Cornaro 143

Efervescencia, exaltación colectiva. Siempre el super-lúcido Cioran: «En sí misma, toda idea es neutra, o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; granuja transformado en creyente, provoca las grandes crisis de la historia. El fanatismo es la única fuerza que mueve al mundo, porque el ser humano tiene una necesidad incurable de adorar y de someterse. Cuando pierde un dios, corre al encuentro de un tirano, de un líder político o de un ídolo de la canción. Cambia el objeto de su histeria, pero conserva la histeria intacta. Las plazas llenas de fieles que escuchan a un profeta prometiendo el paraíso, o los estadios rugiendo ante un gol, son manifestaciones del mismo mal: el horror al vacío, el miedo a la libertad y la incapacidad absoluta de soportar la verdad desnuda de nuestra insignificancia», Émile Cioran, «Breviario de podredumbre».

Cornaro 142

Mientras las redes sociales se colapsan debatiendo sobre el derecho de admisión de la zona VIP o La Casita de Bud Bunny, la estructura misma del país se desmorona. Digámoslo de modo contundente: la educación en España es un desastre sin paliativos: inflación de aprobados, pérdida gigantesca de la exigencia, pedagogías vacuas que penalizan la memoria y el esfuerzo, y un abandono absoluto de las humanidades.

Nos preocupamos por estas «nugae» (fruslerías o insignificancias, en latín) porque el debate sobre el reguetón es cómodo, plano y no exige pensar. Discutir sobre la degradación de las aulas requiere un esfuerzo intelectual y una autocrítica o debate que nuestra sociedad, encastillada en el simplismo, prefiere evitar.

Nadie en la literatura española ha machacado tan bien la hipocresía del malditismo artístico romántico, y ha defendido las virtudes de la seguridad monetaria y la cordura burguesa con tanta insistencia, sorna y lucidez como Josep Pla. Para Pla, el dinero no era un síntoma de vanidad, sino el único escudo contra la estupidez, la intemperie y la cursilería de las revoluciones de salón.

«Se habla mucho contra el dinero, generalmente por parte de aquellos que no lo tienen o que lo han perdido por su propia estupidez. Pero la verdad es que el dinero es la única defensa sólida que el individuo posee frente a la tiranía del Estado y la imbecilidad de la masa. Tener una posición desahogada, una cuenta corriente que te permita decir que no a un mal negocio o a una mala persona, es la base de la moralidad moderna. La pobreza no purifica a nadie; al contrario, agria el carácter, fomenta la envidia y arrastra a los hombres a la abyección. El dinero, bien administrado y sin ostentación, da al hombre lo único que realmente importa: la posesión de su propio tiempo y la libertad de no tener que resultar simpático a los idiotas», «El quadern gris».

«El orden burgués es aburrido, ciertamente, pero es el único que ha permitido que un hombre pueda sentarse a leer un libro bajo una lámpara sin miedo a que le derriben la puerta. Todo este desprecio moderno hacia el burgués proviene de un lirismo adolescente y peligroso. Los mismos que se llenan la boca con discursos subversivos y desprecian las virtudes de la clase media son los primeros en exigir que la calefacción funcione, que los trenes lleguen a su hora y que sus editores les paguen puntualmente los derechos de autor. No hay nada más ridículo que el revolucionario con rentas. Ser burgués significa aceptar que la vida se construye con pequeños ordenamientos, con realismo, con una sensata administración del egoísmo humano. Lo demás son ganas de marear la perdiz y de vivir a costa del trabajo ajeno», «Notes del capvespre».

El dinero alegra y el bienestar ampara, y fingir lo contrario desde el privilegio es una cursilería. Lo sabemos Pla, Elvira Lindo y un mindundi como yo.

Cornaro 141

Léon Bloy, conocido por su catolicismo intransigente, su furia profética contra la burguesía y, también, su desprecio por la tibieza política, comparte la columna vertebral del artículo de Ignacio Camacho, pero despojado, eso sí, de la tradicional cortesía periodística de ABC.

La idea del artículo de que «si la prédica de Jesús hubiera sido neutral habría llegado a viejo» es puro Léon Bloy: la verdad divina entra en el mundo como una espada, no como un tratado de paz parlamentario. El texto del ABC lamenta una ciudadanía «aferrada a sus prejuicios, encastillada en el simplismo de unos cuantos eslóganes banderizos». Bloy dedicó su obra cumbre, «Exégesis de los lugares comunes», a triturar esa mentalidad colectiva que sustituye el pensamiento por el cliché: «El hombre moderno ha sustituido el alma por el periódico y la conciencia por el eslogan de su facción. Ya no es capaz de sufrir por una verdad ni de odiar con grandeza; solo sabe agitar banderitas y repetir las consignas que le dictan sus amos. Esta mediocridad generalizada es el verdadero infierno. Creen que el mundo se divide entre los de su bando y los del bando contrario, poblando el horizonte de fantasmas y enemigos para no tener que mirar el abismo de su propia vacuidad. Cuando un testigo de lo Absoluto les habla de justicia o de dignidad, lo traducen inmediatamente al lenguaje miserable de su partido. Son ciegos que guían a otros ciegos hacia el lodazal de la nada cotidiana».

Desearía añadir otra idea de Bloy: «No hay nada más asqueroso que el político que intenta domesticar la palabra de Dios para que quepa en su programa electoral. Buscan una religión que los consuele sin convertirlos, un Cristo decorativo que no manche sus alfombras ni perturbe sus digestiones. Cuando la Verdad ruge a través de un hombre de fe, los demócratas y los tiranos se apresuran a decir que ‘habla para el vecino’. Son incapaces de arrodillarse; solo saben asentir con la cabeza fingiendo una piedad que no es más que el miedo a perder sus votos. Olvidan que el Cristianismo no vino a traer el orden burgués ni la paz de los cementerios parlamentarios; vino a traer fuego a la tierra, y lo que más temen estos hombres mezquinos es, precisamente, arder».

Y sobre el carisma del «Cura vestido de blanco» frente a la ruina civil, viene bien abotonada esta cita de «El alma de Napoleón»: «Llegará un día en que los reyes de la tierra, los ministros de la mentira y los sabios del siglo se desvanecerán en su propia insignificancia. El pueblo, harto de comer el pan de ceniza que le ofrecen los ídolos de la política, mirará con desespero hacia el único trono que no está cimentado sobre el dinero o la bayoneta. Verán entonces a un anciano, a un simple sacerdote cargado con los pecados del mundo, y comprenderán que la única soberanía legítima es la que emana del dolor y de la cruz. No acudirán a él por su elocuencia o por sus decretos, sino porque en un mundo de espectros gesticulantes, ese hombre representa la única realidad que permanece. El carisma de la Iglesia no radica en su habilidad para pactar con el siglo, sino en su poder para recordarles a los hombres que están hechos para la eternidad, aunque insistan en arrastrarse por el polvo».

P.S. La editorial Acantilado rescató recientemente algunas pocas obras de Bloy. Debido a su trabajo gigantesco y disperso creo que no existe una edición de su obra completa. Es un raro y excéntrico de la literatura de muy grata lectura. Probablemente un genio.

Cornaro 140

Sostres sostiene (con teología costumbrista) que el ser humano no puede escapar de su propio vacío existencial ni de su necesidad de trascendencia y perdón. Para el autor, la masa que se vuelca a las calles no lo hace por mera curiosidad, sino porque la belleza y el misterio litúrgico revelan una verdad histórica: que España está hecha «mirando al Cielo», lo que paradójicamente la vuelve un pueblo ingobernable para los poderes terrenales.

Convierte un rasgo históricamente conflictivo (el carácter ingobernable de los españoles, nuestra historia enredada y el resentimiento) en una consecuencia mística: el español no obedece porque, en su fuero interno, solo responde ante el Creador. La coda final sobre el Real Madrid es la típica técnica jesuítica: mezclar lo sublime con lo profano para hacer que el dogma entre de manera más natural.

El Areopagita, en sus tratados sobre los nombres divinos, ya hablaba de cómo incluso las criaturas que parecen alejadas o sumidas en el caos se mueven por la atracción de la Belleza Suprema: «Esta sobreesencial Belleza se llama hermosura porque de ella proviene la armonía de todas las cosas, cada una según su propia naturaleza… Y es el principio de todo, en tanto que es la causa eficiente que mueve el Todo y lo mantiene unido por el amor de su propia belleza. Por eso, todas las cosas, incluso aquellas que parecen negarlo o ignorarlo, tienden hacia lo Bello y lo Bueno por un deseo secreto, pues no hay criatura que no lleve en sí la sed de su Principio».

La frase de Sostres «Dios es la falta que nos hace, nuestro vacío» es una paráfrasis moderna de la antropología agustiniana del corazón inquieto: «Tú mismo excitas al hombre para que se deleite en alabarte, porque nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. ¿Y cómo te invocaré yo, Dios mío, si cuando te invoco te llamo a mí? ¿Y qué lugar hay en mí adonde venga mi Dios? […] No existiera yo, Dios mío, no existiera en absoluto si tú no estuvieras en mí; o más bien, no existiría si yo no estuviera en ti, de quien, por quien y en quien son todas las cosas».

Péguy y la «Sed de la Voz»: «El pecador, el increyente, no está fuera de la cristiandad; está en el corazón mismo de la cristiandad. Nadie es más competente que el pecador en materia de cristiandad. Nadie, a menos que sea el santo. El laicismo cree haber construido un mundo sin Dios, pero solo ha construido un tejado de paja. Cuando cae la gran lluvia de la angustia humana, el hombre vuelve a mirar hacia arriba, porque su pecado no es una ausencia de Dios, sino el grito herido de su necesidad de Él».

¿Mi propio sentido de la vida? No soy un providencialista. Lo encuentro en la CIENCIA. El verdadero sentido de la vida, la verdadera madurez del espíritu, se alcanza, a mi juicio, cuando miramos al abismo del universo no con miedo a un juez, sino con la audacia de la razón. Sentir que somos una mota de polvo cósmico que, a través de la evolución, ha desarrollado la capacidad de comprender el código de la vida y la física de las estrellas… esa es la verdadera trascendencia. La ciencia no nos deja vacíos; nos llena de una reverencia genuina por lo real. No necesitamos que un pastor nos perdone; necesitamos entender nuestro lugar en la cadena de la naturaleza para ser libres. También en el ARTE. Schopenhauer: «La contemplación de la obra de arte nos arranca por un instante del torrente del deseo y de la servidumbre de la voluntad. Cuando nos perdemos en la belleza de una pintura, en la armonía de una sinfonía o en la arquitectura que desafía al tiempo, dejamos de ser individuos alienados por la necesidad y el egoísmo; nos convertimos en el puro ojo del mundo, en sujetos puros del conocimiento. El arte realiza el milagro que la religión promete en vano: suspende el sufrimiento». Y, por último, en la LITERATURA. Frente a la vanidad y el olvido, la literatura vence a la muerte.

P.S. Gran artículo. Respeto sus tesis provocadoras ¿Leerlo? Fue un placer.

Cornaro 139

(Fragmento de mis memorias «El transportista de pianos»)

Mis colegas de la sección operativa siempre nos llamaron «ratones de biblioteca». Ellos llevaban pasaportes falsos; nosotros leíamos los informes que aquellos pasaportes producían. Con los años aprendí que las guerras rara vez las ganan quienes disparan primero. Las ganan quienes saben leer, escrutar, analizar. Yo estudié derecho mercantil danés, mapas topográficos, y modelé escenarios con teorías matemáticas, entre otras cosas, para defender los intereses de mi país de adopción. Me dan un poco de lástima la generación de nuevos analistas de inteligencia: hablan de algoritmos, satélites de resolución cuántica e inteligencia artificial. Creen que el mundo es un tablero de ajedrez matemático que se puede resolver con suficiente potencia de cálculo. Olvidan el factor humano. Ese que aprendí leyendo a historiadores grecolaticos, medievales y renacentistas.

Retirado en la inmensa biblioteca de mi casa, sonrío. Los hombres son ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, y huyen de los peligros y son ansiosos de ganancias. Mientras les haces bien, te son enteramente adictos; pero cuando la necesidad se aleja, se rebelan contra ti.

Tengo grabadas en una pared de mi despacho estas palabras de Jean Bodin, palabras que son mi santo y seña: «La naturaleza de los hombres es tan inconstante y mudable, y está tan sujeta a los vaivenes de las pasiones indomables, que si no se les contiene mediante leyes severas y un poder soberano que dicte justicia con mano firme, la sociedad se desvanece en un instante. Los seres humanos nacen con un deseo insaciable de poseer lo ajeno y de mandar sobre sus semejantes; es una ambición ciega que no conoce límites ni respeta la razón. Si examinamos la historia, veremos que los estados no se fundan sobre la bondad natural o la concordia espontánea, sino sobre la fuerza del más fuerte que logra someter el caos originario. El hombre común es una bestia de muchas cabezas, movida por el rumor y el apetito del momento; por ello, pretender que la multitud se gobierne a sí misma por la sola luz de la virtud es el mayor de los delirios políticos. La soberanía no es un capricho del monarca, sino el freno indispensable que la razón impone a la destructiva condición de los hombres». Acaso algunos me entenderán.

Cornaro 138

El escritor Mark Twain definió la Venus de Urbino varios siglos después como «la pintura más loca, salvaje y obscena del mundo». No era una diosa; era la representación de una mujer muy real dispuesta para el «exquis voyeurisme» y el deleite del duque que la encargó.

Ingres, en La gran odalisca, alteró la anatomía de la mujer de forma deliberada: le añadió tres vértebras de más a la columna y le alargó los brazos para que su curva fuera más sinuosa, turbadora, «feutrée», líquida y anatómicamente imposible. No buscaba ningún tipo de realismo, por supuesto, solo maximizar el atractivo sexual del cuerpo para el espectador.

Me maravillan las «nymphettes» poco honestas que no son del todo mujeres de carne y hueso, sino sueño lascivo de pasta de almendras rosa y blanca.

Bienvenidos a La casita de Bad Bunny.

Cornaro 137

En psicopatología, se diferencia la alucinación de la alucinosis. Mientras que el alucinado cree incontrovertiblemente en lo que percibe y carece (o no es susceptible) de autocrítica sobre su percepción, el paciente con alucinosis experimenta una percepción falsa, pero mantiene intacta la conciencia de esa irrealidad. Es decir, sabe que su cerebro le está engañando.

Al igual que el enfermo de alucinosis ve un tigre rosa en la habitación, pero sabe que es un error de sus conexiones y mapas mentales, los portavoces del relato oficial socialista leen los autos de la Audiencia Nacional y observan las ramificaciones de la galaxia de Leire Díez, pero deciden «verbalizarlo» como una «alucinación colectiva» de la oposición y los jueces. Sostienen la percepción irreal con plena conciencia de la verdad subyacente.

Reducir los hechos investigados a meras elucubraciones subjetivas choca y niega frontalmente los criterios epistemológicos de la ciencia. El relato del «espejismo fabricado» que aduce el PSOE es un sistema dogmático que no permite la falsación. Si la UCO encuentra indicios, es «fantasía judicial»; si no los encuentra, confirma su inocencia.

«Los partidarios de una teoría, cuando esta se ve amenazada por una refutación empírica, suelen salvarla mediante la introducción de hipótesis auxiliares ad hoc o mediante la reinterpretación de la teoría de manera que escape a la refutación. Esta maniobra la rescata de la destrucción, pero lo hace al precio de destruir, o al menos rebajar, su estatus científico. […] El método de buscar verificaciones para las teorías parece omnipresente: los astrólogos, en sus horóscopos, encuentran siempre pruebas que confirman sus tesis; los psicoanalistas ven en cada caso clínico una confirmación de sus principios. Lo que caracteriza a la ciencia no es la búsqueda de confirmaciones, sino la búsqueda activa de refutaciones: el test empírico riguroso», Karl Popper, «Conjeturas y refutaciones».

Asimismo, no se olvide: «El realismo científico es la única filosofía que no hace de la propiedad predictiva y explicativa de la ciencia un milagro. Si las entidades teóricas postuladas por nuestras mejores teorías no existieran realmente en el mundo físico de forma independiente a nuestras mentes, la coincidencia masiva entre nuestras predicciones y los resultados experimentales sería un enigma inexplicable, una magia inconcebible. […] Sostener que el mundo exterior es una construcción o que las estructuras que inferimos a partir de indicios empíricos repetidos son meras ilusiones de los instrumentos o de los sujetos que conocen, nos condena a un solipsismo estéril que invalida el progreso acumulativo del saber humano», Hilary Putnam, «Mathematics, Matter and Method».

Cornaro 136

Ambrosio escribe a Teodosio tras la matanza de Tesalónica: «No puedo ofrecer el sacrificio si tú pretendes estar presente. Lo que no me es lícito después de haber derramado sangre inocente, tampoco me es lícito hacerlo mientras permaneces en ese estado. La ley de Dios me lo prohíbe. […] ¿Cómo levantarás las manos aún manchadas de sangre? ¿Cómo recibirás con esas manos el santísimo cuerpo del Señor?», Epistula 51, PL 16, cols. 1161-1164.

Gregorio Magno insiste repetidamente en que los pastores deben corregir a los poderosos y no buscar su favor: «Hay quienes, deseosos de agradar a los hombres, temen decir libremente la verdad. El pastor que calla ante el pecado por miedo a perder el favor humano deja de ser pastor y se convierte en mercenario», Regula Pastoralis, II, 4; PL 77.

Jerónimo se mostró especialmente feroz contra los eclesiásticos que frecuentaban palacios: «Hay clérigos que buscan las casas de los ricos, que persiguen los saludos de los poderosos y consideran honor sentarse a la mesa de los príncipes. Han olvidado que los apóstoles siguieron a un crucificado y no a los triunfadores del siglo», Epistula 52 ad Nepotianum, PL 22.

Bernardo de Claraval advierte al papa Eugenio III: «Te rodean aduladores; y nada hay tan peligroso para quien gobierna como tener oídos acostumbrados a la alabanza. Aprenderás más de quien te reprende que de quien te aplaude», De consideratione, II, 13; PL 182

El pastor pierde autoridad moral cuando busca el favor de los gobernantes en vez de conservar la libertad de reprenderlos. León XIV se enfrenta al maniobrero y purulento Sánchez que querrá instrumentalizar ignominiosamente su visita. El presidente convierte todo lo que toca en un rastrero y hortera aquelarre masónico.

Cornaro 135

El lunes recibo en mi casa orensana los casi 90 libros que compré en librerías de viejo y de ocasión ¡Voluptuosidad del bibliófilo! ¡Emoción inconmesurable, erótica, o, mejor que el sexo! Lo que siento -entiéndase- no es solo afán de acumulación; es la pasión ciega del bibliófilo. Pues hay algo profundamente sensual —y sí, insisto, erótico— en el tacto del papel envejecido, el olor a humedad noble, a tinta de otra época y a misterio guardado. Entrar en una librería de viejo es ir de caza; recibir el botín en mi pazo orensano (vivo en una biblioteca y no en una casa) es coronar la conquista.

Coleccionar libros es una obsesión que roza la locura, un vicio que, una vez que se apodera de un hombre, ya no lo suelta. Las habitaciones se llenan, los pasillos se estrechan, las pilas de volúmenes amenazan con sepultar al morador. Pero el bibliófilo no ve desorden; ve una geografía del espíritu. No vive en una casa; vive dentro de un cerebro expandido, donde cada estante es una circunvolución cerebral y cada libro, un recuerdo o un sueño dispuesto a despertar en cuanto se abra su portada.

«La biblioteca debe contener lo que uno no sabe, no lo que ya sabe. Con los años, los libros leídos disminuyen frente a los no leídos, que nos miran con una mezcla de reproche y promesa. Una biblioteca no es un almacén de trofeos, es una herramienta de trabajo y de descubrimiento. Los libros no leídos son tan importantes como los leídos, porque nos recuerdan constantemente todo lo que nos queda por aprender, manteniéndose como un monumento a nuestra ignorancia, que es la única forma de mantenernos curiosos», Umberto Eco.

Hay un misticismo sagrado en el olor de las páginas amarillentas, un perfume que ningún estante de novedades modernas podrá jamás emular. El verdadero lector prefiere el polvo noble del pasado al brillo estéril del presente.

Pocos placeres hay en la tierra comparables al ritual de abrir una caja, extraer un libro, acariciar su lomo y susurrarle: «Salve; bene domum venisti».

Cornaro 134

Macbeth apuñala a Duncan mientras duerme. La obra termina con Macduff mostrando la cabeza ensangrentada del tirano. Malcolm es proclamado el nuevo y legítimo rey de Escocia, prometiendo restaurar la justicia y el orden en una nación que había sido desangrada por la ambición maníaca de un solo hombre.

Chile, pimienta, jengibre, mostaza y wasabi. Así, condimentado el Estado con cantidades brutales semi-venenosas, gobierna (o desgobierna) nuestro presidente ladino, marrullero y lagarto.

En su famoso soliloquio, Macbeth admite que carece de motivos reales para su conducta, excepto los de su ego patológico: «No tengo más espuela para pinchar los costados de mi intención que una ambición desmedida, que salta sobre sí misma y cae del otro lado». Más adelante, cuando el país cae en el caos por su tiranía, Macduff describe el estado de su patria de una forma que nuestra oposición atinadamente utiliza para describir la España actual: «¡Pobre patria, casi tiene miedo de conocerse a sí misma! No puede llamarse nuestra madre, sino nuestra tumba».

Y recuerden siempre, no olviden nunca, cómo acaba Macbeth.