Cornaro 113

«La vida no consiste en respirar, sino en obrar. […] Vivir es no estar sometido a la necesidad, y la necesidad se puede romper por muchos lados. […] ¿Preguntas por el camino que lleva a la libertad? Cualquier vena de tu cuerpo», Séneca.

«El suicida quiere la vida, y solo está descontento de las condiciones en que la misma se le presenta. Por consiguiente, al destruir su cuerpo no destruye en modo alguno su voluntad de vivir; al contrario, es una manifestación violenta y enérgica de esa voluntad», Schopenhauer.

«Se nos dice que el suicidio es el acto de mayor cobardía… que es un crimen, cuando resulta evidente que no hay nada en el mundo a lo que cada hombre tenga un título más inexpugnable que a su propia vida y a su propia persona. […] Cuando los terrores de la vida llegan a sobrepujar a los terrores de la muerte, el hombre pone fin a su vida. Tan pronto como las desdichas de la vida o el dolor que nos acecha superan el temor a la muerte, el suicidio se convierte en una solución natural. El hombre destruye su cuerpo porque el sufrimiento del espíritu se ha vuelto insoportable, y prefiere la nada antes que la continuación de una agonía sin sentido», Arthur Schopenhauer.

«Uno no decide morir de la noche a la mañana; es un trabajo lento, una erosión. Llega un momento en que el dolor de existir se vuelve tan monótono y predecible que la muerte aparece como la única novedad posible, la única acción pura que nos queda por realizar para recuperar el control sobre nuestro propio destino», Pavese.

«Si la vida humana fuera una posesión tan sagrada que fuera una ofensa alterarla, sería igualmente criminal preservar la vida como destruirla. Pero la providencia nos ha dejado libre albedrío. Cuando el dolor, la edad o la desgracia hacen que la vida sea una carga, el suicidio es el recurso que la naturaleza nos ofrece. Un hombre que se retira de la vida no hace daño a la sociedad; solo deja de hacerle un bien, si es que aún podía hacérselo. ¿Por qué debería prolongar mi miseria solo para no alterar el orden de las cosas? Cuando ya no soy útil, cuando mi existencia es solo un cúmulo de sufrimientos para mí y una pena para quienes me rodean, el suicidio se presenta no solo como una solución aceptable, sino como el acto más prudente y libre que un ser racional puede ejecutar», Hume.

«La muerte voluntaria existe y nos libra, nos rescata del ser convertido en fardo pesado, y del ex-sistere, que ya solo es angustia. […] Quien decide levantar la mano sobre sí mismo no lo hace por un capricho; lo hace porque el espacio de su vida se ha estrechado tanto que ya no puede respirar en él. La sociedad considera este acto como una enfermedad o una cobardía, una rebelión contra las leyes del Estado o de la naturaleza. Pero se equivocan: es el único acto en el que el ser humano, completamente despojado de su dignidad por el sufrimiento, recupera su soberanía absoluta. Es el derecho a decir «no» cuando el mundo te exige un «sí» a costa de tu propia destrucción interior», Jean Améry.

«La historia de una vida es siempre la historia de un sufrimiento ineludible y certero. Dios, sobrepasado por su propio ser, quiso la absoluta nada, el nihil negativum; deseó exterminarse completamente y dejar de existir, y de ese acto de fragmentación nació nuestro mundo. Por lo tanto, el universo entero tiene una meta clara: el no-ser. El hombre que sufre y que, con plena lucidez, decide poner fin a su vida, no está cometiendo un error ni un acto de debilidad. Al contrario, está sintonizando su voluntad con la corriente fundamental del universo. El suicidio es la vía de la redención individual; es el acto mediante el cual la criatura cansada rompe las cadenas del deseo y del dolor, devolviendo su fuerza a la santa paz de la nada original», Philipp Mainländer.

«Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado. […] El derecho a elegir el momento de la propia desaparición es el único privilegio que nos eleva por encima de los animales y de las marionetas del destino. Saber que existe esa salida, que la puerta nunca está cerrada con llave, le da a la mente una calma extraña en medio de los peores tormentos. El suicidio no es una derrota; es una victoria sobre la fatalidad de haber nacido. Es el consuelo supremo de los lúcidos: la certeza de que, si el fardo de los días se vuelve del todo intolerable, basta un solo gesto soberano para disolver el mundo entero en el olvido», Cioran.

Cornaro 112

Samuel Johnson describía su depresión como una «horrible hipocondría» y una «miseria» que paralizaba su mente. Para rehuirla, predicaba la importancia de mantener la mente ocupada para evitar el aislamiento y el desespero:

«Acumuló tal fuerza [su depresión] en mi vigésimo año, como para afligirme de una manera espantosa. Me sentí abrumado por una horrible hipocondría, con irritación perpetua… y con un abatimiento, pesadumbre y desesperación que hacían de la existencia una miseria».

Su principal antídoto era la actividad constante y la socialización. Creía firmemente en la escritura continua y en forzarse a participar activamente en la vida pública y literaria. En su diccionario y ensayos, enfatizó cómo la disciplina, el trabajo arduo y la compañía de otros logran dispersar la niebla de los pensamientos oscuros. Boswell, J. (1791). The Life of Samuel Johnson, LL.D. (Edición de G.B. Hill, 1887, reeditada). Oxford: Clarendon Press. (Sección correspondiente al año 1729 / Aetatis 20)

Leopardi:

«He llegado a perder todo sentimiento… Y lo que es peor, he perdido la esperanza. Ya no me atrevo a esperar nada… Este estado es mil veces más doloroso que las lágrimas, el dolor, la desesperación»

«He pasado años tan llenos de amargura que parece imposible que cosas peores me sucedan; sin embargo, no me desesperaré incluso si mis sufrimientos aumentan… He nacido para la resistencia.»

«A todo esto se añade la obstinada, negra y bárbara melancolía que me devora y me destruye, que se nutre del estudio y, sin embargo, aumenta cuando lo abandono. Mi mala salud me hace infeliz, porque no soy un filósofo que desprecie la vida… Otra cosa que me hace infeliz es el pensamiento», Leopardi, G. (1898). Zibaldone di pensieri (Edición crítica de F. Flora, 1947). Milán: Arnoldo Mondadori Editore.

Darwin:»Pero me siento muy mal hoy, y muy estúpido, y odio a todos y a todo. Uno vive sólo para cometer errores», Carta a Charles Lyell, 1861.

Van Gogh: «Querido hermano, como siento la necesidad de hablar con franqueza, no puedo ocultarte que estoy embargado por un sentimiento de gran ansiedad, depresión… y si no puedo encontrar consuelo, será demasiado abrumador», Carta a Theo, 1883.

«Ningún hombre puede hacer otra cosa que lo que le dicta su instinto más íntimo, su más íntimo anhelo. Pero ¡qué camino tan largo, qué confuso y lleno de errores es el que va desde la ignorancia y el sufrimiento de esa oscura aspiración hasta el reconocimiento de la propia voluntad! […] Y la verdadera desdicha del hombre estriba cabalmente en el terror ante sí mismo, en el camino que conduce a su propia interioridad», Hesse, H. (1919). Demian (trad. J. J. Solar). Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial.

Cornaro 111

Los animales se alimentan; el hombre come; solo el hombre inteligente sabe comer. La frase puede sonar aristocrática, pero contiene una intuición vigente: la alimentación nunca ha sido únicamente una cuestión biológica. Es también una cuestión cultural, moral y de tiempo. Hemos confundido alimentar el cuerpo con llenar el estómago. Una cultura que pierde el sentido del gusto, que confunde la velocidad con el progreso, que acepta la estandarización del alimento como una fatalidad inevitable, es una cultura que se encamina hacia su propia extinción sensorial. Hemos esclavizado el tiempo y, al hacerlo, nos hemos convertido en esclavos de la prisa, incluso a la hora de sentarnos a la mesa.

Ah el bacalao, el gran viajero de los mares fríos, el pez de plata que trajo a nuestras tierras la sal de la devoción y la necesidad. Admite tantas preparaciones que casi podríamos decir que no hay una, sino mil cocinas del bacalao. Desde el «bacallà a la llauna» hasta la clásica brandada, el bacalao tiene un sabor profundo y característico que exige nobleza. En sus preparaciones, la sal no es un mero conservante, es el alma misma que se despierta al contacto con el aceite de oliva, el ajo y el murmullo paciente del fuego lento.

O un » pa amb tomàquet», aparentemente tan elemental. Precisa un buen pan de payés elaborado con buenas harinas, fermentaciones adecuadas, procesos lentos, el saber hacer del maestro panadero y una forma de elaboración que ha permanecido inalterable durante más de cien años (el pan de Reus es aquí especialmente memorable) De tomates existen más de quinientas variedades. En esta parte del territorio, los más adecuados para preparar un buen pan con tomate son los llamados tomates de colgar: los tomacons o tomates de ramillete. Durante el invierno también se utilizan para cocinar. Son pequeños y redondeados, de color rojizo, rosado o anaranjado. Se trata de variedades autóctonas de Cataluña, Mallorca, Murcia y Almería. Se debe romper el tomate en la corteza del pan, arrastrándolo y untándolo para después poner el aceite y la sal.

Una nota erudita de mi muy admirado Néstor Luján: cita: «Ttemmpura viene de “ad tempora” de Cuaresma, o sea, que quiere decir que es pescado cuaresmal. Apenas sí ha tenido transformación la palabra, como ustedes pueden comprobar «.

Todo ello conspira contra la veloz comida ultraprocesada. A propósito de esto viene bien abotonada una cita de Wendell Berry: ​»Los ciudadanos de la era industrial ya no saben lo que comen. El consumidor medio es un ignorante pacífico, un receptor pasivo, cuyo único papel es abrir la boca y tragar. Comer se ha convertido en un acto de pura abstracción, desconectado de la tierra, de los animales y del trabajo humano. Alguien compra comida procesada en un paquete y cree que la comida viene de la fábrica. Eso es el fin de la libertad.»

Cornaro 110

No comas nada que tu bisabuela no reconocería como comida. Curiosa es nuestra época: Hemos aprendido a dedicar horas a ganar dinero y minutos a alimentarnos. Se han invertido las prioridades. Me parece evidente que debemos proteger las tradiciones alimentarias y devolver dignidad al acto de comer; aspectos ambos que soninseparables. El alimento no es una mercancía cualquiera; es cultura, identidad y memoria. La paradoja es clara: nunca hubo tanta información nutricional disponible y, sin embargo, buena parte de la población desconoce cómo cocinar un puñado de legumbres o preparar un caldo sencillo.

Nada mejor que un buen bacalao. Ah aquel bacalao que tenía un sabor característico y profundo, que se dilataba en la boca, y era pez viajero, el pez de los caminos, que subía a las villas del interior en los carros de los arrieros, salado y tieso como una tabla, y que en las cocinas recobra, al remojo, la carne viva y lascas nacaradas. Admite el ajo, el pimentón, las uvas pasas, las nueces, el aceite de oliva a raudales, la cebolla. Y eso por no hablar del aparentemente elemental «pa amb tomàquet «; ello exige una liturgia: el tomate debe ser maduro, pero de colgar, que es el único que conserva la pulpa en sazón… El pan, de payés, tostado a la brasa o sobre el fuego directo. Frotar el ajo. Luego el tomate, restregado con furia hasta que la pulpa quede incrustada en los poros del pan. Un hilo de aceite, un pellizco de sal. Y voilà….

La cocina del arroz es, generalmente, una cocina de reloj. El arroz exige una atención constante, una vigilancia activa, una mirada continua. El procedimiento es muy sencillo: se trata de hacer un buen sofrito, de poner el agua —o el caldo— en la proporción exacta (calculando más bien de más que de menos, para que el resultado sea un arroz caldoso, que es la forma más agradable y digestiva de comerlo), de echar el arroz en el momento en que el líquido hierve y de estar atento al tiempo que debe permanecer al fuego. Un arroz pasado es un arroz comestible, pero carente de cualquier interés. Esto conspira contra la moda ultraprocesada. Tipo de alimento que secuestra el paladar a través de la combinación infernal de grasa, sal y azúcar.

Carlo Petrini, lleva décadas advirtiendo que este desprecio por el tiempo destruye nuestra cultura y nuestra salud. En su obra fundamental «Bueno, limpio y justo, Petrini escribe: «Una cultura que pierde el sentido del gusto, que confunde la velocidad con el progreso, que acepta la estandarización del alimento como una fatalidad inevitable, es una cultura que se encamina hacia su propia extinción sensorial. Hemos esclavizado el tiempo y, al hacerlo, nos hemos convertido en esclavos de la prisa, incluso a la hora de sentarnos a la mesa».

Wendell Berry: «Los ciudadanos de la era industrial ya no saben lo que comen. El consumidor medio es un ignorante pacífico, un receptor pasivo, cuyo único papel es abrir la boca y tragar. Comer se ha convertido en un acto de pura abstracción, desconectado de la tierra, de los animales y del trabajo humano. Alguien compra comida procesada en un paquete y cree que la comida viene de la fábrica. Eso es el fin de la libertad».

Cornaro 109

Frater Aelredus de Rupibus Nigricantibus (c. 1090-1158), monje benedictino del priorato de San Miguel de las Rocas Negras, situado —según una crónica igualmente perdida— en una garganta boscosa junto al curso alto del río Sûre, entre la actual Luxemburgo y las Ardenas.

Patrologia Latina, vol. CCXVII, col. 1347:

«Mundus onus est et ego eius addictus servus. Quotidie ad eandem rotam redigo, et quotidie magis frangor. Nihil iam cupio nisi discedere. Non sustineo amplius vel momentum unum huius morae. Dies ipsi graviores fiunt quam lapides molendini. Si Dominus aperiret hodie portam silentii, nudis pedibus et sine respicientia intrarem. Non odio creaturae, sed lassitudine peregrinationis. Nam terra tota mihi videtur diversorium fumosum viatorum aegrotantium».

«El mundo es una carga y yo soy su siervo adicto. Cada día vuelvo a la misma rueda, y cada día me quiebro un poco más. Ya no deseo nada salvo partir. No soporto ni un instante más esta demora. Los días se vuelven más pesados que las piedras del molino. Si el Señor abriera hoy la puerta del silencio, entraría descalzo y sin volver la vista atrás. No por odio a la creación, sino por cansancio del viaje. Toda la tierra me parece una posada humeante llena de viajeros enfermos».

***

Ernest Dowson, de vida autodestructiva, no se suicidó técnicamente (murió joven tras años de alcoholismo y deterioro), pero es una de las voces más próximas al sentimiento de agotamiento del mundo. En su poema «Vitae Summa Brevis Spem Nos Vetat Incohare Longam» (1896) escribió:

They are not long, the days of wine and roses:
Out of a misty dream
Our path emerges for a while, then closes
Within a dream.

«No duran mucho los días de vino y rosas:
de un sueño nebuloso
nuestro camino emerge por un instante,
y luego vuelve a cerrarse
dentro de un sueño».

***

James Thomson, poeta escocés del siglo XIX, autor de «The City of Dreadful Night». Allí describe una ciudad metafísica donde la esperanza ha muerto y donde los hombres continúan viviendo por pura inercia. Su obra entera parece escrita desde la convicción de que la existencia es una larga fatiga.

«La luz sigue brillando sobre las calles, pero ya no ilumina nada. Los hombres caminan, hablan y comercian; sin embargo, todos parecen haber olvidado por qué continúan haciéndolo. La vida prosigue por costumbre, no por esperanza».

Cornaro 108

Disculpen lo obsesivo, lo muy quejica y llorica. La ciudad, los medios, emiten su radiación de diarrea concreta y abstracta. No puedo más.

Domingo. Calor. Hojeo sin interés alguno los montones de libros comprados: por ejemplo dos tomos de las obras completas de Azorín en Aguilar -siguen siendo una de las grandes gangas bibliográficas españolas. Encuadernación en piel flexible color burdeos o verde oscuro. Hierros dorados en lomo y planos. Papel biblia. Entre 1.500 y 2.000 páginas por volumen. Formato octavo mayor. Leo una página, media página, un párrafo, y soy derrotado.

Los movimientos anímicos son muy gravosos. Océano de dolores y sufrimientos. El sufrimiento aumenta cuando te vigilas constantemente a ti mismo. Cuanto más intentas obligarte a estar bien, más te angustias por no conseguirlo. En lugar de combatir cada emoción, debes soportar cierta cuota de oscuridad sin convertirla en el centro absoluto de la conciencia. Gravedad interior que vuelve costa arriba las cosas que se aman.

Samuel Johnson, que sufrió episodios depresivos severos durante toda su vida, hablaba de una lucha continua contra los pensamientos oscuros. Sus contemporáneos observaron que se imponía ocupaciones incesantes, caminatas obsesivas, lecturas interminables, porque detenerse significaba exponerse a la presión de sus propios pensamientos. Incluso llegó a contemplar el suicidio en algunos momentos.

Cornaro 107

«Para la persona que está bajo la campana de cristal, vacía y congelada como un bebé muerto, el mundo mismo es un mal sueño», Sylvia Plath.

«Me sentía muy quieta y vacía, tal como debe sentirse el ojo de un tornado, moviéndose pesadamente en el centro de la conmoción que lo rodea. No hay nada más agotador que la pereza mental; el no poder ordenar tus pensamientos, el no poder escribir, el sentirte excluida de todo lo demás. Y vi mi vida abriéndose ante mí como las ramas verdes de la higuera… Una rama era un marido y un hogar feliz e hijos, y otra rama era un poeta famoso, y otra era un brillante profesor. Quería cada una de ellas, pero elegir una significaba perder todas las demás, y, mientras estaba allí sentada, incapaz de decidirme, las ramas empezaron a arrugarse y a volverse negras, y, una a una, cayeron al suelo a mis pies», Plath.

«Disfruto casi de todo. Sin embargo, tengo algún buscador incansable dentro de mí ¿Por qué no hay un descubrimiento en la vida? ¿Algo que uno pueda tocar con las manos y decir ‘esto es’? Mi depresión es una sensación de acoso. Estoy buscando: pero eso no es todo, eso no es todo. ¿Qué es? ¿Y moriré antes de encontrarlo?», Virginia Woolf.

«Estoy constantemente tratando de comunicar algo incomunicable, de explicar algo inexplicable, de hablar sobre algo que solo siento en mis huesos y que solo puede ser experimentado en esos huesos. Básicamente, no es más que este miedo del que hemos hablado tan a menudo, pero el miedo se extiende a todo, miedo de lo más grande como de lo más pequeño, miedo, parálisis, miedo de pronunciar una palabra», Kafka.

«La persona llamada “psicóticamente deprimida” que intenta suicidarse no lo hace por “desesperanza” o por alguna convicción abstracta de que los bienes y los débitos de la vida no cuadran. Y seguramente no porque la muerte parezca repentinamente atractiva. La persona en quien Su agonía invisible alcanza un cierto nivel insoportable se suicidará de la misma manera que una persona atrapada eventualmente saltará desde la ventana de un rascacielos en llamas. No se equivoque acerca de las personas que saltan desde ventanas en llamas. Su terror a caer desde una gran altura sigue siendo tan grande como lo sería para ti o para mí, de pie especulativamente frente a la misma ventana, contemplando la vista; es decir, el miedo a caer sigue siendo una constante. La variable aquí es el otro terror, las llamas del fuego: cuando las llamas se acercan lo suficiente, caer hasta morir se convierte en el un poco menos terrible de dos terrores. No es desear la caída; es el terror de las llamas. Y, sin embargo, nadie que esté en la acera, mirando hacia arriba y gritando “¡No lo hagas!” y “¡Espera!”, puede entender el salto. No precisamente. Tendrías que haber estado atrapado personalmente y haber sentido las llamas para comprender realmente un terror que va mucho más allá de la caída”, Forster Wallace.

«Los sentimientos que más duelen, las emociones que más pican, son aquellas que son absurdas: el anhelo por lo imposible, precisamente porque es imposible; la nostalgia por lo que nunca fue; el deseo de lo que podría haber sido; el arrepentimiento por no ser otra persona; la insatisfacción con la existencia del mundo. Todos estos medios tonos de la conciencia del alma crean en nosotros un paisaje doloroso, un ocaso eterno de lo que somos», Fernando Pessoa.

«Lo peor es preguntarse cómo encontrarás la fuerza mañana para seguir haciendo lo que hiciste hoy y has estado haciendo durante demasiado tiempo, dónde encontrarás la fuerza para toda esa tonta carrera, esos proyectos que no llevan a nada, esos intentos de escapar de la necesidad aplastante, que siempre fracasan y solo sirven para convencerte una vez más de que el destino es implacable, que cada noche te encontrará abatido, aplastado por el miedo a más y más mañanas sórdidas e inseguras. Y tal vez sea la traicionera vejez que se acerca, amenazando lo peor. No queda mucha música dentro de nosotros para que la vida baile. Nuestra juventud se ha ido a los confines de la tierra para morir en el silencio de la verdad. Y ¿a dónde, te pregunto, puede escapar un hombre, cuando no le queda suficiente locura dentro? La verdad es una agonía de muerte sin fin. La verdad es la muerte. Tienes que elegir: muerte o mentiras. Nunca he podido suicidarme”, Louis-Ferdinand Céline.

“…Te doy el mausoleo de toda esperanza y deseo… Te lo doy no para que recuerdes el tiempo, sino para que puedas olvidarlo de vez en cuando por un momento y no gastes todo tu aliento tratando de conquistarlo. Porque ninguna batalla se gana, dijo. Ni siquiera se libran. El campo solo revela al hombre su propia locura y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos y tontos”, William Faulkner.

«Sí, de repente lo vi claro: la mayoría de la gente se engaña a sí misma con un par de creencias: creen en la memoria eterna (de personas, cosas, hechos, naciones) y en la posibilidad de reparación (de hechos, errores, pecados, injusticias). Ambas son falsas creencias. En realidad, lo contrario es cierto: todo será olvidado y nada será reparado. La tarea de obtener reparación (por venganza o por perdón) será asumida por el olvido. Nadie reparará las injusticias que se han cometido, pero todas las injusticias serán olvidadas», Kundera.

Cornaro 106

Niccolò Ziani fue un mercader veneciano de finales del siglo XV que se quebrantó la salud negociando seda y especias con los turcos. A cambio, reunió una fortuna en oro macizo, esmeraldas, perlas y letras de cambio. El viejo desconfiaba de los usureros de la Plaza de San Marcos y, todavía más, de sus tres hijos; sabía de sobra que lo que a él le había costado décadas amasar, ellos lo dilapidarían en un tris.

Por eso se llevó parte de la riqueza a un bosque de hayas, allá donde Treviso empieza a empinarse buscando las estribaciones de los Alpes. No dejó mapas ni confesó el secreto a nadie. En su lugar, escribió un pequeño cuaderno dedicado a sus viajes y observaciones comerciales que todo el mundo tomó por unas curiosas memorias de mercader.

Hubo que esperar mucho tiempo para que alguien sospechara de aquellas páginas. Las cifras de los sacos repetían patrones extraños y los nombres de las islas griegas formaban frases sin sentido comercial. Hoy ya no hay duda: el libro era, en realidad, la clave para localizar el tesoro.

Cornaro 105

En el «Pro instaurandis scholis» (297 d.C.), dedicado a Constancio Cloro, el emperador es descrito como protector providencial de la civilización. Eumenio sostiene que allí donde aparece el emperador florecen las ciudades, regresan las artes, renace la educación y se restauran las costumbres. La paz misma parece acompañar sus pasos. Las escuelas no se reconstruyen gracias al dinero, sino gracias a la virtud imperial que inspira toda prosperidad. El gobernante es presentado como una fuerza fecundadora que devuelve la vida a provincias enteras.

Los discursos dedicados a Constantino I contienen algunas de las exageraciones más espectaculares de la Antigüedad tardía. Un pasaje afirma: «Te iubente vincimus, te duce vincimus», «Por tu mandato vencemos; bajo tu guia vencemos».

Aunque no pertenece estrictamente a los Panegyrici Latini, Claudiano es uno de los mayores panegiristas de Roma. En sus poemas sobre el general Estilicón lo presenta como el último sostén del mundo civilizado.

P.S. Recordemos por último a La Rochefoucauld. Aunque murió antes de la plenitud de su reinado, su análisis del amor propio parece escrito para explicar a Luis XIV. «L’amour-propre est le plus grand de tous les flatteurs», «El amor propio es el mayor de todos los aduladores».

Gran artículo Sra. Vallejo.

Cornaro 104

«Es cosa digna de gran compasión observar al hombre entregado a las letras cuando es asaltado por este negro humor del abatimiento. Despierta en su alma un vivísimo deseo de acudir a sus libros, como quien busca la fuente de agua clara en medio de la sed; abre los volúmenes, dispone sus papeles y se sienta con la firme determinación de leer y escudriñar los misterios del saber. Mas, ¡ay!, apenas sus ojos se posan sobre los caracteres impresos, una niebla densa y fría, nacida de los vapores de la bilis negra, asciende hasta el alcázar de su cerebro. Los ojos se le vuelven pesados y fijos; las letras danzan ante su vista como sombras confusas y, aunque sus manos sostienen la página con desespero, el entendimiento permanece sellado. Quiere avanzar en la lectura, mas se descubre leyendo una y otra vez la misma línea sin aprehender su sentido, pues la memoria flaquea y el ánimo, sepultado bajo el peso de un plomo invisible, se cansa al primer paso. El melancólico se duele entonces doblemente: por la tristeza que lo embarga y por ver convertido su mayor deleite, que es el libro, en un espejo de su propia impotencia y mudez», Lemnio, Levino (2019). De los milagros ocultos de la naturaleza (Edición y estudio de J. Martínez). Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) (Original publicado en latín en 1559 como De habitu et constitutione corporis)

«Ningún dolor es comparable al del estudioso que, amando la sabiduría por encima de todas las cosas de la tierra, se ve privado de su uso por la tiranía de este abatimiento. Se acerca a su biblioteca, que antes era su paraíso y su refugio, con el ansia de perderse en la lectura; mas encuentra las puertas del templo cerradas para su mente. Sostiene el libro, pasa las hojas con dedos trémulos, pero su atención vuela dispersa, arrastrada por mil pensamientos fúnebres y sospechas vanas. Intenta fijar la mente en un poema, en una crónica o en una sutil filosofía, pero el entendimiento está embotado, seco, estéril como el desierto. Siente un querer ardiente por saber, un remordimiento punzante por el tiempo que se escapa, pero la voluntad está rota. El libro permanece abierto sobre la mesa como un reproche mudo; el desdichado fija la mirada en el papel durante horas enteras, sin leer una sola palabra, atrapado en un letargo del que no puede despertar, suspirando por una claridad mental que la bilis negra le niega», Burton, Robert (2002). Anatomía de la melancolía (3 Volúmenes). Traducción y edición excelente de J. M. Álvarez Flórez. Madrid: Asociación Española de Neuropsiquiatría (AEN). (El pasaje específico pertenece a la Primera Partición, Sección 2, Miembro 3: «La melancolía de los estudiosos»)