¿Para qué sirven las humanidades?

¿PARA QUÉ SIRVEN LAS HUMANIDADES?
De «El falso aristócrata»

 

 
Seres huecos, rellenos de paja,
y atiborrados de ruido. ¿Cómo evitarlo?
Rehuyendo ideas que pertenezcan
al mundo del poder y la utilidad,
yendo a la busca de un destino intelectual
para poder conversar contigo mismo,
teniendo conocimiento de lo que es significativo
mediante el cultivo de la mente y el gusto
educado del sentimiento, no siendo
un lacayo de las obligaciones del mercado.
Entonces la fauna visionaria de tu alma
adquirirá la forma vaga de una dulce sirena,
y olvidará desdeñosa a los pobres chacales del vacío.
La gala de la vida es un estudio perenne.
Y el fruto del ramaje, la autumnal poesía, la literatura,
el arte, la música catedralicia, la esbelta y grácil filosofía.
La cura del espíritu vive el profundo sueño
de la biblioteca. Cura más vasta y bruja
que hojas nacientes en estrellas. Cruza el umbral,
lector amigo. Florece en la altura de la razón
y la metáfora. Conversa con el pensamiento
en amistad augusta. O serás hueco y sombra,
la nada en un templo desmoronado,
delirio que evocan los fantasmas helados de la noche.

En el castillo de Axel

EN EL CASTILLO DE AXEL
De «El falso aristócrata»

 

 
Están condenados a estar locos
pero sin el glamour de la vida de los Fitzgerald
o el lujo de Symonds,
sin la prosa de Ruskin o Hölderlin o Nietzsche,
no, la mayoría no son Panero,
ni ebrios por un filtro de amor como el que bebió Lucrecio.
Son locos. Hombres, como casi todos, huecos,
pero con un huevo de serpiente en sus entrañas.
No les atrae el sexo a gogó en dulces playas silvestres,
hablan solos en los bares, increpan al mundo.
Ah esos ojos pastosos, y vedlos en el manicomio
que como pájaros enjauladas deambulan
obsesivos arriba y abajo del pasillo.
Llueve mucho en sus adentros; se diría
un hada de agua perversa besa sus labios.
Qué significa esa mucha lluvia
-constante gemela del invierno-,
qué son sus lunas negras tapiando
o iluminando un mundo que sólo para ellos existe;
es la melancolía,
la bilis melancólica que gotea por el rímel de las galaxias
y deja una estela muy menuda y quieta de luz.
Son locos. Observad cómo obscurece de pronto en la salita.
Se van los familiares. Amanecen las plumas de la muerte.
Derramado en las estancias un insoportable tedio a medicinas.
Sobrepuja una acuosa percepción del silencio como si fueran las coordenadas
de una nave rumbo a un planeta yermo.
La muchacha anoréxica
solloza y se avergüenza porque en el Instituto todos saben de lo suyo.
Un grupito de suicidas están extraordinariamente atentos a las explicaciones
de un tipo singular hablando sobre la posible transmigración de las almas.
Obscurece de pronto en la salita. Se oyen por toda la sala los gritos
mezclados con rezos de un chaval árabe que lleva siete horas atado a la cama.
Se pudren los crisantemos. La hermosa enfermera despertará mañana a los pacientes
pero, ay, nunca con sexo erótico ni con alta música de flauta mozartiana.
Es curiosa observar como prácticamente nadie mira el televisor.
Detén, oh dios de la melancolía,
a los demonios que en su cabeza se dan cita
Pon plomo derretido en el culo
de los doctores igual que si fuesen titís bujarrones.
Abandona, dios cruel pero benigno, sobre la perfecta caoba
de la cabeza de estos locos
un río de aguas tibias y doradas.
Dibuja, oh dios, un hada de agua buena, muy bella,
que les regale la felicidad de horas nunca sombrías.
Pon púrpuras
y sabrosos cangrejos de mar en sus labios.
Pon calor y amor a sus ojos fríos como la mejor memoria.
Pero sácalos de aquí, y haz que sean felices,
felices como el primer día del hombre sobre la tierra,
y un destino -y la paz- a su medida hallen.
Pero sácalos de aquí, donde obscuros trenes de madrugada
se diría que a la nada, o a un infierno, les conducen.

Cuando todo baja, es difícil no bajar también

Cuando todo baja, es difícil no bajar también
De «El falso aristócrata»

 

 
Para mí el alto delfinario dorado,
las decoraciones murales de Pompeya,
la haraganería de un monje ocioso,
los jinetes de la noche con música de laúd,
las nubes en el corazón de una pechina,
para mí la soledad de los puertos,
la amistad con las tardes de invierno,
el sepulcro de Crécope y el olivo sagrado,
aunque todo baje,
aunque todo baje.
Aunque todo sea spam, caos económico,
pantallas, anuncios publicitarios, ocaso
de la literatura clásica y las humanidades,
degradación de la reflexión, ideas vulgares,
pastiches impensables: todo cual
un pabellón de esquizofrénicos.
Es difícil no bajar si todo baja,
si las ideas del alma que perfeccionó el hombre
burgués se diluyen en prêt-à-porter
y no hay gloria, ni honor, ni distinción ni laurel.
Todo se ha ido y solo queda regresar
al orden episcopal de las misteriosas palabras.
Solo deseo huir. Sentir los pasos del aire junto al mar,
el virgiliano brote de luz en los astros.
Entro en el bosque.
Evito la inspiración turbada, violenta, impotente,
la poesía malsana con exceso de sentimientos
extraños propios de una edad sin monjes ni caballeros.
No existe el valor, el heroísmo moral,
el tigre blanco de la decencia.
La comunicación incluye el ruido y la acción,
despreciando la lentitud y el silencio,
el saber se sustituye por creaciones del entertainment,
cada día es un domingo de la vida
para banal y meramente pasar el rato,
y se suma a la detestable calidad de la comida
la ignorante democracia, las mentiras políticas,
la escombrera deificada del consumo.
No. No a todo. Huyo al bosque.
Ya no vivo en las cosas. Me asquean.
El mundo duerme en su hoy confuso.
Entro en el bosque. Camino sosegado.
¿Me he adormecido al fin?

Variaciones sobre un tema de Stevens

Variaciones sobre un tema de Stevens.
De «El falso aristócrata»

 

 
Bendición de la soledad y aristocracia del silencio,
dos osos polares en callado páramo
cuando el campesino sin aflicciones enciende el fuego
y ninguna tormenta se cierne sobre el bosque.
Gatito fino el silencio.
Cachorro de león la soledad.
A años luz de la Ciudad y su bullicio neurasténico,
del grito bronco de sus borrachos,
del estropicio de los coches,
y los perdularios del botellón,
y la ignorancia sin paraíso de Internet,
allí donde la cultura es clandestina -pecado-
y se reprime la excelencia en aras
de un abajado igualitarismo.
Ciudad con sus gusanos de casco rojo
y sus ángeles perjuros.
La Casa en silencio y el mundo en calma
y un libro entre las manos.
La verdad es vivir en un mundo quieto
y la delicia de la duermevela del campo universal
es la perfección de la luna susurrando versos
mientras Dios nieva sobre las ramas.
La Casa en calma y el mundo en silencio.
Yo solitario leyendo de noche en mi pazo gallego.
Así me transformo en un cuchicheo vegetal,
o mi cerebro piensa con el mismo cerebrito de un jilguero,
o mis mejillas sienten las verdes aguas del helecho.
En la Ciudad la gentuza se distrae
con martingalas tecnológicas, los hijos se deforman
con pedagogías de algodón, con drogas blandas,
y las muchachas tienen las braguitas sucias
y el pespunte deshilachado.
La Casa en calma, apacible, suspensa,
y el mundo en orden.
El orden convida a las playas más regias.
La conciencia sumida dentro
de la noche, noche indiscernible
de una larga media de mujer.
No, aquí no me encontrarán bárbaros
ni bolcheviques. El iglú de soledad y silencio
amortiguará el ambiente hostil de la Ciudad.
Con la noche y la biblioteca y el equilibrio
no puedo sino ser bienaventurado.
Bajo la soledad de esta bóveda inmensa
no puedo sino creer en estrellas naranja
y en la luz (sub specie aeternitatis) del mañana.

Palabras de Clara a su tío Christian

Palabras de Clara a su tío Christian
De «El falso aristócrata»

 

 
El mundo ha mutado, mudado,
como un paisaje tras la granizada.
No es un plumaje sucio de légamo una noche de niebla
ni el sueño turbio de sombras diabólicas.
Y lo que crees panfletos, barbarie, banalidades,
pacotillas, bagatelas, son nuestra nueva religión.
Tu alma se adensó en foscas bibliotecas
y no comprendes nuestros afanes y vagabundeos,
la alegría honda de la liviandad y el olvido.
Regalaste con generosidad una aventura no mía,
cosechaste fracasos y burlas,
conociste el desdén y la tristeza,
envejeciste pero todavía no desmayaste.
Pero tu reloj perdió las horas.
Frente a la barandilla de la playa creciste en soledad.
¿Dónde vivir, sino en los días? La melancolía es
un trapo innoble, un ejemplo de subliteratura.
Mis centellas son rutilantes radiaciones televisivas,
la superficie es mi profundidad,
en lugar de la expresión alambicada prefiero la sinceridad,
mi único esfuerzo (y Dios) es el placer,
la tecnología tornea mi mente a la manera del pizzicato,
mi motor de experiencias es el movimiento perpetuo.
Y no pido perdón al cielo por el impulso
de sangre de potro joven que me empuja.
Creo que la noche y el día no son vetustos libros,
me gusta el alba metálica al salir de la discoteca,
y me disgustan las verduras de la naturaleza,
y, más que a una capilla, mi fe se ciñe al supermercado.
No, querido tío, el futuro no es un país lleno de monstruos
y la nieve brilla en mis manos.
Traduce tú las sátiras de Luciano, príncipe del apocalipsis,
disípate en tu negro laberinto.
Y no te irrites si a mis amigas y a mí
nos chifla más la música de Vodafone
que el pestiño aburrido de Schubert.
Demasiadas veces viviste como un ermitaño:
tus murallas te aislaron.
Yo soy la bárbara de tu sobrina que no puede sino quererte.
Hay que mirar el futuro con optimismo, querido.
Debes ver los bonitos fuegos artificiales
de mastines seráficos corriendo por otros bosques.
Mira, toca, saborea, entiende, soba, palpa,
y huye de una maldita vez del congelado invierno.

De vita beata

DE VITA BEATA
De «El falso aristócrata»

 

 
Ese tipo no suena a música de ascensor,
ni habla como un boxeador sonado,
no es una hiena atontada con la tecnología,
ni engulle programas basura de la parrilla televisiva.
Los niños, al pasar, dicen de él que es un señor
y se comenta que tiene miles de libros
y que se pasa la noche estudiándolos como un druida.
Viste con paños nobles y curiales
pero desprecia el dinero,
y su espíritu tiene algo de quimera de agua
y algo de densidad de basalto.
A sus perros les habla en latín, griego, alemán y francés.
Estudia, lee y escribe, dice, para dulcemente esperar la muerte.
Su memoria es quieta y silenciosa,
su soledad un alunado museo.
No gusta de deportes, turismo plebeyo ni ingenios electrónicos.
Su patria es el mar y los hermosos gatopardos
y también la escarcha que alfombra el campo como una respuesta.
No, nunca sonó ese tipo como repiqueteo de música de ascensor.
Ese tipo será el futuro.

Variaciones a un poema de Miguel D´Ors

VARIACIONES A UN POEMA DE MIGUEL D´ORS
De «El falso aristócrata»

 

 
Ellos que tienen una vida cinco estrellas,
paraguas de seda y sexo a gogó,
turquesas piscinas californianas, acuarios con peces amarillos,
editio princeps de las pieles más jóvenes,
y van a Samarcanda en Rolls-Royce,
y les hablan solo a ellos las hadas y hechiceras
de los barrocos más lujosos y últimos del mundo,
y su vida son focos y pasarelas internacionales,
viajes en first-class y con joyeros con innúmeros diamantes
y no son felices,
y yo que tengo una pequeña aldea gallega,
una techumbre de estrellas lívidas,
una lluvia y unas pocas humildes y pobres palabras,
una ociosidad vagabunda,
un cementerio y tres eucaliptos cerca,
un sueño tranquilo, y gatos y perros silvestres,
yo que tengo una soledad unánime
como el puro caer de la nieve,
y el murmurar para mí de nubes y vientos,
y la belleza delicadísima de la niebla,
yo que sueño un largo camino,
yo que siento una luz que sabe a monte
y tampoco soy feliz.

El mejor de los mundos posibles

EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES
De «El falso aristócrata»

 

 
La supuesta Gran Liberación Sexual resultó ser un gatito domesticado.
«El placer más grande» resultó mercar y mercar y mercar.
El sueño pagado de la Democracia resultó ser el más plano y abajado igualitarismo.
El primer Deseo que se presenta es el primero que se satisface.
Se embriagan con la canción báquica del Televisor.
Limitan sus inversiones del pasado al ahora mismo.
Ser patriota es ser un decadente familiar.
La infinitud cósmica se mineraliza hasta la irrisión.
Nada particularmente noble fascina.
El deporte es Rey y Fin.
La delicadeza de carácter es mal pronóstico profesional.
Eros se percibe como patología.
No hay sutileza en la distinción de tipos humanos.
Las personas se tornan más iguales porque los media les meten o embuten las mismas cosas en sus adentros.
Se mezclan profundidad y propaganda, lo sublime y la baratura.
Los mejores ya no ayudan.
El cosmos moral es un eterno afán de exhibición.
Se venera la superficie y se detesta lo hondo.
Sí, el mejor de los mundos posibles.

Au revoir

AU REVOIR
De «El falso aristócrata»

 

 
Me acomodo mi foulard de raso amarillo,
contemplo la iglesia desde mi galería,
unto mis manos con agua de rosas,
tomo mi daiquiri de atardecida y,
tras contemplar este mundo sin cuidados,
digo a las estrellas implacables
y a tanta pestilencia,
a la turbamulta que ocupa las
cámaras de nuestros castillos,
a la cutrez de avaros sandios,
a las hienas que reemplazan a los gatopardos,
a la indignidad y torpeza del populacho,
a su villanía orgullosa de la barbarie,
adieu, éternellement, adieu à tous…

María Antonieta

MARÍA ANTONIETA
De «El falso aristócrata»

 

 
La turbamulta en la plaza
le lanzaba hortalizas e improperios,
pero la reina tenía en los ojos
la tranquilidad profunda de la noche
y la muerte.
Signos aturquesados trenzaban
la gloria del espacio y de las introvertidas nubes.
Invencible e impecable su cuerpo
se deslizaba al fin como tercetos encadenados
o como un destino de minué y luna griega.
Su corona yacía en el barro y, con sorna,
se la probaban en turno
verduleras, mendigos y meretrices.
En el cadalso conspiraba una aurora sin paraíso.
La gentuza, esa turba u horda,
gritaba con su brutez y vulgaridad acostumbrada,
igual a harapientos tiñosos y beodos.
El chusmerío hodierno iba a
disfrutar -cómo no- con la decapitación.
A la reina solo le quedaba
melancólica mirar su último ocaso.
Con usura y plebe analfabeta y zafia
no hubiesen existido las doradas monarquías.
De educación prusiana, el infecto matarife
le pisó su delicado botín, a lo que ella solo dijo:
«Pardon, mesieu».
Fueron sus regias últimas palabras.