Muerte del aldeano

Ni hablar de morir en Hospital, en Ciudad,
entre híspidos médicos estúpidos e imberbes agilipolladas enfermeras
que te llaman “abuelo”.
Que me embalsamen al fraternal pino en solicitud generosa,
y sean las losas viejas de mi casa nuevas raíces o un nuevo origen, que el testimonio de la piedra de mi casa
sea testimonio de mi ultratierra. Un poco de morfina, no más.
Y el malva y la yedra y el musgo por los muros,
por la boca las piedras,
y mi voz ronca rugiendo, no sopranista o atiplada
por estúpida química ciencia hospitalaria.
Y la Gran Dulzura por lo que sobrepasa el significado:
el agua que bebe el lobo, las cabras que rompen la escarcha,
la cocina con su escoba y sus paños,
el sol que resquebraja los labios,
la luna que da el último ímpetu al jabalí herido.
Todo en vez de morir lugar de enfermedad infecciosa y viciosa en un desafecto Hospital.
Porque Elegancia no está reñida con Rectitud,
ni el enconado dolor con las Bienaventuranzas,
así como poco se aviene mi fe con blancos despachos, jeringas y catéters.
Siento la hermosa honra de entoldar mi boca y ojos en Casa,
siento el ilustre matinal de morir acurrucado en Casa y Aldea,
no a la turbamulta de la turbia higiene.
Con sudor y el sacho abrí canales en el campo.
La Ley, el Poder y la Autoridad son mi jaculatoria.
Porque aldeano soy
y únicamente aquí y ahora
quiero entregar al Altísimo mis pecados.

 

Mi democracia

Mientras no consigamos que los hombres sean ángeles, o príncipes de la virtud y donantes universales de sus riquezas, yo me conformo con que lo mejor que podemos hacer para agradarnos y querernos los unos a los otros es parecernos a los franceses y ingleses que frecuentaban el salón de Madame du Deffand. Ese día creeré en la democracia.

Bar y democracia

Hoy estuve toda la mañana en el bar. Ignorando el ingenio más refinado abundaban las bromas sexuales de un sermo decinctus entre hombres rudos, así como el análisis político más grosero. Dedicar el tiempo hábil al estudio, a un saber en mitad de un otiun studiosum o bien en pleno otium cum dignitate, eso deseo. Hubiera convenido a los parroquianos la definición del sermo erudito que leemos en Macrobio: concentus in dissonis, in unum conspiratio, y quitar de sus mientes palabras gruesas y romas sentencias.
Creeré en España o la democracia cuando ir al bar en este bajo siglo xxi fuera o fuese como acudir a un salón de Madame du Deffand o Madame de Sévigné en el siglo xviii. Ah esta Edad de Piedra Electrónica, esta Edad Media Tecnológica, estos Bares Orangutanescos…

Étimos

La sala de espera del vestíbulo provinciano,
el matrimonio, la atiplada luna,
la dentadura postiza dentro del vaso de agua,
los coches y el lunes y el hábito,
los Bancos, la cocaína, los confeti sobre el suelo
en el vagón del metro,
los aqueos, el cine, el jardín botánico,
la amistad y los ojos y la discoteca,
el amor y el espíritu y la biblioteca,
los bares de los polígonos industriales,
los párkings color índigo, color rata mojada,
la amenaza del alba, también la súbita gótica madrugada,
la sombra chata, polvorienta, ajada, triste de los bosques,
el metalizado psicópata y animal de la metrópolis,
los pasos de cebra húmeda, el adolescente y su
videojuego,
los palacetes con grifos de oro y sombras de fantasmas,
la poca luz que alcanza cualquier sabiduría,
Alejandría y un bebé solo en la cuna, Nogueira de Ramuín y una perrilla durmiendo muy quieta junto a mí,
el estreboscópico agujero del corazón,
las callejas, las aldeas, las verbenas, los museos,
la música rubia y lenta sobre los labios,
el jungle y las raves y las ermitas,
los poetas y los reyes,
la nieve que cuaja encima del campo verde,
la televisión gagá, la mercadotecnia mercachifle,
los tour operadores,
las escaleras mecánicas, los acristalados perfumes,
y kleenex y jeringuillas y coca-colas y tantas alcantarillas,
las verdes estrellas de la infancia de Jesús,
las rosas estrellas con mucho ser y poca nada,
los periodistas, las farmacias, las fosforescentes tiendas atiborradas…
a qué seguir…
todo retahíla de palabras o expresiones que proceden o derivan
de un único término omnipotente y universal,
omnisciente y no benevolente,
de esa negra palabra con bilis pegajosa
que en castellano llamamos, no sin temor ni nervioso temblor,
«soledad».

De la soledad como estado físico y sentimental

Todo lo extraje de los libros.
Mis nubes son de papel
y mis mares de tinta.
La isla de los jóvenes dulces
era poco más que una suma
de palabras. La hermosa mujer
un tropo o una obvia metáfora.
Pero mi soledad
durmiendo entre los bosques
abundante entre los ríos rojos
es real,
el rubor caliente de la soledad
como tropezar con grieta
de adoquín
o como anoréxica mirándose
en el espejo
es real,
las entrañas solitarias de mis ojos
como un sonido atonal
en el cerebro
son bien reales.
Soledad:
están tus dardos bien clavados en mí.
Soledad:
me estás abrasando
-desde siempre y desde nunca-
igual a una innoble victoria.

Sobre unas líneas de Montaigne

woman in black dress walking on beach
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No me he enfrentado a grandes empresas,

el estilo de mi mente patinando alrededor de sí misma

mientras avanza por las galerías de sus enigmas

creo muestra un ser apocado, estepario y sereno,

el aspecto épico de mi verdad, es decir, mi tosca sabiduría,

consistió en decir poco y suspender mucho el juicio.
No crucé el Bósforo, no viví en Tanganika, las rojas espuelas de mis verdades

no enloquecieron a los negros potrillos,

mi vida fue una serie de colisiones con el pasado, no así con el futuro,

no me transformé en ángel o tigre o poeta memorable,

en general los días que pasaron fueron migajas de un pan bueno,

mi última noche en la tierra será ingrávida como una pompa de jabón.

No me batí en duelo con el capitán Drake,

no atesoro peligrosos y oscuros secretos de Estado,

no fantaseé con la inmortalidad (esa puta de lujo),

no subí a la cima de los reinos imponderables,

no poseo escándalos, ni locuras, ni patologías sexuales ni creencias extravagantes.

Soy incapaz de ordenar a los vientos o a los lentos sueños azules

que encrespen con rigor a las hadas de agua,

soy incapaz de perseguir los misterios naturales (parecidos a alquimias veleidosas)

que asoman en las entrañas de la música o en la turbiedad de la droga,

y he amado con discreción, sin entusiasmo, con ritmo pausado,

y conquistado solo como patrimonio esta pequeñita alma mía.

Cuando me dejen a solas con la muerte alabaré el rímel pródigo de tus ojos.

La ley de las estrellas fue mi cosecha; seguiste ese camino.

Escogí (¿te arrepientes?) una radical -casi inhumana- soledad y una vida lectora defendida de infortunios.
¿Pero, aún con modestia, supiste meditar y dirigir entonces tu vida,

acercado lo mejor a ti para poder dirimir y juzgar,

compuesto la mente con ideas claras y distintas,

enfebrecer tu corazón con altos pensamientos mortales,

ahuyentado los demonios y ciegas servidumbres del lacayo,

dañado a las mezquindades y a los instintos y sopesado tu inteligencia?

En tal caso has hecho el trabajo mayor de todos.

En tal caso eres tan libre como hombre.

Cita de Biedma

«Asombra comprobar de qué pocas cosas está hecho por dentro un español: somos muñecos de resorte, y así resulta de aburrido nuestro trato y de extremosa y de simple nuestra literatura. Nuestra intimidad es esteparia. Eso es sobre todo desconcertante en las pocas personas que poseen una refinada organización sensitiva y no poca inteligencia. Las raras veces que me he introducido en el fuero interno de un compatriota, he pensado siempre en esos gabinetes provincianos, someramente amueblados con un gusto que no es atroz, porque ni siquiera es gusto, en cuyas rígidas sillas nadie jamás se ha sentado, en donde nadie jamás a dicho a nadie nada discreto, educado, culto o cordial. El gabinete, con su olor a cajón de armario vacío, espera por los siglos de los siglos a las visitas que no llegan. ¿Y a quién se le ocurriría llegar? Ese limbo es un despidehuéspedes» J.G. de B.

Valor

Si tuviera valor (en los dos sentidos del término) me encerraría en una cabaña en un bosque solitario con cien libros y -lo dijo el poeta- memoria ninguna. Leer, escribir, no sufrir, no pagar cuentas, pensar, pasear, sin ordenador, sin amigos, sin mujer, acaso un perro y la luna y el lobo como única compañía. Eremita en lo hondo del bosque orensano. Esa felicidad, si tuviera valor.

Longitudes

Promedio de palabras por frase en la novela europea: 41 entre 1740 y 1790, 29 entre 1800 y 1860, 25 entre 1860 y 1920, 15 entre 1920 y 1980. La prosa, sucesivamente, cada vez utiliza periodos sintácticos más breves. La prosa actual es telegráfica, nada paratáctica, como veloces razzias, como fulminantes stacattos. Con ello se pierde la hondura vertical a favor de la excursión panorámica del travelling. La prosa se adelgaza, el alma deviene liviana. Signos del tiempo.

Libros

!Tratados de la imaginación y la gracia!
!Alcázares de las ideas del alma!
Obedeceros es mi libertad
y vuestro gobierno mi soberanía
y vuestra fe mi confianza.
Sois una orden mendicante y un esplendor,
el bosque donde calmos sueñan los hombres,
la iluminada religión de los solitarios.
Tres objetos son uno:
la playa rubia, el amarillo enigma, las áureas letras.
Y fatigando literaturas
algún día asomarán a mis ojos
las palabras verdaderas
que no ha de resquebrajar el invierno.