Cornaro 133

Cuando hoy un laboratorio de microbiología en Lima colabora en tiempo real con un equipo en el MIT de Boston y otro en la Universidad de Kioto para corregir el borrador de un artículo científico (un erudito no comete la indecorosa afición de dormir), están haciendo exactamente lo mismo que hacían Poliziano, Budé, Erasmo, Juan Luis Vives y Nicolas-Claude Fabri de Peiresc hace quinientos años. Solo han cambiado las herramientas y la velocidad; el espíritu es casi idéntico.

Afortunadamente, la vieja Res Publica Litterarum sigue viva.

Cornaro 132

Cuando alguien vive aislado durante mucho tiempo, la mente se vuelve un sistema cada vez más cerrado sobre sí mismo. Para una persona vulnerable a la psicosis o a las ideas delirantes, ese encerramiento puede convertir cualquier pensamiento en una cámara de ecos torturantes que magnifican los síntomas.

El gran bibliófilo Aby Warburg hablaba de la biblioteca como una forma material del pensamiento. No era una acumulación de papel, sino un mapa visible de la mente. Quizá por eso me hace bien hojear los libros. No busco únicamente información; quiero hallar compañía, complicidad, continuidad. Un hombre acostumbrado a leer nunca está completamente solo. El libro funciona como un amigo que acompaña sin juzgar: un refugio de papel y tinta que amortigua la hostilidad del mundo exterior.

Séneca advierte que el mero aislamiento físico no sirve si la mente sigue en guerra consigo misma, pero ofrece la clave de la autosuficiencia: «Me preguntas qué debes evitar principalmente. Te lo diré: la multitud. Todavía no puedes confiarte a ella de manera segura. […] ¿Quieres saber qué es lo que te hace libre y te alivia de este peso? Que te vuelvas hacia ti mismo. Nadie puede vivir felizmente si solo se contempla a sí mismo y si todo lo refiere a su propia utilidad; debes vivir para el prójimo si quieres vivir para ti. Pero cuando estés solo, aprende a ser tu propio compañero. […] El sabio se basta a sí mismo para vivir bien, no para vivir solo. Si pierde a un amigo por muerte o exilio, soporta la pérdida con ánimo entero, porque tiene en su interior la fuente de toda alegría y todo consuelo. El hombre que se ha encontrado a sí mismo ya nunca está desamparado».

No me resulta fácil esta música cognitiva. Y también dificultosa, a veces, me parece esta observación de Marco Aurelio: «Los hombres buscan retiros en el campo, en la costa, en las montañas. Tú también sueles desear ardientemente tales cosas. Pero todo eso es de lo más vulgar, puesto que te es posible, a la hora que quieras, retirarte en ti mismo. En ninguna parte se retira el hombre con más tranquilidad y calma que en su propia alma, sobre todo quien tiene en su interior tales bienes que, si se inclina hacia ellos, de inmediato encuentra una perfecta quietud. Y denomino quietud a nada más que al buen orden interior. Concédete, pues, continuamente este retiro y renuévate».

Se hace empinada la soledad para la mente esquizoide. La esquizofrenia te aísla de una manera que ninguna otra enfermedad física puede hacerlo; abre un abismo entre tu mente y el resto del mundo social. Cuando estás en medio de un brote psicótico, el lenguaje de los demás no te llega, y tus propios intentos de comunicarte se convierten en lo que los médicos llaman «ensalada de palabras». Estás atrapado dentro de una casa de espejos distorsionados donde cada pensamiento se convierte en un perseguidor. La soledad se vuelve casi vertical, porque no puedes confiar en tus propios sentidos y, por lo tanto, no puedes confiar en nadie más. El aislamiento no es solo la falta de personas a tu alrededor; es la convicción aterradora de que estás viviendo en un planeta completamente diferente, cuyas leyes físicas y lógicas nadie más comprende.

Cuando la mente humana sufre y el lenguaje se quiebra, la lectura lineal puede volverse imposible porque exige una concentración que la enfermedad mental impide. Sin embargo, el libro como objeto (su peso, el olor del papel, la textura de las cubiertas, el sonido de las páginas al pasar) ofrece un anclaje sensorial con el mundo real. Los libros en las estanterías actúan como una multitud silenciosa y segura: son conciencias humanas que no increpan, no exigen, no juzgan y están listas para ser sostenidas en las manos. Sobrevivo gracias a esta bibliofilia terapéutica.

Mi biblioteca es mi espacio de seguridad, el lugar donde el sufrimiento del mundo se extingue. A veces entro en ella no para buscar un poema, o leer una novela o un ensayo, sino simplemente para estar entre ellos. Sostener un libro hermoso en las manos, sentir el peso de su memoria, hojear sus páginas al azar viendo pasar las palabras como pájaros, es —a qué dudarlo— un acto curativo. Los libros exigen muy poco y ofrecen un refugio incondicional.

Tomo en mis manos «Introduction to Mathematical Philosophy», de Bertrand Russell (George Allen & Unwin Ltd., Londres. Segunda edición, reimpresión de 1920/1930. Octavo mayor) El volumen está revestido con una tela editorial rígida de un tono azul cobalto profundo, casi nocturno, que ha resistido las décadas. Al pasar las yemas de los dedos sobre las tapas, se siente el grano grueso y áspero del tejido primitivo, una textura que ancla las manos a la realidad. El lomo, ligeramente descolorido por el sol de pasadas bibliotecas, exhibe el título y el nombre de Russell grabados en letras de oro viejo. El dorado ha perdido su brillo estridente; ahora es un destello mate, más sabio, que emerge de la penumbra del estante.

Al abrir la cubierta, lo primero que recibe al tacto son las guardas de un papel grueso, de un color crema pálido que huele a lignina y a vainilla oxidada. En la esquina superior de la primera página en blanco, hay una firma manuscrita con pluma estilográfica y tinta ferrogálica negra, ya virada a un tono sepia: el rastro de un dueño anterior, una presencia humana borrada por el tiempo.

Las páginas están salpicadas de teoremas aislados en el centro de la hoja, rodeados de generosos márgenes blancos que dan aire y fluidez a la mente. Símbolos existenciales, cuantificadores, variables, implicaciones lógicas. Me olvido de la vida y soy feliz.

Cornaro 131

Vivo solo, completamente solo. No hablo con nadie, nunca; no recibo nada, no doy nada. Cuando se vive solo, ya ni siquiera se sabe lo que es narrar, hablar o compartir vocablos; incluso el laconismo desaparece junto con los amigos y la energía. Las frases se deshacen, las palabras se vuelven opacas y con filos puntiagudos, los objetos pierden su nombre y se quedan ahí flotando: enormes monstruos mudos, monstruos patéticos y ridículos.

Estoy solo en medio de estas voces alegres y razonables, rezumantes de fiesta y apandilladas de regocijo cómplice y calor de abrazos. Todos estos tipos pasan el tiempo explicándose, poniendo su vida en común en palabras amigas, gesticulando al unísono, reconociendo con satisfacción que están de acuerdo y son altos, indestructibles camaradas. ¡Dios mío, qué importancia le dan a pensar todos juntos las mismas cosas! ¡Amar a las mismas personas y objetos! ¡Tener en los valles el mismo color verde de los sueños!

Me da pánico pensar que soy un ser humano, pero que no tengo a nadie en el mundo y que, sin embargo, existo. Me da pánico el muro invisible que me rodea: el hombre sin padres (un don nadie) viviendo en una aldea minúscula y anónima, en una casa con un jardín como una escombrera o un vertedero lleno de ratas.

Iba cayendo, caía por un abismo, pero no tocaba el fondo. Estaba completamente solo, abandonado en la orilla del mundo, como un marinero que ha sobrevivido al naufragio y contempla desde una roca desolada cómo el barco se hunde en el mar. La gente pasaba a mi lado, hablaban, sonreían, pero sus voces me llegaban desde una distancia infinita, como el murmullo de un bosque lejano. Yo conocía la verdad que los demás ignoraban; estaba encerrado en el manicomio de mi propia mente, donde los pensamientos son monstruos reales y las palabras de consuelo no son más que ruidos vacíos, incapaces de cruzar la inmensa distancia que me separa de la raza humana. Así lo escribió, precisa y vigilante, Virginia Woolf; pensando en ella, en mí y en la devastación mental de todos nosotros, los locos.

La peor soledad no es la falta de compañía física, sino la ausencia de resonancia y humanidad: el peso mortal y sangriento de saber que, sea por las circunstancias de la vida o por la niebla de la enfermedad, uno se ha vuelto ya invisible para el resto del mundo.

Cornaro 130

La libertad de prensa no es un privilegio gremial de los periodistas, sino la garantía auroral de que el ciudadano no es reducido a un súbdito desinformado. Sin una prensa dispuesta a asumir el riesgo de incomodar, sin su papel de mosca cojonera, la opinión pública es sustituida por la propaganda o el miedo, lo que a la postre diluye la soberanía de una sociedad para su autogobierno.

En ese clásico de las ideas -y que debiera ser revisitado en estos tiempos de zozobra-, «Verdad y política», de Arendt, afirma la pensadora de adopción estadounidense: «La libertad de opinión es una farsa a menos que se garantice la información objetiva y que no se cuestionen los hechos mismos. En otras palabras, la verdad factual establece los límites del poder político». Sobre el peligro de silenciar la crítica sigue vigentísimo otro clásico de Mill, el magistral «Sobre la libertad». Grábemonos a fuego: «Si se silencia una opinión, no sabemos si esa opinión es verdadera; y si lo supiéramos, el silenciarla sería un mal todavía mayor, porque si es falsa, los hombres pierden el beneficio de una percepción más clara de la verdad, producida por su choque con el error». Y Revel: «La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. La democracia no puede vivir sin la verdad, mientras que el totalitarismo no puede vivir sin la mentira. El hundimiento de la información es el hundimiento de la democracia». Y, last but not least, el gran Popper: «Necesitamos la libertad para evitar que el Estado abuse de su poder, y necesitamos al Estado para evitar el abuso de la libertad. La crítica libre es el único mecanismo que tenemos para detectar nuestros errores antes de que sea demasiado tarde».

Cornaro 129

Para Ockham el papa gobierna en lo espiritual; el emperador o príncipe en lo temporal y ninguno posee un poder absoluto que convierta a los cristianos en siervos. En el «Dialogus» sostiene: “Parece demostrable de varias maneras que en los asuntos temporales el papa no tiene poder directamente de Cristo. Pues así como el emperador se relaciona con los asuntos temporales, así el papa se relaciona con los espirituales en cuanto recibió directamente de Cristo su poder. Pero el emperador no tiene poder en los asuntos espirituales. Por tanto, en los asuntos temporales el papa no tiene poder directamente de Cristo”.

La Ilustración del XVIII suaviza las teocracias, no tanto destruyendo toda religión, como despolitizando la verdad religiosa. Locke lo formula con nitidez: “El gobierno civil no puede dar ningún nuevo derecho a la Iglesia, ni la Iglesia al gobierno civil. De modo que, tanto si el magistrado se une a una Iglesia como si se separa de ella, la Iglesia permanece siempre como antes: una sociedad libre y voluntaria. No requiere el poder de la espada por la llegada del magistrado, ni pierde el derecho de instrucción y excomunión por su retirada”.

España fue tradicionalmente católica. Aquí no encontramos una estricta separación liberal al estilo anglosajón ni un laicismo militante como el francés, sino una peculiar aconfesionalidad: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”, Constitución Española, art. 16.3.

Quizá entonces se entiendan muchas cosas.

Cornaro 128

Yo, Petrus Sánchez, no escribo solo la historia. La hago. La diseño. La modelo. Yo puedo rehacer el orden natural de los hechos, si así me lo exige la salud de España. El Supremo Dictador no es un hombre. Soy un principio, una idea, el eje sobre el cual gira el destino de este pueblo. Para gobernar un pueblo de ciegos no se necesita luz, sino una mano que nunca tiemble al cortar la mano del que intenta palpar las sombras. Mi mayor victoria no ha sido vencer a mis enemigos, sino extinguirlos, falsificarlos, trocearlos, expulsarlos de la memoria colectiva.

Yo, Sánchez Castejón, miento según mi arbitrio, manipulo a un ganado lelo, convierto este país en un nido de ladrones, de analfabetos y de cobardes. Un hombre de Estado no puede permitirse debilidades físicas ni morales. El día que un subordinado te ve pestañear o nota el olor de tu sudor, ese día dejas de ser un dios para convertirte en una presa. A los hombres no se les domina con discursos de libertad o prosperidad; se les domina conociendo sus vicios, sus deudas y sus ambiciones, participando de las corruptelas, haciéndoles saber que sus haciendas enteras penden de un hilo que yo sostengo con dos dedos. El día que yo falte, este país volverá a ser el muladar de donde lo saqué.

La chusma solo entiende la razón del fútbol y las tabernas. Los soñadores, los estudiantes, los intelectuales… todos sueñan con un país decente porque confunden la libertad con el desorden. Pero aquí, mientras Pedro Sánchez respire, la ley de la felonía se cumplirá a rajatabla. No me conmueven los llantos de los pobres ni las arengas de los poetas. La satrapía tiene un precio, y yo soy el encargado de cobrarla.

La verdad no es lo que ocurrió, sino lo que yo decido que aparezca en el boletín oficial. Si yo digo que la tierra es plana, la corte entera debe modificar la geografía y la ciencia. Qué hostias me importa a mí el juicio de la historia, si la historia la escribo yo a mi antojo y conveniencia, yo que he visto pasar más de diez generaciones de Ábalos, Leires, Koldos y Cerdanes, mientras sigo aquí firme en mi silla de mando oyendo el rumor de la UCO en los corredores del palacio, gobernando este mar de mierda donde nadie se atreve a decirme que el sol no brilla si yo digo que es de noche. Se gobierna como a mí me da la puta gana.

Cornaro 127

Comparteixo plenament la tesi central de l’article del mestre Llovet: el prestigi d’una literatura no depèn únicament de les seves obres mestres, sinó també de la capacitat d’una comunitat per establir-les, documentar-les, contextualitzar-les i transmetre-les amb rigor filològic.

Llegir un poema no és pas el mateix que saber quin poema va escriure realment l’autor, en quina versió, amb quines variants, en quin context editorial i després de quines revisions successives. En un poeta com Carner, que corregia, depurava i recomponia els seus versos amb una exigència gairebé incessant, aquesta tasca esdevé decisiva. Una tradició literària madura necessita filòlegs tant com poetes. Més enllà de la grandesa mateixa de l’obra carneriana, cal reivindicar aquest treball lent, discret, pacient i sovint invisible que fa possible que les interpretacions futures descansin sobre textos sòlidament establerts.

En elogi de Jaume Coll podríem recordar aquelles fórmules llatines que semblen escrites expressament per a la seva empresa: Textum restituit, memoriam servat, posteritati tradit; o bé Primum textum stabilire, deinde interpretari; i encara, en una formulació més humanística, Carnerum posteritati vindicat.

Recordem, així mateix, la Frankfurter Hölderlin-Ausgabe, un dels projectes filològics més complexos del segle XX, a causa de l’estat fragmentari de molts manuscrits; o les edicions Arden Shakespeare, Oxford Shakespeare i New Cambridge Shakespeare, veritables monuments de la filologia anglesa. Recordem també l’admirable edició de l’obra poètica d’Eliot a cura de Christopher Ricks i Jim McCue; el Quevedo de Blecua, fita major de la filologia hispànica contemporània; o la reconstrucció textual de Góngora duta a terme per Antonio Carreira.

Tot plegat ens recorda que una gran literatura no es compon tan sols de grans escriptors, sinó també de grans editors, grans filòlegs i grans lectors. La tasca de Jaume Coll situa Josep Carner dins d’aquesta noble tradició europea de les edicions crítiques exemplars. Una notícia excel·lent per a la cultura catalana.

Cornaro 126

(León XIV, go home)

Empecemos con una cita contundente del escritor colombiano Fernando Vallejo: “La puta, la gran puta, la grandísima puta, la santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala; la del Santo Oficio y el Índice de Libros Prohibidos; la de las Cruzadas y la noche de San Bartolomé; la que saqueó Constantinopla y bañó de sangre Jerusalén; la que exterminó a albigenses y a los veinte mil habitantes de Beziers; la que arrasó con las culturas indígenas de América; la que quemó a Segarelli en Parma, a Juan Hus en Constanza y a Giordano Bruno en Roma; la detractora de la ciencia, la enemiga de la verdad, la adulteradora de la Historia; la perseguidora de judíos, la encendedora de hogueras, la quemadora de herejes y brujas…”.

Un grupo de radicales, barbados y vestidos de negro, afloran del desierto. Se dirigen a Palmira y la emprenden a golpes con el templo de Atenea y sus estatuas. ¿Son terroristas del Estado Islámico en el siglo XXI? No, son fundamentalistas cristianos del siglo IV.

Con el «triunfo» del Cristianismo en el s.IV bajo Constantino, los cristianos demolieron templos paganos, derribaron estatuas de dioses, mutilaron relieves, arrancaron frescos y mosaicos, talaron arboledas sagradas, quemaron bibliotecas, rasparon pergaminos con textos grecolatinos… para escribir oraciones.

El Olimpo Grecolatino les parecia demencial, erróneo y pecaminoso… ¡Y procedieron a destruirlo!El Dios cristiano exigía exclusividad. Y tolerar a otros dioses equivalía a permitir el mal. Eso se llama intolerancia. Ser intolerante era ser virtuoso. Forzar a otro a salvarse era bueno.

«Tras reflexionar largamente sobre lo que ha surgido de este engaño sistemático —todas las luchas entre papas y soberanos terrenos, la destitución de reyes y emperadores, las excomuniones, las inquisiciones—, se siente uno obligado a preguntar si ha sido más la mentira que la verdad lo que ha influido de manera permanente sobre la historia de la humanidad. Pues nunca se ha mentido y engañado con tanta frecuencia y tanta falta de escrúpulos como en el campo de la religión. Y es cabalmente en el cristianismo, el único verdadera y realmente salvífico, donde dar gato por liebre está a la orden del día, donde se crea una jungla casi infinita del engaño desde la Antigüedad y en la Edad Media en particular.», Deschner, «Historia criminal del cristianismo», Tomo IV: Falsificaciones y engaños.

Las religiones, nos contaba mi maestro Mosterín, son subproductos hipertrofiados de nuestra evolución cognitiva. En el Pleistoceno, detectar intencionalidad donde solo había azar —pensar que el crujido de una rama era un depredador y no el viento— tenía un valor de supervivencia. Heredamos un cerebro diseñado para buscar agentes detrás de cada fenómeno. El problema surge cuando, en lugar de corregir ese sesgo mediante la ciencia, las culturas lo institucionalizan, creando agencias invisibles llamadas dioses. La religión no cayó del cielo; es un fósil cultural de la infancia de la humanidad que se niega a disolverse, un intento arcaico de hacer tecnología mediante el rezo y ciencia mediante el mito.

La religión procede de la infancia de nuestra especie, de una época en la que no sabíamos que la Tierra era redonda, ni que orbitaba alrededor del Sol, ni que la materia estaba compuesta de átomos, ni que las enfermedades eran causadas por microorganismos. Era nuestro primer y peor intento de explicar la realidad, de consolar nuestros miedos y de regular nuestra conducta moral. Al igual que la astrología o la alquimia, cumplió una función primitiva. Pero insistir en mantenerla viva hoy, cuando la ciencia nos ofrece una visión del cosmos incomparablemente más bella, vasta y comprobable, no es solo un anacronismo; es una traición a la madurez intelectual de la especie humana. Nos exige que sigamos teniendo miedo a la oscuridad cuando ya hemos aprendido a encender la luz.

P.S. Soy consciente del tono premeditadamente provocador del escrito. El catolicismo pasó en Occidente por un proceso de ilustración en el s. XVIII, lo que suavizó sus formas, bestialidades y oscurantismos. Asimismo, la cultura cristiana tiene una benemérita base filantrópica, y un patrimonio cultural y artístico soberbio. Solo soy un mamífero para poder entender misterios tremendos. Según Gómez Dávila, los ateos somos como monaguillos con acné pretendiendo enfrentarse a un coloso. Pero no puedo evitar mi propensión a no creer en una serie de cuentos metafísicos cuando lo plausible es decir, como mínimo, «NO SÉ».

Cornaro 125

La locura es un lugar extraño, un colosal marasmo léxico, donde las ideas y los pensamientos se entrelazan en una danza caótica. A veces, tengo la sensación de estar atrapado en una tormenta de pensamientos que me abruman («Dime todo sobre. Anna Livia! Lave quieta y no salpiques. Vea esta camisa. Vea qué suciedad), pero en medio de ese torbellino, también encuentro patrones y verdades que pueden parecer invisibles para otros. La lucha es constante, pero también lo es el deseo de comprender y crear. Sí, la mente puede ser un laberinto oscuro, lleno de ecos de voces que no siempre son nuestras (cuanto más corto el garrote se encona más el salvaje) En momentos de angustia la realidad, chof chof glups, se distorsiona, y la lucha por mantener un algo de identidad se convierte en una heroicidad. La escritura es mi salvación, un medio para dar voz a esos susurros y encontrar orden en el caos. La esquizofrenia es como estar atrapado en un juego de espejos, donde la realidad se fragmenta y se distorsiona. La soledad y el aislamiento que a menudo nos acompañan son abrumadores, pero es a través de la escritura que encuentro una conexión con el mundo. La literatura ofrece un refugio, un espacio donde la lucha puede ser compartida y entendida.

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«La esquizofrenia puede ser vista como un grito desesperado de una persona que siente que su identidad se desmorona. En este estado de angustia, el individuo no solo enfrenta la desintegración de su sentido del yo, sino que también se encuentra en una búsqueda de significado. La creatividad, en este contexto, puede ser tanto un refugio como un desafío, ya que permite al individuo explorar su dolor mientras busca una conexión con el mundo», Rollo May.

«La lucha contra la esquizofrenia es una batalla que se libra en múltiples frentes: el interno, el social y el emocional. Los pacientes a menudo enfrentan el estigma y la incomprensión, lo que puede agravar su sufrimiento. Sin embargo, la posibilidad de encontrar significado en la experiencia, incluso en medio de la locura, puede ser un camino hacia la sanación. La terapia debe ser un espacio donde se reconozcan y validen estas luchas», Irvin D. Yalom.

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Hoy escribí y leí mucho.

Cornaro 124

La crítica no consiste en dictar sentencias apodícticas, definitivas y napoleónicas. Consiste en aumentar la comprensión. El crítico ideal acaso no deba ser un juez que levanta el martillo o el pulgar arriba o abajo, sino un lector excepcional, algo arbitrario, que logra que los demás vean más de lo que habían visto sin su ayuda.

Permítanme citar al extraordinario prosista Alfonso Reyes: «La crítica no es un juicio de faltas ni una colección de censuras; es una función de acompañamiento y comprensión. El crítico es el ciudadano del mundo de las letras que sale al camino a recibir al viajero, a ofrecerle hospitalidad en su propia mente. Para ejercerla bien, se requiere una dosis inmensa de simpatía, que no es debilidad ni indulgencia, sino la capacidad creadora de ponerse en el lugar del otro. Una crítica que no sea, en alguna medida, una obra de arte ella misma, que no posea un ritmo, una luz y una sonrisa en su propia prosa, no es más que contabilidad literaria. El verdadero crítico no busca imponer una ley desde fuera, sino descubrir la ley interna que el autor se ha impuesto a sí mismo, y ayudar al lector a percibirla. Nuestra labor es traducir la belleza, deslindar el misterio de la creación con manos delicadas, sabiendo que la literatura es, ante todo, un fenómeno de la vida que se contagia y se celebra».

Para mí escribir crítica es, en esencia, un ejercicio de lectura minuciosa, de destripar el mecano o averiguar los pasadizos del castillo. El crítico no debe mirar el texto desde la distancia o dogma cerril de una teoría preconcebida, sino que debe meterse debajo de las frases como un niño leyendo bajo las sábanas con una linterna, examinar cómo están construidas las bisagras (aquello que técnicamente se llama en arquitectura «puentes de tráfico»), las bisagras de la novela o el ensayo, sentir cómo respira o asfixia un adjetivo, qué color tiene, cuánto pesa y qué cola de cometa dibuja. Mi enfoque es técnico, pero estético a la vez. El crítico debe poseer un oído musical absoluto para el lenguaje, debe ser un superdotado lingüístico; capaz de detectar la nota falsa o la impostura, el sonsonete perezoso y repetitivo, el cliché que afea, pero también advertir las geniales iluminaciones de inmensidad.

También mi ambición, cuando leo con ojos de escritor, es contagiar el entusiasmo por los libros, ese verdadero motor de mi vida, despojando a la literatura de la atmósfera de solemnidad académica. Me gusta ser conversacional, si puede ser ingenioso, ligero, pero profundo. Debe leerse con el mismo placer con el que se escucha a un amigo inteligente hablar en la sobremesa después de una buena cena. Al fin y al cabo, la literatura se inventó para hacernos más humanos y más felices.