Eliot 31

¿España? Demasiados retrocesos…; «clara, pobre y cejijunta» (Unamuno), la «espaciosa y triste España» sufriendo llamas, dolores, guerras, muertes, asolamientos, fieros males. «Ciego el ibero / de un furor inhumano / fulmina impío el reluciente acero / contra su propio hermano» (Meléndez) Y sorprendió Machado en nuestra patria «un trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín». Y no solo Valente, Bousoño, Hierro, Gil de Biedma, Blas de Otero, Lorca («Oh España, luna muerta sobre la piedra dura»), etcétera, han expresado líricamente el dolor y drama de España, también los intelectuales han inquirido sobre nuestra naturaleza.

Cela, en su entrevista en The Paris Review, declaraba que le gustaba la España de las moscas, los toreros de pueblo, los curas «trabucaires», la guardia civil con su tricornio charolado, el garrote… La España, a fin de cuentas, negra y tópica y arrebatada, la de las cigarreras andaluzas con su faca en la falda y el boticario y el alcalde yendo alegres de putas.

Debemos sentirnos orgullosos de España. Pero no solo por la Roja -un país no se mide solo por sus futbolistas, sino también por la resistencia y esplendor de sus luces. Por Unamuno (hornacina gris), Ors (bengalas en un cielo azul cobalto) y Ortega (ancho y culto como un hidalgo); por Cajal, Rey Pastor y Torres Quevedo; por Ulises Moulines, D. Asperó, o L.M. García Ávila (el razonamiento como un rocalloso y adamantino poema deductivo). Por la luz de minarete historiado de Guillermo Carnero, el Salón de pasos perdidos de Trapiello, la luz zodiacal de Fray Luis. Y también por Roig o Amancio Ortega (el industrioso capital en manos de los pocos genios que sabemos sin dudarlo que lo son). España es el interés por las matemáticas que impregnaba la Universidad de Salamanca durante el siglo XVI y que alcanzaría de una manera especial a los teólogos, que, en su empeño por condenar la astrología judiciaria, se afanarían en buscar sus argumentos en el estudio científico de la propia astronomía. España son sus jueces y la biblioteca en lugar del desbravado ocio tabernario. Y por sus medievalistas, filólogos, químicos, y por sus paleógrafos, médicos y juristas. Y por sus pinacotecas y por aquel remoto adolescente turbado al visitar el MNAC por primera vez. Un país, sin desdeñar a sus grandes futbolistas, lo construyen sobre todo quienes amplían el conocimiento, quienes disfrutan de la bendición y energía del estudio, y enriquecen la cultura y crean prosperidad.

Eliot 30

Cuando se habla del «metaestudio» que asentó las bases del cambio climático de origen humano en el debate público y científico, generalmente se hace referencia a uno de estos dos frentes: el metaestudio del consenso de los científicos (Cook et al., 2013) o los informes del IPCC (Naciones Unidas), que en realidad son macro-revisiones de toda la literatura científica existente. AMBOS HAN SIDO EL NÚCLEO DE LA EVIDENCIA Y, AL MISMO TIEMPO, EL BLANCO DE INTENSAS CRÍTICAS.

Moreno Bonilla es un blandito. En mis libros critico esta derecha política que carece de un cuerpo intelectual sólido y prefiere mimetizarse con el adversario para evitar ser tachada de «reaccionaria». La derecha española es, desde hace décadas, una derecha puramente administrativa. No tiene ideología, tiene contabilidad. Por eso, en cuanto se levantan de la mesa de números y entran en el debate de los valores, tiemblan. Compran el lenguaje de la izquierda porque es el único que está homologado en los medios y en la academia. Prefieren ser considerados incapaces a ser llamados autoritarios, y en ese chantaje verbal han perdido toda su personalidad.

Mi maestro Savater explica el gran drama de los políticos que se dicen de centro o de derechas y es que viven con el temor reverencial a no parecer lo suficientemente progresistas. La izquierda ha establecido una aduana moral, y la derecha hace cola pacientemente en ella para que le sellen el pasaporte. Al aceptar sus términos, sus definiciones de lo que es bueno y malo, compran el paquete ideológico completo. Se vuelven políticos blandos, incapaces de sostener una batalla cultural porque, en el fondo, creen que el adversario tiene la superioridad moral.

En su obra Cómo ser conservador, Scruton explicaba por qué los políticos conservadores se vuelven «blandos» frente a la izquierda:

«El conservadurismo moderno se ha visto intimidado por la máquina del resentimiento de la izquierda. Los políticos conservadores, temerosos de ser tildados de crueles, elitistas o intolerantes, han adoptado apresuradamente la jerga de sus críticos. Han aceptado la premisa de que la sociedad debe ser constantemente deconstruida y reformada desde el Estado. Al hacerlo, sabotean los fundamentos mismos de lo que deberían proteger. Un conservador que acepta el lenguaje de la liberación y la igualdad abstracta de la izquierda ya ha perdido la batalla antes de que empiece la discusión».

En mis libros denuncio cómo los políticos de derechas suelen pertenecer a la facción de los gestores, los ingenieros económicos. Creen que el mundo se arregla equilibrando los presupuestos. Pero como carecen de una formación cultural y humanística sólida, cuando la sociedad demanda respuestas sobre la identidad, la moral o la justicia, se encuentran vacíos. No tienen narrativa propia. Es ahí donde la izquierda, que domina la cultura de las humanidades, les impone su relato. El político técnico, al no saber qué responder, asume el marco mental del intelectual de izquierdas porque no tiene otro a mano.

P.S. Un abrazo, Sostres. Describiste de mil amores al zoquete de Moreno Bonilla.

Eliot 29

Joubert, aforista secreto e íntimo, lector de Platón e “inhábil para el discurso continuado”, anotó asertos tan prerrománticos como éste: “Yo debo de soñar con la belleza como otros dicen que sueñan con la felicidad”, o este otro: “Para vivir, con poca vida basta. Para amar, hace falta mucha”. Maestrillos zoquetes.

Tomo un Clos-Vougeot genuino, noble y espeso, que conserva en su juventud un sabor a trufa y a tierra húmeda, y que al envejecer adquiere un color de rubí gastado, un perfume almizclado y una distinción tan aristocrática que humilla a cualquier otro caldo.

Y leo el artículo sobre imberbes y analfabetos opositores a maestros polillejas, garduños y de mentes candelizas sin afirmar.

E inmediatamente pretendo desinfectarme de los detritos de la noticia pensando en mis lecturas adolescentes de Augustin Cauchy, uno de los matemáticos más prolíficos de todos los tiempos, solo superado por Leonhard Euler, Paul Erdős y Arthur Cayley. Y de prosa soberbia.

Eliot 28

Me gusta esa indumentaria que participa de un carácter de oposición y de revuelta; representantes de lo que hay de mejor en el orgullo humano, de esa necesidad, demasiado rara en los hombres de hoy, DE COMBATIR Y DESTRUIR LA VULGARIDAD. La necesidad ardiente de crearse una originalidad, contenida dentro de los límites exteriores de las conveniencias. Llevar trajes bien hechos y con elegancia, leer libros elegantes y bien escritos, pensar con distinción. Una elegancia que residía en que la perfección del traje fuera tan absoluta que resultara invisible para el ojo vulgar.

Villena lo expresa así: «Frente al exceso cromático del siglo XVIII, frente a los encajes y los brocados que convertían al aristócrata en un pavo real cortesano, el dandi inventa la elegancia de la supresión. El traje masculino se simplifica y se oscurece. Se adopta la levita azul oscuro o negra, el pantalón de montar impecablemente ajustado a la pierna, la bota de cuero reluciente y, sobre todo, la blancura inmaculada de la camisa y de la corbata de lazo. El color ya no es el protagonista; ahora lo es la línea. La ropa ya no sirve para exhibir riqueza de manera grosera, sino para sugerir una distinción tan sutil que solo los iniciados pueden descifrarla. La indumentaria del dandi clásico es una lección de geometría y contención».

Y Jules Barbey d’Aurevilly, escribiendo sobre Beau Brummell, declara: «Brummell redujo la ropa a la más estricta simplicidad. Mitigó los colores, eliminó las extravagancias de las modas anteriores (aquellos terciopelos y bordados del siglo XVIII) y fundó la soberanía del paño azul, el chaleco blanco y la bota impecable. Su gran secreto consistía en una limpieza llevada hasta la santidad y en el nudo de la corbata. Esa corbata, de batista blanca, ligeramente almidonada, que requería horas de esfuerzo para alcanzar un pliegue que pareciera natural y despreocupado. La indumentaria del dandi debe ser impecable pero dar la impresión de haber sido adoptada sin el menor esfuerzo, una indiferencia soberana que se impone como ley».

Geometría, contención, inteligencia, aristocratismo; todo lo contrario a los ideales de un joven simpatizante del PSOE.

Eliot 27

Paul Valéry, sobre la crisis y el futuro de Europa, escribió varias cartas memorables. En la primera decía:

«Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales.

Habíamos oído hablar de mundos completamente desaparecidos, de imperios idos a pique con todos sus hombres y todos sus artilugios; caídos hacia el fondo inexplorable de los siglos con sus dioses y sus leyes, sus academias y sus ciencias puras y aplicadas, con sus gramáticas, sus diccionarios, sus clásicos, sus románticos y sus simbolistas, sus críticos y los críticos de sus críticos. Bien sabíamos que toda la tierra visible está hecha de cenizas, que la ceniza significa algo. Percibíamos, a través del espesor de la historia, los fantasmas de inmensos navíos que estuvieron cargados de riqueza y de ingenio. No podíamos contarlos. Esos naufragios, después de todo, no eran asunto nuestro.

Elam, Nínive, Babilonia eran hermosos nombres vagos, y la ruina total de esos mundos tenía tan poca significación para nosotros como sus existencias mismas. Pero Francia, Inglaterra, Rusia. . . serían también hermosos nombres. También Lusitania es un hermoso nombre. Y vemos ahora que el abismo de la historia es suficiente para el mundo entero. Sentimos que una civilización tiene la misma fragilidad que una vida. Las circunstancias que podrían mandar las obras de Keats y las de Baudelaire a unirse con las de Menandro no son ya totalm ente inconcebibles: están en los periódicos».

Meditemos sobre esas ideas.

***

El 8 de abril de 1947, aquel grupo de notables intelectuales que formó la Sociedad Mont Pelerin, escribió un manifiesto (redactado por Lionel Robbins) que declaraba:

«Los valores centrales de la civilización están en peligro. En muchos lugares de la Tierra las condiciones esenciales de la dignidad humana y la libertad han desaparecido. En otros, están bajo la amenaza constante de las tendencias actuales de la política. La posición de los individuos y de los grupos voluntarios se ve socavada progresivamente por el crecimiento del poder arbitrario. Incluso la posesión más preciada del hombre occidental, la libertad de pensamiento y expresión, se ve amenazada por la propagación de credos que, reclamando tolerancia cuando están en minoría, solo buscan establecer una posición de poder en la que puedan suprimir y borrar todos los puntos de vista menos los propios. El grupo sostiene que esos aumentos de poder arbitrario han sido fomentados por el crecimiento de una visión de la historia que niega todas las normas morales absolutas y por el crecimiento de teorías que cuestionan la conveniencia del Estado de Derecho. Sostiene además que han sido fomentados por una disminución de la confianza en la propiedad privada y el mercado competitivo; pues sin el poder e iniciativa difusos concomitante con estas instituciones, es difícil que una sociedad pueda preservar efectivamente la libertad. Teniendo en cuenta que lo que es esencialmente un movimiento ideológico debe enfrentarse con argumentos intelectuales y la reafirmación de ideales válidos, el grupo, después de haber hecho una exploración preliminar, opina que es conveniente seguir estudiando, entre otras cosas, las siguientes cuestiones:

El análisis y la exploración de la naturaleza de la crisis actual a fin de trasmitir a otros, sus orígenes morales y económicos esenciales.

La redefinición de las funciones del estado para distinguir más claramente entre el orden totalitario y el liberal.

Los métodos para restablecer el Estado de Derecho y asegurar su desarrollo de tal manera que los individuos y grupos no estén en posición de invadir la libertad de los demás y los derechos privados no puedan convertirse en una base del poder depredador.

La posibilidad de establecer estándares mínimos por medios no contrarios a la iniciativa y al funcionamiento del mercado.

Métodos para combatir el mal uso de la historia para promover credos hostiles a la libertad.

El problema de la creación de un orden internacional conducente a la salvaguardia de la paz y la libertad y que permita el establecimiento de relaciones económicas internacionales armoniosas».

Meditemos largamento en ello.

Eliot 26

El nivel prosódico del texto es cuidado, atentísimo. Muy hermoso. Utiliza un ritmo pausado, señorial, que imita precisamente la «paciencia atenta» que defiende. Abundan las estructuras simétricas y los paralelismos. «…de percibir la estructura de un relato y de entender cómo funciona la psicología social…» (Dos sintagmas paralelos que dan equilibrio a la frase).

No es una prosa torrencial ni aforística. Tampoco tiene la tensión dialéctica de un ensayo filosófico. Está escrita en un tempo lento, respirado, con amplios arcos melódicos, donde cada párrafo prepara el siguiente sin brusquedades. Si tuviera que buscar equivalentes musicales, pensaría en obras donde predomina la continuidad del discurso sobre el contraste dramático. La melodía nunca pretende imponerse; simplemente parece elevarse con naturalidad. No hay violencia retórica. Todo avanza mediante pequeñas inflexiones, con una melancolía luminosa. Así escribe Capó. ¿Pero qué obra musical, insisto, reproduce más fielmente su escritura? Por la construcción de sus períodos me atrevería afirmar que la Sonata para violín n.º 1, Op. 78 (Adagio) de Brahms.

La objeción más sólida al artículo es su falacia de que «cualquier tiempo pasado fue mejor» o el mito de «los tiempos dorados». Toda comparación histórica exige establecer una línea de base. ¿Qué época concreta constituye el término de comparación? ¿La Atenas clásica, donde la inmensa mayoría no leía? ¿La Europa del Antiguo Régimen, mayoritariamente analfabeta? ¿La España de 1900, con tasas de analfabetismo superiores al 50 %? Sin precisar ese referente, la afirmación de que «antes se leía más y mejor» queda reducida a una intuición nostálgica, no a una tesis históricamente demostrada.

En su prosa, el tono es el mensaje. Al escribir de manera pausada, elegante y profunda, Capó ofrece al lector un oasis de la misma «textura intelectual» que afirma que se está perdiendo. Es un acto de resistencia desde el propio estilo. Ahora bien, a mi juicio es perfectible el rigor lógico y metodológico. En sustancia, el ciudadano medio del siglo XIX o principios del XX no pasaba las tardes debatiendo con Góngora o Milton o Sófocles; consumía prensa sensacionalista, folletines de baja calidad o, simplemente, no leía. Se idealiza un pasado donde el canon cultural era la norma, cuando en realidad era la excepción de una élite (como siempre fue; y afortunadamente)

Las imágenes de Daniel son sugerentes y memorables. A mi juicio, el problema reside menos en el volumen y calidad de los libros leídos, como en un prerrequisito para leer, a saber, la capacidad de atención, y de ello sí que existe una bibliografía científica que empieza a consensuar un problema grave para nuestro futuro y nuestra democracia.

Una bella y melancólica elegía cultural, acaso poco sustentada en argumentos robustos o buenas razones, y muy basada en una descollante retórica.

Eliot 25

Esa resistencia sorda que describe —la de los falsos pesimistas y las élites que prefieren un mercado cerrado antes que uno competitivo— a menudo disfraza su inmovilismo de «defensa de la tradición». Pero la verdadera conservación no consiste en momificar el presente para mantener privilegios, sino en dotar a la sociedad de las herramientas más potentes para que su legado sobreviva.

Me gustó mucho el artículo, excepto el verbo «transicionar», que, efectivamente, suena a calco innecesario del inglés cuando tenemos palabras tan ricas como evolucionar, transformar o dar el salto.

Estudiar paleografía latina o derecho canónico no es un ejercicio de nostalgia. Es el entrenamiento en análisis crítico, la contextualización y la estructuración lógica. Quien sabe interpretar un manuscrito del siglo XII entiende de reglas, herencia y arquitectura del pensamiento. Quizá por deformación profesional, nunca he entendido esa supuesta oposición entre estudiar un códice medieval y aprender LISP o las GAN; exigen exactamente el mismo tipo de mente estructurada.

Una sociedad puede editar a Isidoro de Sevilla y desarrollar modelos de inteligencia artificial. Puede estudiar códices medievales y formar excelentes ingenieros informáticos. Puede financiar departamentos de helenística y también centros punteros de computación cuántica. No existe contradicción alguna.

El Renacimiento recuperó el latín clásico mientras inventaba la imprenta; el siglo XVII produjo simultáneamente la crítica textual, la filología bíblica, el cálculo infinitesimal y la física moderna. Leibniz podía escribir sobre lógica, derecho romano, diplomacia, minería y máquinas calculadoras sin percibir ninguna quiebra entre esos mundos disímiles.

La excelencia educativa —como señala al final— no es un adorno: es la condición necesaria para que exista innovación verdadera.

Enhorabuena por el artículo.

NOTA BENE: El artículo atufa un poco a tecnocrático. A una nación próspera no solo la define la digitalización, sino también otros imponderables de gran relevancia. Para Michelet, la patria no es un trozo de tierra delimitado por tratados —o por el esplendor tecnológico, diríamos—, sino un ser vivo con alma propia; un acto de comunión espiritual. Un país, decía, es, ante todo, una gran «amistad»: el triunfo de la fraternidad humana sobre el aislamiento natural, el espacio donde los ciudadanos deciden amarse y colaborar voluntariamente en pos de un destino de libertad común.

Ese país es también el acumulado de la sabiduría colectiva a lo largo de los siglos, como creía Burke. O, para Scruton, se construye a través de la oikofilia: el amor al hogar, al territorio y a los vecinos. En fin, que existen muchas concepciones de lo que nos une, y no solo —o no únicamente— la tecnofílica.

Eliot 24

El artículo es pésimo. «Ser gordo tiene la ventaja psicológica de poder atribuir muchos fracasos al sobrepeso». Esa es la tesis, y queda completamente expuesta en el primer tercio del texto. Los dos tercios restantes consisten en repetir la misma ocurrencia mediante una sucesión de ejemplos intercambiables. No hay desarrollo intelectual: hay simple dilación.

«Si te pasa A, B, C, D… X, es porque estás gordo». Ya lo entendí a la primera, Molino.

El remate tampoco rescata el conjunto. «Los gordos transmitimos la ilusión de que la vida tiene arreglo» pretende sonar profundo, pero cuando uno intenta reconstruir el razonamiento descubre que apenas hay razonamiento. Es una frase de apariencia filosófica, no una conclusión filosófica: una pirueta retórica, pseudolúcida y complaciente.

En conjunto, un artículo de relleno veraniego. Se deja leer en dos minutos y arranca alguna sonrisa, pero literariamente resulta plano, repetitivo y dependiente de clichés que un escritor de su oficio debería haber evitado. La anécdota inicial del fotógrafo prometía una reflexión más rica sobre la identidad, la imagen corporal o la mirada ajena; en cambio, termina reducida a una ocurrencia.

Eliot 23

En Antígona, del malogrado Goytislo, los conflictos morales reaparecen desde distintos ángulos; las voces parecen acercarse y alejarse; el lector siente que todo avanza hacia un desenlace conocido desde el principio.

Desde un punto de vista musical diría que es una escritura contrapuntística: distintas líneas independientes terminan formando un único tejido (creo recordar que Gonzalo Sobejano, Mainer y Echevarría dijeron algo muy similar)

Si pensamos en Antagonía como un todo, no estamos ante una narración lineal, esto es muy obvio, sino ante un sistema de vasos comunicantes, fugas y variaciones. La técnica fundamental de Antagonía es el contrapunto metaliterario. Expliquémoslo sin barroquismos innecesarios. Al igual que en una fuga de Bach, donde un sujeto (es decir, un tema musical) es expuesto, imitado por otra voz, invertido y contrapuesto a un contrasujeto, Goytisolo introduce un hecho de la vida de Raúl y luego lo hace reaparecer en los textos que el propio Raúl escribe, transformado por la memoria y la ficción. La escritura es aquí una arquitectura de voces autónomas que se superponen sin anularse. Creo que resuelve con admirable naturalidad este tour de force.

Así pensando, se me ocurren otros parangones: El Miserere de Gregorio Allegri, La Sinfonía Nº 4 de Brahms, El Cuarteto de cuerda nº 2, Op. 10 de Arnold Schoenberg, Béla Bartók y su Música para cuerdas, percusión y celesta, incluso la Sinfonía de los Salmos de Stravinski. Ya sé que son obras bastante heteróclitas entre sí, pero, a mi falible juicio, todas comparten alguna o algunas propiedades con el libro de Goytisolo.

D.E.P. maestro.

Eliot 22

No vi el partido, estuve dando una charla en una radio local sobre la contemplación del universo. No soy un verborreico filósofo que blasfema contra la palabra de Dios. Solo soy un idiota, un merluzo vanidoso, un bujarra, un masoquista, un dipsómano, un paranoico, alguien que juega con un fuerte apache para iluminar pequeñas vidas podridas. Vomito. Vomito porque la verdad ya no existe, porque la mentira es nuestro único humus respirable. He fingido tanto tiempo ser un cínico, un traidor y un loco, que ya no tengo que fingir. El disfraz se ha comido la cara. Ya no hay nadie debajo del abrigo de lluvia. No vi el fútbol.

¿Será épica la final? Alinearme con las estrellas. Pero siempre contra la inmensa mayoría.

Enhorabuena a España.