Burton 111

Charlize tiene el cabello de un tono rubio tan brillante que con ciertas luces parece blanco-azulado, y lo lleva a veces recogido en una densa coleta que le cae por la espalda, cabello sujeto con una cinta de seda de terciopelo carmesí. Su rostro, de una palidez de marfil con un levísimo tinte rosáceo en las mejillas, la provee de una madurez de mujer cuajada. Piel desnuda con cebras de luz y sombra. Estructura ósea impecable, de pómulos altos y afilados que le dan un aire nórdico, de reina vikinga perdida entre tártaros.

Burton 110

Tiene gracia el jodido. Es un cruce del histrionismo de Umbral con unas gotas de ese Bukowski adolescente, furioso por una cara llena de acné. Sátira o parodia vestida con una prosa castiza y abarrocada; un poco de Rouco Varela en el fondo y un mucho de Baudelaire en el espíritu, con una escritura «refistolada» (más latín y menos Rin Tin Tin) que te entra o no te entra. Tiene gracia, y qué listo es el jodido.

Los conservadores, ¿qué conservan? Los errores de la izquierda. Nuestra derecha es tardía, pasmada, torpe, maxmordona y carente de discurso. «La verdadera grandeza del hombre consiste en la mente instruida, en la comprensión de las cosas nobles y en el cultivo del alma por medio del conocimiento», nos legó Cicerón (De officiis, Gredos, pág. 56). Y Confucio, en sus Analectas, con su proverbial fraseología agrícola, ya nos advirtió de que el hombre que no estudia y no reflexiona es como quien labra la tierra sin semilla: no puede producir fruto alguno. El mismísimo Bacon, ese ensayista colosal, nos iluminó en The Advancement of Learning sobre la servidumbre voluntaria al declarar que los hombres contentos con la superficie de las cosas quedan encadenados por su propia negligencia, y que solo el estudio y la reflexión liberan la mente, haciéndola capaz de gobernar el mundo. Pero aquí no piensa ni Dios.

Nuestros próceres de la diestra no son más que churumbelos sin sesos, marmotillas de cloaca, soplagaitas. Zonzos y verracos. Ciruelos, apapucios, barrabases o gedeones. Una banda de alelados, asnados, tontucios, babiecas, zambombos, marmolillos, zamacucos, zampatortas, bozales, monotes, tolondros, bausanes, zolochos y bonotes… Una panda de boludos, chetos, cretos, chocobones, rompepuertas, agüeonaos, guampudos, soplapingas, mamarrabos, gonorreas y culiaos. Una inveterada sumisión cultural a la izquierda que reduce la patria al articulado jurídico de unos tristes papelillos.

Con semejantes mimbres, no tardarán en adquirir el pasaporte y la nacionalidad española tanto zulúes como zapotecas y esquimales.

Burton 109

Hace poco menos de dos meses que ya no leo libros en papel, sino solo diarios digitales. La experiencia no me resultó traumática. Dada mi propensión al análisis y a mi escritura numerosa, sé que mis comentarios en la web desentonan; fueron décadas de educación y estudio libresco, de analizar y dirimir o sopesar argumentos, y de sentir —también— la electrificación o percepción electromagnética en la glándula pineal ante una novela o un poema memorables.

El periodismo (debería examinar más minuciosamente la idea) no elucida la realidad; más bien, los lectores asistimos a un servicio religioso donde se muestran las fuerzas inevitables del caos y el orden del mundo que el periódico selecciona y edita, y donde nos limitamos a confirmar nuestros prejuicios y creencias morales. Schopenhauer fue uno de los críticos más feroces de la lectura obsesiva de periódicos, a la que consideraba una distracción del verdadero conocimiento. Decía que estos son la aguja de los minutos de la historia, mientras que los libros son la aguja de las horas, la que registra el verdadero progreso del espíritu humano. El que lee únicamente periódicos vive siempre al día, en la superficie de las cosas, y su juicio carece de la perspectiva histórica que solo da la gran literatura y la filosofía; al asimilar solo lo efímero, acaba pensando de manera efímera.

Permítanme abusar de su tiempo con una muy lúcida observación de Russell: «Uno de los defectos de nuestra época es la excesiva importancia que se concede a las verdades inmediatas y locales, en detrimento de aquellas que son permanentes y universales… Quien solo se nutre de noticias vive en un estado de agitación perpetua». Estoy de acuerdo, y lo he experimentado en carne viva como antiguo lector obsesivo-compulsivo.

Respecto a la IA, no me parece ilícito que la use un escritor, siempre y cuando la parte del león sea obra del literato. Puede servir de documentalista o, como en mi caso, de corrector gramatical. Otras atribuciones, dados mis modos decimonónicos, las presumo más oscuras.

Desearía, finalmente, recomendar la obra completa de José María Álvarez, muerto recientemente. La elegancia, energía y belleza de sus libros son, a mi juicio, una fuente de magisterio inexcusable.

Burton 108

La televisión es chunga. En televisión, la audiencia parece haberse convertido en el único criterio de verdad y de valor. No la veo mucho, pero a ratitos me inoculo esos electroshocks, convulsionando sin anestésico muscular. Popper hablaba del muy recomendable racionalismo crítico: toda afirmación puede estar equivocada y debe permanecer abierta a la crítica. Veamos cómo lo expresa: «Llamo racionalista a quien está dispuesto a aprender de la experiencia. Esto significa que está dispuesto a escuchar argumentos críticos y a aprender de ellos. En esencia, la actitud racionalista consiste en admitir que yo puedo estar equivocado y tú puedes tener razón, y que, mediante un esfuerzo, podemos acercarnos a la verdad».

Grice explicitó las máximas ideales de la conversación: di lo justo, ni más ni menos (cantidad), sé sincero y no digas ni lo que crees que es falso ni aquello que no puedes probar (cualidad), ve al grano (relación), sé claro, breve y ordenado, y evita la oscuridad (modo). A éstas podríamos añadir: sé cortés.

Con estas premisas, resulta revelador analizar un debate televisivo: un guirigay o carajal «uneducated», propio de tipos que todavía no se bajaron de los árboles. Nos estamos idiotizando a nosotros mismos a través de la pantalla; la televisión es el reflejo indudable de nuestra hecatombe cultural.

Burton 107

Me quedo patidifuso, ojiplático, petrificado, aturdido, embotado. Del novio, ni idea de sus haceres y venturas; de la esbelta novia, admiro sus melindres, juventudes y ternezas. Les deseo lo mejor, aunque temo —por experiencia— que el amor es fungible, caduco, y se corrompe y se acaba.

Recuerdo que en mi vieja adolescencia temblaba ante un verso de una rima de Bécquer: «Pero jamás en mí podrá apagarse la llama de tu amor». Al releerlo ahora, se da una curiosa experiencia cognitiva: en mi mente reverberan dos afirmaciones contrarias: «no podrá apagarse la llama de tu amor» y «se apagará la llama de tu amor». Esta contramarea o reflujo creo que cuadra con la madurez (o el escepticismo) ante la boda de Taylor Swift.

Burton 106

El artículo del profesor Fernando Vallespín sobre la patología de nuestra corrupción institucional destaca por algo cada vez más escaso en el debate público: un patriotismo de las instituciones que huye del sectarismo. El texto es templado y sensato porque no busca salvar a unas siglas ni triturar a otras; busca, primordialmente, proteger la salud de una democracia liberal que hoy se percibe enferma por la polarización.

Vallespín demuestra tener ideas propias y no estar robotizado. Su propuesta es un ejercicio honesto: exige una verdadera catarsis —que bien podría canalizarse a través de una moción de censura para calibrar la consistencia de la alternativa—, pero, al mismo tiempo, planta cara a la cacería mediática exigiendo blindar la presunción de inocencia y frenar la filtración de los sumarios.

El núcleo de su argumentación, lo verdaderamente mollar, es cómo desplaza el foco desde la culpabilidad penal hacia la responsabilidad ética y política. Llevamos años asistiendo a un espectáculo de degradación institucional donde se bastardea la democracia manteniendo la corrupción flotando «en potencia» mientras se espera el amparo de los tiempos judiciales. Existen razones abrumadoras que demuestran la necesidad de asumir responsabilidades políticas de inmediato, indistintamente de que hablemos de tirios o de troyanos.

Es aquí donde la tesis del jurista Francisco Laporta cobra vigencia al recordarnos que un gobernante no solo responde por lo que hace con sus propias manos, sino por lo que consiente o por lo que no ve debido a una «ceguera voluntaria». En política, la ignorancia no exime de responsabilidad, la agrava. Sostener que «no se sabía nada» del lodazal que crecía en el propio ministerio es confesar una negligencia inaceptable. Si el jefe no responde por las conductas venales de su equipo, la estructura del Estado se convierte, en palabras de Laporta, en una «hidra irresponsable donde nadie es culpable de nada».

Esta preocupante tendencia a confundir el código penal con el código de la confianza cívica nos lleva directamente a la advertencia de Daniel Innerarity. El gran error de la política contemporánea es la judicialización de la responsabilidad, delegando en los jueces la decisión de si alguien es apto o no para seguir ejerciendo el poder. Si un gobernante solo se siente obligado a dimitir cuando recibe una sentencia firme, está reduciendo el listón de la dignidad pública al mínimo legal imaginable: el de no ser un delincuente convicto. Pero gobernar exige solvencia moral y autoridad simbólica. Cuando la sospecha es fundada, la dimisión no es una confesión de culpabilidad penal, sino un acto de estricto respeto hacia el sistema democrático.

Necesitamos esa catarsis de la que habla Vallespín para limpiar una mancha que todo lo ensucia. Frente al recurso cómodo del «y tú más», la ejemplaridad es el único camino para restaurar el crédito de nuestra cultura cívica.

P.S.: Aprovecho la ocasión para enviar un saludo muy afectuoso al profesor Vallespín por seguir arrojando luz y moderación en mitad de tanto cenagal.

NOTA BENE: Esta es una nota híbrida. A ojo de buen cubero diría que un 25% de su autoría es de la IA, y un 70% mía. Me parece intelectualmente honesto no ocultarlo.

Burton 105

(Vito Quiles)

Este señor —y les habla alguien desde un ideario liberal (pero consciente, como decía Ortega, de que cualquier forma de ideología es una forma de hemiplejía moral)—, este señor, decía, me recuerda al bufón Calabacillas de Velázquez. Juan de Calabazas, apodado «Calabacillas», fue uno de los bufones más conocidos de la corte de Felipe IV. Velázquez lo retrató sentado en el suelo, con una sonrisa asimétrica, la mirada extraviada (sufría de estrabismo) y flanqueado por calabazas, símbolo tradicional de la necedad o la falta de seso. El bufón de corte no estaba allí para ofrecer un discurso riguroso, sino para entretener al poder (o a una facción de este) mediante la hipérbole, la burla y la provocación. Quiles ejerce en el mundo digital moderno una labor similar: su contenido no busca el rigor informativo, sino la performance política, el «zasca», la agitación afectiva y el histrionismo. Un aire de familia, en fin, que también comparte con Francisco Lezcano, «El Niño de Vallecas».

Ortega acuñó el término «diputados jabalíes»: «Hay que ir a las cosas, y no dedicarse a la gesticulación. (…) Esos diputados jabalíes que entran en el Parlamento embistiendo a ciegas, destrozando la sutileza del procedimiento demócrata con el colmillo de la intolerancia, no construyen; solo siembran el encono». El señor Quiles es un caso claro de descerebrado «periodista jabalí». No poco tiene de esos cerdos salvajes. la algarada, la embestida, la agitación, el estruendo y el encono son sus armas. Un histriónico que hoza contra la convivencia pacífica.

Burton 104

Tomás de Aquino fijó la doctrina que imperaría durante casi un milenio. Dividió los pecados sexuales en dos categorías: los que iban contra la recta razón y los que iban contra naturam. El coito per angostam viam se clasificó en este segundo grupo, el más grave. El coito inter femora fue fiscalizado también por la Iglesia Católica, especialmente durante la Contrarreforma. El fluxus seminis in somno, la pollutio involuntaria, y la excitatio carnalis per quietem, por el contrario, no eran considerados pecados, a Dios gracias.

El jesuita Tomás Sánchez escribió la obra más colosal, exhaustiva (y para muchos de sus contemporáneos, escandalosa) sobre el matrimonio. Sánchez defendía que, puesto que los esposos tenían derecho al coito ordenado, también tenían derecho a los actos preparatorios (tactus, oscula et amplexus: tocamientos, besos y abrazos). Sin embargo, el peligro radicaba en que esos tocamientos provocaran la polución fuera del vaso natural.

En el Libro IX de su tratado, Sánchez debate extensamente sobre los límites del toqueteo conyugal: «Es lícito a los cónyuges usar de tocamientos, besos y otros placeres que previenen la cópula, con tal de que no haya peligro de polución fuera del vaso… Pero si verdaderamente los cónyuges, o uno de ellos, se palpan o se tocan con el ánimo de seminar fuera del vaso, pecan mortalmente, porque esto va contra el fin del matrimonio».

Siglos más tarde, San Alfonso María de Ligorio recopiló y moderó la teología moral anterior para evitar tanto el laxismo como el rigorismo excesivo que atormentaba a los fieles. En su Theologia Moralis (especialmente en el tratado sobre el Sexto Mandamiento y el Uso del Matrimonio), Ligorio afina los límites del toqueteo y la intencionalidad.

Ligorio aborda el problema de los esposos que se tocan sabiendo que hay un riesgo latente de polución involuntaria (vinculado a esa excitatio carnalis per quietem o vigilia): «Los tocamientos y miradas impúdicas entre los cónyuges son lícitos si se hacen con relación a la cópula; pero si se hicieran excluyendo la cópula, y con peligro próximo de polución, están prohibidos bajo pecado mortal».

El debate en el siglo XVIII se volvió obsesivo respecto a las mujeres. Los teólogos discutían si la mujer, tras el coito en el que el marido ya había eyaculado, podía continuar tocándose o permitiendo que el marido la tocara para alcanzar ella su propio clímax (lo que llamaban la mitigatio o complemento del placer). Ligorio, siguiendo la corriente más humana dentro de la estricta norma, determinó: «La mujer, después de consumada la cópula por el varón, puede excitarse mediante tocamientos para la seminación si no seminó durante la cópula; pues esto pertenece al complemento de la perfección del acto conyugal».

Grandes hombres.

Burton 103

Leo estas palabras de un artículo de José Andrés Rojo: «El historiador Tony Judt le explica en Pensar el siglo XX (Taurus) a su colega Timothy Snyder que no se le puede otorgar a ningún partido político o persona en concreto “la autoridad para regular y determinar todas las normas y las formas de un vida pública bien ordenada”. “La buena sociedad, como la bondad misma”, dice, “no puede reducirse a una sola fuente; el pluralismo ético es la condición previa y necesaria para una democracia abierta”».

Cuando una facción política pretende arrogarse el monopolio de la identidad —estableciendo quién es «buen ciudadano» y quién un disidente «equivocado»—, lo que está haciendo es dinamitar el suelo que pisa.

Para comprender el abismo al que nos asomamos, es imprescindible regresar a Isaiah Berlin y su distinción fundamental entre la libertad negativa (la ausencia de interferencias externas) y la libertad positiva (la capacidad de autorrealización bajo un único fin superior). Berlin nos advirtió contra el gran peligro de la Ilustración y de los mesianismos políticos: la falacia de que todas las grandes virtudes humanas —la justicia, la libertad, la igualdad, la piedad— deben ser compatibles entre sí y encajar en una única solución armoniosa. Esta ilusión monista es el germen del autoritarismo. Al creer que existe una única forma correcta de organizar la vida pública, el poder se siente legitimado para forzar la realidad y «encarrilar» al electorado díscolo. Contra este dogma, Berlin opuso el pluralismo de valores: la trágica, pero liberadora certeza, de que los bienes humanos chocan inevitablemente entre sí y que gobernar no consiste en imponer una verdad absoluta, sino en pactar compromisos precarios entre valores que son legítimos, pero incompatibles.

El síntoma más agudo de esta deriva monista y antipluralista se encarna hoy en el «temple democrático» de figuras como Donald Trump, un estilo político que ya ha hecho escuela a ambos lados del Atlántico. Su personalidad narcisista, impetuosa y autoritaria moldea una forma de liderazgo que es la antítesis de la templanza institucional. Para Trump, la discrepancia no es una discrepancia: es una traición personal; el adversario no es un competidor legítimo, sino un enemigo del pueblo. Su psicología, forjada en la lógica del espectáculo televisivo y el darwinismo inmobiliario, reduce la complejidad de la polis a una simple lucha de dominación y humillación. Carece del pudor republicano y de la contención que exige el juego democrático; en su lugar, despliega una teatralidad hipermasculina e hiperbólica donde las instituciones solo son válidas si le dan la razón, y las urnas solo son limpias si le otorgan la victoria.

El cesarismo es incompatible con la libertad. Cuando los sentimientos patrióticos o la pureza ideológica se sitúan por encima de la ley, la ciudadanía se disuelve. Si la sofisticación intelectual se sustituye por la consigna rápida y el foro digital por un coliseo romano de ejecución simbólica, la democracia deja de funcionar. Deja de ser el sistema donde los ciudadanos eligen a sus representantes para convertirse en el teatro donde los representantes eligen, purgan y dictaminan quién tiene derecho a llamarse ciudadano.

Tiempos de zozobra.

P.S.: Nota escrita bajo las paráfrasis de los magníficos libros «Cómo mueren las democracias» (2018), de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt y, del clásico de I. Berlin, «Cuatro ensayos sobre la libertad» (especialmente el nunca demasiado famoso ensayo «Dos conceptos de libertad»).

Burton 102

Najat pontifica que criticar una medida concreta conducirá inevitablemente al fin del sufragio femenino o a la instauración de una dictadura. Esto rebaja el nivel del texto de la crítica política al plano de la distopía infundada, más propio del panfleto que del análisis político.

»No hay más que mirar a los gobiernos de Marruecos, Arabia Saudí, Irán, Corea del Norte, China, Rusia. En esos países seguro que no vota nadie que no tenga que hacerlo» ¡Olé tus troulos, olé tus collós como touros! Para atacar al nacionalismo conservador español (PP y Vox), el texto mete en un mismo saco regímenes teocráticos (Irán, Arabia Saudí), dictaduras comunistas (China, Corea del Norte), una autocracia presidencial (Rusia) y una monarquía alauita (Marruecos). La simplificación es flagrante: mezcla sistemas políticos opuestos en su raíz ideológica solo por el hecho de ser autoritarios. Además, resulta irónico que cite a Marruecos en este contexto de «limpieza de votantes», cuando la propia autora ha sido a menudo crítica con la falta de libertades allí, pero aquí lo usa de forma simplista como mero espantapájaros retórico.

Mitin escrito y debate chusco de redes sociales impropio de un periódico de la solera de El País.

***

Porque, al fin y al cabo, el diagnóstico que la crítica menos complaciente le hace a su narrativa es el mismo que desangra sus artículos. Frecuentemente nos hallamos ante una prosa plana, meramente utilitaria, que confunde la llanura expresiva con la autenticidad, convirtiendo la novela en un informe sociológico sobre el desarraigo. Sí, asistimos a una alarmante ausencia de espesor estético. El lenguaje ya no opera como un fin en sí mismo, sino como un vehículo dócil para el mensaje; una escritura previsible que fía toda su suerte a la urgencia de su temática, olvidando que la buena literatura no se hace con buenas intenciones, sino con estilo.

Sustitúyase «literatura» o «narrativa» por «columnismo» y encontramos de modo paradigmático a Najat, cultivadora de ambos vicios. Es el signo de nuestros días: el triunfo del trazo grueso y la nadería que cosecha un gran éxito de público en estos tiempos abajados y de grisalla atroz.

P.S.: Este artículo de Najat tiene más de 250 comentarios. Esto me hace reflexionar sobre el fenómeno de la viralidad y la calidad intelectual (perdonen la cacofonía). Las secciones de comentarios no premian el análisis matizado ni la erudición. El artículo utiliza la ironía y la hipérbole más irracional (comparar la propuesta de PP y Vox con Corea del Norte o plantear la eliminación del voto femenino). Esto enciende las pasiones, lo que genera respuestas viscerales («conmigo o contra mí») en lugar de debates intelectuales estructurados. La sofisticación se sustituye por consignas partidistas de consumo rápido. Muchísimos de esos comentarios no discuten la raíz jurídica o filosófica del derecho al voto, sino que utilizan el espacio para desahogar fobias ideológicas. Cuando la identidad política prima sobre la lógica, la calidad del argumento decae drásticamente.

El debate político decae en una guerra de identidades y de culturas que tiene rasgos puramente afectivos. La información no se asimila de forma racional, sino que se consume de forma puramente emocional. Bernard Stiegler acuñó el término «miseria simbólica» para describir cómo los medios digitales destruyen nuestra capacidad de debatir pacíficamente: «La industrialización del comentario y la opinión produce una pérdida de la individuación psíquica y colectiva. Cuando la discusión se automatiza en hilos de internet de consumo rápido, el ciudadano deja de pensar y pasa a reaccionar. Esta degradación del intelecto genera una frustración profunda que se canaliza a través de la violencia verbal. La plaza pública se convierte en un coliseo donde los usuarios se comportan como una masa que exige la ejecución simbólica del adversario. Es la muerte del espíritu crítico y el nacimiento de una barbarie tecnológicamente avanzada».

Para Jürgen Habermas, la digitalización ha fragmentado la esfera pública tradicional, sustituyendo el debate racional y deliberativo por «burbujas» aisladas de consumo emocional. En estos espacios digitales, la falta de filtros editoriales y la velocidad de las redes devalúan la calidad intelectual del discurso, transformando la participación ciudadana en una polarización agresiva que debilita los pilares de la democracia. Coincido con él.