Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
En mi soledad hay un barro bizarro y pitañoso, lo admito sin complacencia y moderado dolor. Sobre un fondo de cortinas desflecadas malvivo. Un fondo con a veces unos ponientes magníficos.
Por ignorancia y error la abrumadora mayoría de los hombres están tan ocupados en tareas suferficiales y en rudas monotonías que sus vidas tienen menos calidad que una sopa de pollo de sobre. El destino de cada hombre está determinado por lo que piensa y hace de sí mismo, y jamás por la opinión pública o la conducta -burda y sandia- de rebañego.
Nunca tuve amigos. Medito y contemplo en mi latebra. En mi madriguera no sueño un sueño con amigos. Mi soledad napoleónica se nutre de lo mejor que se ha escrito y pensado. O, también, de la energía del silencio que es una fértil, tropical orquídea con los colores de Dios. Y el hecho más glorioso de mi experiencia es haberme convertido en un irrefutable loco incurable.
Escupo sobre vuestras tumbas con olor a ajo y cebolla rancia. Son mejores los huesos secos de mi yo, es mejor mi cerebro agusanado de voces y alucinaciones visuales, a sufrir vuestra acebollada compañía.
Ningún asalto al banco podrá robarme mis riquezas, porque son soledad, fosforescente locura e inteligencia. Manteneos juntos unos con otros, calientes como cerdos en su corte. Pobres de espíritu.
Me gusta que mi vida tenga una amplia psicosis, como un hongo de Laponia afiebrado y visionario. El ganso salvaje es más bello y más rápido que el domesticado; mi locura tiene salvajes ramas y pensamientos opulentos.
Mi locura -vano insistir- cae desde cornisas marinas a salas donde gira el tetrarca. Un claroscuro con rumor de fruto, de tufo a lagar hondo, de orquestal y escamoso calabozo.
En esa soledad el mundo ya no descansa sobre principios, sino, y al igual que en la infancia, en inmaduros fragmentos. Fragmentos suavemente cosidos a la niebla.
Vivo en la Dalmacia obscura de mi locura con absoluta pachorra. Oigo voces de obreros construyendo la muralla de Jericó, a una niña rubia cuentacuentos, una especie de misas en latín arcaico, retazos aislados de versos surrealistas…Prefiero mi fatal vesanía a la cinemática, al correr mecánico zangolotino, marsupial, mandril y subnormal de la radio y la televisión. Meros seres inconcretos con una psique inconcreta resumida en píldoras pegajosas inconcretas.
Admito que mi locura, mis alucinaciones, son como un polvillo de ideas enzarzado a cardos algo molestos, pereo al menos disfruto sobremanera de su dimensión-y experiencia- estética. Sus palabras aleatorias no están preñadas de vacío, nunca siguen escrupulosdamente las reglas del juejo de la vulgaridad, remodelan y educan en la rareza, nunca en el tópico de maloliente axila sudada. ¡Viva mi locura!¡Viva mi psicosis! Si hubiera que asignar un género a la vida de un escritor literario, tendría que ser la tragicomedia de mis visiones.
Creo que fue Hölderlin -cito de memoria- que dijo que de la pura inteligencia no brotó nunca nada inteligible, ni nada razonable de la razón pura. He pecado en mi vida -y poesía- de un moralismo burgués rancio y chato, acaso como una psicoanalítica fantasía de amor compensatorio por lo mucho que hicieron sufrir a mi papá mis desorganizados límites y mis palacios del exceso. César Aria escribió hoy en frase feliz que admiraba al Maradona drogadicto y que poco le interesó lo que hizo en la cancha. Baja esta boutade o paradoja creo que late una profunda verdad; los dioses manchados de barro fulgen con una incandescencia de la que carecen los dioses apolíneos. D.E.P. pibe.
En el mundo de ayer los árbitros del buen gusto no eran Jorge Javier Vázquez ni Ophra sino el círculo restringido de los miembros de la élite superior, los patricios de la inteligencia, que las clases subalternas admiraban. En mi aldea los domingos, o bien en los casamientos, nos vestimos de gala a imitación de unas supuestas calidades que vemos y no despreciamos de las capas altas burguesas. Lo mismo pasaba en la discriminación estética; las capas burguesas y proletarias fiaban y cedían su admiración a la aristocracia estética. El de arriba, por saberes y mérito, guiaba al de abajo, con menos saberes y mérito, pero que aspiraba a tenerlos.
Hoy Belén Esteban se vanagloria y jacta públicamente de su astronómica ignorancia, y la grey se admira. El reloj da las horas al revés, la noche es ya ahora el día.
Lo bello estético se arrecima en una serie de notas; afluye el orden, la mesura, la mensurabilidad, y la correspondencia rigurosa de las partes con el todo, porque el sentido innato de simetría y proporción es ínsito a lo bello; hay asimismo un no sé qué de vaguedad y ornamento en lo bello, un prurito como de ilógico imponderable, un sentido de indeterminación muy exquisito y propio; existe también una belleza funcional, es decir, en el objetivo, de ahí lo racional de una belleza (o fealdad) pedagógica, moral, política, religiosa, probablemente también ideológica; en el racimo de lo bello otra nota es su asociación a lo sensible y a Eros, su placer sentido de inmediato por el órgano espiritual; sí, hay como una elevación hacia la grandeza sensible e inteligible que turba. Esa aprehensión es cuestión de gusto no así de capacidad; por último la belleza auténtica subvierte, no es una simple y acrítica asunción.
La alta cultura y los prescriptores o árbitros de la alta cultura tienen una íntima relación con las ideas anteriores de perfección y excelencia. Algo ejemplar, perfectamente logrado, es a la vez bello y bueno. Una obra artística y un hombre -por ejemplo Cristo- pueden ser ejemplares, resplandecer, brillar, aparecer envuelto en claridad, esplendor y luz. Una obra y un hombre pueden -podemos- ser imperfectos, torpes, feos, moralmente errados y estéticamente patéticos. Levantar la energía emotiva, intelectual, y sapiencial es hacer gran cultura. La alta cultura estuvo tradicionalmente ligada a la clase alta, así como el kitsch o midcult a la clase media, y la cultura popular a la clase proletaria o campesina. Dante para los aristócratas, las figuritas de Lladró para los funcionarios y el fútbol para los obreros.
Hoy en día la posesión de la alta cultura solo pertenece a las capas cultas de la burguesía, cada vez más adelgazadas. Triunfó el comunismo, todo se ha proletarizado. Si en mi aldea imitamos vestimentas de ricos, los ricos imitan vestimentas de pantalones (tejanos rotos como los de los vagabundos) Hoy todo es cultura vulgar, mediocre, vulgarísima, lerda, brutal, básica, abajada. Se odia lo refinado, serio, genuino, elaborado, alto. El papa y el rey gustan de «selfies» y playeras. Se insulta y desprecia la tradición y la riqueza de referentes, la coherencia formal, la aguda penetración, lo central, la luz canónica. Se admira y gusta y admira lo abajado, la escasa o nula profundidad, el símbolo elemental, la percepción mezquina y embarrada, enmerdada.
Son los tiempos de Sálvame y Ophra y Trump, no de la Filarmónica de Berlín. Se goza la pandereta y se insulta o vitupera al violín. Las capas medias y bajas han impuesto su gusto ridículo. Triunfó el comunismo, no se engañen, la «masscult» es superdemocracia y aniquilación de la distribución jerárquica de las especies. Esto lo expresé poéticamente en mi libro “El falso aristócrata”, ahora lo hago explícito con conceptos y no con símbolos y metáforas. El mercado fabrica una cultura industrial hiperdemocrática para consumo universal. Esa forma cultural es la propia de la sociedad-masa tecnológica post-industrial. Nunca asumirá la dignidad de una cultura con “c” mayúscula. Narcotiza a un público al que nada exige.
Debe asimilarse y digerirse fácilmente (cultura-palomitas) Su dios es entretener y distraer, no la calidad (cultura- divertirse hasta morir) La banalidad es su segundo Dios. El criterio es el mínimo esfuerzo mental y el máximo rendimiento industrial. Calidad mínima significa si y solo si ajustado a lo bajo, nunca tirando o apuntando a lo alto. Se desprecia lo singular y la firma debe ser una suerte de onanismo público impersonal. Siempre hay que adular y dar gusto al «populus» (cultura-vulgo) Todo se asume en el vocablo mercancía, o sea, comprar o no comprar. No aburramos ni irritamos a las masas, es el eslogan capital. El comunismo cultural no es una hipótesis, sino un hecho social. La religión, el civismo, el arte, la educación, la ideología, todo se ha proletarizado, los árbitros o mandamases son ya los Trump, Campos, Matamoros, Ophras y sus pares en el sector correspondiente. La cultura humanista se proletariza. La cultura popular se proletariza. La cultura mediática se proletariza. La cultura digital o cibercultura se proletariza.
Proletarios del mundo, no hace falta que os unáis, habéis ganado. Ahora cualquier aspiración aristocrática se percibe como elitista e inmoral. Los bárbaros golpean con sus mazas y la gente gusta de esos varapalos. Los bárbaros ganaron la batalla.