El «Filobiblión» de Bury ha tenido relativamente pocas traducciones contemporáneas al español. La de José María de Cossío en Ediciones Ibéricas circuló sobre todo en ambientes bibliófilos.
La edición de Olañeta es una preciosidad. El volumen suele presentarse en formato manejable, pero digno, lejos tanto del libro de bolsillo efímero como del «coffee table book». La encuadernación —normalmente rústica con solapas en las tiradas corrientes de Olañeta— posee esa flexibilidad agradable del libro pensado para ser realmente leído y anotado. El papel, de tono ahuesado o marfileño suave, evita deliberadamente el blanco agresivo y clínico de la edición industrial moderna; absorbe la luz con discreción y favorece una lectura reposada, casi conventual. Hay en ello algo profundamente filológico: la conciencia de que el ojo lector necesita penumbra tipográfica y no estridencia óptica.
La tipografía responde igualmente a la vieja escuela humanística de Olañeta. Se advierte una preferencia por caracteres clásicos, sobrios, de buena respiración interlineal y márgenes razonablemente generosos. No hay aquí obsesión experimental ni diseño invasivo: el texto conserva prioridad absoluta. El lector tiene la impresión —cada vez más rara— de hallarse ante un libro compuesto para durar intelectualmente y no sólo comercialmente.
Especialmente agradable resulta la relación entre caja tipográfica y margen. La página “respira”. Esa respiración material es fundamental en libros de meditación y excerpta como el Philobiblon: el margen invita casi espontáneamente a la glosa, al lápiz, al subrayado tenue, a la conversación silenciosa con el texto. Un ejemplar muy leído termina adquiriendo la dignidad de los antiguos volúmenes personales humanistas.
Pero yo recomiendo la traducción Federico Carlos Sainz de Robles (hijo) Federico Carlos Sainz de Robles (trad.) Filobiblión. Madrid: Espasa-Calpe, Colección Austral, varias ediciones desde mediados del siglo XX. Elegante y muy legible. Una gozada.
Allí donde las palabras desaparecen, no sólo se empobrece la comunicación: se empobrece la conciencia misma. Humanizar no es otra cosa que enseñar a hablar plenamente. Todo lo humano pasa por el lenguaje: la memoria, la ley, el afecto, la moral y hasta la conciencia de la muerte.
Para Jordi Llovet, la degradación -acelerada e inevitable en nuestra época- del lenguaje implica siempre una degradación simultánea de la conciencia y de la vida civil. En sus ensayos sobre educación, humanidades y literatura —muy especialmente en el argumentado y vitalista «Adiós a la universidad»— reaparece constantemente la idea de que la palabra articulada constituye la infraestructura invisible de la inteligencia humana (un tema con muchas variaciones a lo largo del ensayo) Allí sostiene que una civilización que abandona la lectura lenta, reflexiva, la sintaxis compleja y la tradición filológica termina perdiendo también capacidad de juicio, memoria histórica y sensibilidad o afinación moral. La humanidad superior del hombre europeo —dirá en varios lugares— no nació de la técnica, sino de la lenta sedimentación lingüística producida por Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Proust o sus pares. Cuando desaparece la convivencia íntima con esas grandes, monumentales galaxias verbales, el individuo pierde densidad interior. La lengua cultivada no sirve únicamente para comunicar datos o información: sirve para matizar, distinguir, jerarquizar, recordar, ironizar, pensar contra uno mismo. Y por eso mismo la decadencia lingüística le parece uno de los síntomas más graves de barbarie contemporánea.
Mi añorado maestro José María Álvarez defendió de manera obsesiva la dimensión civilizadora del lenguaje. Toda su obra —desde «Museo de cera» hasta sus diarios y sus prosas— descansa sobre la convicción de que la cultura es una gran conversación sostenida a través de siglos. Para Álvarez, hablar bien, citar, recordar versos, conservar matices léxicos o mantener viva la gran tradición literaria europea no son frivolidades aristocráticas: son formas de resistencia contra la gentuza contemporánea. En numerosas entrevistas contrapone la vieja civilización literaria europea al empobrecimiento contemporáneo: «La vulgaridad moderna consiste en haber reducido el lenguaje a información, propaganda o consigna, olvidando que durante siglos fue también música, ceremonia, inteligencia y voluptuosidad». Sobre la función humanizadora de la lectura escribió también: “Leer gran literatura modifica físicamente el alma. Después de ciertos libros uno ya no percibe igual el tiempo, la belleza, la decadencia, el amor o la muerte. La prosa de un gran escritor reorganiza secretamente nuestra sensibilidad”.
Φαλάκρας ἐγκώμιον («Elogio de la calvicie»), de Sinesio de Cirene, es una de las sátiras más deliciosas y extravagantes de la Antigüedad tardía. Escrita probablemente como réplica irónica al perdido «Elogio de la cabellera» de Dión Crisóstomo, convierte la calvicie en signo de inteligencia, virilidad filosófica y superioridad espiritual, mientras ridiculiza la obsesión estética por la apariencia.
“Quienes adornan excesivamente el cuerpo descuidan la mente, como vemos en los jovencitos de nuestra ciudad, nada inclinados al esfuerzo de los estudios, sino entregados a vestidos extravagantes y novedades afectadas. Sócrates no era hermoso, pero sí sapientísimo”.
Fuente: Synésios de Cyrène, Éloge de la calvitie, texte grec établi et traduit par Christian Lacombrade, Paris, Les Belles Lettres (Collection Budé), dentro de Œuvres, vol. IV.
En una carta famosa, Petrarca incentiva a un amigo para que busque en las bibliotecas monásticas a su alcance textos antiguos olvidados. En un párrafo de singular belleza el poeta explica lo que los libros significan para él:
«Pero para que no creas que me he librado de toda culpa humana, te diré que me domina una pasión insaciable, que hasta ahora no he podido ni querido refrenar, intentando convencerme a mí mismo de que el deseo por una cosa honorable no puede ser deshonesto ¿Quieres saber de qué enfermedad se trata? De una sed insaciable de libros, y eso a pesar de que ya poseo quizás más de los que serían necesarios. Es que con los libros sucede como con muchas otras cosas: el éxito en su acumulación es un estímulo para una mayor avaricia. Además, con los libros sucede algo especial: el oro, la plata, las joyas, los vestidos de púrpura, las casas de mármol, los campos bien cultivados, las pinturas, los caballos bien adornados, y otras cosas de este tipo proporcionan sólo un placer mudo y superficial; los libros, en cambio, nos deleitan hasta la médula, hablan con nosotros, nos aconsejan y se conectan con nosotros en una especie de amistad profunda y vital; y cada uno de ellos no penetra sólo en el alma del lector, sino que inserta allí el nombre de otro libro y despierta el deseo de poseerlo también a éste».
(Texto original latino: Ne tamen ab omnibus hominum piaculis immunem putes, una inexplebilis cupiditas me tenet, quam frenare hactenus nec potui certe nec volui; michi enim interblandior honestarum rerum non inhonestam esse cupidinem. Expectas audire morbi genus? libris satiari nequeo. Et habeo plures forte quam oportet; sed sicut in ceteris rebus, sic et in libris accidit: querendi successus avaritie calcar est. quinimo, singulare quiddam in libris est: aurum, argentum, gemme, purpurea vestis, marmorea domus, cultus ager, picte tabule, phaleratus sonipes, ceteraque id genus, mutam habent et superficiariam voluptatem; libri medullitus delectant, colloquuntur, consulunt et viva quadam nobis atque arguta familiaritate iunguntur, neque solum se se lectoribus quisque suis insinuat, sed et aliorum nomen ingerit et alter alterius desiderium facit)
«Puede que veáis a un joven insensato que pierde su tiempo haciendo como que estudia, y transido de frío y con la nariz moqueando, no se digne limpiarla para no manchar el libro que tiene debajo», obispo de Bury.
Petrarch manifestó repetidamente horror ante el deterioro físico de los manuscritos. En sus «Epistolae familiares» escribe: “Nada me entristece más que hallar un libro noble corrompido por manos bárbaras: páginas ennegrecidas por el humo, márgenes mutilados, pergaminos deformados por la humedad o la negligencia. Un libro viejo no debe inspirar desprecio, sino veneración; las arrugas del manuscrito son semejantes a las de un anciano sabio”.
Desiderius Erasmus, en los «Colloquia», satiriza a quienes poseen libros únicamente como adorno o pose social: “Algunos compran bibliotecas enteras no para leerlas, sino para exhibirlas. Los volúmenes permanecen cubiertos de polvo, las cubiertas se agrietan y los ratones roen los márgenes. El dueño presume de cultura mientras sus libros mueren abandonados».
Guillaume Budé escribió incluso contra los encuadernadores ineptos y restauradores incapaces: “Hay artesanos ignorantes que destruyen más libros en un mes que el tiempo en un siglo. Raspan pergaminos antiguos, cortan márgenes preciosos, sustituyen letras venerables por adornos recientes y reducen códices magníficos a cadáveres elegantemente vestidos”.
Gabriel Naudé, en su «Advis pour dresser une bibliothèque»: “Es preferible privarse de ciertos lujos antes que permitir la ruina de buenos libros. Porque los libros conservan la memoria del género humano; destruirlos por negligencia equivale a empobrecer a los siglos futuros”.
Y Ruskin: “No existe deber más sencillo ni más revelador de la educación interior de un hombre que el modo en que trata sus libros. Hay personas capaces de entrar violentamente en un volumen, quebrar el lomo, manchar las páginas, abandonar el libro abierto boca abajo como un animal muerto. Tales hábitos revelan una forma profunda de vulgaridad moral”.
O Charles Nodier: “Los enemigos del libro son innumerables: el agua, el fuego, el moho, los insectos, los herederos ignorantes y, sobre todo, los lectores descuidados”.
Por último, Eco: “La biblioteca es el espejo de una mente. Un libro subrayado con inteligencia puede resultar hermoso; un libro destrozado por brutalidad o abandono revela inmediatamente la mediocridad espiritual de su propietario”.
El tratamiento mediático de epidemias, virus o amenazas sanitarias suele oscilar entre la información necesaria y la teatralización emocional. El caso reciente del hantavirus ha reactivado una vieja mecánica (explotada al recuerdo de la COVID) de titulares apocalípticos, rótulos alarmistas y dramatización televisiva que numerosos intelectuales vienen denunciando. Una denuncia, como siempre, que cae en saco roto.
El sociólogo Ulrich Beck, en «La sociedad del riesgo», sostuvo que las sociedades contemporáneas viven obsesionadas por amenazas invisibles magnificadas continuamente por sistemas mediáticos que producen una “conciencia anticipatoria de catástrofe”. Estoy de acuerdo. Algo semejante explicó Susan Sontag en «La enfermedad y sus metáforas». Sontag observó que las epidemias modernas son tratadas simbólicamente como invasiones, castigos o amenazas civilizatorias. Los medios tienden a utilizar un vocabulario militar (“virus letal”, “enemigo invisible”, “expansión”, “contagio imparable”) que transforma la información sanitaria en relato épico y emotivo. También Zygmunt Bauman explicó en «Miedo líquido» que la sociedad contemporánea consume (o consumimos) ansiedad de manera casi industrial. El miedo difuso mantiene la atención, aumenta la dependencia informativa y genera una sensación constante de vulnerabilidad. El ciudadano moderno vive conectado a un flujo continuo de alertas, estadísticas y amenazas potenciales. Canguelo, amedrantamiento y temor.
En el ámbito español, varios intelectuales y escritores han denunciado durante años esta conversión de la información en espectáculo. Jordi Llovet -un maestro y un sabio- criticó repetidamente la infantilización mediática y la degradación de la esfera pública en favor del sobresalto continuo. En ensayos y artículos sostuvo que el periodismo contemporáneo tiende a sustituir la jerarquía intelectual por la excitación inmediata. Para Llovet, la televisión moderna vive de la hipérbole, del susto emocional y de la incapacidad de demorarse racionalmente en los hechos. El resultado es una sociedad fatigada, nerviosa y fácilmente manipulable. Una sociedad racionalmente menor de edad. Francisco Rico lamentó a menudo el empobrecimiento cultural producido por la velocidad informativa. Según Rico, el ciudadano contemporáneo recibe tal cantidad de estímulos fragmentarios que pierde capacidad crítica y contexto histórico. La noticia instantánea sustituye lentamente al juicio reflexivo. En asuntos sanitarios o políticos, ello favorece reacciones desproporcionadas.
Julián Marías advirtió ya en el siglo XX sobre “la fabricación social de la inquietud”. Consideraba que una sociedad sometida a estímulos continuos termina viviendo en estado de sobresalto moral y psicológico. Marías defendía -esa gran utopía visto décadas después- que el periodismo debía proporcionar claridad, proporción y sentido de realidad, no convertir cada acontecimiento en apocalipsis.
Manuel Vicent ha ironizado muchas veces sobre la televisión como “máquina de ansiedad doméstica”. En sus columnas denuncia frecuentemente la tendencia de los medios a dramatizarlo todo mediante musiquillas ominosas, grafismos «llampants» y lenguaje catastrofista. Vicent observa que el miedo vende porque mantiene al espectador inmóvil frente a la pantalla, pendiente de la próxima alarma. Francisco Umbral fue particularmente feroz contra el sensacionalismo periodístico. Consideraba que muchos medios habían abandonado el estilo y la inteligencia para abrazar el histrionismo. Veía la televisión como una “industria de excitaciones nerviosas” donde la exageración reemplaza al análisis. En sus columnas criticó innumerables veces el gusto mediático por el dramatismo fácil y el espectáculo del miedo. Guillermo Carnero, desde una sensibilidad más intelectual y estética, más de poeta cultista, ha lamentado repetidamente la sustitución de la cultura reflexiva por una civilización del impacto inmediato. La histeria informativa le parecía uno de los síntomas de la decadencia contemporánea de la atención.
Y quizá uno de los diagnósticos más severos haya sido el de Arcadi Espada, quien lleva años denunciando el “periodismo sentimental”. Espada sostiene que muchos medios ya no informan prioritariamente sobre hechos, sino sobre emociones. El periodista deja entonces de actuar como mediador racional y pasa a convertirse en productor de estados de ánimo colectivos. En crisis sanitarias ello resulta especialmente peligroso: la audiencia termina percibiendo una amenaza emocional desproporcionada respecto a los datos objetivos.
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“La televisión no hace imposible el entretenimiento; hace imposible cualquier otra cosa. Todo tema es presentado como espectáculo. Las noticias, la política, la religión, el comercio o la educación aparecen sometidos a las mismas exigencias formales: rapidez, impacto visual, simplificación emocional y capacidad de mantener la atención. El resultado es una cultura que ya no distingue claramente entre información y entretenimiento. Lo importante deja de ser la verdad o la comprensión racional de los hechos; lo importante es mantener al espectador continuamente estimulado El problema no es que la televisión nos ofrezca entretenimiento, sino que convierta toda la experiencia pública en entretenimiento. Incluso el sufrimiento, el miedo y la catástrofe terminan organizados como formas de consumo emocional”, Neil Postman.
“Las sociedades siempre han sido moldeadas más por la naturaleza de los medios mediante los cuales los hombres se comunican que por el contenido mismo de la comunicación. El medio eléctrico crea implicación total. Todo acontece simultáneamente. El individuo moderno vive sumergido en un campo continuo de estímulos que exigen reacción instantánea. Cuando la información circula a velocidad eléctrica, desaparecen la distancia crítica y la secuencia racional. La emoción precede al juicio”, Marshall McLuhan.
“La televisión posee una capacidad extraordinaria para explotar nuestras inseguridades y mantenernos mirando. Sabe producir simultáneamente fascinación y ansiedad. Nos hace sentir solos, insuficientes, temerosos de quedar excluidos del flujo continuo de información e imágenes. El espectador contemporáneo vive en una especie de estado nervioso permanente: siempre conectado, siempre esperando la próxima alarma, la próxima noticia urgente, la próxima emoción inmediata”, David Foster Wallace.
“Todo debe parecer urgente, dramático, terminal. La moderación no genera clics. El algoritmo recompensa el enfado, el miedo y la indignación. Se ha construido un ecosistema donde la ansiedad produce tráfico y donde la exageración constante termina deformando la percepción misma de la realidad. La televisión y las redes convierten cualquier asunto en histeria episódica. Hoy una epidemia; mañana una polémica política; pasado mañana una celebridad caída en desgracia. Todo se consume con idéntica intensidad nerviosa y con idéntico olvido”, Kiko Amat.
“El hombre contemporáneo vive sometido a una lluvia incesante de estímulos, advertencias, noticias, escándalos y amenazas que terminan destruyendo su capacidad contemplativa. El exceso de información no produce lucidez, sino fatiga moral. La civilización audiovisual necesita mantener al individuo en estado de excitación continua. El miedo constituye uno de los mecanismos más eficaces para capturar la atención. Una sociedad nerviosa consume más información y piensa menos”, Santiago Lamas.
La primera condición para comprender una religión es no confundirla con la histeria colectiva que a veces se organiza en torno a ella, dijo -creo- Unamuno. Hay un auge del pentecostalismo y similares. El sentimentalismo religioso suele ser el sustituto plebeyo de la verdadera experiencia espiritual. La superstición popular se vuelve especialmente peligrosa cuando adquiere poder político.
“Siempre que una Iglesia pretende gobernar civilmente, termina degradando tanto la política como la religión”, Alexis de Tocqueville. “Cuando el poder político se cree portavoz de Dios, la discrepancia deja de ser error y pasa a ser sacrilegio”, Hannah Arendt.
El espíritu evangélico ha sido profundamente antiintelectual desde el principio. El énfasis siempre recayó más en la emoción que en el intelecto, más en el sentimiento que en el pensamiento, más en la salvación personal que en la comprensión crítica. La tradición evangelista desconfiaba de la inteligencia cultivada porque temía la complejidad, la ambigüedad y el escepticismo. Prefería la certeza, la inmediatez y la entrega emocional. En semejante clima, el refinamiento intelectual terminó siendo considerado no solo innecesario, sino espiritualmente peligroso.
Una cultura incapaz de distinguir entre conocimiento y sentimiento termina perdiendo la capacidad de autogobierno racional. La elevación de la creencia personal por encima de la evidencia, la competencia y la investigación disciplinada crea una atmósfera donde florece la superstición y el discurso público degenera en espectáculo emocional.
Me preocupa el auge de pentecostales y evangelistas en España.
Discrepo amablemente del marxismo. Una civilización no es un problema técnico que deba resolverse, sino una conversación heredada que debe continuarse prudentemente. La tentativa de abolir el mal mediante la política conduce normalmente a la multiplicación del mal. Intentar hacer algo inherentemente imposible es siempre una empresa corruptora; por ello no coincido con las ideas de la izquierda extrema. Además, y como escribió mi maestro Mises en un apotegma ya famoso: “Donde no hay mercado libre, no hay mecanismo de precios; sin mecanismo de precios, no hay cálculo económico”.
Si el esfuerzo extraordinario recibe igual recompensa que la mediocridad, entonces disminuye la productividad, desaparece innovación y surge una burocracia parasitaria. Se ha repetido, pero conviene no olvidarlo: la ultraizquierda tiene la clásica estructura mental milenarista, a saber, la visión de una historia providencial, la creencia en una redención final, la idea de una clase elegida, la felicidad pospuesta a un paraíso futuro, la peligrosa demonización del adversario, y el convencimiento de la inevitabilidad histórica.
Popper evaluó la estructura científica del marxismo y su conclusión fue clara: “Marxism is irrefutable because its adherents reinterpret every conceivable event as confirmation”, “El marxismo es irrefutable porque sus adeptos reinterpretan cualquier hecho imaginable como confirmación” (hecho que comparte con el esoterismo, el psicoanálisis y las otras pseudociencias)
La tesis central de Isaiah Berlin es que los valores humanos fundamentales son múltiples, legítimos y frecuentemente incompatibles entre sí. Libertad, igualdad, justicia, compasión, excelencia, orden, creatividad o felicidad no pueden integrarse perfectamente en un único sistema racional sin pérdidas ni conflictos. Por eso rechazaba todas las ideologías monistas —entre ellas el marxismo— que prometen reconciliar definitivamente la historia en una armonía total. Para Berlin, la tragedia forma parte constitutiva de la condición humana: a menudo debemos elegir entre bienes auténticos que chocan entre sí. Cuando una doctrina afirma poseer la solución única y final para todos los problemas humanos, termina justificando la coerción y el sacrificio de la pluralidad real de la vida. De ahí su defensa de una sociedad liberal, imperfecta y abierta, consciente de que ninguna utopía puede abolir la complejidad contradictoria del hombre.
Jean-François Revel sostuvo que el gran problema intelectual del siglo XX no fue solo el totalitarismo comunista, sino la indulgencia sistemática con que buena parte de los intelectuales occidentales lo contemplaron. Según Revel, el marxismo sobrevivió durante décadas gracias a una mezcla de ceguera ideológica, autoengaño moral y desprecio hacia las democracias liberales. Para él, el marxismo funcionó como una religión secular que proporcionaba a muchos intelectuales una ilusión de superioridad moral y sentido histórico.
Milton Friedman defendió que la libertad económica es condición necesaria para la libertad política. Cuando el Estado controla completamente la producción, el empleo y los ingresos, termina adquiriendo también poder sobre la expresión, la disidencia y la vida privada. El mercado no era para Friedman un sistema perfecto, sino el mecanismo menos coercitivo y más eficaz conocido para coordinar sociedades libres. Su crítica al marxismo y al socialismo descansaba, en último término, en una desconfianza profunda hacia la concentración del poder político y burocrático
Hay un punto extremo del sufrimiento en que el alma deja ya de luchar contra él y simplemente se hunde. No es un dolor dramático, sino una especie de hundimiento geológico de toda la realidad. El mundo continúa existiendo exteriormente —los árboles, las conversaciones, las lámparas encendidas al anochecer—, pero ha perdido de pronto toda plausibilidad interior. Vives cercado por imágenes horribles; sospechas de todo, temes sin causa, imaginas ruinas y catástrofes, y a menudo oyes voces, presagios o amenazas invisibles. Algunos sentimos como si el mundo entero se hubiese vuelto extraño y hostil; otros creen estar ya muertos en vida. Nada nos consuela. El amanecer nos pesa; la noche nos espanta.
El cuerpo pesa como si estuviese hecho de plomo húmedo. La mente pierde continuidad. Las ideas se fragmentan, se oscurecen, se vuelven persecutorias o irreales. Dejas de sentirse habitante natural del mundo.
El mundo parece teatral, lejano, artificial. Virginia Woolf dejó páginas impresionantes en sus diarios: “La realidad se adelgaza. Las personas hablan detrás de una especie de cristal. Los objetos parecen haber perdido peso y sustancia. Todo se vuelve excesivamente intenso y simultáneamente remoto. Los sonidos hieren. La conciencia se llena de ecos, asociaciones y sombras. Uno teme perder la razón y, sin embargo, conserva todavía suficiente lucidez para asistir horrorizado a su propio desmoronamiento”.
Disculpen. Estoy haciendo un gran esfuerzo para trasladar la experiencia a una secuencia lógica de palabras. Me cuesta mucho pensar con claridad. A veces me equivoco al teclear debido al temblor de la mano, o no veo bien la pantalla a causa de la visión borrosa. Todo se ha vaciado. Todo lo llena un terror helado. Siento que descendí muchos metros por debajo de la condición humana ordinaria. Cada idea engendra otra más negra. El futuro aparece cerrado como una muralla.
Franz Kafka dejó en sus diarios páginas de una asfixia psíquica sobrecogedora: “Mi vida consiste en una vacilación continua ante el nacimiento. Todo me parece provisional y simultáneamente irrevocable. Apenas puedo soportar la presión de la conciencia. Hay días en que siento que una fuerza hostil se instala en todas las cosas: en la habitación, en los sonidos de la calle, incluso en el silencio. Entonces el mundo entero adquiere la forma de un tribunal invisible”.
El pensamiento se rompe como un cristal golpeado desde dentro. Las palabras ya no obedecen. La realidad se fragmenta en signos hostiles, presagios, amenazas, irradiaciones incomprensibles. El aire está viciado. Ayúdenme. Pero conviene recordarlo: los estados de terror psíquico, ansiedad extrema o percepción alterada pueden sentirse absolutos y definitivos, pero no son un veredicto definitivo sobre la realidad ni sobre mi vida. Pueden acabar.
Hoy escribí muchas apologías a los libros, pero en cambio no leí nada. Desde las seis de mañana me acometieron ataques de ansiedad y alucinaciones. Todo cuanto antes ofrecía promesa —la lectura, la escritura, las personas, incluso la propia continuidad biográfica— pierde espesor y crédito. Se cerraron mis horizontes. Contemplo mi vida como una ciudad después del incendio: las estructuras siguen en pie, pero interiormente ya han quedado vacías. La desesperación no siempre adopta la forma del grito; muy a menudo consiste simplemente en la imposibilidad de imaginar el mañana. El verdadero derrumbe comienza cuando el alma pierde la capacidad de proyectarse hacia delante. Fatiga profunda, futuro cancelado. Ya no espero nada. Horizontes cerrados, como digo.
La vieja hipnosis lúcida de la lectura no desciende sobre la conciencia. El libro permanece cerrado incluso cuando está abierto. Los libros parecen lejanos, opacos, mudos. Ahora una película de crepúsculo se cierne sobre la biblioteca. Oigo el canto de los últimos pájaros. Los libros no han perdido su poder; yo perdí temporalmente la delicada disposición que permite recibirlos. Hay algo profundamente cruel en esa situación: el hombre que ha vivido entre libros experimenta la imposibilidad de leer casi como una amputación de sí mismo. No pierde un entretenimiento; pierde una forma entera de respirar.
Espero tener el coraje algún día de dar una solución senequista a esta tortura.