Cornaro 173

Francesc Cambó pertenece a una generación de burgueses que, con todas sus contradicciones políticas, concebía la riqueza como una responsabilidad cultural. Su mecenazgo no consistía únicamente en comprar cuadros o financiar edificios, sino en crear instituciones permanentes: el gran diccionario de Pompeu Fabra, la traducción de la Biblia al catalán y, sobre todo, la Fundació Bernat Metge, concebida en 1922 y puesta en marcha en 1923 bajo la dirección de Joan Estelrich. Era una burguesía patricia, y no rácana y aldeana y acomplejada como la que campa hoy. Su propósito era extraordinariamente ambicioso: ofrecer en catalán, en edición bilingüe y con criterios filológicos europeos, todo el patrimonio clásico grecolatino (inspirándose en la Collection Budé francesa o la Loeb Classical Library anglosajona, su propósito era dotar a la lengua catalana de un corpus de clásicos griegos y latinos editados con un rigor filológico impecable) El catalán culto no debía ser un dialecto rural, sino la lengua de Cicerón y Platón. No era simplemente una colección editorial: era una declaración de que Cataluña quería sentarse a la par de las grandes culturas europeas.

Josep Pla, que conocía íntimamente a los prohombres de la Lliga y al propio Cambó (a quien dedicó una monumental biografía), contempló con enorme amargura la decadencia de la clase que debía liderar el país. En su narrativa y dietarios, los ricos de pueblo o los industriales de Barcelona a menudo aparecen retratados como seres atrapados en una codicia chabacana, sordos a la belleza y tacaños hasta la náusea. En su genial e implacable retrato de la burguesía ampurdanesa y barcelonesa en El quadern gris, Pla anota: «El burgès d’aquest país té una por constitutiva de tot el que flirteja amb la intel·ligència. Li fa por el llibre, li fa por l’escriptor, li fa por l’artista, perquè en el fons sap que la seva riquesa és una construcció sense fonaments espirituals. Són homes de caixa de caudals, incapaços de comprendre que Cambó no gastava els diners en llibres per caprici, sinó per comprar el dret de la nostra burgesia a existir en la història. Aquests d’ara miren la Bernat Metge als prestatges de la casa pairal com qui mira un moble vell que cria pols, sense saber que allà dins hi ha la dignitat que a ells els manca».

Si Pla retrató el inicio del vaciamiento, Valentí Puig ha sido el gran cirujano de la burguesía catalana contemporánea, especialmente en novelas como Complot o La gran rutina. Puig retrata a una clase adinerada obsesionada por el estatus superficial, los veraneos en la Cerdanya o en Llafranc, y completamente desconectada de cualquier deber moral o cultural con su propia sociedad. Sus personajes son «propietarios» que carecen del coraje de sus antepasados. En «La gran rutina» escribe: «La seva era una decadència sense tragèdia, una mena d’anestèsia perfumada de Loewe i mantegues de l’Alt Urgell. Havien oblidat el llatí, havien oblidat el textil, havien oblidat fins i tot el cinisme intel·ligent de l’ordre antic. Ara eren simplement propietaris de finques que gestionaven administradors, senyors que anaven al Liceu no pas per escoltar Wagner, sinó per veure qui més hi havia anat. Si els haguessis parlat de finançar una traducció de Tucídides, t’haurien mirat amb la mateixa cara de desconcert amb què un ramader mira un extraterrestre. Tot el que quedava d’aquella vella raça constructora era un instint de conservació mesquí i la certesa que qualsevol canvi en l’Impost de Successions era la fi del món».

Muchas cosas entonces se comprenden.

Cornaro 172

La escritura de alto nivel es incompatible con la empatía humana. Para explicar la verdad de la vida, de la tragedia y de la belleza, el escritor debe sacrificar su capacidad de sentir, convirtiéndose en un cirujano indiferente que utiliza la realidad y a sus propios seres cercanos como mera materia prima para su obra. La genialidad literaria no es un don luminoso, sino una condena a la monstruosidad y al aislamiento voluntario. Esta creo que es la tesis de Sostres.

El artículo es un ejercicio de autocomplacencia disfrazada de honestidad brutal. Sostres se eleva a la categoría de mártir de las letras: alguien que sufre la soledad y la monstruosidad para que el lector pueda disfrutar de la verdad de su escritura. Al final, el artículo no es una petición de perdón por «matar a un amigo», sino una advertencia y una sutil declaración de superioridad: el arte siempre estará por encima de la moral y de la vida.

Sostres no inventa nada nuevo; se disfraza con el viejo ropaje del dandy decadentista y el escritor maldito decimonónico. Es la escuela estética que cree que la belleza nace del fango, de la tragedia y de la crueldad, y que el escritor es un ser trágico que debe renunciar a su propia humanidad para poder ser un dios en la página en blanco.

Para la escuela humanista, la literatura no es un bisturí para rajar al otro desde la frialdad, sino un puente de empatía. El escritor no se desprende de la vida para explicarla; se sumerge en ella. No se eleva destruyendo a sus amigos, sino que se reconoce en la fragilidad de los demás. Escribí doce libros. Sé de lo que hablo.

En su Educación del príncipe cristiano y en sus cartas, Erasmo dejó claro el propósito de la escritura: «Las ciencias y las letras no se han dado al hombre para su deleite solitario, ni para que se envanezca con el título de sabio, sino para que, mediante el conocimiento de la verdad, aprenda a amar a sus semejantes y a procurar el bien de la comunidad. Nadie nace para sí mismo, y menos aún el escritor, a quien Dios ha concedido el don de la palabra para que sea bálsamo y guía, y no azote de los hombres. La verdadera sabiduría no es aquella que se aparta del dolor del prójimo con fría indiferencia, sino la que se compadece de su fragilidad y trabaja por restaurar en él la dignidad perdida.»

Y Vives, en De Tradendis Disciplinis (De la enseñanza de las disciplinas), defendió que el valor de cualquier conocimiento o arte se mide exclusivamente por su utilidad para aliviar el sufrimiento humano y pacificar los espíritus: «El fruto de las letras debe ser la concordia y el mutuo auxilio entre los hombres. ¿De qué sirve la elegancia del estilo, la agudeza del ingenio o la perfección de la frase si se emplean para herir, desunir o contemplar con desdén la caída de un amigo? La palabra es el vínculo sagrado de la sociedad humana; torcer su uso para convertirla en un cuchillo que disecciona las almas por mera complacencia estética es una traición a la naturaleza del escritor. El verdadero sabio y creador es aquel que utiliza su pluma para pacificar las tormentas del alma humana, no para encender hogueras donde ardan los demás».

P.S. La estética es plural. Yo soy un melancólico humanista, usted un arrebatado «maudit». Un placer leerle.

Cornaro 171

He pensado otra vez en el manicomio. Pero no como un castigo, sino como el único lugar donde verdaderamente me correspondería estar, la única tierra donde no se me pediría que me disfrace de persona viva. Deseo con todas mis fuerzas un asilo, un cuarto con paredes blancas donde nadie me conozca, donde el tiempo no corra, donde no haya mañanas ni tardes, sino una sola penumbra continua. Qué descanso delicioso sería abdicar de la libertad, esa libertad tan pesada que no sé usar y que solo me sirve para herirme. Quisiera que me encierren, que decidan por mí, que me traigan la comida a la cama y que mi única obligación fuera mirar el techo o las ramas de un árbol a través de una ventana con rejas. Las rejas no me parecerían una prisión, sino una protección contra el mundo de afuera, contra los rostros de los vivos, contra la obligación de tener que hablar, de tener que ser alguien. Estar loco entre los locos, en una quietud perfecta, perdido para siempre en un pasillo blanco donde ya nada pueda alcanzarme.

No estoy aquí para escribir, estoy aquí para estar loco. El manicomio es el único lugar lógico para un hombre como yo, que ya no puede soportar el peso de las miradas ni la necesidad de ganarse el pan. Aquí no tengo que ser el escritor Christian Sanz, no tengo que ser un ciudadano, no tengo que ser nada. Paseo por los jardines, limpio las habitaciones y el mundo me ha olvidado, que es exactamente lo que yo quería. Afuera, la vida es una máquina monstruosa que exige un esfuerzo constante, una agitación que me destruía los nervios. Aquí hay una paz de convento. El asilo es mi monasterio. Nadie me pide que sea feliz, nadie me pide que tenga éxito, nadie se asombra de mi silencio. Estar recluido es mi forma de ser libre. No quiero salir jamás de estas paredes; el mundo de afuera ya no tiene nada que ver conmigo, y yo no tengo nada que ofrecerle a él. Aquí la nada es mansa y me permite descansar.

Cornaro 170

La depresión es un desorden del estado de ánimo tan misteriosamente doloroso y escurridizo en la manera en que llega a ser conocida por el yo que la padece, que resulta casi imposible describirla. Permanece incomunicable para quienes no la han experimentado en su forma extrema, porque su desdicha está muy lejos de la experiencia ordinaria de la tristeza. En los casos más graves no hay tormenta de emociones violentas, sino una especie de agonía gris, una ausencia de esperanza, una opresión del espíritu tan insoportable que acaba por eclipsar cualquier otra percepción del mundo. Nadie me dijo nunca que el dolor se pareciera tanto al miedo. No tengo miedo, pero la sensación es como si lo tuviera. El mismo revoloteo en el estómago, la misma inquietud, los mismos bostezos. Trago continuamente. En otros momentos es como una embriaguez leve, o como una conmoción cerebral. Hay una especie de manta invisible entre el mundo y yo. Me resulta difícil interesarme por lo que otros dicen. O quizá difícil querer interesarme. Es como si estuviera separado de ellos por un cristal.

Esta falta de ganas de hacer nada, este desprecio por todo esfuerzo, esta laxitud que me clava a la cama o a la silla, no es pereza; es algo mucho más terrible: es la convicción de que nada vale la pena, de que cada gesto es inútil y cada palabra es un eco en el vacío. No tengo ya la fuerza para desear la felicidad, ni siquiera para desear el fin del sufrimiento. Me encuentro en un estado de anestesia total, donde el dolor es lo único que me recuerda que sigo vivo, pero un dolor sordo, pesado, que me quita el aliento. El horizonte se ha estrechado tanto que ya no hay espacio para el mañana. Solo existe este presente interminable, esta habitación, este cuerpo que pesa como el plomo y que me cuesta mover como si no fuera mío. Levantarse es una tarea titánica; pensar es un suplicio. Uno se pasa los días esperando algo, pero sabe que ese algo es la nada. El deseo de morir no es un deseo de destrucción activa, es el deseo de dejar de hacer este esfuerzo sobrehumano de respirar, de sostener una mirada, de simular que se está vivo cuando por dentro todo se ha apagado. No tengo fuerzas para escribir, ni para leer, ni para pensar en el futuro. El futuro es una palabra que ha perdido su significado para mí. No hay nada allí delante. Siento una indiferencia tan profunda por todo lo que me rodea que me asusta, o me asustaría si tuviera la energía para sentir miedo. Me cuesta trabajo mover los brazos, me cuesta trabajo abrir los ojos. Todo mi ser se reduce a un punto de dolor y fatiga. Si alguien entrara en mi habitación y me pidiera que salvara mi vida con solo levantar un dedo, no creo que pudiera hacerlo.

Cornaro 169

El Papa nos incita a evitar palabras hirientes, el juicio inmediato, la murmuración, las calumnias, el odio. Concretamente afirmó en su discurso: «Pidamos a María, Reina de la paz, que nos enseñe a renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a las calumnias. Y que aprendamos a custodiar y a cultivar el amor en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos y en las comunidades cristianas, de modo que el odio ceda paso a la esperanza y la paz». Inteligentemente pide desmantelar la falacia del Hombre de Paja y el Ad Hominem.

Aunque su discurso es pastoral y espiritual, el trasfondo ético y lógico coincide plenamente con la necesidad de adecentar el lenguaje público.

En su obra clásica «Introducción a la Lógica», Irving Copi analiza cómo el lenguaje emotivo se utiliza deliberadamente para distraer a la mente de la estructura lógica del razonamiento, sustituyendo la evidencia por el sentimiento: «El lenguaje tiene diferentes funciones. Cuando el lenguaje se usa de manera expresiva o emotiva, su propósito es evocar sentimientos, no comunicar información o formular argumentos racionales. El peligro radica en que el lenguaje fuertemente emotivo se introduce con frecuencia en el discurso argumentativo para nublar el juicio crítico».

Las citas o tren de citas que expongo pueden resultar tediosas, pero es un tema capital. La democracia se desnaturaliza por el abuso del argot tabernario. El diálogo en la res publica no es ya un intercambio razonado de ideas, sino cornamentas que embisten hasta herir. Los fanáticos triunfan y el templado es visto como un traidor.

Para Russell, la lógica era un escudo contra el fanatismo y los impulsos destructivos: «El hábito de razonar abstractamente y con pureza lógica es uno de los medios más eficaces para purificar la mente de prejuicios personales y colectivos. La mayoría de los seres humanos son incapaces de mantener una discusión sin que sus pasiones se vean afectadas; confunden la refutación de una idea con un ataque a su persona y la fuerza de su convicción con la fuerza de su evidencia. El pensamiento lógico nos enseña a tratar las proposiciones con una especie de desapego científico, a sopesar los datos sin considerar si la conclusión final nos agradará o nos causará dolor».

Concluyamos con la gran lógica L. Susan Stebbing, que escribió extensamente sobre cómo el público en general es manipulado a través de falacias debido a su falta de rigor lógico: «Pensar de manera efectiva requiere, antes que nada, una mente libre de distorsiones emocionales irrelevantes. Muy pocos de nosotros podemos pensar lógicamente cuando nuestras emociones están profundamente involucradas, y los manipuladores lo saben perfectamente. Cuando usamos palabras cargadas de afecto, estamos introduciendo un elemento de confusión que hace casi imposible evaluar la validez de una inferencia. El pensamiento sesgado por la emoción es un pensamiento descuidado. Nos lleva a saltar a conclusiones que deseamos que sean verdaderas, o a rechazar con violencia aquellas que tememos que lo sean. Lograr la pureza en el pensar requiere disciplina: exige que detengamos el flujo de nuestra indignación, de nuestro entusiasmo o de nuestra simpatía cuando estamos en el proceso de evaluar si una conclusión se sigue de sus premisas. La interferencia de respuestas emotivas inadecuadas es el mayor obstáculo para el pensamiento democrático y racional; nos convierte en esclavos de los prejuicios del momento y destruye la posibilidad de una comprensión mutua basada en la razón compartida».

No hay argumentos, sino sucesiones de tipos airados. No hay control racional, sino bestias que creen que gritar es lo mismo que tener razón. Bienvenidas sean las palabras del Papa.

Cornaro 168

Defendí durante décadas una especie de platonismo matemático, o sea, la idea de que las verdades matemáticas tienen una existencia objetiva propia, independiente de nosotros y que hay un Libro, en el que Dios conserva las demostraciones perfectas de todos los teoremas. El matemático descubre páginas de ese libro; no las crea. Eso me convirtió en un creyente sui generis. Posteriores reflexiones me inclinaron al formalismo, filosofía que niega que sea necesario admitir una existencia independiente de los objetos matemáticos. Las matemáticas son, ante todo, un sistema de símbolos manipulados según reglas precisas. Como lo expresó Haskell Curry: «La matemática formal es el estudio de sistemas formales.» Hoy entiendo las matemáticas como la manipulación rigurosa de símbolos conforme a reglas sintácticas; los números, conjuntos y demás entidades no necesitan poseer una existencia independiente, sino que funcionan como elementos de un cálculo formal. Así no necesité postular entidades o mentes que habitaran fuera del espacio-tiempo. De un teísmo particular, concluí en un agnosticismo algo tenso.

Mi regiosidad se aviene con un escepticismo empírico y costumbrista. Mi aproximación a ella es fundamentalmente sociológica, cultural y ligada al orden tradicional. Para mí, el catolicismo es el paisaje de mi infancia y la estructura que da sentido a la civilización (minorías intelectuales y artísticas encuentran otras formas de sentido) Desacuerdo literalmente con estas citas de Pla, pero concuerdo con su espíritu:

«El catolicisme és la religió de la meva infantesa, la que m’ha donat la forma de veure el món i de comprendre els homes. No soc un místic, soc un home de la terra, però comprenc que sense la religió el món seria un caos inhabitable», Notes del capvesprol.

«Jo no sé si Déu existeix, però el que és segur és que l’Església Catòlica ha estat l’única institució capaç de posar una mica d’ordre en aquest desgavell que som els humans», El quadern gris.

La religión es la raíz que sostiene la identidad, el consuelo ante la muerte y la estructura que evita el caos moral. No se cuestiona; se hereda y se vive como parte del paisaje vital. La religión es el gran motor de la geografía y de la historia. Es lo que da sentido a los pueblos y los mantiene unidos en el tiempo. Las oraciones de la infancia tienen un eco que resuena durante toda la vida, incluso cuando la razón intenta acallarlas (algo parecido recuerdo que dijo Chateaubriand)

Creo en estas palabras de Borges: «Yo no tengo fe, soy un hombre resignado a la duda y a los caprichos de la memoria. Sin embargo, reconozco que la literatura del mundo sería inexplicablemente pobre sin la teología. Para mí, las discusiones sobre la Santísima Trinidad, los atributos de Dios o la naturaleza de los ángeles no son verdades de fe, sino las piezas de una maravillosa literatura fantástica. Cuando leo los evangelios o las páginas de San Agustín, no busco una guía moral para mi alma, busco la belleza de las metáforas, el orden de los ritos y esa extraña poesía que los hombres inventaron para poblar la noche y el tiempo. Dios es, acaso, la obra de ficción más perfecta y duradera de la humanidad».

Cornaro 167

(El discurso de León XIV en el Congreso)

Discurso construido con arquitectura, con dispositio y con voluntad de permanencia. Aprecio ante todo el rasgo muy ciceroniano de la abundancia de periodos largos perfectamente equilibrados, con subordinaciones que conducen al oyente sin violencia. «Vir bonus dicendi peritus», es decir, un hombre bueno que sabe hablar. El castellano empleado es deliberadamente clásico. Erasmo admiraría sobre todo la civilitas: un discurso que intenta persuadir sin humillar. Discurso que recuerda a la polifonía de Giovanni Pierluigi da Palestrina.

Para apuntalar mis observaciones desearía citar al enorme Pinciano: «El decoro no es otra cosa sino una templanza y concierto de las cosas con las personas y las palabras. El hablar bien y con períodos templados ablanda el ánimo del enemigo y convida a la paz; mas el lenguaje que es descompuesto, que carece de orden y va lleno de injurias y descalificaciones, no pertenece a la humana condición, sino al salvajismo de las fieras, que mudas de razón, solo saben herir con el sonido de su voz».

En el habla de los orangutanescos políticos actuales desaparece el decorum y aparece la burda descalificación.

Cornaro 166

Recordemos a Giulio Andreotti, el tantas veces primer ministro de la Democracia Cristiana. Así veremos que la hiena oscura de la corrrupción campea por doquier. Andreotti era un hombre que comulgaba a diario, culto, casi cardenalicio, astuto, un as del poder y sus pasillos ensangrentados, íntimo de los cardenales (él era como otro renacentista cardenal) y defensor de la Iglesia. Utilizaba la influencia vaticana como un escudo. Sin embargo, ay, todo madura y se acaba sabiendo, cuando los fiscales de Palermo y los jueces de Manos Limpias empezaron a tirar de la manta, descubrieron que debajo de esa supuesta santidad institucional había una complicidad con la Mafia y las finanzas vaticanas más oscuras.

Y no olvidemos Bettino Craxi (líder del Partido Socialista Italiano) que, en 1992 (lo recuerdo muy bien) cuando detuvieron a Mario Chiesa en Milán por cobrar comisiones ilegales en un asilo de ancianos, Craxi lo llamó públicamente «un mariolo» (un vulgarcete ladrón), un tipo aislado -¿les suena?- que manchaba al partido ¿Qué pasó? Que al igual que señala el texto de Ignacio Camacho («las pesquisas abarcan desde presiones a policías… hasta mordidas a gran escala»), los jueces italianos demostraron que no era un caso aislado, todo lo contrario. Era el Tangentopoli: una red, una tupidísima red, donde para construir cualquier obra pública había que pagar un peaje al partido. Craxi acabó huyendo a Túnez para evitar la cárcel.

EnriqueVI: «¿Qué? ¿Atrevido faccioso? ¿No hay aquí respeto a la religión? (…) Bajo el color de una fingida devoción, escondes los propósitos más crueles y ambiciosos».

Cornaro 165

La CIENCIA no solo es compatible con la espiritualidad, sino que es una fuente profunda e incomparable de espiritualidad. Cuando reconocemos nuestro lugar en una inmensidad de años luz (una cinta métrica casi ilimitada) y en el transcurso de los siglos, cuando captamos la intrincada, sutil y hermosa urdimbre de la vida, la emoción que sentimos —un sentimiento de alegría y humildad combinadas— es sin duda espiritual, metafísica. Vamos a morir, y eso nos convierte en afortunados, a qué dudarlo. La mayoría de la gente nunca va a morir porque nunca va a nacer. Nosotros, los privilegiados que ganamos la lotería del nacimiento contra toda probabilidad, ¿cómo nos atrevemos a quejarnos de nuestro inevitable regreso a ese estado anterior del que la gran mayoría nunca salió? La ciencia da una respuesta a mis trascendencias cosmovisivas, a mis desvelos de solo ser una velita de luz entre los dos cabos infinitos de la noche.

La LITERATURA es otra fuente que me permite crear un sentido. Harold Bloom: «La literatura no nos salva de las catástrofes de la historia, ni del paso del tiempo, ni de nuestra propia finitud. Pero nos ofrece un asilo, una habitación propia, donde podemos aprender a hablar con nosotros mismos y a soportar la soledad sin que se convierta en desesperación».

Y el ARTE. Virginia Woolf en «Al faro»: «En medio del caos, surge una forma; este lienzo, este poema, este momento capturado. Esto es lo que sobrevive. Frente al río del tiempo que se lo lleva todo, el arte dice: «Párate aquí, no te muevas». Lo que la religión llama eternidad, nosotros lo llamamos un momento de belleza perfecta».

Vivir bajo la premisa del «como si» las palabras importaran, como si la belleza de un cuadro justificara el dolor del mundo, es una forma de resistencia elegante. No cura la soledad, pero la vuelve habitable y, a menudo, bellísima.

Digamos que, en mi biblioteca, que contiene alrededor 25.000 volúmenes, con un libro impreso sobre papel de hilo (vélin), con las barbas naturales del papel sin cortar en las hojas de cortesía y tipografía elzeviriana elegante, limpia, con capitulares miniadas al inicio de cada leyenda. U otro encuadernado de rústica original con solapas. Cubierta de papel de estraza o papel de aguas tintado a mano, con el título impreso en una tipografía geométrica de estilo Art Déco a una sola tinta (azul ultramar) Entonces comprendo mi destino. Entonces comprendo mi existencia. Con tomar en mis manos una edición facsímil de «De asse et partibus eius», de Guillaume Budé, ese monumento de erudición numismática y económica antigua; entonces comprendo el por qué y el para qué vivir. No sé.

Cornaro 164

Ed McBain pobló su mítica comisaría del Distrito 87 con los criminales más chapuceros de Nueva York. Méndez, el célebre inspector creado por González Ledesma, no es un delincuente, pero es el epítome de lo cutre en el funcionariado policial barcelonés. Se mueve entre la mugre, come bocadillos de sardinas en papel de periódico y se rodea exclusivamente de buscavidas, prostitutas viejas y ladrones de carteras a los que trata con una mezcla de compasión y cinismo. O los tipos que venden crecepelo en algunas novelas de Marsé. La verdad es que en nuestras cloacas políticas no se encuentran un Richelieu ni un Mazarino, sino personajes de la más chapucera subliteratura.