Lacado invierno

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La noche, turbia y egipcíaca, tiende su mineral lapislázuli sobre un crepúsculo ocre y tímido, rojizo y de palpitante paja húmeda. Miro a través de la ventana el retumbar de claridad de una luna que orbita augusta. La Santa Compaña avisa con sus velas y tintinear de campanas el óbito próximo. Mi doméstica exclama palabrotas siguiendo el ritmo furioso de la pobreza inmemorial. Hoy leí poesía –Stevens, Trakl, Rosillo- en la galería. La galería acristalada típica de los pazos galaicos que da (cuatro metros) al muro de la iglesia. Las piedras conventuales y rodeadas de musgo fresco avivan, como el crujido de los versos, el sentido de mi existencia. Ya en el despacho escribo estas líneas de satisfacción: el mundo se goza a sí mismo porque está bien hecho; el mundo beato respira en la mansedumbre dorada de estas tapizadas estrellas gordezuelas.

Mis perros respiran sagaces. Mi mamá duerme dulce y quieta, amada y silenciosa. Se talan los eucaliptos roñosos, inadecuados en todo al monte gallego (que es el del roble, o el pino, o el castaño). El jabalí –una plaga- es comido por el lobo. La tierra rueda. Las esferas alumbran. El fuego es una cúpula verde. Qué vetas de laca sin furia ni azar en la oscuridad catedralicia del invierno.

 

Libro que soy

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Qué bello es el silencio y la bendecida soledad. Se afilan y alteran los sentidos, se ordenan los datos internos y externos, la contemplación deviene en erotismo, el erotismo en melancolía, y se permiten vislumbres frente a la azarosa realidad, dentro de la ingenua realidad. Me gusta estar solo. Me gusta soportar la vida arrellenado en la butaca de mi galería cálida con un libro en las manos, y dejar que desaparezca mi memoria personal para que el Todo se llene de notas de impersonalidad como el pasear por una avenida de tilos verdes. El tiempo rosado y blanco, el verdor alocado de la hierba, el rollizo imperio de diamante del pubis, el rocío encima de las estrellas, el fuerte mar sin úlceras ni corrupción, los festivos besos enormes, los líquenes del sol y la flor de la luna, TODO ES MÍO, todo son circulares y bulbosos anillos que enajenan mi alma.

Soy feliz como un cartujano en su celda, soy feliz como un augusto adolescente en su habitación, como un Papa demente en su alcoba, como un estilita encima de su columna. Perdonen que hoy les hable del libro que soy en el libro que leo.

Lectura de Pessoa y Fredéric Martel

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Borbotean y pestañean las luces sobre ristras de nubes desengañadas. El invierno pósase como un capuchón de viento frío, el aura de las piedras conventuales tiene escarcha helada, el corazón romano de un viejo emperador se inviste de togas y pieles densas y nieves de aldea. El recóndito estupor imaginativo de enero, la pacífica yegua vagabunda de la luna fría, el barullo de una lluvia mansa, senequista, entran en mi páramo feudal. Leyendo el Livro do desassossego adviertes de un mundo de cultura y percepción con otras asociaciones, de un pensamiento renuente a las convenciones de la realidad, del fluir de más una conciencia de las sensaciones que de las mismas sensaciones ralas, de una desafección absoluta al tópico y los bienes rutinarios, de una imponente mansión de limusinas de la mente, de una dirección de mente particular e intransferible, de una soledad que gobierna regia la existencia, de una conducta terrestre hilada a los cielos, de una vida que vive viva y una muerte que no mata, etc… Bernardo Soares, el heterónimo pessoano, el redactor de los fragmentos del diario, el contable chato pero a la vez homérico, es un mundo, crea un mundo, y transcribe un mundo. Preeminente y con aureola de tela medieval, el protagonista del Libro del desasosiego es muchos personajes y nadie, la Multitud y el Único, una hebra de un árbol de la ciencia jesuita y atea a la vez. Frente a esta acorazada muralla cognitiva, frente a este detalle de espíritu, Fredéric Martel en su reportaje sociológico y periodístico de la cultura planetaria, globalizada, y universal que se avecina, -Cultura mainstream, se titula proverbialmente el libro-, dibuja como se manufactura en serie, como embuten a las masas, una serie de contenidos culturales simplones, zafios, de usar y tirar, desligados de la trascendencia, mercantiles, que troquelan e imponen una serie de valores apuntando a lo común barato, al chicle fácilmente masticable, a lo general buido, a lo melodramático y artificial, al ketchup y las palomitas. El autor no ve con malos ojos esta invasión de Shakiras, videojuegos, latin pop, J-pop, y Hollywood en vena, todo por lo civil o por lo criminal. El capitalismo generó formas de consumo de ocio, y el libro de Martel es la constatación que la alta cultura está en trances de desaparecer, si no ha desaparecido ya. Bernardo Soares queda arrinconado en las estanterías mohosas de la historia, y relucen ahora nuevos bibelots kitschs como Piratas del Caribe, Eurodisney, o los talk-shows de Al Yazira o la CBS. Pessoa es denso, no es entretenido como El Código da Vinci,  no es resumible o compendiable en un twitt. ¿Dejará la cultura de contar con Tolstoi,  Homero, Cervantes, Quevedo, Cernuda, Rilke, Proust, Kafka, Velázquez, Vermeer, Rodin, Leonardo, Platón y todos sus pares? Para millones de personas eso solo son sombras, nombres, o más bien nada. Un pasado sin promesa de futuro. Contraponer el hoy de Martel con el ayer -cercano- de Pessoa produce escalofríos. Los tentáculos de la Bestia son sólidos y se presume que imperecederos. La mediocridad genera mediocridad y almas mediocres. La mediocridad tocando el espíritu es como un arroyo sucio sin ninfas ni trasgos, solo plásticos y botellas de coca-cola. Angelina Jolie y Superman bajaron de su peana a Venus y Zeus.

Cualquier tiempo pasado fue mejor.

Lectura de Nick McDonell

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Nací en una casa, no con pérgola y cancha de tenis, sino con una biblioteca fastuosa y donde mis padres se empeñaron en transmitirnos la «areté», la virtud. Eran unos padres que se inmiscuían, que se trenzaban en los avatares de la vida de su hijos, intrusivos si era conveniente, conscientes que un hijo es un menor de edad en la edad de la razón inmadura y que precisa normas, límites, un deslinde entre el bien y el mal, que precisa una educación con convicciones. Fuimos todo menos huérfanos, esa nueva figura o estado en los jóvenes de hoy. Mi padre pecaba de cierta falta de empatía y un rigor acaso exagerado, y mi madre propendía a un nefasto clasismo, pero, en general, mi infancia y adolescencia fue un reino muy afortunado, una belle époque; como miembro de la burguesía hacendada culta fui un privilegiado, lo admito y celebro, y, valga la confidencia, añoro sobremanera aquel tiempo de solidez, certezas, alegría y dinero.

La novela de Nick McDonell (abajo doy referencia bibliográfica exacta) tiene vitola de retrato generacional tal como lo fueron Menos que cero de Breat Easton Ellis, o, inmediatamente anterior a ella, Generación X de Douglas Capland. Y lo que se ve si uno se asoma al mirador de los protagonistas corales, es vacío, moral gaseosa, uso y abuso de drogas (el veneno puede que esté en el uso, pero seguro que está en el abuso), soledad sin mística ni filosofía, sino soledad de desarraigo, gran urbe mastodóntica como el crujir de una osamenta cancerosa, y mucha televisión y música basura como educadores (deseducadores) universales. Viven con una liviandad analfabeta, como seres torcidos y estériles. Su habla es simiesca, su pensamiento inane, su estética nula, su ética arbitraria, su cultura raquítica, sus costumbres mero azar, sus criterios mero bazar, su psique mero desorden,  sus vidas, en resumidas cuentas, deambulando sin contenido ni propósito. Estremece el desierto espiritual o páramo yermo que revela el acaso talento , sincopado, en escenas breves y muy cinematográficas, un talento muy en sazón que debe madurar, de su muy joven novelista (la empezó a escribir con diecisiete años) El fondo es un Nueva York de clase alta tan infértil en fuerza moral como prolijo en consumo, artículos y gadgets. A mis padres debo una infancia y juventud feliz, el tronco de mi personalidad, la formación del gusto, la pasión por el arte y las humanidades, el respeto a la ciencia, la fe en la libertad, el placer por el estudio, el ponderar como siempre más alto un bien anímico en lugar de uno material, el justo aprecio al lujo mental. A mis padres debo la transmisión de la tradición de lo mejor que se ha escrito y pensado, la cultura como anhelo de perfección, el entendimiento como pauta y ley. White Mike -el antihéroe protagonista- trafica con drogas y su corazón tiene atisbos, vislumbres, pero carece de claridades. En su Norte, como en su Sur, se encuentra la Nada, el hedonismo relativista vagabundo, en su Este y Oeste, la baratura y pudrición del dólar. Un camello eficaz dentro de esta triste mitología contemporánea que ensalza a delincuentes o perturbados, a violentos y perversos. Porque el negro resplandor nunca adviene en grandeza. La novela es muy sencillita, muy flojita, y se lee a velocidad de vértigo como quien devora palomitas.

A mis padres debo que no me guste la España tatuada, debo las costumbres, formas y convenciones que se engendraron en el vientre nutricio de la memoria, no en el vientre de alquiler de la desmemoria y sus atajos, les debo (a ellos y a mis abuelos) que no ande ahora como un zombi por la calle con el IPhone, les debo que no acepte equiparar Mozart con el rap, un cómic con Henry James, que todavía en mí perduren preservados de su total extinción rasgos de nobleza y belleza y virtud que tanta desmemoria banal y charlatana corrompen, les debo la cruz y la sotana (donde hay una ermita todavía hay civilización), los frenos morales para no ser un trepa o un bribón contemporáneo a imitación de tantos de mis semejantes, que considere los labios de fresón de la operada una soberana ordinariez y una fealdad mayúscula, que cuando se da el pistoletazo de salida a las rebajas yo en cambio no compre, que odie la telebasura, que sea cortés, que, más que exigir derechos, asuma mis responsabilidades, que sienta emoción (un vibrato) por el conocimiento. Esa idea de continuum de civilización desgraciadamente no puedo legarla pues soy un hijo sin hijos. Y percibo que decae de forma muy acusada ante la influencia degradada de las nuevas costumbres sin poso (influencers inanes, youtubers mamarrachos, instagramers narcisistas, pensamiento de autoayuda, cultura low cost, desprestigio del saber, ocaso de la religión, deflación de la autoridad, runrún de tarjetas de crédito castigadas, y tantísimas cosas más). Los copistas de los monasterios benedictinos mantuvieron la hazaña de continuar y perpetuar el patrimonio grecoromano. De alguna manera, yo persisto, insisto y no me rindo. Algún día la tierra tendrá forma de paraíso. Para mí la novela de N. McDonell representa un contramundo, un antiejemplo, una distopía que encuentro al abrir cada día la puerta de la calle, una instancia que describe la barbarie. Por eso recomiendo leerla.

Nick McDonell, Twelve, Anagrama. Me parece que el libro tiene una versión cinematográfica, que, sin verla, ya presumo un timo o coñazo malísimo.

 

Lectura de Félix de Azúa

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No comerciar con el mundo, no salir de la habitación o de tu celda cartujana, estudiar, leer y escribir; ahí -y así- se cifra el contenido de la felicidad, en la percepción intensa, como de cabrillear fosforescente de la mente, en la sinestesia de los significados, no en la imposición de un molde -o distintos moldes- o bien arnés de los mundos de afuera. La única beatitud singular es la hora nona o maitines, el regreso a la domesticidad conventual, el ministerio divino frente a tanto infecto estado industrial, un barreño de ácido artístico, el triscar por entre disfraces de helechos y abedules. Me siento en la galería cálida de mi casa con los Moralia de Plutarco y, contigua a mi casa, se alza una iglesia románica de lustrales piedras y bóvedas exquisitas. Eso es la felicidad, un sinónimo del aislamiento y la misantropía. La aurora, cebreada de cirros color cinabrio, y las vigilantes estrellas inmemoriales, eso, esas contemplaciones solitarias, son la felicidad. Félix de Azúa, con tono a veces indigesto de mamotreto hegeliano, investiga formas míticas de felicidad (la infancia, el prometido paraíso proletario, la unción sexual, la sedimentación amorosa, la muerte y el suicidio, el arte), en un artefacto novelesco endeble mitad chanza sarcástica mitad ensayo de ideas. Pretende describir un tipo genérico, más que un ejemplar. Yo hace mucho que solucioné estos conflictos o pseudoconflictos; vivir solo, muy solo, para vivir conmigo y también no vivir con los demás.

Félix de Azúa, Historia de un idiota contada por él mismo o el contenido de la felicidad, Anagrama.

 

Lectura de Félix Romeo

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La novela a reseñar es Dibujos animados, Anagrama. Dos consideraciones previas; la memoria no suele -tristemente- tratar las cosas del pasado sino que su material son los recuerdos del pasado. Vamos hacia el pasado recordando nuestros recuerdos, reelaborándolos, siendo fieles o infieles a los hechos sucedidos realmente. Toda memoria es un filtro desfigurador, un tamiz que se hila nuevo en cada recordación. Toda memoria es un género (de tinte realista) de ficción. Lo otro que deseo señalar es que la infancia es nuestro periodo orgánico por antonomasia, nuestra época clásica, en que las cosas se viven en identidad consigo mismas, y en relación con nosotros. Romeo triunfa al, con una estructura disgregada, elíptica y en mosaico, darnos una idea redonda, compacta de la infancia del protagonista -un alter ego del autor-. Esa infancia que no se ata ni se une con los afectos y propósitos amorosos de una familia burguesa, sino que se explica con los vaivenes y contactos de personajes cutres y casposos de una España cañí, con las mercancías del capitalismo, con los dibujos animados de la sociedad de masas -aquí el Coyote y Correcaminos son los símbolos de la perplejidad y desconcierto del púber protagonista- La novela tiene un fondo agrio de vacío pero nunca despiadado, hay una ternura o vetas diáfanas de él, y en ella la vida empero tiene un feísmo ortodopédico como los zapatos de la Cojita. A los nacidos en los setenta no se nos escapa ni uno solo de los referentes (referentes poperos, los de clase de modo más indirecto para los que somos hijos de la burguesía hacendada) La prosa y el tono tienen una taquigrafía seca y telegráfica que, te guste más o menos -de gustibus et coloribus non disputandum-, demuestran la presencia de un escritor de raza, de alguien que sopesa y mide la materia verbal con maestría. Espléndida opera prima de un novelista que nos dejó demasiado pronto y que recomiendo vivamente. Novela con grumos de vida verdadera, de la jodida vida y la -para algunos- putrefacta infancia.

Literatura sin herencia

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La literatura siempre se montó con una apoyatura en la tradición. Era una techné u oficio artesano que tenía en la mente los ejemplos admirables de la tradición. Dante tuvo en cuenta a Virgilio, y Virgilio a Homero. Las densidades de referencias de Thomas Mann son típicas de un modo de hacer clásico. Estos días estuve leyendo mucha literatura contemporánea y observé cariacontecido que, unido a un desparpajo informal, se ocultan -ya que no existen- los modelos e inspiraciones del pasado. Y este es el mayor pecado de un escritor; poner un muro con el pasado. Muchas novelas leídas eran a mi juicio meros ejercicios de redacción llenos de ocurrencias, superficiales e inanes. Si la literatura no está trabada con las obras de la historia de la literatura más eminentes, entonces la literatura no sale de la taberna o de la mancebía. El talento no flota en la nada, o en los libros de tres o cuatro contemporáneos de moda, sino que exige conocimientos, una gran voluntad, una poderosa visión individualista sobre el mundo y la vida, y el tenaz acopio de una tradición. El resto es periodismo o novelería de pasar el rato y entretenimiento equivalente a las redes sociales o la televisión. Falta lustre y sobran diletantes.

Lectura de Etxebarría y Beigbeder

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Lucía Etxebarría tiene un sosias literario: Frédéric Beigbeder. Ambos ilustran una suerte de literatura de magazine, pedestremente escrita, trufada de sexo, violencia implícita y hedonismo amoral. Típicos ejemplos de la juventud ochentera del siglo veinte, muy diferentes a mí, un exseminarista que traduce nostálgico a Horacio las noches solitarias de fin de año. Poco sé de amor, sexo y trifulcas sabatinas entre luces estreboscópicas, poco sé de marcas comerciales y mucho de nombres de pájaros, poco sé del «inferno» de la ciudad industrial y mucho de avenidas ventosas de luna y lluvia. De mí puedo decir: no envilecí mi vida; estudié, fatigué ojos en gruesos legajos, conversé con ancianos venerables, admiré la belleza hasta el éxtasis. Ahora apesadumbrado observo que casi nadie sabe ser libre y que el Arte es solo eso, un sueño fantasmático sin presencia en la tierra. Me queda el río de la luna en la planicie de mi cielo de aldea orensana. Me queda mi aristocracia melancólica. Y por ello mucho me agrada que me guste lo que los genios hicieron para que me gustase, y también la inversa, me gusta que tanto me disgusten estas obrillas de plexiglás y Prozac, de personajes inanes de cartón piedra. La apremiante necesidad de la búsqueda de la verdad en las relaciones humanas no se encuentra en estos libros engastados de bisutería. Aquí se hallan un tipo de opiniones (bárbaras) sobre la vida, pero sin manto púrpura de dignidad. Se premian en estas novelas fuerzas impersonales negativas. No hay perdón ni belleza ni gracia.

Así que mejor volver a la ataraxia de una luna mortal y rosa que ronronea. La disconformidad es una forma de aprecio, y uno también es aquello que niega con más vehemencia. Hay sombras de estas novelas en mí; pero las detesto de modo nunca vacilante. La perfección y el absoluto son una forma de destino noble, una vía regia al cielo; el nihilismo, marca fecal de lombrices y de polvos de lodo.

Lectura de Vargas Llosa

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¿Qué es la cultura? El ansia y anhelo de perfección, la persecución de la virtud, la opinión excelente adherida al gusto exquisito, los móviles del bien y la resonancia de la grandeza, la mudanza de lo arbitrario por lo esencial, una tabla de valores que incite a la verdad y la bondad, la crítica a las certidumbres nefastas, el placer de la reflexión y el cálido brote del entusiasmo, la vividura de la biblioteca y la vida. Cultura es la expresión de lo menos romo y ruin de la naturaleza humana, la creación de formas de belleza imperecederas y perdurables, el patrimonio de lo mejor que se ha pensado, pintado, sentido y escrito. Una experiencia de pasión y poesía, experimento y sueño. Lo más noble humano. Lo más libre y audaz humano. Virtud y ciencia y altura. Moral y conocimiento y excelencia. Sabemos lo que es la cultura sabiendo qué no es la cultura. La cultura no es lo que la llamó Tylor y que hoy invade el imaginario común; esa amalgama de costumbres, leyes, ritos, ese conjunto de nuestra afinidades y repudios. Este es el sentido antropológico de cultura, la serie extensísima de aprendizajes sociales por imitación o repulsión, lo que añadimos a nuestro genoma e instintos. Cultura tampoco es la expresión popular o folclórica, las tradiciones no sancionadas por la razón sino por el acúmulo de tiempo. Y cultura, last but not least, tampoco es entretenimiento y pasarla bien. Vargas Llosa afirma (el libro a reseñar es La civilización del espectáculo) que el tono cultural de la actual civilización es justo ese. Abdicó de signos fuertes y pesados propios de la alta cultura, y se ha convertido en una melaza informe donde reinan como estrellas diurnas y nocturnas la banalidad, la frivolidad, el divertissement. La educación y la política y el periodismo y el sexo y el arte y la literatura y … , todo, padece ese virus de los modos del gesto evanescente y la trivialidad entronizada. No hay erotismo (que es al sexo lo que la gastronomía a la comida) sino sexo conejero y cinegético, no hay periodismo basado en los hechos y la verdad sino marcada propensión a la chismografía y al amarillismo, no hay política como debate de ideas y programas sino espectáculo de candidatos sin fondo deliberativo, no hay arte sino cocinas y chefs y modistos (los hornillos y fogones y pasarelas en lugar de los libros y los intelectuales), no hay educación basada en la autoridad de los saberes del maestro sino un anarquismo pedagógico, no hay intelectuales sino sofistas o malabaristas, etcétera.

El libro se basa en ideas de pensadores reaccionarios y liberales. A mí sus tesis, que defiendo desde hace décadas, me parecen irrefutables, incontestables. Hoy un estudiante universitario rechaza a Henry James, porque todo lo que sustenta a James, los imponderables cosmovisivos, debido a la mutación del paradigma cultural, son otros. Un capitán inglés y otro alemán en la primera guerra mundial compartían una comunidad de afinidades, ambos podrían citar muy parecidos pasajes de Horacio, Cicerón, Homero, Descartes y Rembrandt, Platón y Goethe y Shakespeare. Ese subtexto o continente de ideales morales religiosos y pretensiones culturales y citas literarias, ese paisaje similar y necesario en clases hacendadas y burguesías ilustradas, se ha volatilizado. Ahora lo común son sitcoms televisivas, música pop y rock, cine y actores de cine, facebooks y twits y drogas y promiscuidad. ¡Qué horroroso mundo se nos ha dado vivir!

Cathy

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Hacía años que el recuerdo se sepultaba en mi memoria.
Sí: creo que me enamoré de la au-pair que vino de Wisconsin a nuestra casa provincial catalana.
Vino de la Tierra del Atardecer.
Una discípula forestal de Whitman.
Se llamaba Cathy.
Tenía diecisiete años y yo once.
Soñaba con la doble columna diamantina en punta de sus pechos,
con la plácida calma de noche de verano de su pelo trigueño,
con el agradable lugar de pensamiento y sentimiento de su boca,
con que subrepticiamente se levantara del cuarto de invitados y,
de madrugada, abriera lenta mi puerta vestida con un ceñido camisón,
y en perfecto español, mientras acariciaba mi pelo, me dijera «Tócame», «Tómame».
Querida Cathy Chatwell, muchas estrellas han rodado por el cielo desde entonces,
pero confío en que tengas un marido fiel, alegre y bien rubio,
unos niños sanos y tiernos, ya todos hombres de provecho,
una casa con porche, barbacoa y fox-terrier,
que todavía ames el mar y que el poder del cielo haya sido muy bueno contigo.
Mi mente poco capaz hoy te recibe, te toca y acaricia casta,
y a la noche rezará por ti.