Cornaro 153

Más allá de discrepancias amables en algunos puntos, me encantó el discurso del Papa, especialmente cuando pidió el uso de una racionalidad o deliberación no agresiva, el discrepar sin humillar, la observación sobre que la firmeza en las convicciones no conlleva salvajismo verbal hacia el oponente.

En mis libros uso a veces una estrategia con sofismas simiescos y bárbaros para ridiculizar algunos temas. Ese tipo de lenguaje menospreciador es conscietemente usado como forma de impactar y epatar. También a menudo señalo en mi pequeña obra esas añagazas, sátiras y trucos (inconsistentes lógicamente), a la par que me disculpo por ellas y pido benevolencia por los tropos literarios desmesurados.

Pero en mi vida real, en mi yo biográfico y no en el ficcional, propendo muy claramente a la bonhomía, y a dirimir y respetar argumentos, a inferir sin insultos. Desde Erasmo de Rotterdam, que fustigaba la estulticia de su época con una ironía feroz, pero consagraba su vida al humanismo conciliador, hasta los grandes polemistas ilustrados, desde mi muy enana altura, no estoy solo en esa tradición. El recurso del exceso retórico en la obra es legítimo si se ofrece como un espejo satírico; sin embargo el verdadero cimiento de Occidente no se forjó con el garrote y las mazas, sino con la palabra templada, a saber, el logos.

Recordemos a Aristóteles y su noción del intelecto agente (nous poietikos), esa chispa capaz de abstraer las verdades del mundo y transformarlas en conocimiento universal. Occidente es, en su raíz más noble, el triunfo de la deliberación sobre la fuerza bruta. Cuando el pensamiento clásico griego se funde con el humanismo y la tradición judeocristiana, lo que emerge es una convicción revolucionaria: el oponente político o intelectual no es un enemigo que deba ser aniquilado, sino un interlocutor necesario con el que se comparte la búsqueda de la verdad.

Karl Popper: «El racionalismo es una actitud en la que predomina la disposición a escuchar los argumentos críticos y a aprender de la experiencia. Es, fundamentalmente, una actitud que admite que «yo puedo estar equivocado y tú puedes tener razón, y, con esfuerzo, podemos acercarnos más a la verdad». Esta es la actitud que no renuncia a la ligera a la esperanza de llegar a una comprensión mutua mediante el uso de la razón y la argumentación. El hecho de que la actitud racionalista tenga más en cuenta el argumento que la persona que lo sustenta es de vital importancia. Nos lleva a la conclusión de que debemos reconocer a todo aquel con quien nos comunicamos como una fuente potencial de argumentos y de información razonable; establece, pues, lo que podría llamarse la unidad racional de la humanidad».

Felices palabras las de León XIV.

Cornaro 152

En 1740, tras un cónclave interminable de 255 votaciones, la Iglesia elevó al trono de San Pedro a Prospero Lorenzo Lambertini. Nacido en la nobleza boloñesa y doctorado en teología y utroque iure con solo diecinueve años, el nuevo Benedicto XIV no llegó a Roma para contentar a las masas ni para sobreactuar una falsa humildad. Llegó con la tradición tridentina en una mano y el rigor de la razón en la otra.

Inspirado por el espíritu muratoriano, Lambertini entendió que la fe no debía temer a la inteligencia. Su pontificado fue una lección magistral de cómo armonizar el dogma con la modernidad ilustrada. Bajo su dirección se acometió la reforma del Index librorum prohibitorum en 1757, un gesto de audaz apertura que —con el sabio asesoramiento del jesuita Boscovich— sacó de la lista negra de la censura las obras científicas de Galileo. Benedicto XIV demostró al mundo que la Iglesia podía dialogar de tú a tú con los gigantes de la ciencia sin perder un ápice de su autoridad moral.

Fue tal su altura teológica y diplomática que el mismísimo Voltaire, azote del catolicismo, le envió su obra Mahoma acompañada de una carta preñada de sincera adulación. El Papa, lejos de atrincherarse en el anatema, le respondió con una misiva de gratitud tan elegante que inspiró al filósofo francés a dedicarle un célebre dístico en latín, elogiando a Lambertini como la luz de Roma y la guía de la sabiduría paterna.

La figura de Benedicto XIV, inmortalizada hoy en San Pedro por la escultura de Pietro Bracci, destaca como el culmen del pontificado ilustrado. Un espejo incómodo en el que harían bien en mirarse quienes hoy gestionan los destinos de la Iglesia. Frente a la sólida erudición y el prestigio intelectual que doblegaron el orgullo de la Ilustración, el Vaticano actual ofreció el triste espectáculo de Francisco: un «Papa pop» devorado por la cultura del titular fácil, la devaluación doctrinal y una alarmante carencia de luces intelectuales. La historia demuestra que la Iglesia sobrevive cuando fascina a las mentes más brillantes de su tiempo; difícilmente lo hará rindiéndose al populismo analfabeto de la galería.

Cornaro 151

El artículo da en el clavo de una de las mayores tragedias de nuestra política actual: la rampante degradación del personal público. Coincido plenamente. Nos gobierna una guardia de corps de dóciles pelotas y mediocres asombrosos que custodian al presidente, pero erraríamos el tiro si pensáramos que esto es solo un problema de falta de luces o un bache ético. Es algo mucho peor: es un diseño sistémico.

Cuando un partido político se vacía de ideas, se vacía inmediatamente de mentes pensantes. Al líder actual ya no le interesan los consejeros con criterio propio que puedan ensombrecer su figura o discutirle una estrategia; busca ejecutores, subalternos cuya única y cotizadísima virtud sea la obediencia ciega, esa fidelidad perruna al aparato. La «bunkerización» de la Moncloa no es un accidente de tráfico en la gestión, es la consecuencia lógica de un ecosistema que premia el gregarismo siervo y purga el talento.

Decía el viejo maestro Norberto Bobbio que la democracia es, por definición, el gobierno del poder público en público. Lo que hoy vemos en las portadas —los audios ocultos de la UCO, los chalets, las maletas y los pactos de pasillo— es la perfecta radiografía de lo que él llamaba el «poder invisible» o la autocracia encubierta. Los partidos han dejado de ser canales de participación ciudadana para convertirse en agencias de colocación de clientelas encargadas de gestionar el botín del Estado. Cuando la supervivencia del líder depende de rodearse de perfiles manejables y carentes de moral, el fraude a la confianza pública es total.

Por eso, cuando Emiliano García-Page se asombra de la «falta de luces» de los corruptos y de la cantidad de huellas que han ido dejando por el camino, comete un error de diagnóstico. En un sistema de partidos hiperpersonalista y polarizado, al corrupto ya no le importa dejar rastro. Sabe perfectamente que la impunidad ya no se fía a la sofisticación del delito, sino a la capacidad del búnker de resistir el envite atrincherándose en la guerra de bloques.

Sustituir el criterio técnico por el servilismo político siempre sale caro. El impacto de meter a un «pelota» en un puesto clave rompe cualquier lógica de buen gobierno y destroza las capacidades administrativas del Estado. El panorama, desde luego, es desolador: un Gobierno que prefiere hundirse con los suyos antes que salvar la dignidad de las instituciones.

Cornaro 150

De Prada asume la vieja falacia de la apologética católica: que el pensamiento moderno, desde Descartes hasta el posmodernismo, es una masa homogénea de subjetivismo demente que odia la realidad. Olvida que la filosofía analítica nació precisamente para dinamitar el idealismo. Filósofos como G.E. Moore y Bertrand Russell demostraron que el mundo físico existe independientemente de la mente que lo piensa. No hace falta ser católico para afirmar que la realidad está ahí fuera; solo hace falta lógica.

Frente a la tiranía de las «narrativas», el primer Wittgenstein y Alfred Tarski blindaron los hechos con la teoría de la verdad como correspondencia. Si una ideología afirma que el lodo es oro, la semántica analítica no la trata como una ‘interpretación respetable’: demuestra de forma directa y MATEMÁTICA que es una proposición falsa. El realismo no es un monopolio de la fe. El acceso a lo real es una propiedad cognitiva que compartimos creyentes y ateos a través de la percepción y la memoria. Vincular la cordura de aceptar los hechos exclusivamente al catolicismo es una burda petición de principio que intenta borrar, de un plumazo, todo el realismo científico.

Cornaro 149

Dormí profundamente, y al despertar parecía otro hombre. El sueño había pasado por mi psique como un pincel con pelo de tejón y mango de bambú que dibujara un mar encalmado en julio. Dulce, dulcísimo cuando cae el sueño como la cellisca sobre el campo, amortiguando aristas y borrando caminos. Dormir bien es entregarse a la bóveda celeste con la confianza del niño que se duerme en el regazo de mamá, sabiendo que al despertar la luz será nueva.

Sí, dormí. Recuerdo que dormí. Dormí un sueño profundo, espeso, como si me hubiera hundido en el fondo de un pozo de lodo tibio. Un sueño sin fisuras, sin imágenes, sin el menor eco del mundo exterior. Si un sueño es así de perfecto, uno no solo descansa; uno se desarma por completo y se vuelve a armar de una manera ligeramente distinta, más limpia, más firme para el día siguiente.

«[…] en tanto que duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo, ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita el hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto», Cervantes.

Dormir es un maravilloso distraerse del universo.

Cornaro 148

Hay demasiadas noches de una lucidez tan febril que resultan aterradoras. El cuerpo está derrengado, los ojos arden con una sangre melancólica y fofa, pero los nervios vibran como el pizzicato de un violín tocado por los dedos gordezuelos de un psicópata. Nunca es un estado apacible, sino una guerra sorda. Te persiguen visiones, voces, payasos enanos, ratas, proyectos o miedos que al amanecer parecerán absurdos, diálogos enteros con personas que te han ofendido o a las que has dañado. Soy un insomne crónico.

Al asaltarte el insomnio durante décadas, las vértebras crujen y la espalda se deforma. El insomnio es una alteración que nos devuelve a la condición de bestias acorraladas. Uno persigue el sueño con una estrategia militar: ensaya posturas, regula la respiración, prueba a relajarse, intenta fijar en la mente la imagen fija de una bosque otoñal o de una melodía de Chopin, pero el cerebro, ese traidor infatigable, siempre encuentra una rendija por la que deslizar un pensamiento parásito, un recuerdo humillante de la infancia o de la adolescencia, o bien una preocupación trivial que lo echa todo a perder. El durmiente es un hombre libre; el insomne es el soldado cansado que se queda varado en la garita haciendo guardia.

Miro las ventanas que clarean vagamente con una angustia que no sé de dónde me viene ni adónde me lleva. El insomne no piensa: siente el paso del tiempo como una lija raspando sobre la piel. Sentado en el borde de la cama, entre las sombras de las cinco de la mañana, me sé solo en el universo. En el reino de los desvelados la cama se convierte en una cámara de tortura. El hombre que duerme vive en la inocencia; el hombre que no puede dormir es un monstruo de lucidez negra y pulmones de petróleo. Durante esas horas malditas, uno no piensa en nada concreto, o mejor dicho, piensa en la nada misma.

La noche avanza gota a gota. El reloj deja resbalar segundos como un grifo defectuoso deja caer agua. El sufrimiento es completamente real. Y así casi toda mi vida.

Cornaro 147

Hubo un tiempo, oh tempora…, en que el Parlamento era una extensión de la Academia y del ensayo literario; hoy, con una muy acusada -y lastimosa- frecuencia, no se diferencia nada de una extensión o reflujo gástrico de unas mentes de una mediocridad embarazosa. Guizot, Gladstone, Castelar etc… han sido insensiblemente sustituidos por seres raquíticos, ridículos, que no levanten un palmo del suelo, y de expresión zafia, tópica y liliputiense.

En el siglo XIX, los diputados solían ser hombres con la vida resuelta (abogados, historiadores, terratenientes) que sí, hacían política. Con el nacimiento de los partidos modernos, surge el llamado «político de aparato»: tipos que entran en las juventudes de un partido y hacen de la obediencia lacayuna su modo de vida. El mérito ya no se cifra en la brillantez intelectual o en la obra publicada, sino en la lealtad ciega a las siglas. El disidente culto es expulsado; el obediente gris (espeso y municipal) asciende.

El fin de la oratoria clásica coincide con la extensión del sufragio universal y la llegada de los medios de comunicación de masas. En un parlamento decimonónico, un discurso de tres horas cargado de referencias históricas e impecable en sus calidades lógicas, podía convencer a una cámara de notables. En nuestra política de masas, el mensaje debe ser un titular de diez segundos, una frase hecha para el telediario o un zasca para las redes sociales. La complejidad intelectual cotiza a la baja, o, simple y llanamente, desapareció ¿Conclusión? Una medianía pasmosa, casi irreal de alucinante. El regimiento de la cosa pública parece hoy ordenado por delirios tabernarios.

Muchos de los pensadores más lúcidos de los últimos 150 años vieron esto con absoluta claridad. Tres ejemplos, entre decenas que podría argüir:

«El desarrollo de la política moderna en una «empresa» hizo necesaria una división del trabajo […] El político profesional actual ya no es el líder espiritual de antaño, sino un funcionario de la oratoria o un empresario de votos. La maquinaria del partido, especialmente en las democracias parlamentarias, tiende a eliminar a los hombres de talento independiente y carácter firme para sustituirlos por caracteres maleables, individuos mediocres cuyo único mérito es la fidelidad al aparato y la capacidad de gestión burocrática. El resultado es el dominio de la «sin-talento-cracia», donde el líder es rehén de una burocracia partidista que teme la genialidad», Max Weber.

«El político actual ya no intenta escuchar la verdad, sino el eco de sus propias consignas en la masa. […] Lo característico del momento es que el alma mediocre, sabiéndose mediocre, tiene el valor de afirmar el derecho de la mediocridad y lo impone por dondequiera. En la política, esto se traduce en la desaparición de los grandes debates de ideas, sustituidos por una técnica de agitación donde las élites políticas ya no guían a la opinión pública, sino que la siguen arrastrándose tras ella, adoptando sus prejuicios y rebajando el lenguaje del Estado al nivel de la taberna», Ortega y Gasset.

«No ha habido ningún golpe de Estado. La mediocracia se ha instalado sin estridencias […] El político mediocre no debe ser incompetente, al contrario; debe ser capaz de hacer funcionar el sistema, pero sin cuestionar jamás sus premisas. Su lenguaje es la «lengua de madera» (la retórica vacía), un discurso que parece decir algo pero que está diseñado para no comprometerse con nada. Las élites políticas actuales son una colección de expertos en comunicación que no leen, que no tienen arraigo en la tradición humanista y cuyo único objetivo es la reproducción del poder mediante el consenso del centro gris. La política ha dejado de ser el arte del bien común para convertirse en una técnica de marketing», Alain Denault.

La decadencia avanza, incontenible.

Cornaro 146

Un hombre, Jacques-Paul Migne(1800-1875), sacerdote, periodista y empresario francés, tuvo un sueño elefantiásico, titánico (una de las mayores aventuras bibliográficas de toda la historia de las humanidades): reunir, de forma relativamente asequible, prácticamente toda la literatura cristiana antigua y medieval conocida en su época. La obra se divide en dos grandes series organizadas por el idioma original, griego o latín, en el que escribieron los Padres de la Iglesia. En total suman 382 volúmenes.

Aunque los filólogos modernos suelen preferir ediciones críticas más recientes (como el Corpus Christianorum o Sources Chrétiennes) porque corrigen las erratas que la rapidez industrial de Migne provocó, la Patrología de Migne sigue siendo una referencia universal e inexcusable en teología e historia medieval.

Estos días de visita del Papa, sería muy interesante que la feligresía se pasara por la Feria del Libro para adquirir algún libro de la tradición cultural clásica cristiana. Recordemos al respecto a Isidoro de Sevilla: «Disce quasi semper victurus, vive quasi cras moriturus», «Aprende como si fueras a vivir siempre; vive como si fueras a morir mañana.», PL 83, col. 871.

El puente documental más vasto entre Cicerón y Tomás de Aquino, son los 221 tomos de la Patrologia Latina. No todo es Bad Bunny en esta vida.

Cornaro 145

El argumento utilizado por las élites del PSOE para blindarse es una variante de manual de la «Falacia de ningún escocés verdadero» (No True Scotsman), combinada con la «Falacia de la reificación». Rebeca Argudo lo desmonta brillantemente con una reductio ad absurdum.

Para Gaetano Mosca, por cierto, las minorías gobernantes jamás gobiernan por la fuerza bruta; necesitan una «fórmula política», es decir, una justificación moral e ideológica que la masa acepte para legitimar su dominio. El «PSOE como ideal místico de probidad» que ironiza Argudo es, precisamente, la fórmula política de su élite. En su obra fundamental, «La clase dirigente», Mosca explica cómo la élite se divorcia de la realidad del ciudadano común utilizando abstracciones sagradas

Cuando Torró afirma que los corruptos son «farsantes que usan el nombre en vano», está usando una «derivación» [concepto clave de Pareto] para salvar el «residuo» de la infalibilidad de la élite. En su «Tratado de Sociología General», Pareto escribe: «Las derivaciones son los medios por los cuales los hombres y las clases gobernantes dan una apariencia de lógica a lo que no la tiene en absoluto. Cuando un elemento del sistema social entra en contradicción con los intereses de la élite gobernante, esta recurre a abstracciones divinizadas o personificadas. Se habla de la ‘Justicia’, del ‘Pueblo’ o del ‘Partido’ como si fuesen personas reales dotadas de una voluntad perfecta, independientes de los hombres reales que los representan. De este modo, si un miembro de la élite comete un crimen, la derivación lógica consiste en declarar que el individuo ha traicionado la esencia del ente abstracto, el cual permanece inmaculado. Esto permite a la aristocracia gobernante mantener la ilusión de su superioridad moral e intelectual ante los gobernados, asegurando la persistencia de su agregado social a pesar de sus evidentes vicios internos».

Concluyamos con Michels: «El partido, como formación orgánica compacta, llega a identificarse en la mente de sus líderes y de sus miembros devotos con el ideal mismo que el partido fue creado para defender. Pronto se produce una sutil pero completa inversión de valores: la conservación del partido, que originalmente era solo un medio para alcanzar un fin político, se convierte en el fin supremo. En virtud de este fetichismo de la organización, los líderes sostienen que cualquier ataque al comportamiento de sus dirigentes es un ataque a la existencia misma del ideal. […] La oligarquía se vuelve irresponsable ante la masa; se declara a sí misma depositaria exclusiva de la doctrina pura. Si surgen escándalos o corrupción en su seno, la organización se apresura a amputar el miembro dañado proclamando que ‘eso no es el partido’, protegiendo la burocracia central y el aparato de poder bajo un velo de santidad e infalibilidad que ningún comportamiento individual, por sistemático que sea, puede mancillar».

En su obra fundamental, «La clase dirigente» (1896), Mosca explica cómo la élite se divorcia de la realidad del ciudadano común utilizando abstracciones sagradas: «La clase gobernante no justifica su poder puramente por poseerlo de hecho, sino que intenta darle una base moral y legal, haciéndolo emanar como una consecuencia lógica de doctrinas y creencias generalmente aceptadas… Esta fórmula política no corresponde necesariamente a la verdad científica. […] El hombre tiene la necesidad de creer que obedece antes bien a un principio abstracto, a una idea superior, que a otro hombre, el cual por el hecho mismo de mandar puede exigirle sacrificios o imponerle privaciones. Por tanto, la fórmula política es el instrumento indispensable para la cohesión y la estabilidad de la clase política, permitiendo que las decisiones individuales de sus miembros se disuelvan bajo la sagrada denominación de la voluntad general o del interés del Estado».

Cornaro 144

Acaso, no lo sé, su visión peca de un exacerbado idealismo romántico. Lo que usted celebra como una «voluntad compartida» y una «coincidencia humana» profunda, bien podría analizarse -también- desde una perspectiva sociológica más templada, a saber, ese automatismo inherente de la sociedad del espectáculo, donde el individuo ya no vive el momento, sino que se ve impelido a registrarlo para certificar su existencia en las redes. La «unión» a la que refiere es efímera y mediada por una pantalla; los sujetos están juntos, pero siguen absortos en sus propios dispositivos, esos «organa diabolica» u «organa infernalia».

Lo que usted llama «vínculo colectivo» y «milagro moderno», para autores como Gustave Le Bon y Elias Canetti es, en realidad, la disolución de la individualidad en un organismo ciego, irracional y fácilmente manipulable. Según Canetti, lo que ocurrió en la plaza Cibeles sería el fenómeno de la «descarga», el instante en que las diferencias individuales se borran, pero no para crear una comunidad consciente, sino para huir del miedo al contacto y crear una falsa ilusión de igualdad.

Permítame ser enfadosamente prolijo y numeroso, y citar a Canetti in extenso: «El fenómeno más importante que se produce en el interior de la masa es la descarga. Antes de ella, la masa no existe propiamente; la descarga es la que la constituye de verdad. Es el instante en que todos los que pertenecen a ella se deshacen de sus distancias y se sienten iguales. […] En esa densidad, en la que apenas queda espacio libre, el cuerpo del otro apretado contra el propio, cada uno es igual al otro. Es por esta descarga que los hombres se liberan de las cargas de la distancia que los aíslan y los encierran en sí mismos. Pero esta igualdad es una ilusión: los hombres regresan a sus casas, se acuestan en sus camas, conservan sus posesiones y temen volver a ser tocados. La masa se disgrega tan rápidamente como se formó, y el ‘instante eterno’ no es más que una tregua en el egoísmo humano».

P.S. Para cerrar este análisis con el reverso de la moneda, permítame citar al recóndito Éphraïm Mikhaël: «Parfois, on a besoin de la multitude».