Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
«Vivimos en un siglo de vapor, de electricidad, de gas, de guano, de crinolina, de caucho, de fotografía, de drenaje y de sufragio universal; y, sin embargo, somos menos letrados, menos artistas, menos delicados y menos educados que nuestros contemporáneos de Luis XIV, e incluso de Francisco I» Edmond About, Le Progrès, Hachette, 1864, p.356.
«Beatus ille, qui procul negotiis, / ut prisca gens mortalium, / paterna rura bubus exercet suis, / solutus omni fenore, / neque excitatur classico miles truci / neque horret iratum mare, / forumque uitat et superba ciuium / potentiorum limina, / ergo aut adulta uitium propagine / altas maritat populos» Horacio.
Feliz aquel que de negocios alejado, cual los mortales de los viejos tiempos, trabaja los paternos campos con sus bueyes, de toda usura libre. A él no lo despierta, como al soldado, la trompeta fiera ni teme al mar airado; y evita el Foro y las puertas altivas de los ciudadanos poderosos.
Observo con pesar y tristeza cómo la antigua ansia de respetabilidad ha desaparecido de la televisión y la prensa. Especialmente de la televisión. La omnipresente crónica rosa o negra y el machacón deporte son un sucedáneo elemental y muy rudimentario, escandaloso y morboso, de la información. Unos programas que, no nos engañemos, son importantes porque interesan a casi todo el mundo (la chusma o gentuza en que se convirtió el pueblo) y que ocupan un tiempo -en televisión el tiempo es oro- que podría emplearse en hablar de otra cosa (dilucidación política seria y no espectacularizada, divulgación literaria y humanística o científica, películas artísticas, reportajes o documentales de calidad, debates entre contrincantes inteligentes y cultos y educados) Pero la televisión se ocupa de cosas fútiles e inanes para ocultar cosas valiosas e importantes. Muchísima gente tiene la mente deformada y acanallada debido a la vacuidad de la tele ( es su única fuente de información y entretenimiento) En España abunda la televisión-basura (magazines de crónica negra, chismes rosas, brutalidad futbolística) porque somos un pueblo-basura. A las ovejitas gregarias y analfabetas se las ha dicho «bravo, sois el pueblo, la savia de la nación, los nervios de la monarquía, la noble sal de la bendita democracia -que es una demogresca o mesocracia vil-; hurra sois el pueblo, la sal de la demagogia, por lo que tenéis derecho a TODO»; pero se les ha silenciado -y ellos con su incontrovertible minoría de edad no lo advierten- se les ha silenciado que ese derecho a TODO se reduce únicamente en derecho a lo PEOR; televisión-basura, sexo-basura, amor-basura, viajes-basura, diversión-basura, parodia de una cultura que no es para nada cultura, o sea, cultura también basura. Al Poder y a los gerifaltes de la televisión no les interesa la ilustración de su audiencia. Ni los valores que sirven para construir una sociedad mejor o políticamente soberana. Solo les interesa una cosa: si el público ve su programa. Esa es su definición o criterio de bueno y su definición o criterio de malo. Si «Sálvame» tiene mucha audiencia, es que sin lugar a dudas, y negarlo es de sandios, es BUENO. Cito a Pío XII «¿Acaso podemos no horrorizarnos ante la posibilidad de que la televisión lleve a nuestros hogares la misma atmósfera emponzoñada de materialismo, salvajismo y hedonismo que envuelve al público en tantos y tantos cines?» Grande el pontífice. Hoy esa atmósfera de degradación reina doquier. Cicerón escribió «Omnia plaeclara rara», toda excelencia es rara; si el orador latino viviera esta época alucinaría con la basura universal anegándolo todo. Ya no es que se distinga la basura de la calidad, es que se toma la basura por genuina calidad. Alfalfa, detritus y sucio légamo radian y emiten los canales de televisión o se lee en las redes sociales. Añoro el fulgor de la sabiduría ante tanto malsín infame. El pueblo es ya descerebrado populacho. Beoda gentuza. Dudo que mienta.
Democracia pastosa, viscosa: todos los derechos, pero solo los derechos a lo peor. A la cultura-basura, los viajes-basura, la televisión-basura, las diversiones-basura, chafarrinones obtusos de ordinariez y baratura maoísta universal. Bacanales de descerebrados. Fallebas de luna seca mohosa. Huevas de escorpiones, sangre de hormigas. Tenéis derecho a todo bobitos gregarios, siempre y cuando «todo» sea lo más romo, vil, abajado y ruin. España tatuada sin gloria ni prestigio. Hombres tabernarios sin argumento. España tatuada de fútbol y charanga verbenera. España que no busca el mejor intelecto ni la más clásica sensibilidad, único modo de avance. Ciudadanos como espantajo sórdido de gansos gordos y grasientos. Gentuza alimentada con pienso televisivo y palomitas (twitts) mentales. Democracia basura sin pueblo sino con hooligans o con populacho bárbaro duro de mazas y mollera. Jóvenes mujeres borrachas nunca vestidas de ropas curiales o bien gentileza humana. Zara e Ikea en lugar de pastorales brocados y lujosa sedería, gusto general por el fango. Lecturas de best-sellers hodiernos y colas efectistas a la moda en los museos. Burgueses hacendados analfabetos. Rostros mortecinos y dolientes en el metropolitano. Soberbia y orgullo de mercaderes y campesinos en el gélido brío de los tubos de las calles. Políticos zarrapastrosos de huesudo pensamiento vespertino sin alma ni dirección. Pueblo innoble que concibe a sus dioses también innobles. Deja ya la basura, olvida las babas de esta pocilga (la chusma macarra te insulta) Crujir de la osamenta ágrafa y agramatical del mundo. Murmullo de acúfenos dentro de los cerebros bulbosos. Sube a dormir a la sombra de un meteoro. Conduce tu canoa a mares blancos. Sube a la nave en busca de la nieve solitaria fuera del impacto abrumador de tanta cháchara necia, de tanto farfullar ocioso lleno de palabras tontas. Embiste con espumas de estrellas de mar y lame claras y amarillas y enamoradas arenas. Fuera siempre de este hedor a pobreza, ignorancia, radicalidad, berza, plástico y humeante estiércol. Escucha la musculatura hoplita de los héroes individuales, sus himnos helicoidales e historiados. No sigas a la multitud, querido. Sé como una gaviota sin isla o un rey sin su corte cucañista, como un trópico sin tópico o un místico sin credo. La canalla regenta el mundo (tocan briosos la pandereta pues ignoran cómo tocar delicadamente el violín) Vive dentro de tus castillos de invierno junto al mar helado y despoblado. Medita junto a las frías olas con pausada respiración y corazón sereno. Nada queda sino partir. Música de Corelli y almas dormidas de mimbre. Aldeas lluviosas y musgo recubriendo las piedras de la sabia iglesia barroca. Huir a gemas estelares pasto de celestes lunas y diáfanos oros angélicos. Y reposar en la nieve lejos de la incesante mugre de este infierno. Y reposar en tu celda monástica allá en las cumbres. Y reposar en las cámaras secretas tu inteligencia, tu silencio y tu patricia soledad.
Cuando leo hay en mí un duendecillo que se despereza, aguza su vocecita grave a mi oído, y me susurra seria o murmulla implacable «me gusta/no me gusta», «apruebo/desapruebo». Ese juicio estético implícito difícilmente cambia y es casi imposible refrenarlo. Para mí representa los mayores poderes intelectuales de una intuición (la mía) ayuna de genialidad. Lo dramático es que también el diosecillo musita irrefrenable y sádico cuando escribo; ese crítico teorizante silvestre identifica mi mala escritura y se enfrenta a ella; alumbra los fantasmas de mi limitación, reflecta mis palabras vacías, opaca mis palabras felices; propugna severos cambios, enmiendas, incita a romper y tachar, se detiene y acusa sagazmente a mis poemas de redacción de mero teletipo y mampostería de cutre burdel, nota que mucho abunda la leña seca y la maleza turbia y muy poco los árboles lozanos. Si mi prosa y poesía no es gemela cercana a la virtud, si su galaxia está a años luz de la excelencia, si su elocución, viveza de imaginación, fertilidad retórica, si mi literatura toda es un conspicuo ejemplo deslucido o arcaico de mediocridad embarazosa ¿para qué escribir? La verdad desagradable entonces asoma; no tengo otro plan o designio que convertir los hábitos de mi alma en infectas palabras y frases o versos que no dimanan luz. ¿Por qué sueño en grande si soy un escritor demasiado pequeño para ser tenido en cuenta? Sí, susurra mi geniecillo, eres un escritor de segunda fila, muy menor, chato y vulgar, pero al menos (dice también) mi orgullo intelectual sabe que mi cultura o mi gusto no representa un espantoso regreso de la conciencia, una inversa sombría de alba. Si me esfuerzo puedo lograr una escrupulosa estimación de méritos sin dictaminar o pontificar mortales y prosaicos errores. Toda apreciación intelectual afinada es un logro arduo, no es, en definitiva, rutinario tema baladí. Acaso ese sea mi destino; sustituir al creador por el crítico, al poeta por el comentarista. Acaso deba abandonar la funesta manía de escribir poemas y dedicarme a describir las convenciones literarias originales de otros. Vestir y adornar y dirimir las ideas e inspiraciones ajenas, y descreer al fin de las propias.
Vigorosamente desprecio el fútbol. Bufones y pavos reales en calzoncillos, millonarios horteras analfabetos. Ya puedan las hordas impunemente desindividualizarse, gregarizarse, colectivizarse, muy contentos frente al televisor con una lata de cerveza bebida a morro y suspirar por asesinar al árbitro (con el coronavirus no podrán devastar el estadio y la ciudad que lo alberga)
Creo que es un deporte que entrena a la gente para ser estúpida. El embrutecimiento es la receta o panacea ideal para una sociedad condenada a convertirse en una suma de bacterias, una masa informe de bacterias gritando histéricas a favor de su equipo y en contra de la hinchada opuesta. El fútbol, en fin, adula inteligencias limitadas, ocios burdos tabernarias, inhóspitas y rutinarias y deprimidas vidas.
Comprar, poseer cosas en lugar de ideas, y tardes bulímicas de fútbol. Para que no termine el cencerreo de nuestras mentes (la primera palabra que dice un niño español es «goooool»)
El voto puede ser un deber cívico, es un derecho político y debe ser un bien intelectual. Una democracia que solo reparte participación política y no bienes culturales, no exige excelencia intelectual ni dimana una moral generosa, es limitada. Una democracia votada por brutos o hooligans es desgraciada, sumamente perfectible. Unas elecciones libres con un pueblo ignorante de su conveniencia e intereses es pasto de la corrupción y la ineficacia. Un gobierno no sometido a la soberanía popular ilustrada es filfa, alfalfa, decadencia.
¿Por qué no cualificar el voto?¿Por qué no exigir, no que voten los preparados, sino que nos preparemos para votar? El problema se distribuye u oscila entre una mala deliberación en las cabezas de demócratas y gobernantes deliberando con cabezas catetas. Mejor (diría) una epistocracia que una democracia analfabeta. Si las mentes de las mayorías populares son pedregosas morcillas mandriles, grasas negras las cortes por donde las cortes, con esforzados razonamientos que no superan los de un niño de once años, si en estas Pompeyas urbanas solo se oye el tam-tam o el reguetón y nunca Händel, si uno mira por dentro al español medio y solo ve un truculento páramo yermo y dentro de su cráneo un embutido rancio (la molicie de una pelota de salchichón) y no un cerebro discurriendo, si vadear las ideas de los demócratas prototípicos es como cruzar un río de pegamento, si todo nutriente es la papiroflexia esquizoide de la tubería intestinal catódica deyectando sus cacas previsibles (o los invencibles As y Marca, o las revistas del corazón, o las filigranas sintácticas y gramaticales de las redes sociales), si usted percibe que en la obra de sus coetáneos hormiguean ominosos errores y nunca chispean rasgos de inteligencia e invención, si la mayoría casi equivale (y entiéndase la metáfora que sigue) al engrudo de morralla borderline de grafólogos, quiromantes, practicantes del Reiki, chifladuras de la Era de Acuario, portentosas imbecilidades de ovnis y embajadas galácticas, clarividentes de hojas del té, echadores del Tarot, médiums risibles y perturbadas, astrólogos bujarrones, brujas con su bola de colorines, quemaduras con forma de huevo en un campo por parte de una supuesta nave espacial, infames horóscopos, vacunas con nanochips al mandato de Bill Gates, conspiraciones judías de magnates de la prensa o cercanos apocalipsis de los Testigos de Jehová, parques temáticos mormones o ancianos en chándal desplazándose en patinete por las calles, si la verdad, la razón y la ciencia o la lógica están perpetuamente en el exilio, ¿usted pondría en manos de ese «pueblo» el destino de sus hijos?
«Philosophi enim est, id quod dicit, dicere cum ratione«. Que la última palabra quede necesariamente reservada a la razón, y no a un emponzoñado y lerdo salvajismo de hooligans democráticos. Que elijan los más capacitados para así lograr que los electos sean los mejores y también los más capaces, me parece una solución (epistocrática o noocrática) racional. Una democracia fundada en el conocimiento y no en «Sálvame».
Desearía poder unirme a los Solitarios Monjes de la isla de Caldey en vez de ser una pobre criatura que infiere palabras ociosas y escribe mediocres libros.
La palabra trae desarreglos, pasatiempos y frivolidades fútiles. Las palabras te permiten conocer muchas cosas pero desconocerte a ti mismo. Pieles o cueros, como de buey o de oso, gruesas y duras, cubren el alma. Deseo avanzar hacia mi propio terreno, deshojar o evitar mis palabras exteriores, y en soledad conocerme a mí mismo para añadir y no quitar.
La serena certidumbre de la beatitud de la noche, absolutamente solo y silencioso. El jadeante espíritu que se humilla y exalta ante Dios, el alma con una percepción tan limpia que cabalga o escruta infinitos. Porque Dios embriaga la lluvia rosácea que brota del aire rápido, es murmullo de viento insumiso acordado a los acantilados, un ave tranquila con un sonido de aire delicadísimo en sus dorados pulmones, un himno, un elixir que inventa sílabas esenciales, bellezas pastorales, inviernos contiguos al mar.
Imagen sensible de brisas la soledad que busco. Toda la noche la ira de mis palabras inútiles duerme y nacen las contemplaciones iguales a un poderoso Bósforo. Muera la Turbia Forma Superficial así como las vacías estrellas en su caída violenta de plaga neuropática, de lengua paleolítica. Que sobre mis pensamientos ayunen los encantos del hablar mundano (ordinariamente mucho sobra el farfullar de tantos ruidos, objetos y espectros), y se cierna la claridad y el espíritu discierna la conversación del cielo, los halagados estudios del conocimiento, la poblada energía de las flores; llamadla lleno abandono, azafrán seráfico, diosa soledad.