Eliot 21

Recuerdo, en aquella juventud italiana y musical, pianista y francesa, blanca y «ondoyant», que devoraba «La génesis del concepto de grupo abstracto» de Hans Wussing. El libro de Wussing, maravilloso, discute extensamente el origen de muchos resultados sobre la teoría de grupos que hoy se consideran elementales, como el teorema de Lagrange, que, por supuesto, fue conocido por Euler y Gauss.

Leer, siempre leer: pasión irrefragable de mi vida. Debido a imponderables que no vienen al caso, desestimé mi vocación científica y nací -tarde- a la literatura y a las humanidades.

Toda mi vida fui un lector caótico, desde el «Hypnerotomachia Poliphili» (del griego hypnos, ‘sueño’, eros, ‘amor’ y mache, ‘lucha’), «uno de los libros más curiosos y enigmáticos salidos de unas prensas», «oculta una rara hermosura y un apasionado anhelo de perfección, sabiduría y belleza absolutas, bajo el signo del Amor», «desde el mismo siglo XVI se ha visto rodeado de un aura de esoterismo enfermizo», «está, todavía hoy, envuelto en misterios», «En realidad, es un injerto de poema alegórico de estirpe medieval y enciclopedia humanística de vocación totalizadora, ya que contiene una ingente amalgama de conocimientos arqueológicos, epigráficos, arquitectónicos, litúrgicos, gemológicos y hasta culinarios» hasta «Antígona» de Goytisolo, a partir de las entusiastas recomendaciones de Ignacio Echevarría.

Y no es casual que mencione estos dos títulos. Ambas obras sufren (y nos hacen gozar) de la misma enfermedad sagrada: la pulsión totalizadora. No se conforman con contar una historia; quieren contener el mundo entero. La tetralogía de Goytisolo es un compendio de técnicas literarias, reflexiones históricas, análisis psicoanalíticos, astrología, filosofía y sociología de la Barcelona de posguerra. Es la creación de un cosmos en sí mismo. Un cosmos, sí, como el Polífilo. La «Polia» de Goytisolo es la Literatura misma, la palabra pura capaz de ordenar el caos de la memoria y la realidad. En los dos libros se quiere ordenar el caos.

Raúl Ferrer se ha diluido algo en mi memoria. Su creador acaba de morir. D.E.P.

P.S. Debido a mi olvido casi absoluto de las mates, plagié la descripción del libro de Wussing. Como dijo Kathy Acker, «copyright» significa «derecho a copiar».

Eliot 20

No tienes remedio; vas a dar una vuelta y compras «La Historia de las Matemáticas» de Stillwell, libro genial, que incluye detalles matemáticos reales ¿Qué libros de matemáticas te gusta leer y releer? Acaso tus tres favoritos, en el orden en que los puedes ver a tu lado, son: «El cálculo superior» de Umberto Bottazzini, «Del cálculo a la teoría de conjuntos», editado por Ivor Grattan-Guiness, y «Emergencia de la teoría de los grupos de Lie», de Thomas Hawkins; y, ya que nos ponemos estupendos, resaltar que una fuente incomparable para la Geometría es «Una historia de los métodos geométricos» de J.L. Coolidge.

Si no del todo entendidos, al menos hojeados. Las matemáticas no te vuelven un zombi, antes al contrario, el telefonino, el arte y la literatura, acaso sí. Y la filosofía.

Su verdadero valor reside en su capacidad para reconfigurar, estructurar y potenciar la mente humana. Las matemáticas actúan como un gimnasio cerebral: desarrollan el pensamiento crítico, la capacidad de abstracción, la lógica rigurosa y la honestidad intelectual.

Un viaje a un desierto salvaje, donde los exploradores a menudo se pierden. Rigor no significa rigidez, sino la búsqueda de la claridad absoluta que permite a la mente sostenerse por sí misma. Las matemáticas son la gimnasia del espíritu y una preparación para la filosofía. Quien es capaz de razonar en matemáticas, es capaz de razonar en cualquier campo del conocimiento, pues la mente adquiere el hábito de la demostración y rechaza la vaguedad del prejuicio.

Cuando escribo «en modo literario» conscientemente oblitero la honradez a cambio de la pedrea estética. La verdad importa más que la belleza. Los enganchados al móvil no tienen ni verdad ni belleza: solo el abotargamiento del botarate.

Eliot 19

Sr. Presidente:

Felipe IV era abúlico y apático, devoto, mujeriego y acaso poeta. A menudo se cansaba de sus validos y del ejercicio de su reinado. Carlos I fue guerrero. Felipe II solo rey. Felipe III y Felipe IV hombres nada más. Carlos II ni hombre siquiera. Carlos III gran hombre.

El duque de Lerma, afligido y consternado, afecto de asma, se traslada a Valladolid para iniciar su mascarada. Para fingir pobreza vende bienes, para fingir santidad dice querer hacerse jesuita. El conde de Olivares da orden de detener a Lerma. Poco después se oirá un anónimo por los pueblos de España: «Aquí yace un reino entero/Olivares lo mató/catalanes lo acabaron/los monjes lo amortajaron/y Portugal lo enterró».

Usted pasará a la historia como un siniestro mondonguero y manjarblanquero, galán pechuga, pecho lobo, de logros infames de latón. Escuche:

Pietro Crinito, en el «De honesta disciplina», insiste, siguiendo a Cicerón, Plutarco, Valerio Máximo y Séneca, en que el gobernante debe anteponer siempre la «res publica» al parentesco, la amistad y el interés privado.

Cicerón lo expresó con una claridad insuperada en el «De officiis» (I, 25):

«Quienes hayan de gobernar la república observen, ante todo, dos preceptos de Platón: primero, que protejan el interés de los ciudadanos de tal manera que cuanto hagan lo refieran siempre a su utilidad, olvidándose de su propio provecho; segundo, que velen por todo el cuerpo de la república y no, por atender a una parte, abandonen las demás.»

Crinito (o Vettori), siguiendo a Cicerón, consideraban el principio de corrupción de la «res publica» la sustitución del mérito por el favor y del bien común por la conveniencia privada.

Si aún subsistiera en usted el sentido clásico del honor político, habría presentado ya su dimisión.

Eliot 18

Me exalta lo nuevo y me enamora lo viejo. No así en música, donde no pasé de principios del siglo XX.

Para mí la música no es un simple entretenimiento inocuo, sino una fuerza formadora del alma y de la sociedad. Permítanme la «strong opinion»: ¿Se puede llamar progreso a jóvenes de articulación mental inmadura, cuyos cuerpos palpitan con ritmos orgásmicos y coribánticos; cuyos sentimientos se cifran en himnos a los placeres del onanismo; cuya ambición es ganar fama y riqueza imitando a la drag-queen (una folclórica) que canta?

Recordemos la admonición famosa de Scruton: «La elección no es entre soluciones rápidas y cálculos aburridos. Esto es lo que la educación liberal está destinada a mostrarles. Pero mientras tengan el auricular puesto, no pueden oír lo que la gran tradición tiene que decir. Y, tras su uso prolongado, cuando se lo quitan, descubren que están sordos».

Chicas y chicos bailan, se encabalgan, se tocan, se miran, se cruzan, se envían potentes dardos de deseo, y bailan, bailan y chillan de manera ardiente, circular, estroboscópica. Olor a alcohol mezclado con perfume barato. Neón y vestidos ligeros. El DJ, gran chamán urbano de la noche, repite el mismo ritmo tribal (la música golpea el estómago y llaga los labios) Cocaína y polvos rápidos en los retretes. Es delirante tanto brillo suspendido y milagroso. Desde la barra, los vasos mojados brillan como peces recién sacados del agua.

Eliot 17

Sobre la extraordinaria capacidad reproductiva del contagio, en el caso de este Ernesto Castro religioso, permítaseme citar a un clasico: De contagione et contagiosis morbis, de Girolamo Fracastoro:

«Contagium est, cum morbus ab uno in alterum traducitur; neque id fit casu, sed per semina quaedam tam exigua ut sensus effugiant, quae tamen vim habent propriam, qua sibi similia generent atque multiplicent. Haec semina corporibus adhaerent, aerem occupant, vestibus inhaerent, atque per contactum vel propinquitatem facile transferuntur.»

Ernesto Castro es, obviamente, muy inteligente. Rara vez responde de forma directa a lo que se le pregunta; antes bien, desmonta los presupuestos de la propia pregunta. Nunca concede al periodista la cómoda posición del árbitro neutral. Convierte la entrevista en un ensayo sobre la degradación del periodismo cultural, el fact-checking y la tiranía del clic. Oscila entre un cinismo casi aristocrático y la jerga de internet («quince minutitos de mierda y barro»). Esa capacidad para elevar continuamente la discusión a un plano metateórico —sumada a una erudición capaz de enlazar la cultura pop con Kierkegaard, Jefferson o Gerald Cohen— delata una inteligencia poco común. Me produjo la impresión de un híbrido entre Bernhard y Diderot, con un lejano parentesco grotesco con Los caprichos de Goya. En conjunto, la impresión fue magnífica.

Acaso —no lo sé— haya encontrado en el dogma católico la última forma posible de iconoclasia en el siglo XXI. Su conversión no busca el consenso; más bien parece escoger deliberadamente el lugar desde el que todavía resulta posible escandalizar a una cultura convencida de haber agotado todos los escándalos. Es, en ese sentido, una paradoja ambulante.

Si algún día nombran Papa a Ernesto, el Vaticano verá aparecer kebabs, playeras, trap y pistachos junto a fatigados ejemplares del De abditis rerum causis de Jean Fernel, la Pandectae locorum communium de Andreas Hondorff y decenas de volúmenes de la Patrologia de Migne, todos ellos densamente subrayados y cubiertos de minuciosas apostillas marginales. Dios me oiga.

Eliot 16

En el proemio del Cursus Mathematicus (1661), Gaspar Schott escribe:

«Entre todas las disciplinas humanas, solo las ciencias matemáticas brillan con tal esplendor de verdad que no dan cabida a la opinión vacilante ni a la disputa caprichosa. Mientras que en la filosofía especulativa los ingenios más agudos se desgarran mutuamente en perpetuas controversias, el geómetra, apoyado en el firme eslabón de sus demostraciones, avanza con pie seguro. El pensamiento riguroso no es aquí una elección, sino la ley primera: quien la infringe, no yerra en la matemática, sino que cae enteramente fuera de ella».

El artículo de García Montero describe un estado de ánimo y una actitud vital; como argumentación, a mi juicio, resulta endeble. A mí también me gusta leer novelas de ternura y hechuras novísimas, poesía del ahorita mismo, ensayos sobre tópicos del día. Pero eso averió la precisión lógica de mis argumentos. Orden y coherencia mental, me exhorto a mí mismo.

Ambrosio, Agustín, Casiano, Alcuino y Bernardo opacaron a Juan de Fécamp, «el más notable autor espiritual de la Edad Media antes de san Bernardo» (A. Wilmart, Auteurs spirituels et textes dévots du moyen âge latin, París, 1932, p. 127). A Montero lo opaca la escritura de sus notables poemas.

Eliot 15

Leo y escribo de noche. Ayer releí a Borges, algunas «Epystole» y fragmentos del «De remediis utriusque fortunae», de Petrarca. Hoy estudiaré un poco el manual de Vicens Vives sobre «Matemática discreta» y hojearé la «Historia de la literatura inglesa», en Gredos, de Esteban Pujals. Probablemente mañana me enfrente a las «Memorias» de Gibbon.

Otro no leen o tienen gustos y aprensiones muy distintas a las mías. Ser liberal es una actitud ante la vida, admitir generosamente la discrepancia, el disenso, la diferencia, la pluralidad. En el ámbito anglosajón prevalece la doctrina económica; en España, la humanista y jurídica. Uno se abre a las razones y conductas de los demás.

Para mí el liberalismo es la creencia en un conjunto de métodos y prácticas que tienen como objeto común el mayor grado de libertad para el mayor número de individuos. Solo un individuo es propietario de sí mismo. No te preguntes tanto por quién ejerce el poder público, sino por los LÍMITES de ese poder público.

Creo en el gobierno de las leyes y no de los hombres, y me limito a apoyar todo lo que vaya en menoscabo del poder del Estado, y a condenar todo lo que pueda fortalecer a ese enemigo de nuestras libertades y nuestras escasas posibilidades de felicidad.

Al juzgar un gobierno casi tengo en cuenta solo si bajo sus leyes soy más libre, si cuanto soy como ser humano está más garantizado.

Eliot 14

Leí su artículo tres veces y me supo a poco. Es un texto de cámara, contenido, elegíaco, escrito en un tono de moderato constante. No hay estridencias. Todo está subordinado a una tesis: el liberalismo debería dejar de ser un partido para volver a ser un clima compartido.

No hay ideas liberales, sino sentimientos liberales, a veces me atreví a creer osadamente. Discrepo del marxismo. Una civilización no es un problema técnico que deba resolverse, sino una conversación que debe continuarse prudentemente. La tentativa de abolir el mal mediante la política conduce normalmente a la multiplicación del mal. Intentar hacer algo inherentemente imposible es siempre una empresa corruptora; por ello no coincido con las ideas de la izquierda extrema.

Para afinar con la naturaleza del liberalismo clásico español (un islote noble rodeado de incomprensión), el parangón idóneo acaso sea «Spiegel im Spiegel» (Espejo en el espejo) de Arvo Pärt, o en el terreno puramente clásico y recóndito, los «Lachrimae, or Seaven Teares» (1604) de John Dowland.

Acaso le parezcan comparaciones extravagantes. En la pieza de Pärt la voz tintinnabuli solo toca las notas del acorde perfecto de Fa mayor. Es una voz estática, inmutable, que representa la ley, los principios fundamentales, el marco constitucional. No exagero si le digo que la voz melódica del violín o del chelo se mueve por notas consecutivas de la escala. Enlazando con su artículo, creo que pudiera o pudiese representar el devenir histórico, la acción política, el día a día. La genialidad de la obra es que LA MELODÍA NO PUEDE DAR UN SOLO PASO SIN QUE EL PIANO LA ARROPE CON UNA NOTA DEL ACORDE BÁSICO. Es exactamente la tesis que usted y yo defendemos: la socialdemocracia y la democracia cristiana pueden competir, pero solo sobrevivirán si están ancladas a ese «código fuente» compartido.

«Algo va mal», de Judt, es en esencia un lamento (áticamente escrito) sobre cómo la socialdemocracia y el liberalismo clásico olvidaron sus propios fundamentos y cedieron terreno al lenguaje puramente economicista y al sectarismo. El tono de Judt es exactamente el suyo: el de un intelectual que ve cómo las vigas maestras del edificio se desgastan ante la pasividad de los partidos principales.

Los extremos vacían el centro institucional. Por cierto, ahora que lo pienso, la hoy casi olvidada Eclogue, Op. 10, de Gerald Finzi, transmite y contempla con tristeza una herencia que se desvanece. Sobran comentarios.

Mientras lo leía pensaba alternativamente en Timothy Garton Ash —por la arquitectura del razonamiento— y en Scruton, por esa nostalgia moral que atraviesa el artículo.

P.S. Permítame expresarle públicamente mi admiración. Un saludo, Diego.

Eliot 13

Casi toda la noche leyendo. Cuando me canso de haber estado leyendo toda la noche en la sala, me echo un muy ligero “plaid” por los hombros y salgo; mi cuerpo, forzado por mucho rato a la inmovilidad, se gasta en la gozosa contemplación de las paredes de las casas, y en los setos y árboles y matorrales del bosque de Pereiro de Aguiar.

Pasmado ante la crónica del libro sobre Trump.

Por una de esas carambolas de la imaginación, mientras leo el pasaje en que Trump se compara con Hitler, Mao o Stalin para demostrar que es «el hombre más poderoso de la historia», según le dijo un caddie, me vienen a la memoria los tiranos y usurpadores de la «Argenis» de John Barclay, 1621, tiranos como Lycogenes, que confunden el tamaño de su corte con la verdadera legitimidad política. Permítanme la osadía de citar «Argenis», Liber II, Cap. IV – «Sobre la adulación y el aislamiento del Rey»:

«Esta es la calamidad de los reyes: que siendo los únicos que lo pueden todo, son los únicos que nada oyen que pertenezca a la verdad. Pues rodeados de aduladores, cuyo empeño no es guiar al Príncipe, sino torcer su ánimo para sus propios fines, se cierran los accesos a los hombres buenos. Estos cortesanos vestidos de púrpura protegen su propio poder basándose en la debilidad del Señor; y le persiguen con la idea de que nada hay más magnífico que disolver las leyes, tener a los ciudadanos en temor, y favorecer únicamente a aquellos que han entregado la libertad de la patria a la adulación de uno solo. Entonces el Palacio Real ya no es la casa de la justicia, sino un teatro en el que la soberbia y la venganza, bajo los nombres disfrazados de la virtud, lo corrompen todo».

NOTA BENE: No duden en que soy un impostor. Me pasé toda la vida estudiando y no sé nada. Me gusta leer latinajos. Uno de ellos, el famoso de Quintiliano, que se podría aplicar perfectamente a Trump: «Non enim eloquentiae viribus, sed scelerum magnitudine nomen assecuti sunt», «No alcanzaron su nombre por la fuerza de la elocuencia, sino por la magnitud de sus crímenes».

Preparo mi único menú del día: Nescafé, páginas de anti-modernos y dos «éclairs». Buenos días.

Eliot 12

«Presea», según Covarrubias (1611), es «cualquier cosa preciosa y de estima». Se utiliza para joyas, muebles exquisitos u objetos de gran valor artístico y sentimental que se guardan como un tesoro. El «azafate» es el alma gemela del croquetero de Lhardy. Originalmente fue una canastilla tejida, que pasó a ser una bandeja de plata, oro o cristal de poca altura donde las damas de palacio (las azafatas) presentaban las joyas, paños o aderezo a la reina.

«Azafate»: tres aes abiertas como vidrieras; la zeta, una diagonal que engarza los extremos de las paralelas; color sepia, bombón tostado y tardes de cristales verdes. Y «presea», ese esmalte rubí sobre un monte de cunetas repletas de margaritas silvestres.

El español es crismera y arqueta.