felino arrebato veraniego. Cara a la vez inocente y desafiante, voluptuoso imán, de independiente ronronear, y aristocrática, águila de las nieves, y leopardo y luna.
Una gata demasiado hermosa para la vida cotidiana.
Cuando leo, me retiro y abstengo del mundo (alcoba colorista y gabinete latebroso) Las voces humanas se apagan como si quedaran al otro lado de una puerta pesada. La luz misma parece cambiar; el libro establece su propio clima. No es solo el pensamiento lo que avanza; el cuerpo se acomoda, la respiración se vuelve más lenta, incluso las pasiones se ordenan de otro modo. Leer es entrar en una cámara donde cada palabra es una llave y cada frase una forma de volver a nacer por un instante (luz de laúd y arpa, luz del brillo del roce de las ropas de los cuerpos)
Un acto casi litúrgico. No es un ejercicio de consumo, sino un encuentro que demanda cortesía, atención, tiempo, disposición y a veces temblor (homalógrafo). Al leer, permitimos que un muerto o un no presente hable en nuestra intimidad más secreta, a nuestro yo más secreto, a nuestra intimidad más recóndita, y no hay experiencia cultural más sorprendente que ésta: las palabras de alguien que no está aquí modificando y ensanchando la textura de nuestra alma (dinamómetro, espectómetro, afectación de gravedad y pompa)
No leo para saber lo que otros han pensado, sino para despertar en mí pensamientos que dormían, para oír mi propia voz resonando contra las palabras ajenas. Cuando un libro me toma, siento que el mundo se estrecha y que la luz del día se convierte en un punto remoto: todo pasa entonces dentro de mí, como si el libro me habitara. No hay acto más solitario ni más acompañado que la lectura (choza cilondrocónica hecha de nieve)
Leer es permitir -hermoso y sólido cutis- que, en soledad, se organice la capacidad de dirimir, sopesar, evaluar, y sentir, y que uno logre ese milagro liberado de cadenas, con plena soberanía y libertad. Entoces todo se ordena y aquello que antes era confusión se revela con una claridad que casi asusta. Entonces, más que comprender, uno siente que es comprendido por algo mayor que él.
Leer a fondo, como ejercicio orante, cegado por la combustión de las palabras, tal si una mano invisible descorriera un velo, hasta sentir que cada cosa está en su sitio desde siempre, y que no puede ser de otro manera.
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La casa en silencio y el mundo en calma. El lector se hizo libro y el verano, noche.
Era como el ser consciente del libro. La casa en silencio y el mundo en calma.
Palabras leídas como sin libro: sólo el lector inclinado sobre la página.
Que quiere apoyarse y más aún ser el estudioso para quien su libro es verdadero
y una noche de verano es perfección del pensamiento. La casa en silencio como tenía que estar.
Quietud que es significado, parte de la mente: acceso de la perfección a una página.
Y el mundo estaba en calma. La verdad en un mundo en calma, donde no existe otro significado, él mismo
es calma, él mismo es verano y noche, él mismo es el lector inclinándose hasta tarde y leyendo allí.