Vínculos

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Aquello a lo que estamos unidos y vinculados, heredado por la tradición, es lo que desearía que un político articulase e hiciese explícito, justo aquello que se vive de modo implícito en la vida ordinaria. Cada día reflexiono más sobre el legado de mis padres; el matrimonio como un voto de amor y fuente de crianza con su exigencia y renuncias, las necesarias apariencias frente a una sinceridad bestial, ingrata, e impúdica, la discreta tolerancia, el cultivo de uno mismo mediante la búsqueda del intelecto, la sensibilidad y la calidad, el amor a la belleza que expresa una sobrerrealidad divina y la censura al feísmo o las banales bellezas fáciles, el amor a la patria, etc…Leyendo, por ejemplo, a Bukowski, percibimos la vida como la sopa de un pensionado lúgubre, de un color marrón fangoso, con tropezones como resecos cartílagos incomestibles. Esa utopía de dolor e hiel es la insoportable y demenciada promesa o ilusión izquierdista. Un manicomio de alcohólicos y drogadictos. Frente a ello el verum, bonum y pulchrum, porque el pasado es un recuerdo de lo noble y eficaz, un recordatorio incontestable de la naturaleza humana.

Donde el poeta, por demérito de no haber sabido ni podido amar, se lamenta de su destino, no diferente que el del mismo infierno

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Sitges, verano del 86. Haraganería en las hamacas, cremas, balones de Nivea.
Y no me atreví a besar los dobles bombones de champán de tus pechos,
ni a lamer las brújulas erizadas o las brujas enraizadas de tu pelo,
ni a partir en la nave al lejano extranjero contigo,
ni a amar el viento y la bruma y la niebla del cordón delgado de tu bikini,
o el leve verde de tus ojos como una escarcha (quinqué de luz) que destella en mitad de la noche.
Avanzan por la oscura memoria las olas, tu hermoso cuerpo moreno, la derrota y las ruinas.
¿No era tanto mi deseo en aquel instante?¿no era tanto mi amor?
Pero solo asomó la luna sangrienta y mortal dentro de las sentinas
de un invierno que en mí sería perenne.
No te atreviste a amar (ésta, y en tantas otras ocasiones);
no te quejes si ahora los mastines del odio
marcan con sus ácidos orines
el único y solitario y tenebroso círculo donde puedes vivir.
Tu alma, cuando sueña, es un despedazado anfiteatro,
con actores decrépitos y desmemoriados,
con el auditorio con maniquíes espantosos y ridículos.
En el aire puro, a los limpios dientes de la sonrisa del alba
tú no les pusiste zafiros orientales sino densas bostas de vaca.
Tu destino, querido patán, cobarde lerdo, es el infierno.
Los monstruos solo deben vivir encerrados en su infierno.
Y contempla como tu mente se alimenta de vagas
supersticiones de bárbaros, de observaciones imperfectas,
de desorganizadas razones; así es tu mente pues desecaste la fuente del amor, indiscernible de la del conocimiento.
Tu mundo se ha convertido en distintas velocidades de aguarrás,
en relámpagos formados por cucarachas, en zumbidos de marmota
y espectros de sílabas vacías.
Un traqueteante mecanismo de incisivos picotea tu corazón.
A nadie amaste Christian, una soledad de burda patología fue tu camino; dejarás tus infectas huellas en el mismísimo infierno.

Lectura de Agnes Martin Lugand

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Últimamente estoy leyendo lo que todos leen. Intento así captar la psicología popular. Los best-sellers expresan esa relevancia. La novela a reseñar es «La gente feliz lee y toma café», de la francesa Agnes Martin Lugand. El breve relato tiene gravísimos defectos técnicos y bochornosos problemas de verosimilitud, pero temáticamente sugiere una verdad mítica atractiva: la redención a partir del amor. Un individuo halla nuevas formas de superar una transición muy difícil o traumática (en el caso de la protagonista, la muerte de su marido y su hija en un accidente automovilístico) mediante la esencia vivificadora, plena, mediante la rica aventura de esa fuerza genesíaca del enamoramiento. Si estamos despedazados podemos recuperarnos con este género de ilusiones. El amor te da un sentimiento de participación y comunidad con la vida, significa un futuro utópico, obvia querellas interiores, es un método o experiencia por el que participamos de la excelencia y de la grandeza, donde se repele el trastorno del dolor. Yo nunca tuve una intimidad amorosa con otro ser humano. Mi psique patológica y mi recalcitrante soledad, mi cobardía, mi búsqueda irracional de refugios seguros, han hecho que me convierta en un monstruo. En mí se desecó la fuente del consuelo. Nunca amplié mi visión de las cosas con el potencial amoroso. No padezco dolor pero sé que, en el fondo, Dios me ha excluido. Mis ojos rapaces y lerdos son lastimosos réprobos. Mis únicos sueños son perros de colmillos agudos que desgarran los flancos de ovejas. Mi patética y limitada razón (todo lagunas) no se iluminó por la gracia. Triunfó en mí el arquetipo del pobre depauperado, de los sueños devastados, de la intimidad libresca sin extensión, sin intensidad, seco polvo de tesis doctoral. Es triste observar mi destino como un anfiteatro de potencias y fantasías oscuras. Sin amor, en puridad, no se ha vivido. Sin zafiros orientales invadiendo el aire puro, todo deviene poco más que matices del vacío y la melancolía. No puedo implorar a los dioses la tersura de su piel de puma. Los dioses no atienden mis plegarias. La novelita disparó estas breves consideraciones que aquí consigno. Es una novela fácil, romántica, irritante por sus defectos. Prefiero hablar de mí que de ella.

Melancolía

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¡Cómo echo de menos las partidas de ajedrez con mi padre! ¡Cómo echo de menos a mi padre! Teníamos un nivel similar, aunque él jugaba de modo más creativo y agresivo. Como que nuestra casa era un poco pija, en un rincón del comedor, junto a la ventana, teníamos una mesa de juegos. Con mi madre jugaba a las damas y a las cartas, y con mi padre al ajedrez. Ya no existe la casa y mi padre está muerto y mi madre mayor y enferma. «Todos los cambios están más o menos teñidos con la melancolía porque lo que dejamos atrás es parte de nosotros mismos», Amelia Barr. Muy a menudo tengo la sensación de que todo está desérticamente despoblado y que mis únicas estrellas vivas brillan en un cielo muerto. Suscribo en su totalidad la observación de Robert Burton «No hay algo así como la felicidad, solo menores matices de melancolía»

Contra el profesor Keating

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Los adolescentes carecen de experiencia, madurez y dirección. Y la madurez lo es todo. Asumir y conocer los propósitos, no desordenarse con incumplimientos, honrar aquellos valores de la naturaleza próximos a nosotros que nos definen, tener flexibilidad e inteligencia en el cambio (el último cambio, el definitivo, la muerte, debemos sabiamente comprenderlo pese a los deseos de inmortalidad difíciles de curar en nosotros), ser capaces de evitar absolutismos simplistas o puerilidades implícitas. Los adolescentes son totalitarios y napoleónicos, ingenuamente idealistas, poco avispados para el matiz y las visiones particulares o no gregarias. Viven abstracciones en blanco y negro,  viven un vitalismo desenfrenado e impaciente, y todo aureolado con una energía caótica. Un niño ante el televisor se convertirá en un adolescente frente a la pantalla del computador (con toda la algarabía e irrelevancia de los entretenimientos irracionales de las redes sociales) y acabará probablemente como un adulto iletrado. El ocio de las nuevas tecnologías resta números a la lectura, y la democracia cultural (sancionada por el mercado y el éxito de ventas) resta calidad a la oferta a favor de libros a menudo groseros.

Un gran profesor es un profesor con grandes conocimientos y exquisita capacidad de transmitirlos. La paródica «El Club de los poetas muertas» es una torcida representación de lo peor. Keating no educa, confunde. Keating no sabe, excepto en la espectacularidad del gesto o la puesta en escena histriónica. Keating no es hondo, su carisma -indudable- es una pátina o apariencia de profundidad. Keating no da fundamentos imperecederos, solo anécdotas vistosas. Keating propone un dionisianismo vitalista («el carpe diem») que conecta bien con las expectativas ocasionales y festivaleras de los muchachos, pero es una sabiduría o consejo sin transitividad porque sus verdaderos poderes se adaptan solo a sí mismo. La tradición no es una antigualla y una mera y patética esterilidad como caricaturiza hasta niveles irreales y de cómic inverosímil o de mero trazo grueso el guión de la película y el impostado profesor Keating. Él usa el ingenio y el chascarrillo, la mordacidad simpática, pero sus dardos apuntan solo a un monigote imaginario construido a su imagen y semejanza. Por eso Keating es nefasto y pernicioso: odia la verdad, odia la ponderación, odia la creación, odia la inteligencia; solo es un ejemplo del romanticismo más ñoño e inarticulado (de ahí la popularidad del personaje en estos tiempos de analfabetismo educativo)

¿Qué es la tradición? ¿Qué es la clasicidad? ¿qué es el humanismo? ¿qué es la ilustración? Reglas, poderes e instituciones que comprenden lo mejor de nosotros, un esfuerzo cotidiano por adquirir los grandes logros, el cuidadoso amor a la virtud y a los intereses benévolos, el intento de construcción de una personalidad o un alma no degradada (la mísera sociedad contemporánea convierte al pueblo en el peor populacho), la contención de las emociones desbordadas vulgares y el constante trabajo contra la ignorancia, el no titubear ante el imperio de la corrupción, el concebir las cosas y las ideas de modo plástico, el rigor intelectual, la prudencia política, los hábitos pacíficos y el admirar las grandes acciones, la soberanía intelectual individual, las luces necesarias para conducirse a uno mismo con sabiduría, es decir, saber ordenar convenientemente el propio destino, el deseo de incrementar sin cesar la riqueza interior, etc…; sin miramientos y de modo convulso y doloroso Keating solo ofrece un vaporoso e inexacto «sigue tus instintos» (cuando se precisa antes de seguirlos realmente conocerlos) Keating solo ofrece baratura de bazar y alfalfa espiritual, un poco de ingenio y una nada de genio. Los verdaderos progresos del alma requieren un conocimiento preciso de la memoria. La única gran revolución es nuestro derecho a asumir la herencia cultural. Keating representa las pasiones superficiales del corazón humano. Su corriente puede ser que a algunos arrastre, pero en verdad nos conduce al abismo. En el fondo tiene un alma mediocre que jamás ha sentido una libertad duradera. Además su energía violenta jamás puede tutelar. Compadezco a los alumnos de este mamarracho.

Despierta y lee

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Leo para ensanchar una existencia solitaria y precaria. Consciente de los límites sobresalientes de mi yo y mi experiencia (a nadie conozco en profundidad y mis propias introspecciones carecen en sí mismas de la suficientes calidades), la confrontación literaria y filosófica es una fuente de construcción de la personalidad. Asimilar la idiosincrasia o extrañeza de los genios es una tarea titánica; sus convenciones suelen desmentir la normalidad, sus puntos de vista sobre el mundo y la vida son muy originales porque son inusitadamente profundos. La imaginación, la creación, el razonamiento, la expresión elocuente y elaborada de una ultrasensibilidad, son dones desigualmente repartidos, elitistas, que niegan la obsesión igualitarista democrática. Las grandes meditaciones del arte, las grandes mentes, alumbran tus bujías internas.
¿Cómo soy yo? En gran medida el legado de la burguesía hacendada culta (hoy en trances de desaparición, sino ha desaparecido ya) conformó mi personalidad y mi tabla de valores; crítica al ocio tabernario e improductivo, respeto ortodoxo a la autoridad, religiosidad formal en lugar de popular o intelectual, gusto por el realismo, amonestación a las fantasías bohemias o extravagantes, persecución de la solidez, animadversión a sueños utópicos, conservadurismo y orden en las costumbres, aprecio a la familia, insulto a la lujuria y al lujo chabacano, egoísmo y orgullo de clase. A lo largo de mi vida existieron tensiones entre ese legado y mis propensiones caóticas, mi tendencia (acaso ineludible) al reino romántico de la noche. Esa tensión agónica entre el asianismo y el aticismo, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, esa naturaleza bifronte, a la postre me sirvió para evitar un carácter dogmático e iliberal, incluso para adquirir la capacidad de advertir y asumir la ironía (que a veces niega en su contenido implícito lo que afirma en su aserción explícita) En resumen, mi encantadora burguesía nutricia me proveyó de patrones, esquemas, mapas, brújula y camino. Su memoria oculta y tradicional creo que es un indudable valor de la civilización, y que, puestas en la balanza, sopesando, pesan más sus virtudes que sus vicios. Pero la lectura solitaria y reflexiva eliminó en mí el temor a ser impopular, justificó mi soledad aristocrática, amplió mi capacidad de comprender más allá de los estrechos límites de mi círculo, anuló creencias y conductas tontamente normativas o intolerantes, insufló espíritu a la heterodoxia. Si como burgués culto no hago ni me permito gilipolleces, como lector culto no permito que me inundan las mamarrachadas y las ambientales banalidades extremas sin fuste. La burguesía me dio convicciones convencionales, la lectura me dio convicciones adquiridas. Si ensanchas el yo no te miniaturiza la telebasura, la mediocridad inevitable, o la vida pobre y rutinaria. Despierta y lee.

Lectura de Luis Antonio de Villena

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La obra a reseñar es «Grandes galeones bajo la luz lunar», Visor. Debido a la informalidad e inmediatez de las redes sociales, que casi exigen una efímera escritura de ocasión y muy autoindulgente, mis impresiones serán de orden general, pero, aunque discurra con algo de perplejidad, permítaseme la vanidad insensata de afirmar que no deliro solo con valentía.

Villena es un clásico, un autor que exige demora, atención, minuciosidad. Su poesía oscila en este libro entre una dicción marcadamente culta, propia de aquel cuya fuente es la irrenunciable tradición literaria de lo mejor, y el coloquialismo sereno y siempre elegante. Nunca su idioma se extravía en la ribera de la ininteligibilidad, no cae en esa poesía como un álgebra hermética y gélida. Si el humanismo es hacer común lo selecto y sublime, su poesía es humanista. No hay aquí arbitrio, sino la necesidad (o la exigencia) de la belleza. Villena sabe razonar, sabe meditar, es un maestro en traducir significados cognitivos en significados emotivos ganando temperatura lírica en el traslado (seguramente debido a su íntima familiaridad con el simbolismo). La cultura es el atrezzo feliz de la vida, lo único acaso por lo que vale la pena vivir, aprendemos de modo implícito al leerlo. Resaltar también que sus sugestiones homoeróticas son enfáticamente memorables (un tema donde en una antología de su obra completa pueden aparecer siete u ocho obras maestras incontestables y definitivas o acaso más, y que aquí vemos -y cito al azar, de memoria- en «Marcelo /Medellín», «Sixto», «Nino» o «El viejo actor»). Es propio de un bárbaro intolerante, fanático y rústico, es propio de una acusada mediocridad no asumida, el desprecio al gay. Lo que es infame y abominable es justo ese mismo desprecio. Si la literatura, entre otras cosas, instruye, si ensancha el entendimiento y el corazón, si leemos para aproximar a nosotros, o poder aproximar a nosotros, elementos para adquirir la capacidad de dirimir y juzgar, de razonar y comprender, de sentir y emocionarnos, si la literatura tiene una dimensión empática, la obra de Villena es hondamente cívica, humanista y ejemplar (no me canso de repetirlo) Su moral libertina es una cuña contra cerrados dogmáticos de sacristía (y conste que yo, a pesar mío o, mejor, a pesar de la iglesia, soy tensamente católico) En estos galeones hay como un vitalismo crepuscular, un vislumbre de la odiada decrepitud, una enmienda a la civilización moderna («Edad Media Tecnológica») que parece que todo lo abaja, donde el pueblo se ha convertido en populacho («chusmerío») debido a la influencia de los mass media y las nuevas tecnologías y el ocaso o fracaso de la educación (ya observó sagaz Galbraith que las democracias contemporáneas viven bajo la amenaza constante de la influencia de los ignorantes), en estos galeones, en fin, se percibe un deseo de transustanciación o una quimera: otro Orden. Leer a Villena ennoblece, y en un mundo donde existe tanto ocio degradante y tanta bronca tabernaria, eso honra a sus lectores. Es muy interesante leer el último tomo de sus memorias y este poemario de modo paralelo, ya que claves biográficas quedan desveladas en la información de muchos poemas.

Mi padre decía que el queso es el complemento de una buena comida y el suplemento de una mala. Estos «Grandes galeones bajo la luz lunar» saben a queso exquisito. Quiero terminar con una advertencia, insistir en ella; la poesía no se comenta panópticamente, sino que se debe entrar al detalle, comentar los poemas uno a uno, vivirlos en la bendición de la soledad, contemplarlos con la emoción de la lentitud, sentirlos con la paciencia del silencio. Un gran poema debe mezclarse en tu mente, debes aspirar a poseerlo con tu memoria, te debe provocar el don del discernimiento, el asentimiento o la convicción cierta del asentimiento si te imaginas que tú eres el poeta. Invito a leerlos para saborearlos, no para tragarlos compulsivamente. La bochornosa poesía de las redes poco más es que un vagido tardoadolescente. La fruta verde inmadura no nutre. La poesía de Villena es fruta que maduró convirtiéndose en la sublime melosidad de una compota. Me importa un comino que esta reseña parezca una apología acrítica. Tanto me dan los enemigos de Villena (parece ser que abundan) Yo soy un escritor diletante y aficionado pero creo que un buen y competente lector. Y él es una apuesta segura. Contaré como colofón una anécdota; una vez le escribí un e-mail  con archivos de unos poemas nefastos míos, o mucho más que nefastos; me contestó como un auténtico caballero (y, para los oídos de maledicentes, soy muy feo y gordo) A otro poeta infinitamente peor le escribí el mismo e-mail ¡ y me contestó su agente literario recomendándome su obra! Creo que la anécdota sirve de categoría.

¿Qué es leer?

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Leer es encontrar, en aquello próximo a nosotros, o que podemos acercar a nosotros, elementos que nos sirven de forma plausible para sopesar y dirimir, para juzgar y reflexionar, para ejemplificar y argumentar, para sentir y emocionarnos, y que nos llena de la convicción cierta de que somos una naturaleza libre de tiranías, libre de servidumbres, nunca lacaya, autónoma y madura, racional y elegante, que sabe y aprecia y goza de su soledad.
«Un hombre sabe lo que está diciendo cuando sabe lo que no está diciendo» Chesterton. Leer no es entretenerse, o solo entretenerse, no es evadirse, o solo evadirse, como si la mente se deslizara vacua e indiferente en una tabula rasa. Leer es (lo creo con invariable e inmutable fe) todo lo contrario a ver la televisión.

Huye pequeña alma mía

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Nadie es particularmente moral o noble.
Toda asociación emotiva refiere al hipermercado.
El Reino de la Cantidad vela el acceso a verdades realmente profundas.
El gusto es una idea lábil que sigue la inclinación del bárbaro.
Los ricos nada se conmueven espiritualmente por el arte
y la energía del alma de los pobres es una emoción tosca.
Un torrente de palabras altisonantes y desprovistas de sentido
representa la tísica esfera mental de los políticos.
Nada de cuanto aflige al corazón humano
pueden ya curar leyes, libros, pueblos, costumbres o monarcas.
Nuestra «scintilla animae», menuda chispa del alma,
se conforma con la papilla desértica de quiroprácticos espirituales.
Acaso el drama de nuestro siglo entrante
sea que aún hay algún que otro excelente músico
pero no hay manera de organizar una mediana orquesta.
Sin memoria no existe gratitud, sin tradición no existe historia,
sin historia solo encontramos las ruinas de la libertad.
La música de los nuevos devotos de esta iglesia moderna
es tropicalmente fértil en escasez.
Y las pasiones más desencarnadas se viven
con un desenfreno que carece de resistencias.
Y todos se irritan por constreñimientos inauténticos.
Ninguna palabra impresa da inspiración, consejo o deleite,
en la Era Oscura de la Televisión o del Océano Gris de Internet.
Las personas se tornan más iguales
al no saber que pueden ser de otra manera.
Se troca en sentimentalismo deleznable
el antiguo sentimiento elevado y ponderado.
Casi no se amolda el gusto a la opinión, la moral al mérito,
la creación al espíritu, la costumbre al pensamiento.
Y el constante anhelo del hombre es remodelar su naturaleza olvidándose de la Justicia, el Bien y la Ley.
Huye pequeña alma mía, huye, al Egipto frondoso de tu soledad.
Aléjate huyendo y permanece en eremítico aislamiento
como un zar desvalido camino del exilio y amistado con las lunas.
La nula comida en común con los hombres
nos devuelve la tranquilidad del alma y el silencio provee de claridad.
Evita el natural rebañego. El tontuelo borreguismo metódico.
Cicerón ha dicho: «Nemo potest non beatissimus ese,
qui est totus aptus ex sese, quique in se uno ponit omnia»,
nadie puede menos de ser muy feliz
si es apto por sí mismo y pone en sí todas las cosas.
Sí, la felicidad es de los que se bastan a sí mismos,
«Omnia mea mecum porto», todo lo llevo conmigo.
Cuando exclusivamente hacemos honor a los demás,
cuando el lugar de tu felicidad es el cerebro de los otros,
debemos despreciarnos a nosotros mismos.
Solitario soy el fuego que irrumpe en el lecho del océano.
Las flores de las guerras más épicas lucen en exitosa soledad.
Mi misantropía no acusará a la Naturaleza ni a los Dioses.
Sobre una quieta tumba de nieve juro no oponer resistencia a mis impulsos.
El amable desarme de este mundo sin armonía es mi destino.
La soledad ideal del hombre es mi indefectible alta fortuna.

La ministra Irene Montero (y alegrándome por su recuperación)

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¿Irene?, esa mera adoración idiota del populismo más rancio, de la inmensa mediocridad no asumida, un abuso descacharrante del borreguismo, una entelequia gastada y acartonada de eslóganes y píldoras de eslóganes burdos, un abuso terco y latoso de la memez forrada de bobería, un canto de flautines toscos y tambores dogmáticos, una vociferante tertuliana de tele cutre. Sus ideas (?) son gominolas o chuches, ocurrencias sin sustancia, atrevidas y astronómicamente ignorantes. Desgraciadamente a mucha gente le gusta vivir engolosinada en la cutrez (ella, en lo material, no) y en la pobreza mental. Les gusta esa estética de desierto para no pensar y golpear a lo bobo, darle a la cucaña sin sentido. Tocar trompetas de juguete y plástico. Ser un eco o ventrílocuo de la gilipollez. Irene Montero, como que no sabe tocar el violín, toca la pandereta.
Uno se cansa de tantas bagatelas, fruslerías y nadería cerebral. Para nuestra desdicha esta señora es una apología de las más clamorosas limitaciones y, paradojalmente, todos sus méritos y éxitos no van más allá de la alcoba. Aviados estamos.