El monje medita sin esperanza

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Las viejas piedras de este convento tienen regusto de ti.
Infortunio, soledad, decadencia, oxidada oscuridad.
El alma es una tea donde arden geniecillos pálidos y estrellas remotas.
No veo tus cabellos que acarician tu cintura,
ni tu cara ovalada como un huevo de Pascua,
o tus pechos donde manan hipocrás durante la cena,
o tu pubis que surge, lucha y brota ardiendo.
Soy un benedictino en mi pobre imperio sin helados
y rezo a ese turbión blanco del jardín monárquico de tu piel,
te escribo sueños bárbaros propios de las tribus del Norte
y tu cielo sonrosado enreja, cela mi memoria.
Mi alma es un ruin médico rural
que solo sabe de enfermos y viejos.
Debo aprender a vivir mi soledad sin ti.
A veces gozo con esta trastienda mía de recuerdos y maníaco encierro.
«In solis sis tibi turba locis», Sé tú mismo, sé multitud en soledad.
Gusto de pasear en silencio entre los bosques salubres,
meditando sobre la sabiduría, el amor, Dios y el bien.
Gusto de orar y estudiar doctos legajos,
de traducir en el scriptorium a Ovidio y Plotino.
Pero, ¿no es vil ambición querer alcanzar la tranquilidad
y la gloria con el retiro y el escondite?
Benedictino que se asusta por el vacío de la realidad,
que pone pepitas de oro en la mente de los aldeanos
pero que en cambio su mente es una letrina aceitosa.
Con el aroma de la brea nacen reminiscencias de tu voz,
con el tibio aire estival surgen labios en el árbol de la pasión.
Y el gemido cálido de la aurora empuja tu piel.
Cúmplase mi destino de solitario monje en la pradera.
A tu hogar (terriblemente lejos de mi celda), amada mía,
en un pequeño burgo francés a cientos de kilómetros
es imposible que le alcance la peste negra.
Las conventuales y frías piedras de este monasterio
hospedan las leyes de tus astros y el brumoso salmo de tu luz.

Crítica literaria de mamá

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Mi madre, orgullosa de mi educación (colegios privados, clases particulares de dibujo, música e idiomas), es también una crítica literaria sagaz y que corta a degüello. Siempre le leo todo lo que escribo (excepto los diarios) y espero su reacción; hoy me dijo que soy demasiado cerebrotónico, poco cálido, que el genio debe ser fácil de asimilar (aunque él mismo posea una gran originalidad), que el destino de cualquier poeta es llegar a ser recitado anónimamente por el pueblo, y, last but not least, que un escritor es un animal racional literaturizado (mentiroso) pero que yo propendo en exceso a la verdad y la razón. ¿Qué querías mamá? Toda tu vida contendiendo para convertirme en un ser exquisito y singular, siempre empeñada en tu desprecio a las masas («son como bacterias» sueles decir muy duramente) y ahora deseas verme un sosias de la adiposa y vulgarzota Almudena Grandes o un doble del ripioso Mario Benedetti. Yo persisto en mi ser (caviloso, minoritario, antipopular, elitista, magnificente, grave), a imagen y semejanza de como me creaste.

Adiós a las redes sociales

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Deseo conversar con el cielo y las inmutables estrellas, y no hilar mi boca con pastosas habladurías o triviales charlatanerías. Si examinamos nuestras palabras o bien la fuente de nuestro incesante monólogo, advertimos un sinfín de palabras ociosas; palabras inspiradas por la codicia, el egocentrismo, el narcisismo más pueril, la sensualidad grosera, la lujuria ilimitada, palabras inspiradas por la maledicencia y el gusto por dañar al semejante (palabras afiladas y agresivas sin caridad ni bondad), palabras inspiradas por la más abrumadora imbecilidad, sustitutas del mero ruido, suplementarias del barullo y el estrépito, dichas sin orden ni concierto y nunca dictadas por la razón, el esclarecimiento o la necesidad. En las redes sociales (ésa fue mi experiencia) abundan las palabras malignas, las egoístas, y las memas o tontas. La mente se llena de una Sodoma de fruslerías, de un Babel de distracciones inanes, y todos farfullan o vomitan sus írritas miserias incapaces de acallar la verborrea seborreica, la expresión del detritus. Yo ahora las usaré muy ocasionalmente. No leeré sus poemas de posesión sentimental donde triunfa la emoción degradada y barata, no participaré en sus dramas de corrala de vecinos donde la única catarsis es experimentar una ineludible vergüenza ajena, me alejaré de sus ritmos coribánticos o ráfagas nerviosas y, duele decirlo, manifiestamente analfabetas. Como conservador creo en la comunidad (aunque las nuevas costumbres son una calamidad), como escritor creo un mandato, una exigencia descolectivizarme, desgregarizarme. Seguiré -para mí mismo- con mi blog, mis poemas, cuentos, ensayos, dándole vueltas a mi novela. Necesito escribir o no me siento vivo (pero pragmáticamente nunca me engañé sobre el fracaso de mi vocación). Pero vuestras redes sociales son una fuente de la irrelevancia y la necedad, el Gran Océano Gris de la Nada. la Gran Sucia Pelambre de Rata; hay excepciones (escasas), pero no son ley. Me equivoqué al seguir a la multitud.

Hípsters o modernos

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Ingresar en la cultura indie o hípster requiere un esfuerzo intelectual increíblemente menguado. Yo soy «uncool», pero inteligente de verdad, sin tontas vanidades juveniles ni irreales elitismos o infundados sentimientos de superioridad. Mi patrimonio son mis lecturas, mi apreciación honesta de los placeres difíciles pero también el disfrute consciente y libre de los placeres sencillos y populares. Creo en Dios y en los padres de la Iglesia, no así en las mamarrachadas drogadas del Sónar o el Primavera Sound. Aunque tuve mucho dinero (ahora no) mi distinción viene de cuna y clase social, no de preferencias estéticas supuestamente exquisitas. Mi ciudades son Boston y Roma y Atenas y Jerusalén, o lo fueron, no así la cutre Barcelona o el barrio de Brooklyn o la alocada Berlín o la extranjera Londres, mi música es Bach y no Sonic Youth, mi editorial la antigua BAC o la antigua Gredos y no Blackiebooks, mi ropa sigue siendo elegante y cara y no bohemia propia de un rastrillo a la última, mi modernidad los antimodernos que niegan convenciones y la sucesión vertiginosa de las modas, mis viajes se concentran alrededor de mi aldea gallega, mi prosa es clara y solo culta y no pegajosa y hermética o experimental. Sé lo que soy, conozco mis poderes, no necesito fingimientos ni imposturas. La tribu de los modernos de las grandes ciudades solo merece mi desprecio.

Babel de ruidos

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Vivimos sumergidos en mitad de un cacofónico estrépito de ruidos, de una tumultuosa Babel de distracciones o murmullo incesante de imbéciles palabras ociosas. Me gustaría silenciar mi boca, acallar los dedos sobre el teclado, silenciar la terca voluntad (inane y vacía) exhibicionista. A veces tengo la abrumadora sensación de que mis escritos o mi habla son un mero farfullar inconexo y discontinuo, banal y tonto. Me digo a mí mismo que debo desistir de participar en esta Babel de ruidos, en este zumbido o danza de oscuras nubes y densas moscas. Pero pocas veces lo consigo

Conservadurismo natural

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Todavía no está todo perdido para los que somos de derechas. Existe un conservadurismo natural, una ética y costumbres comunes, que nacen de la conversación espontánea entre nosotros, que surgen de nuestro intercambio de opiniones y sentimientos en el escenario de la convivencia. En ese proceso se formula nuestra querencia y aprecio por la propiedad privada, nuestra ponderación no extremista y lógica del papel o rol de la mujer y el hombre, nuestra pasión por la libertad y la autonomía, nuestros caballerescos y compasivos anhelos de justicia, el profundo sentido de corrección e incorrección ante nuestra conducta, el inmenso respeto al orden, las instituciones y la ley, el amor incondicional a los hijos y el amor reverencial a los padres, el incontenible sentido trascendente o religioso que envuelve a la vida, la idea regular (armónica y simétrica) de belleza, el horror ante el aborto, la admiración a la sabiduría y el desprecio a la necedad, nuestro patriotismo irrefrenable, y, tantas, tantísimas cosas más.
La gente de derechas creemos en ese orden espontáneo, algo así como una emanación de la naturaleza humana metida en el meollo de la polis. El problema y el mal de la izquierda es que no cree en este orden espontáneo sino que pretende diseñar la sociedad a partir de un proyecto previo. Así han deconstruido la escuela, la familia, a la mujer, la patria, y un largo etcétera, así han remozado o pretender dirigir y orientar nuestras conversaciones espontáneas, creando un sentimiento de culpa, una tensión interna, en aquellos que «sienten» ese orden natural pero no son suficientemente fuertes para resistirse a las presiones o el diseño del proyecto izquierdista. Ellos abogan por un supuesto «progreso» y usan los misterios retóricos de las palabras en lugar de la inclinación a los hechos. El problema político del último siglo, y sigo a Chesterton, es que la izquierda no se cansa de hacer sus nefastas reformas y los conservadores, en lugar de conservar la eternidad y la tradición occidental, solo se dedica lastimosamente a «conservar» las reformas de la siniestra. Encima la inmensa mayoría de medios de comunicación, los más importantes organismos internacionales, la mayoría de intelectuales, se suman a la labor de cuña, de acoso y derribo, de nuestros instintos y conservadurismo natural. A veces creo que el siglo xxi es como un joven atolondrado, inculto, inexperto, pueril e inmaduro, con imbéciles pájaros vacuos en la cabeza. Pero otras veces, y espero que con lucidez, abandono mi pesimismo, y sé que la cultura tradicional, los valores clásicos, no son tan fáciles de cambiar pese a tanta ingeniería social. El inveterado realismo de nuestra visión del mundo no se aviene bien con el idealismo de acné juvenil del pensamiento de izquierdas. Ahí radica mi esperanza.

El decoro

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A mi padre le incomodaba sobremanera la dimensión impúdica de mi personalidad. Le replicaba que, aunque pragmáticamente sabía de mi fracaso como escritor, necesitaba manifestarme, publicitar o expresar mi vida privada. En estos tiempos donde todos alimentamos un populismo exhibicionista virtual, admiro su gesto deliciosamente chapado a la antigua. Lo emotivo y lo testimonial se convierten, en las plataformas digitales, en prácticas hegemónicas. Parece como si nuestra escritura confesional, amateur y catártica, quedara súbitamente legitimada. Esta proliferación del ego o ligereza sentimental contradice la ética de las apariencias y el encubrimiento propias de la burguesía donde nací. Las reflexiones y contemplaciones que experimentaba mi señor padre las compartía en un muy reducido círculo privado. Para él el decoro y la intimidad eran valores sagrados. De alguna manera lamento la volatilidad de esos valores, que hoy nos parecen (¿equivocadamente?) desfasados.

Ametrallar las guarderías

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Estoy concomitando, concatenando, conbesando

el grana de la flauta tocuyana,

el hálito de la adolescente caucasiana.

Estoy consumando, obnubilando, copensando

el grana de la serpiente sulfurana,

el cerrojo de malaquita de la marihuana.

 

Truffaut murió cuando más lo necesitábamos y tú no me quieres.

Lunas ignígugas adosan la tardanza.

O me amas o ametralleo guarderías, sin esperanza.

O me amas o espachurro guarderías, con mazas.

¿Por qué voto a partidos de derechas?

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Mi conservadurismo se basa en una idea del yo profundo, de la naturaleza humana profunda. La izquierda posmoderna pretende artificiosamente remozar el yo alienándolo de sus inclinaciones naturales, aquellas sedimentadas en lo más verdadero. Una sociedad resuelve sus conflictos con la asunción de nuestros deberes y derechos, y, en el proceso, adquirimos valor nosotros, adquieren valor los otros, y se modelan entonces nuestros apegos. El adanismo de la izquierda posmoderna no resuelve conflictos sino que los crea, exige derechos e, ingratamente, no corresponde con deberes, el valor de los otros o de uno mismo deviene instrumental, no un fin en sí mismo, y los apegos naturales se resquebrajan (veamos por ejemplo el caso de la familia) Con estos mimbres convengo contigo que el colapso es inevitable (y ya se percibe esto en nuestra actual sociedad psiquiatrizada)

Aquello a lo que estamos unidos y vinculados, heredado por la tradición, es lo que desearía que un político articulase e hiciese explícito, justo aquello que se vive de modo implícito en la vida ordinaria. Cada día reflexiono más sobre el legado de mis padres; el matrimonio como un voto de amor y fuente de crianza con su exigencia y renuncias, las necesarias apariencias frente a una sinceridad bestial, ingrata, e impúdica, la discreta tolerancia, el cultivo de uno mismo mediante la búsqueda del intelecto, la sensibilidad y la calidad, el amor a la belleza que expresa una sobrerrealidad divina y la censura al feísmo o las banales bellezas fáciles, el amor a la patria, la querencia a la religión y los absolutos, etc…Leyendo, por ejemplo, a Bukowski, percibimos la vida como la sopa de un pensionado lúgubre, de un color marrón fangoso, con tropezones como resecos cartílagos incomestibles. Esa utopía de dolor e hiel es la insoportable y demenciada promesa o ilusión izquierdista. Un manicomio de alcohólicos y drogadictos. Frente a ello el verum, bonum y pulchrum, porque el pasado es un recuerdo de lo noble y eficaz, un recordatorio incontestable de la naturaleza humana.