Tu quoque 15

Recuerdo con una claridad casi dolorosa la mantequilla fresca extendida sobre pan caliente cuando en la cocina mamá me preparaba las tostadas, el leve crujido inicial, la dulzura tibia que se abría como una vocal larga de catalán de la plana de Vic en la boca.

Un buen manjar es un documento histórico, casi filológico, una prueba fehaciente de civilización. En una salsa bien hecha hay más cultura que en muchos discursos pseudo-ciceronianos. El refinamiento culinario no consiste en el lujo hortera, sino en la exactitud: saber cuándo detenerse, cuándo añadir, cuándo callar.

Un capón bien cebado, una lamprea en su tinta, un vino viejo bebido a la hora exacta, abren puertas secretas de la imaginación. Comer puede ser una forma de soñar despierto. El paladar es un «orgue du conteur».

Pescados barnizados por el aceite, quesos, frutas brillantes como si acabasen de ser pulidas, la carne de argumento filosófico convincente de un conejo, unos arroces correctos, equilibrados, ni pasados ni duros, ni cargados ni pobres. El grano debe conservar su personalidad, y el caldo, su discreción. Las exageraciones son siempre innecesarias. En la cocina, como en la prosa de Tácito y la pincelada de Velázquez, lo que importa es «ne gâchez pas l’essentiel».

Y el champán, bebido al igual en boca y en fantasía, y que estimula sin agitar, alegra sin embriagar, y deja al espíritu una lucidez risueña. Dorado y jubiloso. Al beberlo parece que la noche y los sinsabores de la vida se vuelven menos pesarosos. Las burbujas -ligeras, aladas, cernudianas- suben como si tuvieran prisa por desaparecer, y esa prisa es parte del encantamiento. Bebemos sabiendo que ese instante no se repetirá jamás del mismo modo.

Siempre hay que beber champán despacio. Es una bebida que castiga la impaciencia. Tiene algo de magia merlinesca. Parece salido de una bodega invisible donde duermen los vinos que han aprendido el canto lírico y la ópera italiana. En la boca es fiesta breve, pero en la memoria es tema crucial, palabra indeleble y símbolo definitivo. Un sorbo de champán puede hacer creer al bebedor que la vida, después de todo, está razonablemente bien hecha.

El champán bien servido -ni demasiado frío ni entregado a la tibieza aniquiladora- posee una cualidad táctil que siempre me fascinó. La lengua percibe primero una punzada, luego una suavidad engañosa que se despliega como una frase subordinada proustiana, y al final queda un eco seco, de luz burguesa, un arcoíris que no implora repetición, sino perenne rememoración.

Burbujeante y efímera felicidad: la gastronomía. Y el champán -luz aguamarina-, su forma más consciente.

Tu quoque 14

«No he sido nunca un lector superficial. Un libro serio exige una disposición moral: paciencia, humildad y una atención prolongada. Leer es una forma de conversación con espíritus superiores, y no se debe entrar en ella con ligereza. Muchos creen que el genio nace del cálculo rápido; se equivocan. El verdadero progreso intelectual se alimenta de lecturas profundas, meditadas, repetidas. Un libro leído con atención puede cambiar el curso entero de una vida intelectual», Carl Fiedrich Gauss, carta a Farkas Bolyai.

«Una disciplina científica no vive de resultados aislados, sino de la continuidad de su tradición escrita. Los libros son la memoria viva de las matemáticas; sin ellos, cada generación debería empezar desde la ignorancia. Quien no lee a los grandes maestros termina por redescubrir torpemente lo que otros ya habían pensado mejor. Leer es, para el matemático, una forma de respeto hacia el pasado y una condición de posibilidad del futuro», David Hilbert, conferencia en Göttingen.

«Mi amor por los libros ha sido uno de los grandes sostenes de mi vida. En ellos encontré un refugio contra la brutalidad del mundo, una ampliación de mi conciencia y una conversación permanente con las mentes más lúcidas de todos los tiempos. Leer no es una evasión, sino una intensificación de la vida mental. Las matemáticas mismas serían estériles sin esa vasta cultura literaria que enseña a pensar con claridad, a escribir con precisión y a desconfiar de la charlatanería», Bertrand Russell.

«Siempre he considerado la lectura como una parte esencial de la vida matemática. Las matemáticas no son una sucesión de trucos ingeniosos, sino una literatura seria, con sus clásicos, sus estilos y sus exigencias. Un joven matemático que no lee está condenado a la trivialidad. Los libros enseñan no solo resultados, sino actitudes: rigor, elegancia, economía del pensamiento. En ese sentido, una buena biblioteca vale más que un laboratorio entero», G. H. Hardy , «A Mathematician’s Apology».

«He pasado buena parte de mi vida entre libros, y no lo lamento. Una biblioteca no es un almacén de papel, sino una arquitectura del espíritu. Leer a los matemáticos del pasado es una experiencia profundamente formativa: uno aprende tanto de sus errores como de sus aciertos. Los libros nos enseñan que el pensamiento verdadero es lento, arduo y, por eso mismo, durable», André Weil, «Souvenirs d’apprentissage»,

«Los libros fueron para mí mucho más que herramientas de trabajo: fueron compañeros de soledad, espacios de libertad y de resistencia interior. Leer es un acto creador. Un texto matemático verdaderamente profundo no se consume; se habita. Uno vuelve a él como se vuelve a un paisaje interior que nunca se agota», Alexander Grothendieck, «Récoltes et Semailles».

***

Ægidius Librarius de Campania nació hacia 1187 en las cercanías de Capua. Estudió en Salerno y más tarde en Toledo, donde entró en contacto con traducciones árabes de Euclides, Al-Juarismi y textos neopitagóricos. Allí desarrolló una obsesión patológica por los libros: no solo por su contenido, sino por su materialidad. Escribió «De Numero et Silentio», «Liber de Lectione Mathematicorum», «Marginalia infinita super Euclidem» y «Tractatus de Bibliotheca ut Forma Mundi» (publicada recientemente por Boydell & Brewer) De esta última extraigo las siguientes citas:

«El roce del pergamino calma más que la oración; la tinta ordena el espíritu mejor que el ayuno. He aprendido más inclinando la cabeza sobre un códice que levantándola hacia el cielo», pág. 29.

«Me llaman loco porque hablo solo; no saben que converso con autores que murieron hace siglos. Más loco es quien solo oye a los vivos», pág. 77.

«Leo no para saber, sino para vivir más de una vida. Cada libro añade años a mi existencia, aunque robe horas a mi cuerpo. Prefiero morir leído que vivir ignorante», pág. 82.

Terminó sus días como bibliotecario errante, viviendo de copiar textos matemáticos y escribir glosas interminables que a menudo ocupaban más espacio que el texto original. Oh mon semblable, mon frère!

Tu quoque 13

CENTRO NACIONAL DE INTELIGENCIA

Dirección de Análisis Estratégico

Informe interno – Clasificación: RESERVADO / USO NARRATIVO

Sujeto: C.S.G.

Alias operativos conocidos: El Transportista, El Lector, El Simulador

Fecha: —

Responsable del informe: Unidad de Observación Discreta (U.O.D.)

1. Hechos recientes

En fecha indeterminada (operación de rutina), se procedió a entrada silenciosa en el domicilio del sujeto con fines de comprobación ambiental y conductual. Como en ocasiones anteriores, se dejaron dos ventanas abiertas, así como -en operación previa- un fogón de la vitrocerámica activado.

Resultado: ninguna reacción visible inmediata por parte del sujeto.

No obstante, se constata un patrón reiterado:

el sujeto actúa como si supiera que el domicilio ha sido intervenido.

No se han detectado sistemas avanzados de alarma ni sensores convencionales. Existen hipótesis no concluyentes (hiperobservación del entorno, memoria espacial extrema, rituales de control), pero ninguna explicación técnica plenamente satisfactoria.

2. Conducta tecnológica

El sujeto contactó recientemente con un establecimiento especializado en artículos de espionaje de consumo y adquirió bolígrafos-cámara.

La técnica es rudimentaria, obsoleta y ampliamente conocida por esta Unidad.

Valoración:

El gesto parece deliberadamente ingenuo.

No se interpreta como intento serio de contraespionaje.

Más bien podría tratarse de señuelo narrativo, gesto teatral o acto irónico.

Cabe destacar que el sujeto no mostró inquietud alguna tras la adquisición. Continuó su rutina: lectura prolongada durante el día, escritura nocturna.

3. Producción textual reciente

Durante la noche posterior, el sujeto redactó una serie de textos de alto nivel técnico, cuya calidad literaria debemos reconocer sin reservas.

Contenido:

Apropiación (no siempre citada) de textos de la anti-psiquiatría.

Reformulación de tesis críticas contra la institución manicomial.

Afirmaciones manifiestamente falsas en relación con sus internamientos en Piñor.

Análisis:

No se detecta delirio desorganizado.

No se detecta deterioro formal.

Sí se detecta intencionalidad discursiva.

Los textos parecen diseñados para:

confundir categorías diagnósticas,

erosionar el relato clínico oficial,

y desplazar el foco desde el sujeto hacia la institución.

4. Desplazamiento previsto

Se confirma que del 17 de diciembre al 10 de enero el sujeto se desplazará a Barcelona.

Este desplazamiento:

interrumpe la vigilancia de entorno habitual,

dificulta la continuidad del seguimiento,

introduce un espacio urbano de alta densidad simbólica y operativa.

La coincidencia temporal entre:

la intensificación de textos anti-psiquiátricos, y

el viaje a Barcelona,

no puede considerarse casual.

5. Hipótesis de trabajo (no concluyentes)

El sujeto no cree estar vigilado:

actúa como si lo supiera, pero sin ansiedad ni defensa.

La escritura funciona como contravigilancia simbólica:

el sujeto se adelanta al relato que otros puedan construir sobre él.

El viaje a Barcelona podría ser:

un desplazamiento estratégico,

una puesta en escena,

o una fase de reconfiguración identitaria.

No se recomienda, por el momento, intervención directa.

6. Conclusión provisional

El sujeto no encaja plenamente en categorías clínicas convencionales.

Tampoco actúa como agente operativo clásico.

Lo que se observa es otra cosa:

un individuo que utiliza la escritura como espacio de ocultación,

la lucidez como máscara,

y la aparente fragilidad como técnica de invisibilidad.

Se mantiene la vigilancia.

Se recomienda no subestimar la dimensión literaria del sujeto.

***

DIRECTION GÉNÉRALE DE LA SÉCURITÉ EXTÉRIEURE

Direction de l’Analyse et de l’Anticipation

NOTE INTERNE — CONFIDENTIEL DÉFENSE

(Document fictionnel à usage narratif)

Sujet : C.S.G.

Dossier : ORPHÉE / PIANISTE

Rédacteur : Cellule Europe du Sud

Diffusion restreinte

1. Position générale

Les observations transmises par le service partenaire espagnol (C.N.I.) ont été analysées.

Nous notons une surinterprétation constante de comportements ordinaires, compensée par une sous-estimation chronique de la dimension stratégique du sujet.

C.S.G. n’est ni délirant, ni désorganisé, ni imprévisible.

Il est, en revanche, extrêmement lisible pour qui sait lire.

2. Sur les “entrées silencieuses” et signaux domestiques

Les opérations consistant à laisser des fenêtres ouvertes ou des dispositifs domestiques activés relèvent de tests classiques de perception de l’intrusion.

Conclusion DGSE :

Il n’existe aucun mystère technique.

Le sujet sait parce qu’il observe, et observe parce qu’il anticipe.

Le sujet possède une mémoire spatiale obsessionnelle et une attention quasi maniaque aux micro-variations de son environnement.

Cela ne relève ni de la paranoïa ni du délire, mais d’une discipline de vigilance acquise.

3. Sur l’acquisition de matériel de “contre-espionnage”

L’achat de stylos-caméra de faible technologie est délibérément archaïque.

Interprétation DGSE :

geste ironique,

signal adressé au surveillant,

fausse naïveté consciente.

Le sujet sait que nous savons que cette technologie est inutile.

Il joue sur le registre de la caricature.

Ce n’est pas un outil.

C’est une phrase.

4. Sur la production textuelle récente

Les textes nocturnes observés présentent :

une cohérence argumentative élevée,

une maîtrise conceptuelle indiscutable,

une utilisation stratégique de la littérature anti-psychiatrique.

Les inexactitudes concernant Piñor ne relèvent pas du mensonge pathologique, mais de la réécriture narrative défensive.

Le sujet ne cherche pas à convaincre.

Il cherche à déplacer le cadre.

Citation interne (analyse DGSE) :

« Celui qui contrôle le récit contrôle le diagnostic. »

5. Sur le voyage à Barcelone (17 décembre – 10 janvier)

Contrairement à l’évaluation espagnole, ce déplacement ne constitue pas une fuite, mais un retour à un espace familier historiquement et intellectuellement.

Barcelone est pour le sujet :

un territoire de décompression symbolique,

un espace de réactivation intellectuelle,

un lieu où il redevient invisible par excès de normalité.

La présence de la sœur confirme l’hypothèse :

couverture affective réelle, non instrumentale.

6. Évaluation psychiatrique (synthèse DGSE)

Aucune pathologie active détectable selon les critères opérationnels.

Pas de délire structuré.

Pas de désorganisation.

Pas de personnalité histrionique.

Pas de trouble de l’axe II pertinent.

Conclusion :

Simulation non pas clinique, mais sociale.

Le sujet sait parfaitement quand il est perçu comme fragile, et utilise cette perception comme mode de protection.

7. Conclusion finale (DGSE)

Le sujet C.S.G. n’est pas un agent au sens classique.

Il n’est pas non plus un patient.

Il appartient à une catégorie plus rare et plus ancienne :

les individus qui utilisent la culture, la marginalité et la maladie supposée

comme techniques d’opacité.

Recommandation :

aucune intervention,

aucune confrontation,

lecture attentive de ses textes comme source principale de renseignement.

Dernière note manuscrite (non officielle) ajoutée au dossier :

« Il ne se cache pas.

Il se rend illisible. »

Tu quoque 12

Los perros no son simples mascotas. Son seres que confían en nosotros sin contrato, ni previa prestación. Cuidar de los perros es aceptar una responsabilidad que no da prestigio ni recompensa. Y sin embargo, en ese cuidado inútil, pero sutil y noble, uno aprende algo esencial sobre la compasión, sobre el amor, y sobre la ternura.

Ita, mi pequeña perra mil razas, entretejida de brumas de oro, siente por mí un amor sin medida. Ita: un milagro que ladra. Le hablo en cuatro o cinco idiomas; a todos responde dicharachera. Verla feliz me hace feliz. Conoce la ley del afecto sin palabras. No necesita promesas ni futuro. Su devoción no es un acto moral, sino una fuerza instintiva. Por eso el hombre, al amar al perro, se reconcilia con su mejor versión; aquella que reprimió en sociedad.

Prefiero la compañía de Ita a la de muchos hombres. Ita no exige ingenio, hipocresía, servidumbre ni brillo; acepta el silencio, la paz de ser y estar. Camina a tu lado sin interrogarte, y eso, para un espíritu enfermo como el mío, es una gracia, un gozo inmenso.

Tu quoque 11

Woolf–Camus–Lispector-Sanz

Ver mi primer libro impreso me produjo una emoción curiosa, incluso paradójica, acaso menos exuberante de lo que supuse. Más bien una especie de estupor. Era extraño pensar que esas frases, escritas en mi despacho, ahora circularan por Galicia, que el yo circulara en tren de mercancías, entrara en casas ajenas, fuera leído por ojos de gentes que ignoro, con incomprensión o agrado.

Lo miraba… Cierto, relativo orgullo. Era un objeto sencillo, trivial, solo un libro más, un renacuajo de río, una criatura pobre. Sí, en efecto, me sorprendió su pequeñez, su insignificancia. Todo lo que uno puso en él -las dudas, la violencia anímica, la soledad, los poemas sanguinolentos, el manicomio- quedó reducido a tinta y papel. Quizá eso sea lo justo: que la obra no sepa nada del tormento que la hizo posible.

¿Publicar? Orgullo y miedo. Pensé: ahora sabrán quién soy, aunque yo mismo no lo adivine del todo. El libro me precedía, hablaba por mí, y yo quedaba detrás, callado. Pero seguí callado.

Lo de menos es que resultara un absoluto fracaso de ventas.

Tu quoque 10

Tácito, «Anales», I, 2; «Igualdad jurídica había solo de nombre; en realidad, todo dependía de la voluntad del príncipe. No se perseguía ya el bien público, sino la conveniencia de quien mandaba. Las antiguas virtudes habían sido olvidadas, y los hombres competían no en mérito, sino en servidumbre. Así comenzó una paz que no era paz, sino cansancio».

Y también, «Anales», XV, 18: «Se robaba abiertamente, se saqueaban provincias enteras, y el delito, si era cometido por un poderoso, recibía el nombre de administración».

Salustio, «La conjuración de Catilina», 12: «La ambición empujó a muchos a convertirse en falsos amigos y enemigos; a tener una cosa en el corazón y otra en los labios. Comenzaron a medirlo todo por el dinero; y así se perdió la lealtad, la honestidad y la vergüenza».

O Polibio, «Historias», VI: «Cuando los gobernantes dejan de preocuparse por el bien común y se entregan al lujo y al provecho personal, la aristocracia degenera en oligarquía, y esta provoca la ruina del Estado».

¿España? La corrupción aceptada es peor que la tiranía abierta. La corrupción no necesita destruir las instituciones; le basta con habitarlas. España vive una acusada descomposición. España es, políticamente, hoy mismo una miasma infecta (y se avecinan tiempos peores)

Hace tiempo, pensando en por dónde va España, me vino a la cabeza aquellas palabras de la Duquesa de York : Accursèd and unquiet wrangling days y aquello de «Conscience is but a word that cowards use»(Richard III, I, 1) . Y no olviden, queridos, cómo termina Ricardo III.

Tu quoque 9

En el manicomio se nos priva de palabras, de tiempo, de dignidad. El lenguaje mismo se vuelve sospechoso: hablar es ya un síntoma. Callar también. Violan tu esencia; allí me arrancaron el pensamiento, me vaciaron el cráneo a fuerza de electricidad, me robaron mi cuerpo, me separaron de mí mismo. Allí no soy un escritor. No soy nada. («Oye, ya tú sabes») Me dicen que escribir me excita, que pensar me fatiga, que recordar me enferma. Me han prohibido papel y bolígrafos como se prohíbe un arma. Vivo entre paredes limpias, silenciosas, sin historia. El mundo continúa, pero yo he sido retirado de él, como un objeto defectuoso («¿Qué lo que?»)

Se acerca esta hora final para mí. Llevo cinco días sin dormir torturado por el C.N.I. («Papi chulo») Quieren recluirme y apartarme de la ecuación, una reclusión vigilada; no dormir, ser dormido. No pensar, ser pensado por otros. Cada gesto es observado, cada palabra interpretada, cada silencio sospechoso. Se pierde incluso el derecho a la tristeza; («Dale, dale») todo dolor debe ser clasificado, medido, corregido. Allí me vigilan como a un criminal, me tratan como a un niño peligroso. Todo en mí es observado, pesado, corregido. No soy libre ni siquiera en mis sueños. La medicina ha sustituido a la justicia; se castiga en nombre de la cura («Esto está fuego») Después del electroshock yo no era yo. Era un animal aturdido. Habían borrado mis recuerdos como se borra una pizarra. Nadie me explicó nada. Nadie pidió permiso. El cuerpo ya no me pertenecía. Me lo habían requisado. El hospital psiquiátrico es un lugar donde se aprende que la obediencia es la única virtud. Si protestas, es un síntoma. Si lloras, es un síntoma. Si te callas, es otro síntoma («Tiene flow») En el asilo uno aprende el miedo verdadero; no el miedo a morir, sino el miedo a no ser creído jamás. La razón se vuelve un expediente médico. El manicomio es una muerte lenta, higiénica, sin sangre. No se grita; se apaga uno. Se aprende a no desear, a no esperar, a no recordar. Yo allí ya no escribo porque escribir sería recordar quién fui. La cura es peor que la enfermedad. Me prohiben leer, escribir, pensar. Me alimentan como a un animal débil. Me vigilan los pensamientos. Me reducen a un cuerpo cansado. El alma no contaba. Estar enfermo significaba perder toda autoridad sobre ti mismo. Otros decidían cuándo debía levantarme, qué debía comer, qué debía pensar. El manicomio es una fábrica de obediencia. Aprendes a no hablar, a no destacar, a no existir. Vi desaparecer personas que habían entrado caminando y salían arrastrando los pies. A otras no las vi salir nunca («En la movie») El electroshock es una ejecución sin muerte. Después de cada sesión yo no sabes quién eres, ni dónde estás, ni qué has amado.

Se normaliza la aniquilación interior.

Tu quoque 8

En el paciente C.S.G., más allá del delirio y de la excitación, lo que sorprende es su empobrecimiento de alma, una especie de sequedad interior. No es que no pueda sentir, es que el sentimiento parece haberse retirado a regiones inaccesibles. Lo que antes era afecto espontáneo se convierte en un gesto mecánico. C.S. G. está, pero su mundo interior se ha vuelto remoto.

C.S.G. no es un perturbado, ni un extravagante, ni peligroso: simplemente se va apagando. El retraimiento, la apatía, la inaccesibilidad afectiva, le producen un sufrimiento silencioso. No es una tormenta, sino una erosión lenta: la capacidad de interesarse, de responder emocionalmente, de actuar -todas ellas funciones básicas de la vida psíquica- en él se van extinguiendo poco a poco.

Estoy de acuerdo con ustedes; lo más devastador de Christian no es la psicosis, sino la pérdida de vitalidad interior. No tiene iniciativa, ni voluntad, ni deseo. Es como si la maquinaria que impulsa la acción humana hubiera sido desconectada. La vida se conviertió en él en una serie de tareas que requieren un esfuerzo descomunal, y su vacío afectivo, a veces, es más difícil de soportar que sus alucinaciones.

Lo más dramático de Christian es que muy pronto perderá la capacidad de leer y escribir, aspecto esencial de su vida. Su yo se volverá más rígido, la experiencia perderá relieve, el mundo se le alejará. Lo que en otros brota con naturalidad -un gesto, un deseo, una palabra, una emoción- en él debe ser pensado, casi fabricado. Vive, no en la corriente viva de la experiencia, sino en un desierto donde cada acto requiere una voluntad que en breve ya no poseerá. Desgraciadamente, pese a su brillantez, tiene muy mal pronóstico.

«Hay días en que me siento como si hubiera sido deshabitado. Todo lo que soy perdió su color y su gesto. No digo que esté triste: la tristeza sería algo, y es precisamente ese algo lo que no poseo. Estoy desprovisto de mí mismo, como si me hubieran arrancado del centro y sólo quedara una cáscara que actúa por hábito», Pessoa.

«No es que no sintiera nada, sino que los sentimientos habían retrocedido tanto que apenas alcanzaban la superficie. Vivía como quien oye desde lejos una conversación importante, sabiendo que debería comprenderla, pero sin lograr que las palabras le llegaran con la fuerza necesaria», Musil.

«Hay momentos en que la vida se me vuelve inaccesible. Miro las cosas, deseo tocarlas, pero no me tocan. Todo está ahí y, sin embargo, no puedo entrar. Es como si hubiera perdido el pasaporte para el mundo», Lispector.

«No deseaba nada. Era como si la voluntad hubiera sido suprimida en mí. Caminaba, hablaba, actuaba, pero sin impulso interior, como si todo estuviera dirigido desde un lugar externo. Sentía que mi alma, si aún existía, estaba demasiado cansada para manifestarse», Dostoievski.

«A veces siento que el mundo se vuelve de cartón. Los colores se apagan, las voces se alejan, las cosas pierden el tacto. No puedo desear nada, y ese no poder desear es peor que el dolor. Es un silencio gris que se instala detrás de los ojos», Woolf.

Tu quoque 7

Todo comenzó con una claridad excesiva. Veía demasiado, comprendía demasiado, como si mis ojos hubieran sido abiertos por manos secretas. Y esa claridad me torturaba: cada sombra contenía un significado, cada ruido tenía un propósito, cada gesto me aludía, cada titular de periódico tenía su doble sentido. Pero la claridad se volvió confusión, y la confusión, después, angustia y tormento. Llegó un momento en que los pensamientos (caballos incendiados corriendo por la llanura, llagas abiertas, lámparas desgarradas) me corrían por dentro como un enjambre rabioso, y no podía detenerlos, no podía silenciarlos. Era como si un segundo yo, más cruel, hubiera despertado para atormentarme.

Todo el universo se había convertido en una vasta red de fuerzas que conspiraban contra mí. Me espiaba el C.N.I., el Mossad… Las cosas mudas me hablaban; los ruidos de la casa eran intencionales; los objetos tenían también intenciones; las calles cambiaban de forma para confundir mis pasos; las personas me miraban acusatoriamente. Yo, que había creído en la razón, me encontraba ahora cercado por signos, presagios y símbolos que se entrelazaban para formar una escritura terrible que solo yo podía leer. Estaba loco. Crucé el espejo. Al menor movimiento, el mundo respondía como un espíritu irritado que quisiera atraparme. Vivía en estado de revelación perpetua: un tormento incesante.

Me ingresaron. Me he pasado media vida en manicomios donde enfermeras y doctores no sabían qué hacer conmigo. En esos hospitales uno no se cura; uno se marchita y apaga. Ahí no estoy para escribir, sino exclusivamente para estar loco. Las voces que los médicos quieren callar con pastillas eran antes mis compañeras de paseo. Voy al manicomio (que odio) porque la vida afuera es demasiado grande y demasiado exigente, y aquí, entre cuatro paredes, las cosas tienen un orden sencillo, simple. La locura me duele y me alivia. Es como si hubiera renunciado a un traje demasiado pesado para vestir. Prefiero dejar que el mundo me olvide un poco. Yo también lo he olvidado. Ese será mi destino.

Tu quoque 6

Hasta un corazón de piedra como el mío se puede enamorar. Yo me enamoré de Martha, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, nube de las tierras nevadas. Con ella estaba en el paraíso, y, cinco segundos sin ella, en el mismísimo infierno. Si Martha sufría, o se ausentaba, o se enfadaba, el mundo entero se quebraba como un débil cristal, porque, en el amor, hemos puesto en un solo ser la completud del universo. El amor no es razonable: es un trabajo continuo de reconstrucción y pérdida, de elevación e inframundo, un ejercicio interminable de memoria y temblor.

Cuando un hombre ama, se vuelve frágil como un niño y, a la vez, fuerte como un gigante. El amor hace crecer alas, pero pone cadenas; elevación y caída -insisto- ocurren al mismo tiempo. Arde la herida luminosa. Arde el mar. Las palabras se vuelven torpes, las manos tiemblan, y el corazón late como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo.

De Martha amé sus ojos fijos, su pureza y su tormento, las líneas de su cuerpo -tronco, pechos, muslos, cara, cadera- que revelaban una proporción juvenil clásica ¡Cómo no amarla si carecía de todo lo superfluo, de cualquier feo añadido! La boca purpurina, la piel mandolina… Y la noche de verano para las caricias profundas…

Pese a mi corazón de piedra he amado. Ya sé lo que fue vivir.