Cornaro 123

Históricamente, los palcos no se diseñaban para ver mejor el escenario, sino para ser vistos por el resto del teatro. Estaban a la altura de los ojos de la masa, lujosamente decorados, iluminados de forma que la aristocracia y la alta burguesía pudieran exhibir sus joyas, sus pieles y sus alianzas. El palco donde los Marqueses eran el centro de gravedad de la atención de todo el teatro. Situado en el piso principal, en el sitio de honor, y sus colgaduras de damasco viejo, aunque acaso algo descoloridas, conservaban un aire de majestad rancia que se imponía a la muchedumbre de la platea y del gallinero. Sentada al borde, desafiando las miradas con una serenidad nacida de la costumbre del privilegio, estaba la marquesa, armada de sus eternos gemelos de nácar, que paseaba por el público como quien pasa revista a sus vasallos. A su lado, las jóvenes de la casa se exhibían como en un escaparate de modas, riendo a carcajadas mudas, haciendo señas con los abanicos a los jóvenes de la aristocracia que hormigueaban en el pasillo esperando el entreacto para asaltar el palco. Desde abajo, desde las butacas de la burguesía advenediza y desde los bancos de madera del gallinero, donde los menestrales sudaban y se asfixiaban, se contemplaba aquel reducto no como un lugar para disfrutar del drama, sino como el altar de la vanidad, donde se decidía quién era alguien y quién debía permanecer en la oscuridad del anonimato

«La Casita» de Bad Bunny opera bajo la misma lógica: sus ocupantes (actores, futbolistas, nepobabies) no están ahí para mirar el concierto; son parte de la escenografía del poder.

En la Platea de la ópera encontrábamos a la burguesía acomodada, el ciudadano con ciertos recursos que puede pagar el peaje para estar cerca del cogollo, pero sin pertenecer al círculo selecto. Es el terreno donde se asienta el verdadero poder: la burguesía del dinero. Allí, apretados en sus amplias butacas, se sientan los hombres de negocios, los agentes de bolsa, los abogados de moda, formando una masa compacta de cabezas calvas o encanecidas que huelen a oro y a influencia. Esos hombres no van a escuchar la música; van a vigilar sus inversiones sociales. Desde la platea, con las cabezas echadas hacia atrás y los ojos clavados en la curva de los palcos, los burgueses juzgan, tasan y sentencian. Calculan el valor de los diamantes de una condesa, estiman la deuda del marido por el tamaño del palco que ocupa y deciden qué reputación mercantil va a caer al día siguiente en la Bolsa. La platea es el patio de un cuartel general donde la burguesía, vestida de riguroso frac negro, contempla la decadencia de la nobleza con una sonrisa de triunfo frío, sabiendo que, aunque los palcos estén más altos, el suelo del teatro y el dinero del mundo les pertenece.

El Gallinero o Paraíso o Cazuela o Loggione (La Plebe) Donde el aire es rudo y la visibilidad reducida; ahí se apiñaba el pueblo llano. La carne de gallinero. Un hormiguero de cabezas aplastadas contra el techo de yeso, una masa de rostros encendidos que se asomaban por encima de la barandilla de hierro como una marea a punto de desbordarse sobre el vacío de la sala. Hacía un calor de horno; los hombres, en mangas de camisa, se secaban la frente con los pañuelos, mientras las mujeres, con los cabellos desgreñados por el tumulto de la entrada, respiraban con la boca abierta. Había un rumor continuo de risotadas, de gritos de un banco a otro y de crujir de avellanas. Aquella plebe de París, Madrid o Viena, hacinada en las localidades baratas, poseía la alegría ruda de los días de fiesta. Desde su altura, suspendidos sobre el lujo reluciente de los palcos y el terciopelo de las butacas, contemplaban el espectáculo con una familiaridad insolente. No les importaban las reverencias de la gente bien; querían su ración de carne, su música pegadiza y sus chistes procaces. Cuando las luces bajaban, un silencio ansioso corría por el gallinero; todas aquellas miradas ardientes se clavaban en el escenario, y de aquel foso de sudor y harapos brotaba un estremecimiento unánime, el rugido de la bestia popular lista para ser domada o para devorar a los comediantes.

A Bad Bunny le sostiene una «plebs sordida» (Tácito) Los del gallinero -alma de siervos- solo existen para validar el estatus de los ocupantes del palco.

Cornaro 122

Jonás de Orleans fue un obispo carolingio que escribió manuales de conducta para los nobles y reyes de su época. Su obsesión era recordarle a los poderosos que la verdadera nobleza no radica en la sangre, sino en cómo tratan a los miembros más frágiles de la sociedad. Escribió: «Quasi non una sit omnium conditio nascendi et moriendi, et una sit terra quae omnes suscipit… Memento te non dominum pauperum esse, sed conservum», «Como si no fuera una misma la condición de todos al nacer y al morir, y una misma la tierra que a todos acoge… Recuerda que no eres el señor de los pobres, sino su compañero de servidumbre».

Sin olvidarnos de Pedro Blesense: «Pauperum lacrymae crux sunt divitum; et vana est omnis religio, quae viduarum et orphanorum fletibus non medetur», «Las lágrimas de los pobres son la cruz de los ricos; y es vana toda religión que no ponga remedio al llanto de las viudas y de los huérfanos».

O también a Paulino de Aquilea: «Non despicias inopem in angustia sua constitutem, quia et te et illum unus Creator plasmavit en utero», «No desprecies al indigente que se encuentra en su angustia, porque un mismo Creador los plasmó en el vientre tanto a ti como a él».

Tengamos presentes a aquellos que padecen una herida profunda, un dolor oculto e insufrible; aquellos cuyo paradójico orgullo no es otra cosa que la impotencia del corazón para defenderse contra la injusticia del destino: Seres a quienes hirieron y a quienes hundieron, pero que siguen siendo tan dignos como nosotros. Hermanos condenados al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, a la desnudez.

En su obra póstuma e autobiográfica, «El primer hombre», Camus rinde homenaje a su madre analfabeta y a su familia, atrapada en la pobreza de Argelia: «Ella no conocía las palabras de los libros, ni la política, ni las grandes ideas del mundo. Su vida se reducía al espacio entre la cocina y el lavadero, a un trabajo silencioso que le gastaba las manos día tras día. Los ricos pasaban a su lado sin verla, como si fuera transparente, como si los pobres pertenecieran a otra especie que no necesita explicaciones. Y, sin embargo, en su mirada limpia, en esa paciencia infinita con la que soportaba el peso de la existencia sin quejarse jamás, había una nobleza tan pura que hacía parecer ridículas todas las grandezas de los hombres de poder. Ella no pedía nada, no exigía nada; su sola presencia era una acusación silenciosa contra la soberbia del mundo».

Cornaro 121

(La casita de Bad Bunny)

De Platón a los decadentistas del siglo XIX, la historia de la estética demuestra que el arte nunca ha tenido como fin reflejar al pulcro ser espeso y municipal, sino atrapar el relámpago dionisíaco del deseo y la desmesura de la carne. El culamen o posaderas o asentaderas melómanos de unas muchachas sigue siendo el único dios. Cuando Peter Paul Rubens pintaba, la delicadeza mística pasaba a un segundo plano. La obra cumbre de Gian Lorenzo Bernini en la capilla Cornaro esencialmente es carnal. Y Tiziano y la Venus de Urbino. O las nalgas rosadas entre cojines de seda y pastoras idealizadas que jamás pisaron un barrizal de Boucher. Jamás perdamos el placer de rodearnos de criaturas hermosas.

***

(Política. Café, copa y puro)

(i) En la retórica de Podemos, la mentira o el «engaño estratégico» no se perciben como un déficit democrático, sino como una astucia legítima contra una «derecha golpista» o un «régimen corrupto». Nihil novum sub sole. Mutatis mutandis, y soy consciente que no se puede quebrar la visión mesiánica de un zurdo, se proyecta la idea de que los demás son tramposos para justificar la trampa propia. Viejo, viejo. Al final a quien engañó es a sus votantes, como el relato goebbelsiano que transmuta el engaño en «hazaña de resistencia». Ese genio maligno cojo fue un inteligentísimo tipejo.

Podemos perfeccionó el «principio del enemigo único» (otra de las aportaciones del don juán de Renania) desde su nacimiento; recordemos la machacona repetición de conceptos bulldozer como «la casta», «la trama» o, más recientemente, «el ‘lawfare’ judicial y mediático». Al igual que hacía el aparato de propaganda nazi, el truquito es dibujar a un enemigo macrocefálico que justifica cualquier maniobra interna de «la banda» en nombre -líbranos Señor de esa troupe- de un bien mayor.

Palabras como «público», «escudo social» o «antifascismo» se rezan como mantras religiosos en los medios (incluida la radio y televisión pública) No importa el contenido real de la gestión, importa la repetición del gesto. Es la victoria de la grasa sobre el filete: el fetiche de la palabra vacía para apelar a la emoción pura. Como en Juego de tronos.

(ii) Nixon creía sinceramente que la supervivencia de su proyecto justificaba saltarse la ley. Nixon, un tipo malvado y mentiroso compulso ¿Es el antepasado directo de Sánchez? Sí, probablemente sí, sin duda. Ah ese cinismo narciso final que afirma que el líder ya no niega la podredumbre, sino que la legitima en nombre de una «causa superior». Si el jefe dice que es por el bien del proyecto, la hueste lo acepta.

En 1977, en una entrevista famosa con David Frost, Nixon pronunció su frase más perturbadora: «Cuando el presidente lo hace, eso significa que no es ilegal». En una reunión privada en el Despacho Oval, le dijo a Henry Kissinger: «Los medios son el enemigo. Los medios son el enemigo. Los medios son el enemigo. ¿Lo tienes claro en la cabeza? Los intelectuales son el enemigo. Los profesores son el enemigo». Fango de Ferraz pisado en Galapagar.

Cornaro 120

Muchos bibliófilos poseen ya una Wunderkammer sin saberlo: su biblioteca. Así, a bote pronto, a mí me gustaría tener un fósil de amonites, de espiral no simplemente gris, sino de un pardo ceniciento semejante al dorso de ciertas polillas nocturnas, y con vetas de miel oscura. En el gabinete habría sin falta un astrolabio renacentista, una caja con insectos tropicales, un manuscrito de Nabokov como una maraña de tachaduras, flechas, injertos y correcciones, con una mezcla de grafito de lápiz y de tinta negra superpuesta a tinta azul.

Pero mi cuarto de maravillas rebosaría de libros. Sobre todo primeras ediciones anotadas de algún clásico olvidado. Resultaría particularmente sugestivo encontrar un ejemplar de Gibbon, de su «Historia de la decadencia y caída del Imperio romano», anotado por un eclesiástico. Los márgenes se convertirían entonces en una controversia permanente: exclamaciones indignadas, objeciones teológicas, rectificaciones doctrinales y protestas airadas ¿Un ejemplar? Londres, impreso para W. Strahan y T. Cadell, 1776–1788. Seis volúmenes en cuarto. Ejemplar con anotaciones manuscritas contemporáneas realizadas por diversas manos, incluyendo observaciones críticas dirigidas al tratamiento que el autor hace del cristianismo primitivo. Encuadernación íntegra en piel de época. Excelente ejemplar de trabajo, con abundantes testimonios de lectura erudita.

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Ante qué digo qué maravilla. El cañón del Sil. Fragas do Eume. Praia das Catedrais. Monte Pindo. Me maravilla una página de Josep Pla describiendo Barcelona, una inteligencia excepcional expresada con sencillez, la superficie convexa de un samovar, la música verbal francesa, los lunares en el pecho de una mujer. Me maravilla Mariano Fortuny y Marsal, esos toques de pincel rápidos, yuxtapuestos y empastados. Me maravillan los cuadros de Hammershøi que producen el mismo efecto que ciertos adagios tardíos.

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POEMA DE LOS DONES

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

BORGES

Cornaro 119

Hoy regreso a casa. Volveré a mi pazo natal (donde deseo morir) con el corazón lleno de recuerdos y el alma envuelta en una vaga melancolía. Al cruzar el viejo portalón de piedra, cubierto de hiedra y líquenes, sentiré el frío abrazo de los siglos que custodian la memoria de mi linaje. Las estancias sombrías, donde flota un aroma a cera rancia y maderas nobles, parecerán despertar a mi paso. Cada rincón evoca una sombra, cada eco en el patio de armas es una voz del pasado que me da la bienvenida. Soy el señor de la casa y de la biblioteca. Hay una nobleza en estas piedras que el tiempo no puede destruir; regresar a ellas es reconciliarse con la propia sangre y aceptar que nuestro destino está indisolublemente ligado a la tierra que nos acogió.

Volver a mi biblioteca. No hay placer terrenal que se compare a la alegría del regreso al propio estudio, cuando la puerta se cierra tras de nosotros y nos deja a solas con nuestros libros. Allí están, pacientes en sus estantes. Tomar un volumen familiar, sentir el peso conocido en las manos y aspirar ese aroma inconfundible a papel antiguo y hogar es un bálsamo inmediato para el espíritu fatigado. En el mundo exterior somos extranjeros; pero aquí, rodeados por las mentes que amamos, volvemos a ser dueños de nuestro tiempo. Mi biblioteca es mi fortaleza, el único sitio donde el ruido del siglo se apaga y cede su lugar a la gran conversación de los siglos. Recordé entonces las palabras de Erasmo: «Cuando regreso a mi biblioteca, me parece que he entrado en un templo de la sabiduría. «Cuando tengo un poco de dinero, compro libros; y si me sobra algo, compro comida y ropa», solía decir. En presencia de mis libros me siento más rico que cualquier rey». Al sentarme entre ellos, aparto de mí la ambición, la envidia y los vanos afanes del mundo. Mis libros no me engañan…

En sus cartas familiares, Petrarca describía el regreso a su biblioteca de campo en Vaucluse como una liberación espiritual indispensable para su cordura: «He regresado por fin a mis libros, mis compañeros más deleitosos, aquellos que me acompañan en la soledad y me aconsejan en la incertidumbre. Al entrar de nuevo en mi estudio y verlos alineados, siento que restauro mi alma deshecha por el trato con los hombres y los negocios del siglo. Los libros nos hablan con voz viva, se introducen en nuestros afectos, nos consuelan en la tristeza y nos devuelven la templanza. Volver a ellos es como regresar a un puerto seguro tras una tormenta pavorosa. Aquí, en la quietud de mi biblioteca, rodeado de los antiguos sabios, vuelvo a ser verdaderamente yo, libre de las cadenas del mundo exterior y entregado a la inmortalidad de las letras».

Cornaro 118

La preocupación moderna por el crecimiento personal, por la autenticidad y por el bienestar psicológico no ha hecho necesariamente a las personas más felices. Ha producido individuos cada vez más preocupados por sí mismos, más dependientes de expertos y más inseguros acerca de sus propias capacidades para enfrentarse a la vida.

El hombre psicológico es aquel que ya no se pregunta cuál es su deber ni cuál es el significado de su existencia. Su preocupación principal es cómo se siente. Las categorías morales, religiosas y culturales pierden autoridad y son sustituidas por categorías terapéuticas. El sufrimiento deja de entenderse como parte inevitable de la condición humana y pasa a concebirse como un problema susceptible de tratamiento. La cultura ya no exige carácter; exige bienestar. La pregunta característica de las culturas antiguas era: ¿cómo debo vivir?

Allí donde antes se hablaba de pecado, carácter, destino, virtud o deber, ahora se habla de trauma, autoestima, bloqueo, dependencia emocional o crecimiento personal. La psicología ocupa progresivamente espacios que antes pertenecían a la religión, la moral o la filosofía.

El capitalismo contemporáneo ya no funciona únicamente mediante incentivos económicos, sino mediante emociones cuidadosamente gestionadas. El trabajador ideal debe poseer empatía, inteligencia emocional, capacidad comunicativa, autoconocimiento y flexibilidad afectiva. Las emociones dejan de ser un ámbito privado para convertirse en una competencia económica.

El hombre contemporáneo ya no se confiesa ante un sacerdote ni busca consejo en un moralista; se analiza, se diagnostica, se evalúa emocionalmente. Vive rodeado de podcasts terapéuticos, libros de autoayuda, psicología divulgativa, coaching, mindfulness y discursos de bienestar. Incluso cuando se rebela contra ese mundo, suele hacerlo utilizando el mismo vocabulario psicológico que pretende cuestionar. Ahí reside la verdadera fuerza de la cultura terapéutica: no es una doctrina, sino un lenguaje que ha llegado a parecer natural.

Cornaro 117

El autoestigma es el principal responsable de que los pacientes con esquizofrenia se marquen como una res con un yerro candente ya con solo recibir el diagnóstico. Provoca insociabilidad, tristeza, exagerada soledad, deterioro de la calidad de vida, menor interés en la consecución de metas y un peor proceso de integración. Se ha demostrado de forma concluyente que este estigma internalizado está directamente asociado a mayores tasas de suicidio y depresión, una muy menor adaptabilidad social, y una drástica disminución en la búsqueda de ayuda profesional y en la adherencia al tratamiento. En términos cartesianos claros y distintos: sin estigma público no habría autoestigma.

Un aspecto sumamente tabú es que el rechazo hacia los pacientes psicóticos no solo proviene de la población general sin formación, sino que a veces se perpetúa de forma inconsciente o bien pesimista entre los mismos profesionales de la salud. Es una realidad incómoda que, en contraste con trastornos como la depresión, los propios psiquiatras sostienen a veces opiniones más perjudiciales sobre la esquizofrenia, manifestando un mayor pesimismo sobre la recuperación total de los pacientes y un rechazo social implícito. Muchos entornos asistenciales aún consideran que los trastornos mentales graves son una barrera insalvable para la vida autónoma. Estas creencias erróneas perpetúan un ciclo de silencio y vergüenza

Para muchos pacientes y familias, el verdadero calvario no es tanto la clínica (relativamente tratable con los fármacos), sino nuestra muerte social. El estigma de la enfermedad mental es universal. No hay país, sociedad o cultura donde la gente con una enfermedad mental grave tenga el mismo valor social que las personas sin dicha enfermedad. El 80% de las personas diagnosticadas afirman con rotundidad que el estigma o la discriminación que sufren en su día a día llega a ser considerablemente peor que la propia enfermedad mental. Y más del 70% apunta directamente a los medios de comunicación como los responsables de que el estigma y la exclusión empeoren cotidianamente.

¿Por qué la misma sociedad que hoy presume en redes de «ir al psicólogo para sanar su niño interior» sigue cruzando de acera o apartando la mirada cuando se encuentra con un paciente que sufre un brote psicótico o convive con una esquizofrenia?

Cornaro 116

Las palabras son las encarnaciones sutiles del pensamiento; son templos avivados del espíritu, y el filólogo que las ama de verdad no las mira como piezas de un mero museo zoológico o un gabinete de curiosidades, sino como seres vivos que palpitan, saltan, brincan, se enlazan, se amontonan, que tienen sangre y atrabilis, padecen y gozan. Cada palabra es un poema resumido, un monumento memorable y celestial de la historia humana, un sedimento de almas que pasaron. El verdadero amor a la gramática no es el amor a las reglas rígidas, sino el amor a la misteriosa corriente que une a los hombres a través de los siglos mediante el milagro de la voz humana vuelta letra fija.

La patria verdadera de un hombre es su biblioteca, es decir, una serie coordinada y elegante de palabras. La patria de un hombre está en el pensamiento y las palabras; un filólogo, un gramático, son custodios de lo mejor: el lenguaje. En cada palabra estudiada apuestan por la claridad y la libertad del hombre. A más palabras poseídas, más realidad.

Steiner: «El amor del filólogo por las palabras se asemeja al del amante que conoce cada línea, cada inflexión y cada secreto del cuerpo amado. Para el verdadero erudito de la lengua, no hay palabra pequeña ni término insignificante. Rastrear una etimología, comprender cómo un verbo ha cambiado de piel a lo largo de los siglos, es una de las aventuras espirituales más puras que le han sido dadas al hombre. La filología es, en última instancia, un acto de fe: la fe de que el lenguaje puede salvar la distancia entre los seres humanos, de que la palabra es el puente sobre el abismo del silencio».

Descanse en paz profesor Blecua.

Cornaro 115

«Si estás ocioso, no estés solo; si estás solo, no estés ocioso. La soledad es el caldo de cultivo de los pensamientos sombríos. El remedio para la melancolía no es la mera contemplación pasiva, sino el empleo vigoroso de la mente en tareas asignadas. La mente es como un molino: si no tiene grano que moler, se desgastará a sí misma», James Boswell, «La vida de Samuel Johnson».

El propio Johnson, en sus ensayos, insistía en que la regularidad del trabajo y el esfuerzo físico son los verdaderos diques contra la marea de la tristeza. Mañana dejo Cataluña y vuelvo a casa, a mi pazo orensano. Para sojuzgar la depresión, con voluntad férrea, me impondré jornadas maratonianas de lectura y largos paseos con la perra.

«La salud de la mente solo puede mantenerse mediante el movimiento constante. Los hombres que caen en la melancolía a menudo lo hacen porque han permitido que sus días carezcan de propósito, olvidando que la mente humana exige una tarea, un deber impuesto, un camino trazado que recorrer cada mañana, por pequeño que sea. El esfuerzo disipa las nieblas del alma», Samuel Johnson

Thoreau, el maestro de la vida rústica, describía el caminar no como un pasatiempo, sino como ejercicio espiritual:

«Creo que no puedo mantener mi salud y mis espíritus a menos que pase al menos cuatro horas al día —y a menudo más— deambulando por los bosques y por las colinas y campos, absolutamente libre de todas las obligaciones mundanas. […] Cuando caminamos, regresamos naturalmente a nosotros mismos. En la aldea y en el campo, cada rincón retiene una verdad antigua que las ciudades han olvidado.»

— Henry David Thoreau.

Y nuestro Unamuno:

«¡Qué gran purificador es el campo! Aquí, en la paz de la aldea, el alma se extiende y se sosiega. Los caminos nos llevan, no hacia la prisa del mundo, sino hacia el interior de nosotros mismos. Cada paso en la tierra húmeda, cada mirada al horizonte silencioso es un golpe de hacha contra los nudos que nos atan a la tristeza cotidiana. En el campo, el tiempo no corre, se remansa».

Y el pazo como refugio y fortaleza:

«Aquella vida de la aldea, tan uniforme y monótona en apariencia, posee una intensidad oculta que solo perciben quienes se entregan a ella. El pazo, con sus muros curtidos por el musgo y el invierno, no es una prisión, sino una fortaleza contra el ruido del siglo. Allí, entre los árboles centenarios y el lamento del viento, el hombre aprende a dialogar con su propia sombra y a encontrar la paz en la santa rutina de la tierra», Emilia Pardo Bazán.

Horarios estrictos, lecturas y paseos. Como Johnson, recordaré que la disciplina no es una cárcel, sino la armadura que elegimos para que la melancolía no gane la partida.

Cornaro 114

Las cuatro de la mañana. Vino la noche agria y jugosa de la primavera; una noche azul, con un azul denso de vidrio de hiedra, sahumada de azahar y de hierbas húmedas. Se sentía el escalofrío de la tierra que se abría para recibir el jugo de la vida nueva. La oscuridad no era negra, sino un soplo purpúreo y tibio; y las estrellas parecían temblar más cerca, bajas, doradas, casi sumergidas. Se oía el lamento nítido, de cristal roto, de los sapillos ocultos, y el fluir del agua en la acequia, un fluir que parecía llevarse el aroma de los pétalos caídos. Todo en la noche respiraba con una fijeza sagrada, una voluptuosidad madura que pesaba en los párpados y en el pecho. Una noche de primeros de junio, limpia, diáfana, de un azul profundo. Por las ventanas abiertas entra el olor fino, silvestre, de los campos de trigo verdes. El aire es blando, algo frío; trae una tibieza nueva que invita a la ensoñación. En el cielo, las estrellas centellean con una fijeza limpia, sin parpadear. En estos momentos, la vida parece detenerse; las cosas vulgares —una silla de paja, un libro abierto— adquieren una categoría misteriosa y eterna bajo la luz de la luna que empieza a platear las techumbres.

Primavera de una serenidad maravillosa. En el fondo del jardín zumban los lepidópteros, y el aire, impregnado de la fragancia de los laureles, tiene una tibieza mágica. La luna, que empieza a declinar, pone un vago resplandor de plata en las copas de los pinos. El laberinto de helechos está lleno de susurros misteriosos, de quejas sutiles. Una ráfaga de viento, blanda y aromada, hace estremecer el follaje, y caen sobre mi frente algunas gotas de rocío, frías como lágrimas. Noches de junio que no conocen la verdadera oscuridad; son más bien una prolongación crepuscular, un vidrio ahumado a través del cual el mundo aparece despojado de sus ángulos ásperos. El aire de la noche primaveral posee una cualidad líquida, casi fría, un sabor a leves nieves derretidas que estallan en la penumbra. Desde mi ventana, el jardín parece suspendido en un vacío. El silencio es tan agudo que se puede oír el leve chasquido de una hoja al desplegarse. Es una atmósfera cargada de expectación y delicia.