Homo consumans

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Llamó a sus amigas excitada.
Se puso su vestido negro que sabía que volvía locos a los hombres.
Escribió una carta recordando a todos sus novios y cada uno de sus besos.
Estuvo más de una hora acicalándose en el baño.
Le dijo a sus papás que mucho los quería.
Mandó cientos de whattsapp.
Feliz como una cría de castor en un río limpio de Alaska.
Hoy también salía a comprar.

Tesis doctorales

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(A) En humanidades la generalidad de tesis doctorales tratan temas minúsculos, sin importancia, sin hondura científica, casi casi chocarreros o de chiste si el proceso no estuviera aureolado de fin o cúspide de una educación académica. «El uso del catalán en los inmigrantes italianos actuales», «X; su visión de la homosexualidad» , «Imágenes de los árboles en Teócrito», «Fonemas bilabiales en el latín arcaico», «Un estudio testamentario; papeles de compraventa de tierras y de herencia durante tres siglos en la masía Llovet» «Frecuencia estadística del epíteto en la obra de Joyce». Bagatelas, nimiedades, trivialidades envueltas o envasadas con un aparato crítico y bibliográfico que es como pretender que reine el principado un vulgar delincuente irrecuperable. La ciencia se aprende estudiando a los clásicos en la materia; estudiando o leyendo tesis doctorales -que últimamente abundan en faltas de ortografía y sintaxis- se prostituye máximamente la mente. ¿Por qué no una tesis que estudie lo nuclear, las esencias, una sobre Shakespeare, otra sobre Cervantes, otra sobre el Renacimiento, otra sobre Velázquez? Estas monografías sí podrían tener valor y relevancia. Pero las tesis hoy son prescindibles literaturas terciarias. El listado de tesis de cualquier Facultad es una antología al disparate y al humor, a lo más caricaturesco de la investigación y el estudio. La explosión del conocimiento es una cualidad meramente cuantitativa; hoy muchos profesores serían incapaces de escribir sobre una época cultural conectando en su obra aspectos teológicos, pictóricos, literarios, arquitectónicos, sociológicos, etc… Saber cada vez más de cada vez menos es acabar sabiéndolo todo de nada. Sabios de nada. Tal es el triste espectáculo.

(B) Yo tengo hecha una tesis doctoral; elemental, irrisoria, banal, vulgar, que nada aporta a la historia de la ciencia. Todo consiste en contactar con un profesor numerario o catedrático, hacer unos cursos de doctorado sin ton ni son, contactar de tanto en tanto con el catedrático que, al mostrarle las primeras cincuenta páginas, te dice «usted haga, haga, y ya me la enseñará cuando la termine», y al fin someterla a un tribunal benigno de amiguitos del profesor que te dirige (por lo que el «cum laude» es una formalidad sin mérito más) Después te gastas una barbaridad invitando a los catedráticos a un ágape opíparo, celebración que, ay ay, dura mucho más que la exposición de la tesis. Todos acabamos con las mejillas enrojecidas y, hala, ya eres todo un mayestático doctor para honra de tu mamá y papá.
Y eso tras haber pasado cinco años en una licenciatura donde no te enseñaban cómo vivir, o la virtud de ser mejor y más esclarecido, ni te aclaraban la confusión de nuestra condición humana, ni te instaban a la noble intención de dejar el mundo mejor que como lo recogiste. No te educaban para ser un ser humano capaz y culto. Los profesores (un número considerable de ellos plúmbeos y muy mediocres) no proponían consejos válidos para guiarte mejor por la vida, sino que te enseñaban derecho contencioso-administrativo, arquitectura sumeria, gramática griega, nivel y productividad de las cosechas en la Francia de Luis XV, sistema de notación bidimensional en la lógica de Frege, etcétera, etcétera. La educación laica da lecciones, la educación eclesiástica sermones. La educación laica te enseña a ganar dinero, la eclesiástica a no perder el alma. Ojalá se trasvasaran idearios de una y otra en feliz ósmosis.

Carta a Felipe VI

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Majestad:
Felipe IV era abúlico y apático, devoto, mujeriego y acaso poeta. A menudo se cansaba de sus validos y del ejercicio de su reinado. Carlos I fue guerrero. Felipe II solo rey. Felipe III y Felipe IV hombres nada más. Carlos II ni hombre siquiera. Carlos III gran hombre. El duque de Lerma, afligido y consternado, afecto de asma, se traslada a Valladolid para iniciar su mascarada. Para fingir pobreza vende bienes, para fingir santidad dice querer hacerse jesuita. El conde de Olivares da orden de detener a Lerma. Poco después se oirá un anónimo por los pueblos de España: «Aquí yace un reino entero/Olivares lo mató/catalanes lo acabaron/los monjes lo amortajaron/y Portugal lo enterró».
Atento mi rey Felipe VI, que reino debe ganarlo. Este escritor facebookero le recuerda que en el Palacio de la Justicia de Florencia figuraba la siguiente inscripción «Oportet misereri», es decir, es necesaria la misericordia, pero que los litigantes y pleiteantes, recuérdelo majestad, traducían como puerta de la miseria. Así que muy atento.
Ahora la misericordia se confunde con la miseria, y la miseria son esos míseros orates gobernantes de la pobre y avara Catalunya, la miseria es el populacho o turbamulta que confunden Justicia con Horror. ¿Qué es la Justicia? Jurris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere suum cuique tribuere, estos son los preceptos del derecho: vivir honestamente, no dañar a nadie, dar a cada uno lo suyo.
¿ Lo habéis oído torcido Jordi Sánchez, seboso Junqueras, traidor Trapero, sedicioso Puigdemont, nadería Forcadell, verdulera Colau, fea Ana Gabriel, tontolaba y lacayo Torra ? No lo habéis oído y siempre susurrará en vuestro corazón la cofradía del desdén y el fracaso. Porque no sabéis ni jamás sabréis lo que es y significa deleitarse en la compostura del alma, en la libertad de la Concordia y el Conocimiento. Y a los viles profesores de Secundaria y Universidad catalana -los estudiantes son solo santos inocentes manipulados como pastelina-, a muchos viles que abundan y adoctrinan, les recuerdo que si Bocaccio o Petrarca siguieron a alguien siguieron a los mejores, y siguieron lo que su propio ingenio y la propia eminencia de su juicio natural hacia más altura les llevara. Buscaron la gloria de la excelencia, y, como peste, evitaron ser siervos de la miseria, que tanto abunda en la historia, general y particular.
Majestad, en vos confío, a los tunantes catalanes sediciosos hágales tragar la hiel y el ricino de vuestra grandeza. No permita bajo ningún concepto la disgregación del reino. Aprovecho la ocasión para mandar un saludo afectuoso a la reina, la princesa, y la infanta.
Siempre sinceramente suyo.

Enrejado rosáceo de Psique

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Acabo de oír en las noticias radiofónicas un dato horrible; uno de cada diez universitarios tienen pensamientos suicidas. Esto sostiene mi antigua tesis de que la Universidad no es un lugar para aprender a vivir, para desarrollar la virtud, para hallar propósitos y sentido, sino una máquina expendedora de títulos manufacturados a granel. Y una de las primeras y principales virtudes es el valor de ser impopular, de ahí que la creencia que hacia nosotros se debe sentir una suerte de admiración universal, un amor beatífico puro, es de las más perniciosas e irracionales. El sufrimiento psíquico ocurre cuando la imagen mental de los demás sobre nosotros la tomamos como una imagen también nuestra. Pero entre el punto de vista de los demás y nuestra autoimagen media la razón, el juicio individual ecuánime, la serena mente -que es de nuestra intransferible propiedad- aquella que sopesa, mide, evalúa, compara, jerarquiza, pone prelación y luz, y de ahí se infiere una sentencia o aseveración o conclusión objetiva. Debemos tener el valor de ser solitarios merced al amor de nuestra mente y de nosotros vistos (altos, únicos) como un todo. Lo que somos es el precipitado de un análisis racional, nuestro verdadero estatus es justo esa acción y esa libertad. Tu yo no debes abandonarlo a los caprichos a menudo agresivos del mercado y la plaza pública, el yo debe elaborarse en silencio, soledad, sin perturbaciones ni patologías en esa obsesión paralizante por el qué dirán. El mejor juez para los opiniones de mi carácter soy yo mismo, que siempre me llevo encima y procuro no envilecerme. Un insulto o un sarcasmo no tiene por qué avergonzarnos si sabemos que es irreal, y si es real lo asumimos con estoicismo olímpico -y propósito de enmienda-. Quisiera acabar con unas citas de las Meditaciones de Marco Aurelio, sabrosas a la par que sabias. «Tu decoro no depende del testimonio ajeno» «¿Acaso mejora lo que es alabado? ¿Acaso empeora una esmeralda si no es elogiada?¿Y qué decir del oro, del marfil, de una flor, de una pequeña planta?» Nos pueden condenar o censurar merecida o inmerecidamente, sí, pero el árbitro del litigio siempre es tu mente soberana elucidando, tu razón lógica, tu cerebro que mide y evalúa. Muchos «me gusta» en un post pueden significar un acto generoso, pero la raison d´être del vivir no son los like de Instagram o Twitter o de las redes sociales. El refrendo a tu valía cae exclusivamente en ti, en la madurez de tu autoconocimiento. Temo y me apena la salud mental de estos adolescentes universitarios que se han criado en la ecología de las tecnologías, que, amén de distraer e impedir el pensamiento profundo y solitario, buscan el aplauso general fuera de sí mismos, buscan su valor en función de las reacciones de sus seguidores, pero fuera de su yo más verdadero, de su mismidad, fuera del enrejado rosáceo de Psique que hila con un cerebro alto, libre y activo hasta crear un sileno.

Imperio

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Quise ser y no pude.
Mis pasos peregrinos caen en las grietas del averno.
Ebrio de perdimiento como un rey sol decapitado.
Gimnosifista por los arrabales, ahora soy un filósofo de la mendacidad.
Sade lírico, Stevenson con salivas de salterio, me amisto con los jabalíes y con lobos hondos, con la clorosis de las lechuzas, con el eremitorio de los cartujanos y su peculiar tallo de doncellas.
Huelo a papel viejo y a pulgas de gato.
Me tumbo en canoas donde no hay ríos negros.
Defeco sobre el noble afán de la gloria.
Pero mi lamento retrae y quiebra la púrpura de Papas y Reyes.
Porque yo soy el No, aquel que niega el Orden y el Bien, el Capital y la Industria, la Tecnología y la Ciudades.
Como un niño vivo en mi cabaña sin electricidad alguna, me alimento de peces luminiscentes, y mis ocupaciones y asuntos necesarios se cifran en atender los soles y las lunas, las verduras y el campo. Viento, marea, tempestad, vela, rayo, son mis gemelos. Me alimento con fomentaciones de malva, manzanilla, meliloto, higos, granos de lino, de pelitre, ruda, y pétalos de rosas rojas. Y mi alma puede dirigir las acciones de las nubes. ¿Para qué sirve el oro de los templos y las fábricas? ¿No es acaso la contemplación de Natura la forma más excelsa de fantasía? En mi soledad mi mente no languidece sino que se enorgullece de sí. Cualquier relámpago violeta susurra a mis huesos y a barlovento. Soy el fracasado. Os perdí a todos vosotros y a toda vuestra civilización y gané las fronteras y límites del más real imperio.
Y así espero la muerte sin el perfume de flores tronchadas.
En el imperio de las estaciones y las constelaciones.

O soledad o vulgaridad

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«La opinión pública es la peor de las opiniones» Chamfort.
«Se puede estar seguro de que cualquier idea aceptada, cualquier noción recibida, será una idiotez, puesto que ha sido capaz de atraer a la mayoría» Chamfort.
«Poco a poco nos iremos haciendo indiferentes a lo que ocurre en la cabeza de otras personas, al adquirir un conocimiento adecuado del carácter superficial y fútil de sus pensamientos, su estrechez de miras, la mezquindad de sus sentimientos, la perversidad de sus opiniones y la cantidad de sus errores. Entonces comprobaremos que quien atribuye mucho valor a la opinión de los demás les honra en demasía» Shopenhauer
«Por desgracia la expresión coquin méprisable , granuja despreciable, resulta aplicable a un número terrible de personas de este mundo» Shopenhauer
En el mundo hay que elegir entre la soledad y la vulgaridad. No es elitismo, sino craso empirismo el apotegma de Voltaire «La terre est couverte de gens qui ne méritent pas qu´on leur parle [la tierra está llena gente a quien no merece la pena dirigirle la palabra]» Cantad y danzad, misántropos del planeta, soñad conmigo…

Elegía a Gutenberg

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El capítulo 6 de la obra de N.Carr, «Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?», trata de cómo la tecnología digital cambia nuestro modo de leer (pp.125-131) y cómo cambia o cambiará nuestro modo de escribir (pp.131-142) Por claro y perspicaz y documentado resulta muy persuasivo. El mundo digital no es un simple cambio de tinta por píxeles. Cambia y trastorna toda la ecología y mecanismos de la lectura y la escritura. Y lo hace, encima, de un modo profundo. Todo lo que se conecta a Internet (en jerga, «se expande» «y mejora») incorpora cambios en el estilo de lectura y escritura. Nos volvemos autoindulgentes y descuidados en nuestros correos electrónicos, obviando consideraciones estilísticas, escribimos -o propendemos a escribir- como el modelo del medio en que nos encontramos; con frases no demasiado complicadas, sin expresiones deliberadamente rebuscadas, y tenemos inclinación a socializarlo todo, a incrustar las reflexiones o experiencias en redes sociales. La arquitectura modular típica del medio online nos incita a usar otros modelos de presentación narrativa, el «cortar y pegar» nos incita asimismo a crear libros nuevos a partir de retazos de libros viejos, y ya son una realidad videos y multimedia adheridos a textos, o bien textos donde hay hipervínculos desde las palabras (el silencio ya no es un ingrediente de la mente del lector o escritor, y la interrupción se enseñorea en todos los procesos como una hidra que devora el tempo lento y continuo). No, no podemos argüir con convicción que vivimos en la Era Tipográfica, en la Era del Libro, en la Edad de la Imprenta. Una época posliteraria eclipsa todo un conjunto de referentes y asunciones fijas. Cantemos o susurremos una elegía a Gutenberg.

Compárese el epistolario del siglo XVIII o XIX con cualquier mail actual; nuestra autoindulgencia por los funestos placeres de la informalidad y la inmediatez han conducido a muy graves mermas de expresividad, flexibilidad verbal y elocuencia.

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En el siglo XVIII una carta entre España e Inglaterra podría tardar varios meses en llegar, como casi un año tardaba una carta en el siglo XIX entre Estados Unidos y Europa, o entre la India y Europa. Recibirla implicaba un acceso callado pero eufórico de emoción, y al responderla uno se demoraba sabiendo que estaba ante un bien preciado, donde el peso de las palabras, los párrafos, la sintaxis en suma, donde su peso, decía, se calibraba y evaluaba casi casi como una obra de arte. Se medían efectos y se sopesaban intenciones, se ponderaba y se precisaban argumentos e ideas. Esas cartas eran un acto estético y cognitivo a la vez. Un sustituto cordial de la emoción estilizada. Un intercambio de razones y motivos que importaban. Esas cartas se escribían y reescribían con esmero, con pulcritud, con vigilante diligencia.
En el siglo XXI ocurre lo opuesto. Escribimos mails corporativos u oficinescos con premura y dejadez. Nuestros estándares de corrección y eficiencia se tasan muy por debajo que en épocas anteriores. La velocidad patológica del siglo provoca que se desatiendan como un objeto que requiere un proceso de elaboración lento. Su universalidad y accesibilidad, su facilidad e hipertrofia, les ha sustraído o quitado su aura de magia interpersonal. Redactamos los correos electrónicos como un simio ante un computador, sin alma ni gracia, sin fe ni designio. Al brutalizar nuestras comunicaciones animalizamos nuestros corazones. Espero que ahora los enamorados escriban muchos borradores de cartas de amor. Y que no sean un bots.

Tabajar

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«La realidad es el sueño más dulce que el trabajador conoce.
Mi larga guadaña susurró y dejó amontonarse al heno.»
Robert Frost
La centralidad es la acción (segar) tanto en el vivir como en el saber. Solo a través del trabajo (mental o físico) nos metemos o nos acercamos a un auténtico sentido de la realidad. No hay ninguna verdad superior al trabajo; el trabajo es la verdad. Segando vemos el mundo cara a cara, no a través de un cristal o una pantalla. La percepción del músculo y el resbalar del sudor nos acercan a la cosa misma, al fluir o al flujo que transcurre. El trabajo nos ata a la tierra como el amor nos ata a los hombres. Segar o coger manzanas da alimento y dinero.
Si usted me lee, por favor, no sea perezoso, no sea solitario. Aunque cueste acabar el trabajo es indecoroso posponerlo o no acabarlo. Aunque sea imposible acabar el trabajo es impropio o un demérito ceder a la desidia y acedía. Lea o estudie o vendimie, la acción de segar, no el heno, es lo más importante. No se llene de vacío, llene su vacío con trabajo manual (jardinería, macramé, ebanistería) o mental (escribir cuentos, poemas, resolver ecuaciones) E intente afeitarse cada día si es varón al hacer sus abluciones matinales; el afeitado como una disciplina zen. Se lo dice un solitario vago melancólico; tal mi tara, eccema y perdición. «No seas perezoso; no seas solitario» dígase robustamente a sí mismo.

Precio de carne caliente

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Dame Señor la forma elemental de la yerba

el no aborrecido zenit de las aves

y una niebla que se vista de páramo, de rayo o escarcha,

y una niebla que asorde campanarios

y un zorro que desenrolle las alfombras del bosque al trotar veloz

babeando con su boca pintada de carmín

Dame arrecifes silenciosos. Pon un cansado afán de silencios en las lunas.

O aire abovedado donde construir mi nicho.

Excava verdes ahumados en las galerías de las casas de la aldea

y que se quebranten canciones rurales

porque ora el oro rozando lagos orates

porque tumbas no se cubran de zarzales ni abrojos

y nunca sea melodía abismal esta soledad sonora y visual.

El zenit del invierno es la vida.

Los paraísos del helecho toboganes de niebla, acordeones de fuego.

Pido estar donde alcance la tormenta última

Pido el Espíritu Santo sobre el corvado monte

Pido raudales castañas bañadas en brasas

Pido no abaratar la Gorgona del oído con púas de pino

Pido se abotargue la Ley hasta ungir estrellas y cielos de líquido moaré

Necesito la diligencia de la oración, la lefa santa

 

y saberme resucitado entre tus faldones de quimeras y estelas de alisios.

Pido que mi creencia de saberte un trópico ensanchando de burbujas coloreadas cualquier silencio fluya de los rojos veranos a los livianos inviernos, y ese silencio ancho sin sonido pero preñado de letras consuele al hombre inútil y al hombre oscuro.

O no te rezaré más hasta el lino y el mimbre y la lágrima, hasta el excremento y el zinc de la uña. O me amistaré con Belcebú.

O no multiplicaré más a favor de la vida mis ineficientes soledades omnímodas, opíparas de fe.