Cornaro 163

«Fidelio» de Ludwig van Beethoven. Obra que no busca el adorno vocal superficial ni el melodrama efectista del bel canto. Es una ópera austera, de líneas nobles, éticas, de cabellos rubios flotando en un velo, tórtola -acaso- sobre el muro, cuyo centro es la dignidad humana, la libertad y la justicia frente a la tiranía. El discurso papal comparte esa misma gravedad solemne y humanista. La Sinfonía No. 4 en mi menor, Op. 98 de Johannes Brahms. Su cuarta sinfonía destaca por una estructura formal rigurosa y matemática (un equilibrio perfecto, casi arquitectónico) que conmueve no por el sentimentalismo, sino por su tremenda solidez y profundidad moral. Dodecaedro donde florecen árboles y brotan fuentes. Faros de luz rosa iluminando Versalles. Avanza sin prisa, con una madurez y un peso específico que recuerdan a la cadencia del Sumo Pontífice en el atril del Congreso.

La música popular de los políticos es una música que no se escucha, sino que se padece. Ha sido despojada de las tres dimensiones que hacían del arte musical una fuerza humanizadora: la melodía, que imita el movimiento de la voz humana en su búsqueda de sentido; la armonía, que establece el orden moral y la resolución de las tensiones; y el ritmo, que invita a un movimiento coordinado y comunitario, como el de la danza tradicional. Hablan como mamarrachos reguetoneros.

Cornaro 162

Mi admiración babeante y militante por Gabriel. Sedientos de ganancias, las naciones y sus sistemas educativos están descartando asnalmente conocimientos humanísticos que son indispensables para mantener vivas las democracias (para explicitar la argumentación del anterior aserto, léase «Sin fines de lucro», de M. Nussbaum) Si esta tendencia continúa, las naciones de todo el mundo pronto producirán generaciones de semi-zombis o máquinas utilitarias -especialistas en las utilísimas letrinas y en los manuales de auditoría- en lugar de ciudadanos completos que puedan pensar por sí mismos, criticar o aplaudir la tradición, saber por qué vivir y comprender el significado del sufrimiento y de los logros humanos.

En su demoledor (y actualísimo) ensayo «Adiós a la Universidad», el sabio profesor Llovet describe la mutación de las facultades en meras escuelas de negocios o centros de formación técnica: «La universidad actual ha capitulado ante las leyes del mercado. Ya no se busca formar hombres libres, sabios y críticos, sino profesionales dóciles y altamente especializados. El caso de un alumno brillante que elige las letras es visto como una anomalía o un desperdicio porque la sociedad ha olvidado que la cultura es un fin en sí misma, no un medio para la producción».

Para responder a esos haters que le auguraban a Gabriel un futuro miserable (menos colorín y más latín, menos Rin Tin Tin y más latín) y que regurgitaban aquello de «vaya m… de carrera», no hay mejor réplica que acudir a Marco Tulio Cicerón. En su célebre discurso Pro Archia Poeta (§16), Cicerón defiende el valor de los estudios humanísticos y literarios. No lo hace desde una torre de marfil, sino ante un tribunal, demostrando que mientras otras actividades caducan con la edad o dependen de la fortuna, las letras sostienen al hombre en cualquier circunstancia de la vida: «Nam ceterae neque temporum sunt neque aetatum omnium neque locorum; at haec studia adulescentiam alunt, senectutem oblectant, secundas res ornant, adversis perfugium ac solacium praebent, delectant domi, non impediunt foris, pernoctant nobiscum, peregrinantur, rusticantur», es decir, «Pues las otras ocupaciones no son ni de todos los tiempos, ni de todas las edades, ni de todos los lugares; pero estos estudios alimentan la juventud, deleitan la vejez, adornan las situaciones prósperas, ofrecen un refugio y un consuelo en la adversidad, deleitan en el hogar, no estorban en el extranjero, pasan la noche con nosotros, viajan con nosotros y nos acompañan en el campo».

Cornaro 161

Acuerdo con la hipótesis de que en el silencio, en la energía del silencio tutti frutti (añadaría a ello la bendición de la soledad), cesa el simulacro del mundo y allí el ser humano, al vaciarse del ruido contemporáneo, se encuentra con su propia verdad y con lo trascendente, brota la propia verdad.

A veces llegué a creer, en mis intuiciones de mística naturalista, que la verdad ni se legisla ni se debate (signifique eso lo que signifique) A solas en la naturaleza, paseando por los cañones del Sil donde vivo, me despojo de mis años y vicios como la serpiente de su piel. En el silencio de los campos, mi mente se abre a la corriente del ser universal. Las palabras humanas son a menudo el camuflaje de nuestra ignorancia; solo cuando callamos, la verdad de las cosas nos inunda. El silencio es la lengua de la virtud y el espacio donde la Belleza habla al oído del hombre sin la mediación corrupta de la sociedad. No sé explicarlo con palabras más claras y distintas, con sintaxis lógica y convincente. Es como si las cargas del mundo se aligeraran.

Wittgenstein cierra su «Tractatus Logico-Philosophicus» con la frase más famosa sobre el silencio de la historia de la filosofía moderna. El texto de la crónica roza este límite: el misterio de la existencia (el dolor, el amor, la redención del suicida) no se puede explicar con «cháchara» política. Proposición 7: «De lo que no se puede hablar, hay que callar». Para Wittgenstein, lo místico no se puede decir mediante proposiciones lógicas; solo se puede mostrar. Ese silencio en Madrid es lo místico mostrándose, allí donde el lenguaje articulado ya no tiene tracción.

Emanuel Swedenborg: «En el mundo espiritual, los ángeles no necesitan articular sonidos para comunicarse; sus voluntades se unen en una armonía perfecta que las almas terrenales perciben como un silencio majestuoso. Cuando una multitud en la Tierra calla al unísono con el pensamiento fijo en lo Divino, el cielo se abre y la luz celestial fluye sin resistencia, ordenando el caos interior de los hombres y ahuyentando a los espíritus de la desesperación que habitan en las tinieblas».

Miguel de Molinos: «Tres son las especies de silencios: el primero es de palabras; el segundo, de deseos; y el tercero, de pensamientos… El primero es perfecto; el segundo, más perfecto; y el tercero, perfectísimo. En el primero, que es de palabras, se alcanza la virtud; en el segundo, que es de deseos, se consigue la quietud; y en el tercero, que es de pensamientos, se logra el recogimiento interior… No hables, no desees, no pienses, y hallarás el perfecto camino místico donde Dios obra en el alma».

P.S. Me atreví a delirar con perplejidad, a discurrir sin brida. Soy un agnóstico tenso e ignorante. Quien busca, ¿encuentra? No sé.

Enorme artículo, Sr. Apaolaza.

Cornaro 160

La lista de libros de Puigdemont: «La botifarra de la llibertat», «Les nymphettes que llegien al lavabo», «Curial e golfo», «Don Jaume el Conqueridor».

Ciertamente, y no se vea el comentario como ofensa, me deja «garratibat» y «apardalat» el listado del ilustrísimo. No creo que lo hubieran sancionado con un asentimiento o pulgar hacia arriba ni Mortimer Adler ni Fadiman. Me parece una selección propia de una serrana de la Finojosa o de una pubilla de Viver i Serrateix, e impropia de un preboste de Vallespir u Oxford (aunque, o tempora, Oxford ya no es lo que era) Seguramente estoy totalmente equivocado.

***

«Aquest Hobbes, cagacalces materialista i fatalista, que amb cruesa implacable aplicà als fets socials les conseqüències de la seva doctrina, deduint de la contemplació empírica dels homes l’apologia del govern despòtic i de la llei del més fort», Menéndez y Pelayo.

«Malparit, capsigrany, pallús, talòs, àvol, manefla, estrafet, nyèbit, predicaire, fill de mala mare», José Donoso Cortés sobre Hobbes. Carta al cardenal Fornari.

Cornaro 159

Hay dos especies de lectores, aquellos que tienen formación literaria (y consultan los «Moralia» de Plutarco, y a Plotino, Hume, Michelet, o Gibbon, y les atraen asimismo las acrobacias de verja historiada de Nabokov, y releen a Pla, o les interesan Erasmo y Polidoro Virgilio, y disfrutan con las autobiografías de Cellini, Cardano, Pío II, Ruskin, Goethe, Russell, Darwin, o Mill y casi se saben de memoria a Feijoo, «Las cartas familiares», «La democracia en América», «Middlemarch», el «Glosari», «Las crónicas del Sochantre», «Trilce», «Manon Lescaut», «La obra maestra desconocida», «Edipo rey» etcétera), aquellos que tienen una formación literaria, decíamos, y aquellos otros que consumen las obras consoladoras de la autoayuda, los best-sellers de ocasión más «maldestres i malgirbats», o la «middle culture» más engañadora.

Mi impresión de diletante (carezco de documento científica para verificar el dato), es que la cultura libresca de primera categoría anda muy de capa caída y en la UVI. No sé.

Cornaro 158

Reducir los sentimientos a un puñado de hormonas y enzimas es como decir que un cuadro de Velázquez es solo una amalgama de pigmentos y aceite de linaza. Técnicamente es cierto, pero se pierde todo el significado. La química es el mecanismo, pero no el motivo. Si reducimos el amor, el duelo o el arte a simples interacciones moleculares, caemos en lo que la filósofa Mary Midgley llamaba «reduccionismo codicioso». Para argumentar por qué no somos solo una amalgama de reacciones químicas (aunque dependamos de ellas) o bien para argüir que, pese al sentido común, solo somos reacciones electroquímicas, aquí envío un arsenal de perspectivas o convoy de citas:

«Las sensaciones no son nada más que procesos cerebrales… Decir que tengo una imagen mental no es reportar un hecho sobre un mundo incorpóreo, es reportar un proceso estrictamente físico en mi sistema nerviosocentral», Smart. Para el super-materialista Smart, un estado cerebral y un estado mental son indiscernibles.

«No podemos reducir la psicología a la física o la química, porque un mismo estado mental puede ser realizado por sistemas físicos infinitamente variados. La ira es ira, ya sea que esté hecha de carbono y neurotransmisores o de silicio y electricidad», Putnam. Esto ya es menos grosero.

«La mente es física, pero es ‘anómala’ porque no se rige por las leyes deterministas de la física. No puedes encontrar una ley que diga: ‘A tal cantidad de cortisol, el sujeto experimentará exactamente este tipo de angustia existencial’. El significado de nuestras vidas escapa a las redes de la ciencia física», Davidson. Aquí ya razonamos sutilmente. La psiclogía tiene reglas que la química ignora.

Volvamos a una idea en el linaje de Smart. Concretamente de Danny Dennet: «No hay un ‘Teatro Cartesiano’ en el cerebro donde alguien se sienta a ver las emociones. Somos una colección de agencias competitivas, un conjunto de trucos evolutivos. La consciencia no es un misterio divino, es el resultado de trillones de procesos celulares trabajando en paralelo. Somos máquinas, pero somos máquinas hechas de billones de otras pequeñas máquinas químicas», es decir, somos máquinas biológicas, pero extremadamente complejas.

Vayamos ahora con Chalmers, el antagonista perfecto de Dennet: «Imaginemos un ‘Zombi Filosófico’: un ser idéntico a nosotros átomo por átomo, cuya química funciona a la perfección, secreta dopamina y cortisol, pero no experimenta nada por dentro, es oscuridad absoluta. Si la química lo explicara todo, ese zombi sería igual a nosotros. Pero no lo es. La experiencia subjetiva —el sabor del café, el dolor de la traición— es un hecho fundamental del universo que no se puede reducir a la simple interacción de moléculas».

Con Strawson podemos rizar el rizo. La materia, y todo es materia, puede tener una pizca de ¿cómo llamarlo? «conciencia». Escribió: «Si eres un materialista real, debes aceptar que la experiencia consciente es una propiedad física. Pero no puedes explicar cómo la materia muerta y tonta de pronto genera un sentimiento. Por lo tanto, la materia en sí misma debe ser intrínsecamente capaz de experimentar. Reducir la mente a la química es un error si concibes la química como algo ciego y mecánico».

Jay Gould siempre criticó la idea que hormonas o genes determinaran nuestro destino: «El reduccionismo es una enfermedad del pensamiento que destruye la riqueza de la naturaleza. El cerebro humano evolucionó con una complejidad química enorme, pero esa complejidad permitió la emergencia de la cultura, el lenguaje y la autoconsciencia. Intentar explicar la cultura humana o el sufrimiento a través de la química cerebral es como intentar explicar el genio de Shakespeare analizando la composición química de la tinta que utilizó».

Resulta difícil hilar todo esto. Cada hipótesis es sostenida por una batería de argumentos y a su vez refutada por otra batería de contraargumentos. Estamos hechos de cortisol, serotonina y enzimas, sí. Pero la tristeza, el amor o la melancolía son propiedades emergentes de esa química (esa es mi creencia como mero amateur del tema) El error del ‘biohacking’, en el caso que fuera un error, algo que no sé, es creer que modificando el hidrógeno vas a arreglar el océano de la experiencia humana.

P.S. Nadie estudia la Revolución Francesa midiendo moléculas de tinta. Nadie interpreta la “Divina Comedia” analizando la composición química del pergamino. Nadie comprende una sinfonía de Mahler mediante espectroscopia. Y, sin embargo, la tinta, el pergamino y las vibraciones acústicas son perfectamente reales.

Lo mismo podría decirse de la tristeza. Que dependa de neurotransmisores no significa que la mejor descripción de una tristeza sea una tabla bioquímica (argumento de analogía inspirado en Fodor)

Cornaro 157

«Vingt fois sur le métier remettez votre ouvrage:
Polissez-le sans cesse et le repolissez;
Ajoutez quelquefois, et souvent effacez».

«Volved veinte veces sobre vuestro trabajo;
pulidlo sin cesar y volved a pulirlo;
añadid alguna vez, y borrad con frecuencia», Boileau.

La obra literaria debe corregirse, trabajarse, escamondarse, pasarle la lima y el buril, pulirse etc… pero nunca llegarás a tus ideales o a la imagen platónica que tenías inicialmente en la conciencia; siempre hay un «décalage» entre la impresión poética y la final expresión literaria. Por eso, los escritores nunca acabamos los libros, simplemente los abandonamos.

La facilidad me inspira desconfianza. Lo que llega demasiado deprisa suele estar insuficientemente pensado. Pinto lento, porque pinto para mucho tiempo, dijo Zeuxis. Acaso la inspiración sea un subterfugio de zánganos. Al escribir lo que debes hacer es ahondar en capas y capas de correcciones hasta un límite dado, y no más allá. Si tachas, escribes bien. Si no dices todo lo que piensas, escribes bien. Desdichadamente yo soy un escritor numeroso, y el gran defecto de mis libros -entre tantos- es la prolijidad. La primera versión de un escrito casi siempre es una invitación a escribir más, a tachar más.

Citemos al santo patrón o mártir de «le mot juste!, Flaubert: «Qué pesado es este oficio. ¡Prefiero morir antes que escribir apresuradamente! Me paso días enteros buscando un adjetivo o una conjunción. Llevo toda la semana con una sola página y no hay forma de que me guste. A veces, cuando me descubro tan vacío, tan flojo, tan aburrido de mí mismo, me entran ganas de tirarme por la ventana. (…) El estilo es una labor de orfebrería donde cada palabra debe encajar como un brillante, y yo me paso la vida puliendo cristales rotos con la esperanza de que brillen como diamantes».

O un pasaje de la novela de Bernhard, «Corrección»: «El proceso de corrección es el proceso de destrucción sistemática de lo que hemos creado. Corregimos porque no soportamos vernos reflejados en nuestra tosquedad original. Pero al corregir una vez, y luego otra, y luego otra más, nos adentramos en un túnel donde la luz desaparece. El perfeccionista literario es un exterminador: empieza puliendo una frase y termina borrando el libro entero, porque descubre que la única obra perfecta es la que permanece en el silencio absoluto».

El arte, como la vida, necesita un suelo fértil hecho de hojas podridas, de barro, de descomposición. El escritor que limpia demasiado su huerto, cultiva frutos muertos.

Cornaro 156

El discurso del Papa en el Congreso (oratoria sagrada adaptada a las cortes seculares) tuvo gravitas, dignitas y urbanitas (antítesis de la ordinariez parlamentaria moderna) Quintiliano hubiera apreciado especialmente la unión de docere, movere y delectare. El tono dominante fue el de la suavitas cum gravitate. No existió asomo de sarcasmo o ironía, ridiculización ni consignas. Y la emoción se reguló cuidadosamente.

Para Isócrates la política necesita educación moral. Alabaría la estructura periódica de las frases (largas, fluidas, con subordinadas perfectamente engarzadas) y el énfasis en «caminar con la humanidad» y el «respeto a la autonomía». Para Isócrates, este discurso encarnaría la sofrosine (moderación y sabiduría); juzgaría a León XIV con gran orgullo.

¿Por qué hace más de un siglo que casi no se oyen discursos así en los parlamentos? Por la desaparición de la educación retórica clásica y las humanidades en general. En el siglo XIX y principios del XX, los parlamentarios (como Emilio Castelar en España o Winston Churchill más tarde) se educaban en el canon clásico; hablar bien era una demostración de estatus intelectual. Hoy, la solemnidad se confunde a menudo con la pedantería o la hipocresía. El político actual prefiere sonar «cercano», «de la calle» o «auténtico», lo que degrada el lenguaje hacia lo coloquial. Los políticos actuales -acémilas astronómicos- no saben (ni estudiaron) griego ni latín, y en absoluto están familiarizados con Cicerón, Demóstenes o Quintiliano, ni con la literatura o filosofía clásica. La gran oratoria necesita tiempo y no zascas o emoción inmediata. Al perderse la formación en humanidades clásicas (retórica, latín, griego), los oradores han perdido las herramientas técnicas (las figuras de dicción, el ritmo del periodo) que hacían que un discurso sonara «elevado». Hoy todo son como hablas de mandriles.

Cornaro 155

«La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación», fragmento del discurso de León XIV en el Congreso de los diputados el 8/06/2026

Desearía glosar estos dos hermosos párrafos del extraordinario discurso de León XIV.

En catalán encontramos el verbo «enraonar», a saber, «hablar», «conversar», «dialogar», que etimológicamente significa «poner en razón», «introducir la razón». Ahí radica el quid del asunto: dialogar, incluso desde la convicción, implica dar cuenta y razón de tus ideas, escuchando atentamente las del adversario, sin humillarlo ni despreciarlo, sin lanzarle puñetazos verbales en lugar del civilizado y educado intercambio de ideas, donde, incluso, es posible que se modifique tu opinión debido a que, tras la reflexión, encuentres más impecable lógicamente o empíricamente, más convincente la opinión contraria.

En el parlamento se dirime o delibera como bestias que no bajaron de los árboles, caldeando innecesaria y morbosamente el ambiente. Las cosmovisiones son plurales, y muchas se han ganado el respeto aunque no coincidamos con ellas. Esta exhortación del Papa me parece compacta y definitiva, una llamada a lo mejor que hay en nosotros, aunque temo que inmediatamente será desoída por esa caterva de hooligans que nos gobiernan o bien fiscalizan el gobierno.

A propósito de la urgente necesidad del diálogo racional, no olvidemos a Habermas: «La deliberación democrática exige lo que llamamos la «fuerza sin violencia del argumento mejor». Cuando el lenguaje político se desnaturaliza y se convierte en mera propaganda o descalificación ad hominem, se destruye el espacio público. El insulto y la humillación del oponente son la renuncia explícita a la razón; es el síntoma de que se prefiere la dominación estratégica a la comprensión mutua».

Cornaro 154

El «totus orbis» de Francisco de Vitoria, ¡citado hoy en el Congreso por el Papa! E indirectamente se citó a Domingo de Soto, Melchor Cano o Bartolomé de las Casas cuando desarrollaron una visión de la persona humana basada en la ley natural.

Si se pregunta por las grandes escuelas filosóficas occidentales, suelen citarse la Academia de Platón, el Liceo aristotélico, el idealismo alemán o el empirismo británico. Sin embargo, muchos estudiosos consideran -y creo que con absoluta razón- que la Escuela de Salamanca merece figurar entre ellas porque fue capaz de generar ideas originales en muchos y diferentes ámbitos.

Conocemos algunos españoles mejor las aportaciones de la Ilustración francesa, del Renacimiento italiano o de la ciencia británica que muchas de nuestras propias contribuciones intelectuales. Nuestro legado suele estar infravalorado o crasamente ignorado incluso por los propios españoles.

Domingo de Soto, en «In octo libros physicorum Aristotelis», de 1545, ¿se «adelantó» a Galileo y Newton? ¿Fue el corpus de Juan de Salaya tan importante como el de Tycho Brahe? ¿José de Acosta acaso no demolió los mitos geográficos medievales de Aristóteles y Ptolomeo?

Marcelino Menéndez Pelayo escribió con amargura: «Hay un hecho indudable en nuestra historia contemporánea, y es el absoluto olvido, la desatención profunda, el sistemático menosprecio que los mismos españoles hacemos de nuestras cosas. […] Parecemos un pueblo de advenedizos, sin abuelos y sin historia; nos avergonzamos de nuestro pasado, y todo lo que no venga de París, de Berlín o de Londres nos parece bárbaro e indigno de científica consideración. No hay nación en Europa que de tal modo reniegue de sí propia; no hay raza que con tanto encarnizamiento destruya sus propios altares».

No todo lo nuestro es chabacano e inservible y en cambio lo ajeno esplendoroso. El esfuerzo de grandes hombres parace evaporarse el día siguiente a su muerte. Hay un desprecio soberbio hacia lo que se ignora ¿Siguen vigentes, mutatis mutandis, estas palabras de Cajal?: «Al carro de la cultura española le falta la rueda de la ciencia. […] España no es un país estéril para la verdad, sino un país de cultivadores indolentes o ignorantes. El defecto no está en la raza, sino en el ambiente; no en la falta de cerebros, sino en la falta de disciplina y de constancia. Preferimos el aplauso fácil del café o de la tribuna política al trabajo silencioso del laboratorio, y cuando surge entre nosotros una cumbre intelectual, en lugar de sostenerla, la rodeamos de la sospecha, la envidia o el más absoluto de los vacíos».

Creo que siguen vigentes.