Burton 101

Nihil novum sub sole. Mobutu Sese Seko fletaba aviones Concorde para ir de compras a París mientras su pueblo se hundía en la miseria del mal zaïrois; Cayo Verres saqueó Sicilia con una saña tan descomunal que obligó a Cicerón a inmortalizar su vileza en las Verrinas; y el Duque de Lerma, deudor de la misma estirpe, diseñó la primera gran operación de especulación inmobiliaria de nuestra historia mudando la Corte a conveniencia de sus fincas. La cleptocracia y el cinismo institucional siempre han hablado el mismo idioma.

«Si la realidad contradice mis decretos, peor para la realidad. Mi palabra no narra la historia, la funda». El eco de «Yo el Supremo» reverbera hoy en los pasillos de la Moncloa. El pueblo no necesita la verdad de los hechos; necesita la fe ciega en el relato, porque la voz del líder es la única que lo protege de la intemperie de unos enemigos fabricados a la carta. Es la receta de nuestro presidente: un ilusionista de trinchera que gobierna inflamando el tablero y sustituyendo el dato molesto por el adjetivo litúrgico.

Al final, despojado el sanchismo de su pirotecnia dominical, lo que queda es un mecanismo de supervivencia política.

Burton 100

Los hay que escriben con el motor de un Rolls-Royce (pienso en Nabokov) y otros que solo alcanzan la prosa destartalada del carromato gitano. Josep Ramoneda pertenece a esta última categoría. Sus columnas son un tostón de cháchara y mala retórica, el producto de un analista mediocre con destellos de un excelente —e involuntario— humor, separados, desgraciadamente, por desiertos de la más absoluta vulgaridad literaria. Le encaja a la perfección aquello que Cyril Connolly dijo sobre George Orwell: «No podía sonarse la nariz sin tener que moralizar sobre la industria del pañuelo».

Para muestra de esta escritura «descurada», basta asomarse a este artículo de hoy y observar cómo tropieza en las comas más elementales. Escribe: «A medida que se acercan las elecciones se está haciendo más evidente…», hurtándonos una pausa obligatoria tras la subordinada temporal. Repite el tropezón pocas líneas después con un desamparado «Y por si quedaba alguna duda José María Aznar ha saltado…». El texto avanza a trompicones, entre anacolutos y frases extenuantes de cuarenta y nueve palabras que encadenan gerundios («otorgando», «buscando») e introducen rupturas tonales metidas con calzador («Vox, por supuesto»), dejando al lector exhausto antes de llegar al punto final. Hay una alarmante falta de cohesión: en apenas cinco líneas, el autor salta de la crisis de liderazgo en el PP a una tesis macroeconómica sobre el paso del capitalismo industrial al financiero, para acabar naufragando en el impacto de las redes sociales. Abre demasiados melones analíticos que su impericia es incapaz de cerrar. Y como rúbrica a su descuido gramatical, nos regala un flagrante «comma splice» para cerrar el artículo: «El ciclo reaccionario está aquí, la derecha española se radicaliza». Dos oraciones independientes soldadas por una simple coma. Un suspenso en sintaxis.

Es imposible respetar intelectualmente a un frívolo tan descarado. En una entrevista concedida a VilaWeb, al ser preguntado por su voto a la CUP, Ramoneda justificó su apoyo a la formación anticapitalista con unas palabras descacharrantes: «Como los otros iban con Convergència… si quiero votar a las izquierdas tengo que votar a la CUP. Que además me prometen como propina que echarán a Mas. ¡Ja! (…) Yo ya tengo una edad en la que me puedo permitir votos ocasionales». El único lúcido entre obtusos, supongo. Despachar el futuro político de una comunidad como una «propina» para fastidiar a un rival revela que, para este intelectual de salón, la política es solo un divertimento, a pesar de que luego pontifique con gravedad apocalíptica sobre el «autoritarismo posdemocrático».

Su armazón argumental es un festival de contradicciones y atajos retóricos de trinchera. Acusa a Alberto Núñez Feijóo de carecer de un proyecto de amplio espectro y vivir de las inercias, pero cuando el líder del PP intenta ampliar su base parlamentaria tendiendo puentes hacia el PNV o Junts, Ramoneda lo tacha despectivamente de «dar palos de ciego» y de un «retorno al pasado». Si el PP no suma apoyos, es débil; si los busca, da palos de ciego. A esto le sigue una hiperbólica falacia del espantapájaros que equipara los pactos autonómicos —habituales en toda Europa Occidental— con el «neofascismo», apelando al miedo y no a los datos. Y cuando no le quedan argumentos, recurre al ad hominem puro y duro, despachando a Miguel Tellado no por sus propuestas sobre extranjería, sino etiquetándolo psicológicamente como la «encarnación del resentimiento político».

Quienes nos hemos empapado de la Teoría de Modelos, la Teoría de la Demostración, la Teoría de Conjuntos y la Computabilidad, no podemos más que sentir un rechazo ante este tipo de columnas. Ramoneda, al fin y al cabo, fue discípulo de Louis Althusser, aquel vesánico estructuralista que terminó estrangulando a su mujer. Se nota la escuela: una tradición intelectual donde la consistencia interna, las premisas sólidas y las verdades demostrables no importan nada; lo único que importa es que el charloteo sirva a la causa del día.

P.S.: He extremado deliberadamente algunos ideas para servir al registro satírico, aunque soy consciente de que ello sacrifica parte de la precisión analítica. Ciertamente escribi algún descalificativo demasiado contundente y pequé de aquello que acuso: un ad hominem por asociación. Pero no deseé ser un mero relojero.

NOTA BENE: Sobre esta tendencia de la prensa de trinchera a sobredimensionar y, a la vez, ridiculizar al adversario, el ensayista Manuel Arias Maldonado reflexiona de manera extensa en «Desde las ruinas del futuro»: «La simplificación del adversario político en el discurso público contemporáneo exige un doble salto mortal: debe ser presentado ante la parroquia propia como un sujeto inepto, carente de ideas y sobrepasado por las circunstancias, pero, simultáneamente, como una amenaza existencial inminente y sofisticada, capaz de socavar los cimientos del Estado de derecho. Esta esquizofrenia narrativa satura el análisis periodístico. Si el líder opositor es un náufrago sin proyecto, malamente puede coordinar una sutil transición hacia el autoritarismo posdemocrático. Al final, se prefiere la eficacia del espantapájaros —el miedo al monstruo— antes que el rigor de cartografiar una estrategia de oposición que, con mayor o menor fortuna, simplemente explota las costuras del sistema parlamentario».

El columnista ya no busca el dato que corrobore su tesis, porque el dato es contingente y molesto; busca el adjetivo litúrgico que conforte a sus fieles. Palabras como «neofascismo» o «miseria moral» han sufrido una inflación tan brutal que ya no describen realidades políticas complejas, sino que funcionan como jaculatorias para ahuyentar al demonio. Cuando un texto necesita apilar calificativos para sostenerse, no estamos ante un ejercicio de análisis político, sino ante una homilía que exige del lector una adhesión piadosa. Hay que reconfortar a la parroquia con una decidida superioridad moral.

Detrás de la gran pirotecnia de palabras («posdemocracia», «capitalismo financiero») no hay más que la enésima serie de argumentos de partido empaquetados para consumo de convencidos.

Burton 99

En 2021, el panorama de la física teórica y la sociología del conocimiento asistió a una intervención epistemológica sin precedentes. Anastasio von Gramscy-Minkowski, catedrático emérito del Instituto Internacional de Topología Aplicada, publicó un volumen de 1.347 páginas bajo el título «El zurdismo cósmico: Teoría tensorial de la curvatura ideológica del universo». Lejos de la ligereza de la sátira política convencional, la obra se presenta con el mismo rigor metodológico y la misma opacidad terminológica que caracterizaron, en su día, la célebre transgresión de Alan Sokal en Social Text.

La tesis central de Von Gramscy-Minkowski subvierte el principio de isotropía universal. Sostiene que el tejido espacio-temporal no es políticamente neutro, sino que presenta una torsión topológica intrínsecamente levógira; una asimetría estructural que fuerza a cualquier sistema cerrado a derivar, de manera irreversible, hacia dinámicas de control centralizado e intervencionismo estatal.

El autor fundamenta esta premisa en el formalismo del momento angular: «Toda galaxia gira. Todo electrón posee espín. Todo ciclón manifiesta vorticidad. Sería un reduccionismo mecanicista asumir que la ideología y la organización social escapan a las leyes de la dinámica rotacional». A través de este aparato matemático, el tratado redefine la constante cosmológica de Einstein no como una propiedad del vacío, sino como un vector burocrático exponencial. Denominada por el autor como Lambda s (Lambda socialista), se define formalmente como la tasa geométrica en la que una estructura administrativa se expande con mayor velocidad que el propio horizonte de sucesos observable.

El núcleo analítico del volumen reside en el desarrollo de la Conjetura de la Curvatura Moral Positiva. Mediante el uso de variedades de Calabi-Yau y geometría simpléctica, Von Gramscy-Minkowski dedica un denso apéndice de ochenta y siete páginas a demostrar cómo las geodésicas de cualquier debate público contemporáneo sufren una desviación gravitacional hacia la autoreferencialidad ética. El desarrollo en series de Fourier concluye en un corolario formal que matematiza la degradación del discurso: en un intervalo de tiempo infinitamente largo, la probabilidad de que una trayectoria dialéctica culmine en la categorización punitiva del interlocutor como «fascista» tiende a uno.

Al igual que ocurriera en el debate post-Sokal sobre los límites del constructivismo social, la obra de Von Hilbert-Minkowski plantea un interrogante incómodo para la academia: si la descripción cuántica del universo puede ser desmantelada para encajar en la agenda de la deconstrucción o si, por el contrario, nos encontramos ante la demostración matemática definitiva de que el cosmos opera bajo un sesgo inevitablemente estatista.

Burton 98

Yo tengo asociado el verano a sustanciosas lecturas. Se mezclan, como afinidades electivas, «La muerte de Virgilio» con el sonido de las chicharras, ocultas en la costra de los troncos de los olivos, hendiendo el aire con su sierra eléctrica y su monotonía de metrónomo. Recuerdo «Teoría de modelos» (Alianza Universidad), de María Manzano, bajo un cielo de un azul tan blanco y purificado por el fuego que casi hacía daño a los ojos. Veranos de danzas de moscas y polvo, vahos trémulos que hacían oscilar a los eucaliptos mientras pasaba las páginas de un tomo gnóstico de Lezama Lima.

En aquella época de impostura, fingía disfrutar de aquellos libros más de lo que en realidad los disfrutaba. Era la edad para empaparte de lo críptico y plúmbeo, para enfrentarte a unas lecturas que claramente te superaban. El tiempo, sabio, apacigua el juicio y decanta nuestros intereses hacia aquello que realmente nos pertenece.

Burton 97

El texto está muy bien escrito, estructurado de forma fluida y maneja una retórica de editorial de alto nivel. Enhorabuena.

El dato es exacto: el informe de más de 900 páginas de la Oficina de Ética Gubernamental de EE. UU. revela que Trump ingresó más de 2.200 millones de dólares, de los cuales más de 1.400 millones provienen directamente de sus negocios de criptomonedas y licencias de monedas digitales (como World Liberty Financial y las Celebration Coins).

El editorial habla de «eludir demandas» y de corrupción. Creo que vale la pena precisar que, legalmente, el presidente y el vicepresidente de EE. UU. están exentos por ley de los estrictos conflictos de interés que aplican al resto de los funcionarios públicos del poder ejecutivo. Lo que el texto describe como corrupción es, bajo la ley estadounidense actual, técnicamente legal (aunque algunas podrían suscitar controversias constitucionales), lo que traslada el debate del terreno judicial al moral y político. El marco legal estadounidense permite vacíos que Trump aprovecha sin romper técnicamente la ley [la ley federal principal sobre conflictos de interés de los funcionarios públicos de EE. UU. está tipificada en el Título 18, Sección 208 (18 U.S.C. § 208); esta norma prohíbe taxativamente a los empleados del poder ejecutivo participar en asuntos gubernamentales que afecten a sus intereses financieros personales. Sin embargo, la propia definición legal de «empleado» en esta ley excluye explícitamente al presidente y al vicepresidente. En la Constitución, las cláusulas de emolumentos aparecen en el art. I, sección 9, cláusula 8 y en el art. II, sección 1, cláusula 7].

Desde el punto de vista moral, un utilitarista (pero no siempre), a diferencia de un deontólogo, no censuraría a Trump. Yo lo critico con dureza pues denigra una virtud fundamental: la ejemplaridad pública. Un tipo reprensible.

Burton 96

El ritmo de la prosa del Sr. Llovet transmite seguridad intelectual, pero evita el dogmatismo mediante el uso de atenuantes elegantes: ‘és, segons Hobbes…’, ‘es tractaria, doncs…’, ‘si bé resulta pràctic…’. El texto se mueve con el balanceo natural del pensamiento que sopesa pros y contras. Las frases son largas, arquitectónicas, pero nunca farragosas. Por ejemplo, la frase que describe el frontispicio avanza mediante incisos (‘brandant bàcul i espasa’, ‘com volent indicar…’) que van sumando capas de significado sin que el lector pierda el hilo conductor. Hay un balance armónico entre las pausas (comas y puntos y coma).

En apenas tres párrafos conecta la Biblia (el Libro de Job y la traducción de la Vulgata de San Jerónimo) con la Inglaterra del XVII (Cromwell y Hobbes), la Francia del XVI (Bodin) y del XVIII (Rousseau), y la teoría política del siglo XX (Strauss, Schmitt, Arendt) hasta llegar a los dictadores del siglo XXI. Un polímata sin igual. Este tipo de conexiones exigen décadas de estudio y reflexión. No estamos ante una mera reseña bibliográfica, sino ante un ejercicio de racionalismo crítico y memoria viva: el estilo de Llovet demuestra que la única forma de salvaguardar el humanismo en el siglo XXI es mediante una prosa densa pero de suma elegancia, el matiz que evita el dogmatismo y la capacidad polímata (insisto en el término) de hacer dialogar a los clásicos con nuestras propias crisis contemporáneas.

Un sabio catalán señaló: ‘La malenconia no és estament de ànima de tot passiu, ans és la condició per la qual se fa possible la profunda visió de les històries. Car lo malenconiós és aquell qui, veent les runes del temps passat, les cerca ab estudi e les recompon per tal de dar regiment e sentit al temps present. E qui no ha memòria de la tradició e dels antics, estiu en un present perpetual, viciós e buit, e, en darrera instància, és tengut per bàrbar’.

P.S.: Enhorabuena y mi admiración babeante por los señores Josep Montserrat y Roger Castellano.

Burton 95

«Vivimos en un siglo de electricidad, de gas, de guano, de crinolina, de caucho, de fotografía, de drenaje y de sufragio universal; y, sin embargo, somos menos letrados, menos artistas, menos delicados y menos educados que nuestros contemporáneos de Luis XIV, e incluso de Francisco I». Edmond About escribió esto en Le Progrès allá por 1864. Sorprende la vigencia.

Porque la estupidez hoy no consiste en no saber, sino en creer que no hay nada que saber. Hay pueblos en los que la ignorancia todavía pesa como una carga; en otros, en cambio, se lleva con ligereza, casi con orgullo. Allí donde todo debe ser fácil, inmediato y accesible, el esfuerzo intelectual se vuelve sospechoso. La verdadera incultura no es la ausencia de conocimientos, sino la ausencia de deseo de tenerlos. Y esa ausencia, cuando se generaliza, produce una sociedad en la que la mediocridad ya no se corrige: se celebra.

Diversos filósofos han argumentado que, al masificarse la sociedad y democratizarse el acceso al consumo, la cultura tiende a buscar el mínimo común denominador para apelar a la mayoría, transformándose en entretenimiento y perdiendo su función crítica o elevada. Así es. Cada vez desaparece más la alta cultura, sustituida insensiblemente por una cultura mediana o baja. Cada vez son menos los verdaderamente letrados, hoy intercambiados por los medio-letrados.

La democratización de la cultura se entendió mal. En lugar de significar que todos tuvieran las herramientas para acceder a la alta cultura, se interpretó como que toda manifestación cultural es igual de válida y que la distinción entre «alta» y «baja» cultura era un simple prejuicio aristocrático. Al desaparecer el canon y la exigencia estética, el nivel general sufre una caída en picado hacia la frivolidad. La diferencia entre la cultura del pasado y el entretenimiento de hoy radica en que aquella aspiraba a trascender el tiempo, a dialogar con las generaciones futuras y a transformar la sensibilidad o la conciencia de los seres humanos; la cultura del espectáculo, en cambio, agota su razón de ser en el consumo instantáneo, en la diversión fácil que no deja huellas ni exige esfuerzos.

Al asumir que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, se infiere erróneamente la conclusión de que todas las opiniones y gustos culturales tienen exactamente el mismo valor, destruyendo la autoridad intelectual y los baremos de excelencia.

Podemos esperar que, si se cumplen las promesas de los reformadores de la educación, el número de personas que sepan leer y escribir aumentará constantemente; pero el nivel de lo que leen y de lo que escriben continuará descendiendo. Nos encontramos ante el peligro de una inflación cultural: cuanto más billetes culturales imprimimos y repartimos a la población, menos valor real tiene cada uno de ellos.

Una cultura de masas corre el riesgo de convertirse en una no-cultura. Cuando las distinciones de clase y las jerarquías espirituales se disuelven en nombre de un igualitarismo abstracto, la cultura deja de transmitirse a través de las familias y de las comunidades orgánicas para pasar a manos de burócratas, comités de expertos y medios de difusión. El resultado no es la elevación de la masa, sino la atomización y la vulgarización de la tradición. Nos encaminamos hacia una época en la que la alta cultura será considerada una excentricidad sospechosa y subversiva, mientras que la masa será alimentada con sucedáneos culturales diseñados científicamente para mantenerla satisfecha y pasiva.

Burton 94

Miren, llámenme snob, antipatriota o innoble elitista, pero esta tarde voy con Austria. Y lo digo sin el menor rastro de culpa.

Me resulta insoportable este simulacro de identidad nacional que se activa solo cuando once protosimios persiguen una pelota. ¿De verdad eso es la patria? ¿Esa es la «gloria» de la que enorgullecerse? Sentir orgullo por nacer en el mismo mapa de fronteras arbitrarias que un futbolista es el consuelo de quienes carecen de logros propios; una forma bastante barata de colgarse medallas. «¡Hemos ganado!», se vocea en los bares. No, usted no ha ganado nada; solo ha gritado mientras su alquiler sigue subiendo y la educación de sus hijos es un desastre sin paliativos. Es más fácil embriagarse con banderas que exigir una ciencia puntera o una industria que no dé vergüenza ajena. Pan y circo, opio del pueblo, festín de las casas de apuestas.

El fútbol no es cultura. En los estadios se ve una regresión evolutiva: masas uniformadas, tribalismo y una agresividad flotante que roza la xenofobia. Sinceramente, mientras el país entero se mimetiza con una célula eucariota debido a los goles, yo prefiero quedarme en casa, en silencio, refugiado en Händel. Llámenlo decadencia intelectual: ahora la máxima catarsis colectiva depende de la roja, y no de un hito científico o literario.

Al final, todo este misticismo no es más que el engranaje de un negocio hipercapitalista diseñado en despachos de Suiza para inflar las cuentas de cuatro magnates de los derechos televisivos. Emocionarse con la selección es, textualmente, tan absurdo como aplaudir los resultados financieros de Amazon.

En fin, disfruten de la alienación. Yo veré el partido de reojo, esperando el gol austríaco.

Burton 93

La estupidez es algo inquebrantable; nada la ataca sin romperse contra ella. Es de la naturaleza del granito: dura, compacta y soberana. A veces me agarra una melancolía que me sobrepasa cuando veo cuán generalizada está la imbecilidad humana. Necesito entonces desinfectarme leyendo a Suetonio o escuchando a Händel. Siento una ola de asco que me ahoga. Me dan ganas de vomitar sobre mis contemporáneos. Me enerva el paisaje y me asalta el deseo salvaje de aplastar a esos millones de memos como si fuesen cucarachas. Al fin y al cabo, la estupidez consiste exactamente en eso: en querer juzgarlo todo, en hablar de todo sin saber nada, en decretar la verdad basándose en prejuicios heredados y lugares comunes que se repiten de boca en boca como si fueran oráculos.

No me engaño. Sé que la imbecilidad es vasta, densa y que da vértigo. Y es impredecible; a diferencia de la maldad, que calcula y tiene un fin, la estupidez carece de brújula, lo que la vuelve infinitamente más peligrosa. Veo a diario una gentualla gobernada por eslóganes y por las mentiras más descaradas, gente incapaz de articular un argumento lógico o una sola oración de subjuntivo, que avanza dañándose a sí misma y a los demás con absoluta impunidad. Van embruteciendo el espacio social con la sombra de ameba de sus mentes; gentes que jamás dudan y que emiten juicios categóricos sobre campos de los que son completamente incompetentes. Son dóciles, gregarios, adictos al bulo, colonizados por una flagrante y voluntaria abdicación del pensamiento.

Sí, el censo de indocumentados aumenta exponencialmente; es una procesión de mentes obtusas que va desde los párvulos hasta la tumba. Lo sé. Pero la estupidez, bien mirado, es un elemento más de la naturaleza, como la lluvia ácida o la entropía. Comprenderlo es crucial, porque la exasperación es un veneno que solo me inoculo a mí mismo. No se puede litigar contra el paisaje.

La imbecilidad opera con la misma fría indiferencia que la ley de la gravedad o una granizada imprevista sobre la cosecha. Exigirle lucidez a la masa es tan estúpido como pedirle al invierno que no hiele. Por pura higiene mental, por mera supervivencia, debo aprender a tolerarlos. No desde la condescendencia —que es otra forma de soberbia—, sino desde la distancia del naturalista que observa una plaga inevitable. La mente humana se cansa e irrita en vano contra aquello que no puede cambiar.

Para vivir en este mundo es necesaria una enorme provisión de resignación. Contra la estupidez, los hombres más brillantes están indefensos si se empeñan en combatirla con la razón. Lo único que nos salva del desprecio absoluto hacia nuestros semejantes es la convicción de que la imbecilidad es un defecto constitucional de la especie. Cuando te encuentres con un hombre estúpido, insensato o grosero, no lo tomes como una ofensa personal; considéralo un hecho puramente objetivo: un obstáculo en el camino, una piedra roma, una rama seca.

Al final, gracias a los tontos, uno aprende el más sabio y necesario de los estoicismos.

Burton 92

Locomía no fue solo un producto de marketing para la España cañí; fue la voladura controlada de la represión nacional-católica a golpe de abanico. Frente al miedo al cuerpo y la obsesión por el control de las costumbres de puritanos y mojigatos, se opuso la libertad, la discoteca, la alegría descacharrante. Para el censor, el abanico de Locomía era «cosa de maricas de Ibiza»; para la historia de la sensibilidad española, fue la apropiación de un elemento del ajuar folclórico patrio para dinamitar el rígido decoro franquista desde el hedonismo.

Sade, aproximadamente: «¡Cómo! ¿Os imagináis que la naturaleza os ha dado esos miembros, esas formas, esa sensibilidad tan viva, para que los marchitéis con la abstinencia o los degradéis con la virtud? No lo creáis. Las pasiones son las únicas antorchas que nos guían en este mundo. ¿Hay algún placer comparable al de la lascivia? ¿Hay alguna sensación más aguda, más deliciosa, que la que experimentamos en el desborde de los sentidos?». Desarreglemos los sentidos. Oteemos a veces el palacio del exceso.

No quiero la libertad harapientamente concedida por el Estado; quiero la libertad que se arranca con las uñas en la oscuridad de un club, allí donde el dolor y el placer se confunden tanto que las palabras ‘correcto’ e ‘incorrecto’ estallan en pedazos. El libertinaje («libertino» viene de «libre») no es un juego de salón para ricos aburridos; es sublimidad estética.

El sexo, el deseo es una fuerza natural pagana y dionisíaca que la sociedad burguesa intenta inútilmente domesticar con sus manuales de buena conducta. La pista de baile, la pornografía, el erotismo y el exhibicionismo no son patologías que deban ser corregidas por terapeutas o comités de ética; son las válvulas de escape indispensables de una energía que se burla de la moralidad humana.

Lo que el Poder teme de verdad es la alegría desbocada, el tropiezo de los cuerpos bailando y que no marchan al ritmo de silbato de la producción. Nos han vendido una vida morigerada, una vida de túnel estrecho, donde el sexo está tasado y las costumbres vigiladas por el miedo al qué dirán o el miedo a la muerte.

D.E.P. Manuel Arjona. Que la orilla de las playas del cielo burlen tu soledad con barrocos abanicos y purpurina.