Cornaro 53

Los tontos hedimos. Olemos a caldosa sopa recalentada de puerros, a ropa húmeda y fría pegada a los muslos y a la espalda huesuda, a sudor resignado y esmegma agrio en los testículos. Los imbéciles hablamos mucho. Discutimos de moralina, politiquería y patriotismo de modo gris y pegajoso, devastando las ideas como una pared con yeso agrietado. La mayoría de vivos estamos hechos de esa materia blanda y satisfecha.

Soy un escritor adornado con una atropellada vanidad feroz. Un subnormal refranero y supersticioso. Con un cerebro que parece una habitación pobremente iluminada donde las ideas chocan unas contra otras como moscas gordas contra los cristales. Soy un retrasado que balbucea rotundos dogmas episcopales. Un mediocre sin matices ni vacilaciones, de perfume dulzón barato y pesado. Un idiota que ríe demasiado fuerte, construido enteramente por la telebasura y los lugares comunes. Alguien enfermo de incapacidad para la percepción y la lógica.

***

Éste que véis es Christian. Piel amarillenta, color de cera vieja, que apenas cubre la red de músculos fofos, descolgados, y vasos sanguíneos muy delgados; cabello castaño, casi negro, veteado de canas, corto e inconcebiblemente lustroso; y sus dientes de fumador picados, cariados, color sepia renegrida a la plancha; pero estos detalles no hacen sino confirmar de forma aterradora unos ojos aguados y ácidos que parecen casi del mismo color que las órbitas blanquecinas en que estaban hundidos. Unos labios anti-eróticos y rectos.

Proviene de la vida misma su estado de vulnerabilidad más crudo, como aquellos rostros de los moribundos de larga duración, con sus mejillas hundidas en un arrebol febril, que no eran ya humanos, sino mapas purulentos de una batalla bacteriológica. La enfermedad no era un accidente, sino una forma de existencia inferior y devastada. El cuerpo se volvía fangoso, los ojos brillaban con un agua antinatural, y el olor de la decadencia —ese aroma dulzón, parecido al de las manzanas podridas y el éter— flotaba en su covacha como un incienso de una divinidad azteca y sádica.

Voz de cripta y fiebre, como un detritus pastoso. Impulsos de conducta absurda. Cuello rígido y anfibio. Una razón donde borbotean trampas herméticas. Christian parece razonable unos pocos minutos, pero después aparece el desplante, la singularidad fatal, la frase incoherente e imposible dicha con absoluta naturalidad. Dentro de sí mismo le persigue su cráneo enfermo, como si las ideas sobre la realidad y sobre él se forjaran en una fragua a hierro candante. Un monstruo y un loco.

Cornaro 52

«El verdadero intelectual no es aquel que acumula datos en un rincón oscuro, sino aquel que, mediante el estudio de las letras humanas, logra que la sabiduría sea amable. Su función es actuar como el médico del espíritu de la sociedad, utilizando la ironía para señalar los vicios de los poderosos y la superstición del vulgo, sin perder jamás la elegancia del discurso», Erasmo.

«El filósofo [intelectual] es un hombre que camina por la noche, pero que es precedido por una antorcha. Su función es la observación y la duda. El intelectual no debe ser un esclavo de los sistemas, sino un buscador de la verdad que se atreve a decir: ‘No sé’. Su influencia radica en su capacidad para desmoronar los prejuicios que mantienen a la humanidad en la infancia», Diderot.

A mi juicio, la función del hombre de letras es pulir las aristas de la conversación social, haciendo que el conocimiento sea una moneda de cambio corriente para la mejora del ciudadano. Educar con la fuerza de su convicción, tener el coraje de contradecir la -frecuentemente equivocada- moda pública.

Frente a esta idea clásica, surgió la visión del intelectual como guardián de la belleza y, cómo expresarlo, a la forma y el pulimento individual. Nada de salvar el mundo, sino cultivar la exquisita, sedosa percepción. Una labor interna, de perfeccionamiento del espíritu. Escritores, artistas e intelectuales leales al desafío de los ojos.

Hoy los intelectuales están en las catacumbas, en celdas monacales, resistiéndose a la bastardización del lenguaje. Frente al paisaje devastado por la inmediatez, prácticamente desaparecieron, sustituidos insensiblemente por pensadores rápidos periodísticos y mediáticos.

El intelectual moderno, en resumidas cuentas, ya no es el que guía a las masas hacia la Bastilla, sino el que, en el silencio de su estudio, intenta que las palabras sigan significando algo en un mundo que solo entiende de estrépito y zambombazos.

Cornaro 51

Mi infancia fue un largo pasillo de alfombras espesas donde el cruel ruido del mundo exterior nunca llegaba. No conocía el precio de las cosas, pero conocía perfectamente el tacto del lino limpio y el brillo de la plata al atardecer. Vivíamos en una burbuja acolchada donde la única obligación era ser niño, protegidos por paredes que parecían exhalar una calma milenaria.

Era una infancia como la de Combray: una casa -más vasta para mis ojos infantiles de lo que seguramente fue en realidad- con sus techos altos y sus maderas enceradas. Había una paz -lentitud sedosa- que solo otorgan las estancias que no conocen la andrajosa celeridad. En el jardín, el tiempo no se medía en horas. El rastro del sol sobre el piso de mármol, y sobre la biblioteca, o sobre -mágicamente- los cortinajes de terciopelo. Fue una vida muy feliz, no por el oro en las molduras, sino por la luz que siempre parecía encontrar un camino hacia nosotros.

Mamá era la más bella de toda la mansión. Orden y roce de dedos en la barandilla. La recuerdo siempre envuelta en sedas que imitaban el movimiento del agua, caminando por los pasillos con una gracia que hacía que los techos altos parecieran diseñados solo para ella. No olía a cocina ni a esfuerzo; olía a nardos frescos y a ese perfume francés que se quedaba suspendido en el aire mucho después de que ella hubiera salido de la habitación. El tiempo no avanzaba. Su sola presencia era una garantía de que nada malo (que lo debió haber, pero mi memoria lo aniquiló del todo) podía cruzar el umbral de nuestra puerta.

Verla sentada largas horas en el solárium, con un libro en el regazo y esa expresión de paz absoluta, nos enseñó que la verdadera riqueza no era el dinero, sino la capacidad de habitar el tiempo con serenidad. Benevolencia. El corazón tibio del castillo. La risa cristalina que resonaba en el vestíbulo. La dignidad luminosa en su forma de querernos.

Cornaro 50

«Debes saber que el mundo ya ha envejecido y no se mantiene con el vigor de antes. Ya no tiene la fuerza ni el poder que solía tener. Esto lo dice el mundo mismo; lo proclama el declive de todas las cosas. Ya no hay tanta lluvia en invierno para alimentar las semillas, ni tanto calor en verano para madurar las cosechas. Las minas están agotadas y dan menos plata y oro; los campos están cansados y dan menos frutos. La justicia desaparece, la benevolencia se pierde, la disciplina se relaja. Todo lo que nace tiende al ocaso, y lo que ha crecido debe envejecer. No culpes a los cristianos de que las fuerzas del mundo fallen; culpa a la propia naturaleza del siglo, que se consume a sí misma, y a la impiedad de los hombres, que atrae el juicio de Dios sobre una creación que ya no tiene fuerzas para sostenerse», San Cipriano de Cartago, Patrologia Latina, Vol. 4, Col. 544-545

«Nosotros, los romanos, nos maravillamos de nuestra caída, cuando somos nosotros quienes la hemos provocado. Somos más viciosos que los bárbaros. Ellos son impuros, pero nosotros lo somos más bajo el nombre de la santidad. La civilización romana se muere, y sin embargo ríe. En las ciudades donde el enemigo acecha a las puertas, el pueblo sigue corriendo a los teatros ¿Dónde está la antigua virtud de Roma? Ha perecido la probidad, ha muerto la fe. El nombre de romano, que antes era tan respetado, es ahora algo despreciable. Nos desmoronamos bajo el peso de nuestras propias iniquidades. El Imperio se consume porque ha preferido sus placeres a su salvación; estamos muriendo y todavía pedimos pan y juegos, mientras el fuego ya consume nuestras casas», Saviano de Marsella, Patrologia Latina, Vol. 53, Col. 91-95.

«¿Dónde está el Senado? ¿Dónde está el pueblo? Los huesos se han secado, las dignidades se han desvanecido. Toda la pompa de las dignidades seculares se ha extinguido. Ya no vemos sino edificios derruidos y muros caídos. Y lo que vemos en las piedras, sucede en las almas. Ya no hay hombres que aspiren a lo grande; solo queda el rastro de una grandeza pasada. El mundo está lleno de espinas porque ya no hay quien cultive el jardín del espíritu. Roma, que antes era la señora de las naciones, es ahora como una viuda abandonada. Esta es la ley de la historia cuando se olvida lo eterno: la ciudad se convierte en un desierto, y el desierto entra en los corazones de los que quedan», San Gregorio Magno, Patrologia Latina, Vol. 76, Col. 1010.

«Llegará un tiempo en que el nombre romano, por el cual el mundo es ahora gobernado (horroriza decirlo, pero lo diré porque ha de suceder), será borrado de la tierra, y el poder volverá a Asia, y el Oriente volverá a dominar y el Occidente será reducido a servidumbre. La causa de esta desolación será que la justicia será odiada y la inocencia será perseguida. Los malvados dominarán a los buenos; no habrá ley, ni orden, ni disciplina militar. Nadie respetará las canas del anciano, ni el deber del hijo, ni la piedad del padre. Todo será confusión y guerra perpetua. Entonces el mundo estará verdaderamente exhausto, y los hombres buscarán la muerte y no la hallarán, pues la decadencia habrá llegado a su madurez amarga», Lactancio, Patrologia Latina, Vol. 6, Col. 788-789.

P.S. Mutatis mutandis, acaso valga el símil con la actualidad. Refugio en el placer ante la carencia de un propósito futuro, olvido de la tradición, manierismo (el estilo pesa más que la sustancia), reino de la cantidad frente a delicadeza de la calidad. Muere la memoria y la cultura se transforma en consumo y estéril burocracia. El lenguaje es un instrumento técnico, de mera mercadotecnia, no la «casa del ser». Vivimos en un presente amnésico: los jóvenes ya no sienten que lo que escribió Hesíodo, Tibulo, Petronio o Milton les concierna. La civilización que amo -que huele a cuero de biblioteca y a libertad- ha muerto. Como en las ruinas que pintaba Piranesi, somos enanos habitando palacios cuyas proporciones ya no comprendemos. Se lee poco y se lee mal. Perdimos la brújula de nuestra propia razón. La decadencia es el triunfo de la ignorancia satisfecha de sí misma.

Cornaro 49

No tengo talento para la escritura. Es una fatiga mental… Siento que lo que escribo es ilegible, plúmbeo, deslavazado, numeroso, sin valor. Me pregunto por qué sigo torturándome con este deseo de expresar algo que, claramente -sin asomo de duda- no sé cómo decir. Paso de la euforia al vacío más absoluto, convencido de que soy un fracaso o fraude o impostor total como artista.

Algunos de ustedes me halagan dada su generosidad, pero yo no soy un escritor. Me he estado engañando a mí mismo y a ustedes. Ojalá fuera bueno; no, no lo soy, estoy a años de luz de ser siquiera la sombra de la sombra de uno bueno. A veces, debido a esas fugas irreales de la mente y a la propia dramaturgia de la creación en crudo, creo que tengo un poquito de talento, pero luego, más reposado, apaciguado y enfriado el juicio, leo lo escrito y me doy cuenta de que es mediocre (soy una pulga en la espalda de los gigantes) Pero no sé callar, aunque el resultado, como es obvio, nunca está a la altura de lo que soñé.

Un escritor es alguien que tiene que ser muchas personas, lo que equivale a decir que no es nadie. Existe ese vacío en el centro, esa sensación de que uno es un impostor que simplemente ha aprendido a imitar las voces de los demás (o de los demás escritores) que el mundo ha terminado por creer que tiene una voz propia. A veces me siento frente al ordenador y siento que no tengo nada que decir, que todo lo anterior fue un truco de magia que ya no sé cómo hacer.

Cornaro 48

«La dialéctica de la otredad no es sino una deconstrucción fenomenológica de la praxis hiperespacial, donde el sujeto se disuelve en una amalgama de significantes vacíos que desafían la hegemonía del logos cartesiano en una danza de inmanencia pura», es decir, y traduciendo esta farfolla de nada adornada y sibilante y reptante como babosa, «»No estoy diciendo nada, pero suena a que leí mucho a Foucault (o al menos sus resúmenes)».

«Al sintonizar tu frecuencia vibratoria con la matriz energética del multiverso, colapsas la función de onda de la carencia, permitiendo que la entrelazación cuántica de tus pensamientos manifieste una realidad holística donde el observador y lo observado son una singularidad de abundancia», es decir, «Si piensas positivo, te irán bien las cosas, pero quiero que pienses que entiendo la física de partículas».

Yo, cuando escribo, no uso una jerga de chiflados bellacos, aclaro y aclaro para que ustedes perciban, como ánfora iluminada por un foco de luz, el imperativo recalibrado de los paradigmas socio-cognitivos mediante una reevaluación ontológica de las estructuras lingüísticas subyacentes.

El estilo académico no es solo una cuestión de mal gusto; es una forma de ocultar el hecho de que no se tiene nada que decir. Cuando el autor no tiene nada claro en la mente, utiliza un lenguaje pomposo, hermético y embarullado para crear una ilusión de profundidad, como una nube de tinta que lanza un calamar para evitar ser capturado.

Se cree que si un hombre es fácil de entender, es porque es superficial; y que si es difícil de entender, es porque es profundo. La verdad es casi siempre lo contrario. Los hombres que escriben de manera oscura lo hacen porque no son lo suficientemente inteligentes como para hacerse entender. La oscuridad no solo es penosa, sino que es la fuente principal de la incertidumbre y el error que han infectado a la metafísica durante siglos.

No todo lenguaje complejo, empero, es una «estafa». Existe una diferencia fundamental entre la oscuridad gratuita (usada para inflar el ego) y la dificultad estética (usada para expandir los límites del pensamiento o del arte) En Lezama Lima o en el «Ulises», entre muchos otros, encontramos un «trobar clus» plenamente justificado. A veces la investigación estética debe transgredir la planicie lógica y adentrarse en selvas oscuras.

***

Marqués de Santillana:

Si mi baxo estilo aún non es tan plano
bien commo querrían los que non leyeron,
culpen sus ingenios que jamás se dieron
a ver las ystorias que non les explano.

«Demás que honra me ha causado hacerme escuro a los ignorantes, que esa es la distinción de los hombres doctos, hablar de manera que a ellos les parezca griego; pues no se han de dar las piedras preciosas a animales de cerda», Góngora.

«… en su mayor parte los escritos de los teólogos escolásticos no son más que sartas de extrañas palabras y barbarismos sin significado, o palabras que se usan de un modo diferente del que tienen en el uso común de la lengua latina, y que confundirían a Cicerón, a Varrón y a todos los gramáticos de la antigua Roma. Si alguno quisiera tener la prueba de esto, dejadle (como ya dije una vez anterior-mente) que intente traducir a algún teólogo escolástico a algunas de las lenguas modernas, como el francés, el inglés o cualquier otro idioma abundante de recursos; pues lo que no pueda hacerse inteligible en la mayoría de estas lenguas, es que no será tampoco inteligible en latín. Este lenguaje sin significado, aunque no puedo clasificarlo como falsa filosofía tiene, sin embargo, la cualidad, no solo de encubrir la verdad, sino también la de hacer que los hombres crean que la poseen, y que desistan de seguir buscándola», Hobbes.

«Hace poco tuve una experiencia extraña sobre la que quisiera decir unas palabras. Un inspector de policía vino a visitarme para hablar de un proyecto. Durante nuestra conversación le di algo que yo había escrito. Le echó un vistazo y me dijo: “Pero esto es fácil: puedo entenderlo. ¡Supongo que cuando habla usted con sus estudiantes dice cosas mucho más profundas!”. Muy a menudo se imagina —y quizá algunos de ustedes compartan también ese sentimiento— que una aproximación científica a los problemas de la psicología debe ser oscura y bastante complicada. Pero no es así, ¿ven ustedes? En realidad nos enfrentamos a algo muy simple en sí mismo», Norbert Elias (Le Monde, 23 de septiembre de 2010, p. 6)

«Ya sé que «pregressa sussistenza» es una expresión horrible. Muchas de las que usamos los abogados lo son. Yo intento limitarme, pero a menudo es inevitable. Hay jueces —o colegas— con los que no puedes evitar hablar de un modo horrible. Si en un alegato o en un escrito de acusación hablas un italiano correcto, no te reconocen como alguien del oficio. Eres alguien al que no hay que conceder crédito. La jerga de los juristas es la lengua extranjera que aprenden —que aprendemos— desde la universidad para ser admitidos en la corporación. Una lengua tanto más apreciada cuanto más capaz es de excluir a los no iniciados de la comprensión de lo que sucede en las salas de justicia y de lo que se escribe en los documentos judiciales. Una lengua sacerdotal y harapienta al mismo tiempo, en la que fórmulas misteriosas y ridículas se acompañan de violaciones sistemáticas de la gramática y de la sintaxis», Gianrico Carofiglio.

Cornaro 47

Solo se nos concede un número contado de pulsaciones en una vida de marisma abigarrada y teatral. La noche es siempre un gigante de hielo, mineral y litúrgico. Hay algo inquietantemente tranquilo en el avance natural y cotidiano, tras horas de belleza y melancolía, del alba. No tratamos con el tiempo, sino con alguna otra cosa completamente distinta: sombras chinescas que crecen y decrecen según leyes pitagóricas.

La noche viene lentamente desde los bosques, y el aire huele a manzana húmeda, a humo de leña y a hierba pisada. Las luces de las aldeas tiemblan entre la niebla como si estuviesen sumergidas bajo agua oscura. Reflejos verdosos. Campanas: sonido espeso de terciopelo azul oscuro. Las estrellas respiran una ondulante lentitud.

Cornaro 46

No creo que una civilización extraterrestre se distinguiera principalmente por la fuerza bruta o la hidráulica. La vulgaridad técnica es un rasgo de especies adolescentes. Imagino criaturas ovoides que poseerían máquinas prodigiosas y aleaciones inconcebibles de metales, capaces de percibir cien o mil matices de verde allí donde nosotros apenas vemos uno; seres que en sus planetas remotos logran que en sus mentes habitan infinitas geometrías, que tienen una memoria absoluta, y para quienes la conciencia es una forma suprema de bondad. Sus ciudades serían tal vez translúcidas y fractales; sus idiomas, estarían compuestos de fulgores cromáticos y pausas musicales de una bellísima modulación imperceptibles para nosotros.

Nos considerarían criaturas rudimentarias y venales, primates sentimentales fascinados por herramientas pueriles. Quizá nos estudiarían del mismo modo en que un botánico estudia la nervadura de una planta: con atención minuciosa, moderado afecto estético y una absoluta distancia moral.

Bajo estrellas eternas alcanzarían una sublime sabiduría, serían inmortales de alma, espejos purísimos de la luz divina; constituirían por sí mismos una especie completa, no había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera en algún hexágono. El universo estaba justificado. Criaturas con formas puras subsistentes, de inteligencia tan veloz y vasta como serena.

Pero sospecho que los extraterrestres verdaderamente avanzados evitarían cuidadosamente el contacto con nosotros, del mismo modo que un hombre razonable evita discutir de matemáticas con alguien bebido en un bar.

***

«El gran astrónomo Johannes Kepler fue también el inventor de la ciencia-ficción, aunque sólo publicó una novela, y sólo después de muerto. Se llamaba Somnium, o El sueño, y la mandó imprimir su hijo Ludwig en 1634 para intentar sacarse unas perras. Qué tontería. No se sabe qué cifra de ventas alcanzó aquella primera edición, pero el hecho de que la segunda tardara en salir dos siglos (se publicó en 1870) no parece un indicador muy optimista.

En 1609, cuando Kepler era el matemático imperial, el emperador Rodolfo le preguntó qué significaban las zonas oscuras que podían verse en la superficie de la Luna, y Kepler le respondió que, seguramente, eran las sombras que proyectaban las montañas lunares. Wackher von Wackenfels, el asesor religioso del emperador, se quedó perplejo. Nunca había imaginado que la Luna pudiera ser un mundo, con sus montañas iluminadas al atardecer, sus tenues brisas nocturnas y sus parejas besándose a la luz de la Tierra. Von Wackenfels bombardeó a Kepler a preguntas y, tras largas conversaciones que se prolongaron durante semanas, logró convencerle de que escribiera un relato ficticio sobre el nuevo mundo. Kepler le hizo caso y produjo el manuscrito de Somnium que acabaría publicando su hijo un cuarto de siglo después.

El protagonista de Somnium es el joven islandés Duracotus. Su madre, Fiolxhide, se gana la vida recogiendo hierbas, envolviéndolas en piel de cabra y vendiéndolas a los marinos a precio de filtro de amor, elixir de vigor o pócima de venganza. Cuando Duracotus vuelve a casa tras haber estudiado con Tycho Brahe -el gran astrónomo de la juventud de Kepler-, su madre le dice que vale, que ese Tycho le habrá enseñado mucho sobre la Luna, pero que ella conoce a unos demonios y le puede llevar allí.

Madre e hijo acuerdan despegar «cuando la Luna empiece a eclipsarse por el Este». O sea, que viajan durante un eclipse de Luna, cuando el trayecto de la nave queda protegido del bombardeo solar por la sombra de la Tierra (una idea digna de Kepler). El despegue es tremebundo, como alimentado por toneladas de pólvora, pero, una vez liberada del influjo terrestre, la nave viaja en una trayectoria curva sin necesidad de motor (una idea digna no ya de Kepler, sino de Newton, que aún tardaría 33 años en nacer). Al llegar les comunican que la Luna tiene dos hemisferios: Subvolva, desde el que siempre se ve la Tierra, y Privolva, desde el que no se ve nunca (los terrícolas llamamos a Privolva la cara oculta de la Luna). Los habitantes lunares crecen muy deprisa y viven muy poco. Sólo asoman un rato, al atardecer, y luego vuelven a sumergirse en la noche impenetrable. Guardan el agua en cuevas para protegerla de las insoportables temperaturas diurnas. Tiene un toque muy Arthur Clarke.

Kepler perdió una copia de Somnium en 1611, y algunos lectores no solicitados repararon en sus curiosos ecos autobiográficos. Parecía obvio que Duracotus era el propio Kepler, y por tanto Fiolxhide no podía ser otra que Katherine Kepler, la madre del autor. Pero entonces, ¿qué pensar de todas esas hierbas, pócimas y pieles de cabra, por no hablar de su amistad con los demonios? Katherine Kepler fue acusada de brujería en 1615 y juzgada en 1620. Eludió la hoguera de milagro, pero murió de todos modos a los seis meses de salir de prisión. Los viajes a la Luna salían caros en la época.

Durante toda su vida, Kepler dedicó parte de su tiempo a hacerles el horóscopo a los poderosos, que eran lo bastante «imbéciles» -el adjetivo es de Kepler- como para pagarle por ello. En 1594 le encargaron adivinar lo que iba a pasar en 1595, y predijo correctamente las rebeliones campesinas en Estiria y las incursiones turcas por tierras austriacas. Tal vez Kepler, después de todo, había heredado el único talento oculto de su madre: el de abrir los ojos a la realidad», Javier Sampedro.

***

El viajero estelar atraviesa durante décadas o siglos regiones donde las constelaciones se deshacen lentamente como archipiélagos de sal, y donde los soles mueren por catástrofe atómica. Atrás quedaban las nebulosas azul verdosas semejantes a medusas fosforescentes, los anillos de polvo cobrizo, y aquel intolerable silencio de las largas travesías interestelares: un silencio como si la nave avanzase a través de una inmensa, durísima piedra nocturna.

Hacía siglos, acaso milenios, que no lograba pensar ni sentir. Pero entonces, como un foco iluminando el mar, en medio de nada, tras siglos de nada, recordé una pequeña caja de caoba de mi infancia, cuidadosamente encerada y envejecida por el tiempo, donde la madera brillaba con un resplandor oscuro. El barniz oscuro retenía una profundidad líquida y cálida semejante al vino viejo. Sus pequeñas cerraduras de latón gastadas por los dedos de mamá, desaparecida hacía demasiado tiempo. Dentro había carretes de hilo, botones de nácar, viejas cartas atadas con cintas desteñidas.

Creo que el viaje continuaba.

Cornaro 45

Consistentes y completas ideas de Guillermo Carnero: «Pero lo que no era esperable es que la cultura iletrada creciera como un tumor hasta ser dominante, lo cual ha sido posible porque la cultura letrada ha perdido la batalla de la comunicación. Y mientras la degradación de la educación impedía la formación de anticuerpos defensivos, la cultura iletrada ha dispuesto a su antojo de los medios de comunicación de masas, la televisión y las llamadas redes sociales. El analfabetismo de ese mundo paralelo ha evolucionado hasta convertirse en la cultura de quienes carecen de otra. Sus víctimas son millones: un referéndum cotidiano en el que la calidad es sustituida por la popularidad descerebrada, y descubren subproductos que pueden digerir sin esfuerzo, con cuya mediocridad se solidarizan porque reafirma y ennoblece la suya». De ahí podría inferirse la creciente irrelevancia pública del intelectual clásico.

Creo, y disculpe la caricatura, que existe una tradición del intelectual como conciencia moral pública (Zola, Orwell, Sartre, Chomsky… ) y otra que la considera guardiana o custodia de la complejidad frente a la simplifación ideológica (Trilling, Orwell, Wilson, Oakeshott, Steiner… )

Yo soy un mero diletante, pero creo que, las ideas políticas, cuando son abrazadas con fervor religioso por intelectuales encerrados en construcciones doctrinales autosuficientes, tienden a convertirse en sistemas abstractos capaces de justificar cualquier violencia. El «clerc engagé» a menudo «cree que existe una solución final para todos los problemas humanos; entonces inevitablemente llegará un momento en que habrá que obligar a los hombres a ser felices a la fuerza” (I. Berlin) Y perdone la sobregeneralización.

P.S. Disculpe por abusar con mis zonzas ideas. Usted aviva mi vulgar entendimiento.

***

Percibo ecos o sutiles resonancias en su excepcional artículo con Max Weber, Hannah Arendt, George Steiner, e incluso Guy Debord. En «Intellectuals and Society» (escrito en un inglés tan «passador» que ni te das cuenta de que estás leyendo en un idioma extranjero) escribe Sowell: «Los intelectuales constituyen una clase peculiar de personas cuya ocupación principal consiste en tratar con ideas. Pero el hecho de trabajar con ideas no implica necesariamente poseer sabiduría práctica, prudencia o conocimiento superior sobre el funcionamiento de la sociedad». Esto conecta directamente con el final de su artículo: el prestigio ya no depende del saber profundo, sino del control retórico y mediático. Sowell añade algo todavía más duro: «A diferencia de ingenieros, médicos o empresarios, los intelectuales rara vez sufren consecuencias directas por sus errores. Sus ideas pueden fracasar repetidamente y, sin embargo, su prestigio permanecer intacto.» Aquí aparece el núcleo del problema moderno: la sustitución de la autoridad moral clásica por la celebridad ideológica. En muchas sociedades modernas, el intelectual no desafía al poder cultural predominante; forma parte de él.

Nada tienen que ver estos nuevos intelectuales con las peregrinaciones cortesanas del humanismo europeo, donde si algo nunca faltaba era grandeza. Nada que ver Diderot asesorando a Catalina la grande, o Vives a la princesa de Inglaterra, con periodistas (no citaré nombres) asesorando al Sr. Sánchez; nada se parecen Descartes dando clases a Cristina de Suecia con el Sr. Miguel Ángel Rodríguez aleccionando a la Sra. Ayuso; nada comparable Erasmo consejero áulico de Carlos V con Pablo Iglesias cabeza pensante de Podemos (y disculpe si bajé algo al barro cotidiano)

Monsieur Homais, de una medianía intelectual tan patente y aguda, retórica banal, autosuficiencia, mediocridad satisfecha, es el emblema o símbolo de la nueva y chispeante clase intelectual, tan autocomplaciente y celebrada por los medios. Vamos a menos.

***

«The Dunciad», de Pope, presintió de forma satírica y casi profética en el siglo XVIII la sustitución progresiva de la autoridad intelectual por la vulgaridad mediática y el prestigio vacío. Su gran intuición consiste en comprender que la necedad no actúa sola, sino aliada con el espectáculo, la moda, el resentimiento y la protoindustria editorial.

El artículo del profesor Llovet sostiene que el intelectual ha perdido el ascendiente casi sacerdotal que poseía desde Voltaire hasta Sartre. En Pope ya aparece esa crisis en estado embrionario. En lugar de sabios o humanistas, la sociedad comienza a llenarse de figuras cuya notoriedad deriva del escándalo, la banalidad o la pura visibilidad.

El texto lamenta que la opinión pública haya pasado de escuchar a figuras como Sacristán, Russell o Sartre a obedecer la lógica de los medios de masas y la fama trivial. Pope describe exactamente el nacimiento de esa degradación: periodistas mediocres, editores oportunistas, autores triviales, cultura transformada en mercado.

El intelectual estaba investido de una autoridad derivada de la sacralización propia del eclesiástico. Eso encaja perfectamente con la dimensión casi teológica de «The Dunciad». Pope imagina la estupidez como una falsa religión. Dulness no gobierna solo literariamente: establece una anti-civilización. El poema está lleno de imágenes de oscuridad espiritual, inversión jerárquica y corrupción del juicio.

«The Dunciad» sigue siendo minuciosamente vigente profetizando desde las insulsas universidades actuales, la locura cultural que nos asola, o los medios de comunicación infames e incluso la oclocracia. Parece que el horror cultural se solaza en su destrucción. La Dunciada o Asnada de 1742 habla de lo que hay ahora en 2026.

“Al pie de su escabel, la Ciencia gime encadenada
y el Ingenio teme al Exilio, las Penas y el Dolor.
Allí, la Lógica rebelde espumajea, la bella Retórica languidece por los suelos;
nacen de la sofistería sus armas romas,
desvergonzadas Procacidades adornan sus ropajes.
La Moralidad, atraída por sus falsos guardianes,
el Embrollo cubierto de pieles, la Casuística con sus vestiduras,
se queda sin aliento mientras ellas halan la cuerda a uno y otro lado
y muere, cuando la Insulsez da la orden a su paje.
Solo la insana Instrucción permanece libre,
demasiado loca para las cadenas,
ora erigiendo su mirada extática hacia el espacio,
ora corriendo alrededor del círculo, donde encuentra su cuadrado.
Las Musas yacen atadas por diez lazos
bajo la mira vigilante de la Envidia y del Halago.
[…]
En vano, en vano –la Hora que todo lo compone
cae sin resistencia: la Musa obedece al Poder.
¡Ya viene!¡Ya viene! El trono oscuro sostenido
por la noche primitiva, por el antiguo Caos.
Ante ella, las doradas nubes de la Imaginación se desvanecen
y todos sus variados arco iris mueren.
Los fuegos momentáneos del Ingenio estallan en vano,
cae el meteoro y expira en un instante.
Así como las estrellas enfermas, temblando de miedo,
desaparecen una a una del valle etéreo,
como los ojos de Argos, tocados por la vara de Hermes,
se cierran uno a uno para descansar eternamente,
Así, al sentir su cercanía y poder secreto,
Arte tras Arte se apagan y todo se vuelve Noche.
¡Mirad cómo huye a hurtadillas la Verdad a su vieja caverna,
mientras se apilan sobre su cabeza las montañas de la Casuística!
La Filosofía, que antaño se apoyara en el Cielo,
se encoge hasta su segunda causa y desaparece.
¡La Física y la Metafísica ruegan que se las defienda,
y la Metafísica pide su ayuda al Sentido!
¡Ved cómo vuela el Misterio hacia las Matemáticas!
¡En vano! Miran fijamente, se marean, desvarían y mueren.
La Religión abochornada cubre con un velo sus fuegos sagrados
y la Moralidad fallece en la Inconsciencia.
No hay Llama pública o privada que se atreva a brillar
Ni queda ni una chispa humana ni una fugaz mirada divina.
Tu temible imperio, oh Caos, se ha restablecido;
la luz muere ante tu palabra estéril;
tu mano, gran Anarquía, deja que caiga la corina
y que la Oscuridad Universal lo entierre Todo”

Llovet apunta una idea muy de Tocqueville y muy de Pope: “la conciencia pública ya no cree que cualquier manifestación de una de esas personas deba ser considerada más verdadera…”. Pope temía justamente la nivelación indiscriminada del juicio: la idea de que toda opinión vale lo mismo aunque no toda inteligencia sea equivalente. Pope comprendió antes que casi nadie que una civilización empieza a desmoronarse cuando deja de distinguir entre notoriedad y mérito.

P.S. Naturalmente, Pope escribe en un contexto histórico muy distinto de la época digital contemporánea. Acaso mis símiles o simetrías acusan excesiva rigidez.

Cornaro 44

Las personas inteligentes toleran significados incompatibles sin necesidad de reducirlos inmediatamente a una doctrina. La estupidez moderna consiste menos en ignorar que en sentirse moralmente superior mientras se ignora. La verdadera educación no consiste en saber muchas cosas, sino en adquirir ciertos hábitos de atención. Repitámoslo por enésima vez: la sociedad moderna adora la novedad porque ha perdido la capacidad de reconocer la grandeza.

Mi maestro Auden escribió que un hombre civilizado debería poder conversar sobre poesía, religión y política sin convertirse inmediatamente en un fanático (W. H. Auden, «The Dyer’s Hand and Other Essays». New York: Random House, 1962) Ser culto hoy tiene algo de exilio, incluso de signo de Caín. La sociedad tolera la cultura como entretenimiento ligero, pero desconfía profundamente de quien organiza su vida alrededor de los libros. Cuando acudo a la biblioteca universitaria de Orense, los estudiantes están embebidos en la fosforescencia luciferina de los ordenadores y tablets, y casi nadie explora ya la sabiduría del papel.

Europa fue durante siglos una conversación entre muertos ilustres. Hoy apenas queda el ruido maquinal del turismo. Advirtamos la paradoja: jamás hubo tanta educación y jamás hubo tan poca veneración por el saber.

José María Álvarez escribió muchas veces —en poemas, diarios y entrevistas— desde la conciencia aristocrática y melancólica de pertenecer a una tradición cultural en retirada. En «Museo de cera» aparece constantemente esa idea del hombre culto como último depositario de un mundo refinado que la vulgaridad contemporánea ya no comprende: “Somos ya muy pocos los que todavía sabemos emocionarnos con ciertas cosas: una edición veneciana, un cuarteto de Haydn, el olor de una biblioteca al anochecer, la conversación inteligente. El mundo moderno ha sustituido la pasión por la cultura por la información y el estilo por la opinión”. Vale.

P.S. Perdonen la densidad marmórea de esta nota. Me aflige una melancolía poco coloquial e irónica.