La cultura y la educación son imponderables, temas capitales en cuanto a la mejor salud espiritual de una nación. A mejor equipamiento intelectual y cultural de demócrata per cápita mejor será la democracia como un todo. Y a la inversa también. Un país puede colapsar por exceso de mediocridades. Iglesias hizo una apología acrítica de la educación pública. Es típicamente ideológico el sesgo pública/privada. El eje sobre el que debe pivotar el debate es Calidad/ Sin Calidad. Y a partir de ese eje tenemos cuatro posibilidades lógicas:
(1) Pública de calidad y Privada de Calidad
(2) Pública de calidad y Privada sin calidad
(3) Pública sin calidad y Privada con calidad
(4) Pública sin calidad y Privada sin calidad
La política educativa de un país debe insistir encarecidamente en lograr (1) y evitar (4). Y debe haber un pacto estatal entre todos los partidos para alcanzar ese óptimo lógico. Lo otro es ideología, y, por cierto, de la peor calidad.
Autor: christiansanz71
Palabras para Clara
No seas solitaria, no seas perezosa,
es necesario que acabes la tarea aunque no estás obligada a terminarla,
no pidas excusas ante el amor sin medida,
sé fiel a Sefarad,
escribe cartas que siempre lleguen a destino,
oye los arpegios de las arboledas,
degusta la luz en la panza de una nube como espuma de café,
pon diademas a la albada
y cangrejos peludos a los de la casta moral hipócrita,
no seas fanática ni somnolienta,
quiere a tus papás y reza a las inmensas hadas del agua,
corteja la alta música de las estrellas,
y que muchas cremas y besos doren tu piel.
Pequeña sobrinita mía con deditos como guisantes,
con piel como de pimiento,
de finos tobillos como trenza o pulpa de mujer,
tu alma está uncida a un destino.
Amuralla tu alma poderosa frente a los ejércitos enemigos,
trenza de rosas la mansión de tu alma,
cuida tu pequeña, brillante, temblorosa alma,
y que tu alma llena de valor cuide tu camino.
Benet y G. Montero
Leí Como una novela de Danniel Pennac. Con un estilo desenfadado y coloquial, íntimo como si te susurrara al oído, pretende esclarecer la paradoja de que todos hemos sido unos niños amantes de los cuentos que nos contaban nuestros papás, en una rara alquimia íntima de lectores-oidores deslumbrados, y, muchos ya en la adolescencia, son lectores extraordinariamente refractarios, donde el libro que se les obliga a leer en el instituto es una papilla sólida intragable, un pedrusco inerte ajeno a sus intereses y ambiciones, un adoquín pétreo que separa del amor, el placer, la aventura y la intensidad. Un libro convertido en mero trámite para rellenar unas esteriotipadas fichas de lectura, para la argucia de formalizar unos asépticos comentarios de texto cuya única función es el aprobado más o menos raspado. La literatura en la escuela nunca o casi nunca es ese placer fácil o difícil que te cambia la vida merced a la identificación metafórica con los protagonistas del libro. Suele ser asunto funcionaril, o cubrir un expediente rutinario, o la apoteosis del Gran Bostezo. Se lee para ensanchar y engrandar la soledad del yo enfrentándote contra los límites. Se lee para palpar la grandiosidad, la sublimidad del amor, el conocimiento de lo inefable. Se lee para poblar la soledad con los pensamientos mortales de seres inmortales. Leemos y escribimos como se tuerce la rama en busca de sol; es una cuestión de propia respiración. La mejor vida es la vida solitaria, y la mejor soledad es la del lector y escritor. Al final del camino nos espera la muerte, la enfermedad, la muerte de amigos y personas queridas, la corrupción de la carne, el enlentecimiento de la marcha y los gestos, la pérdida de agudeza y chispa mental. Todo decae. Pero en tu habitación solo y con el libro amurallas, te amurallas frente a esas desidias, abulias, apatías, corrupciones. Te esculpes para medir y sopesar tu mortalidad y tu acabamiento. Usas el escalpelo y el bisturí y las tijeras para desbrozar de ti mismo hierbajos, malas yerbas. La lectura es el antagonista del insustancial bla bla social, de los neuróticos correos electrónicos a decenas por hora en la oficina, de los pensamientos horteras televisivos y la mierda abstracta de la información que fluye como un tsunami caótico y vesánico. Leer es pausa contra la incuria a velocidad patológica del mundo. Leer es el silencio que se medita a sí misma. Leer es la suma bendición de la soledad aquilatada por una mente inteligente. Leer es un destino; probablemente, con el amor, el destino humano más feliz y soberbio. Y, decir por último, que yo escribo porque mucho leí, es una forma victoria de mi amor por la lectura.
Lectura de Pennac
Leí Como una novela de Danniel Pennac. Con un estilo desenfadado y coloquial, íntimo como si te susurrara al oído, pretende esclarecer la paradoja de que todos hemos sido unos niños amantes de los cuentos que nos contaban nuestros papás, en una rara alquimia íntima de lectores-oidores deslumbrados, y, muchos ya en la adolescencia, son lectores extraordinariamente refractarios, donde el libro que se les obliga a leer en el instituto es una papilla sólida intragable, un pedrusco inerte ajeno a sus intereses y ambiciones, un adoquín pétreo que separa del amor, el placer, la aventura y la intensidad. Un libro convertido en mero trámite para rellenar unas esteriotipadas fichas de lectura, para la argucia de formalizar unos asépticos comentarios de texto cuya única función es el aprobado más o menos raspado. La literatura en la escuela nunca o casi nunca es ese placer fácil o difícil que te cambia la vida merced a la identificación metafórica con los protagonistas del libro. Suele ser asunto funcionaril, o cubrir un expediente rutinario, o la apoteosis del Gran Bostezo. Se lee para ensanchar y engrandar la soledad del yo enfrentándote contra los límites. Se lee para palpar la grandiosidad, la sublimidad del amor, el conocimiento de lo inefable. Se lee para poblar la soledad con los pensamientos mortales de seres inmortales. Leemos y escribimos como se tuerce la rama en busca de sol; es una cuestión de propia respiración. La mejor vida es la vida solitaria, y la mejor soledad es la del lector y escritor. Al final del camino nos espera la muerte, la enfermedad, la muerte de amigos y personas queridas, la corrupción de la carne, el enlentecimiento de la marcha y los gestos, la pérdida de agudeza y chispa mental. Todo decae. Pero en tu habitación solo y con el libro amurallas, te amurallas frente a esas desidias, abulias, apatías, corrupciones. Te esculpes para medir y sopesar tu mortalidad y tu acabamiento. Usas el escalpelo y el bisturí y las tijeras para desbrozar de ti mismo hierbajos, malas yerbas. La lectura es el antagonista del insustancial bla bla social, de los neuróticos correos electrónicos a decenas por hora en la oficina, de los pensamientos horteras televisivos y la mierda abstracta de la información que fluye como un tsunami caótico y vesánico. Leer es pausa contra la incuria a velocidad patológica del mundo. Leer es el silencio que se medita a sí misma. Leer es la suma bendición de la soledad aquilatada por una mente inteligente. Leer es un destino; probablemente, con el amor, el destino humano más feliz y soberbio. Y, decir por último, que yo escribo porque mucho leí, es una forma victoria de mi amor por la lectura.
Lectura de Nilton Santiago
He leído por encima a Nilton Santiago. Todo es aglomeración y amalgama, se funden las diferentes vetas de la experiencia y las distintas direcciones del pensamiento. Todo es una pelota lírica. Hay un descrédito de lo previsible. Una intención de descarrilar, y mezclar como una bola tutti frutti. Esto hace a esta poesía paradigmáticamente postmoderna. También observo cierto tono adolescentizado y un ramalazo romanticoide. El pulso es a la vez de desmesura e inmadurez. Leo en paralelo a Josep M. Fabra. Aquí no hay desorden en la exposición de la experiencia ni mezcla caótica de temas. Todo es linde y deslinde. Al campo un léxico de campo, a la religión una determinada y empaquetada por la tradición teodicea, al amor su requisitoria establecida de símbolos. Tiene este poeta una elegancia novecentista, una dicción de poeta burgués de provincias. Hay fe, patria y amor, como en un anticuado y delicioso juego floral. El poeta es un prodigio de concentración, como el joven poeta hispanoamericano lo era de desparrame. En uno hay matemática, en el otro disposición o personalidad esquizoide. En uno hay gravedad y signos fuertes, en el otro antimateria y levedad del ser. En uno se contempla la noche estrellada, en el otro el envase que cubre la pasta dentífrica. Lo nuevo disparatado frente a lo clásico pasado de moda. Ambos igual de caducos, ambos con su destino arbitrario y superficial de ser utillajes del tiempo, emblemas del tiempo, cosas dentro del tiempo, sin trascenderlo.
Lectura de Benítez Reyes
Lectura de Escaparate de venenos, de Felipe Benítez Reyes, Tusquets. Obra magnífica, propia de un verdadero poeta en sazón. Casi una novela de terror en su meditación sobre el tiempo. Que es un hosco sueño, que a la par nos hace y deshace, un páramo o silueta de niebla. El tiempo es el estupor de una carga de vida y muerte. El Tiempo es el fondo viscoso de la Nada en la confusión del rostro. Cito «Como aquel que, en medio del silencio / de la desnuda madrugada, oye a su hija / adolescente vomitar, maquillada y bebida, / al volver de una fiesta, / ahora oyes caer sobre tu infancia / toda la corrupción del tiempo, / gota a gota.» Benítez Reyes habla de los imperios de ceniza, angustia y espejismo de la vida que pasa, las nuevas y añadidas incertidumbres, las turbias sustancias de miedo del pasado, aquello que siempre es ayer y mañana, los borrones oscuros de tantas sombras que nos acechan, «El brote incierto del jazmín / que era el futuro./ Y estalló esa blancura. Y fue una niebla.». El poemario tiene múltiples, recurrentes hallazgos expresivos empaquetados en una lírica costumbrista, son poemas hondos y elegantes y que se entienden, con una esencia figurativa o realista en el correlato metafórico. También destaca el poeta en la minuciosa descripción de los detalles sensitivos, lo que provoca una red clara de asociaciones mentales. Los temas son varios y entrelazados: lo caduco de la experiencia, lo efímero de lo importante, lo desolado de la soledad inevitable, lo ruin de lo eterno, lo febril de la consumación, los dones errabundos de la existencia, los hipnóticos astros cegados que caminan por las esferas… Enfín, un libro y un poeta sumamente recomendable, porque es un poeta sin imposturas, un pensamiento sin doblez, una visión sin añagazas.
«Os deseo otro siglo, otros autores, otro público» Voltaire.
Yo también.
Negocios y literatura
El término «allrightnik», utilizado en inglés para indicar a quien prospera en los negocios, es en realidad un préstamo morfológico del yiddish. En literatura muchos o pocos se llevan el lauro del comercio y las ventas. Son más que escritores ejecutivos. Más escribidores que escritores. Más oficinistas que artistas. Un escritor debe saber componer la frase y el párrafo, poseer instinto de forma, deliberar una estructura, y una evidencia retórica hacia la belleza o la grandeza o el mito. La prosa de La Catedral del mar, del aficionado Ildefonso Falcones, parece garbanzos renegridos, un torpe mecanografiado de sucesivos tópicos expresivos y avulgaradas aventuras embutida en una monótona sintaxis. El valor en royalties de su libro es inversamente proporcional al valor estético, o intelectual, o sapiencial. Literatura para cajeras de Carrefour. Literatura de taller grueso y a granel. Épica de espárrago seco. Obrador literario sin sorpresas o altura. Parece que los lectores de ahora prefieren un cucurucho de grasientas patatas fritas en un puesto callejero a un menú en Bucase. Parece que buscan piedras o balas duras dentro del budín. El triunfo de la literatura mundial es un triunfo que juega muy a la baja, y cada vez más a la baja.
Profético
Leo en la página 474 de la obra de Bernanos, Le Chemin de la Croix des Ames: «El enorme mecanicismo de la sociedad moderna se impone a nuestra imaginación, a nuestros nervios, como si su inexorable despliegue nos obligase a entregarle lo que no le daríamos de buen gusto. El peligro no radica en la multiplicación de las máquinas, sino en el número, cada vez más elevado, de personas acostumbradas a no desear, ya desde la infancia, otra cosa que aquello que las máquinas les ofrecen. El peligro -posible- no es que acabéis adorando las máquinas, sino que sigáis ciegamente la colectividad -dictador, empresa, estado o partido- que las posea. No, el peligro no estriba de suyo en las máquinas, ya que solo hay un peligro para el hombre, y es el hombre mismo. El peligro radica en el tipo de hombre que esta civilización trata de formar» Bernanos, a mi ver, fue profético al intuir el modelo o tipo de hombre propio de la civilización tecnológica. Una especie de plutócrata glacial y ruidoso corrompido por el poder absoluto. Y dibuja un futuro incierto en que el hombre no pinta nada ni es nadie. A más técnica menos silencio, y a menos silencio menos densidad de alma y más aburrimiento y tedio. Los tímpanos del hombre actual vibran las veinticuatro horas del día; con la notificación de un correo o un wasap, con la televisión, con la música o la voz de los locutores de la radio en el coche, con la voz de los compañeros de trabajo y los clientes de la empresa, y encima una caterva atmosférica de decibelios o ruidos indefinidos: la lavadora -nuestra o la del vecino-, motos encrespadas -también en mitad del campo-, peleas de borrachos, amantes copulando, sirenas de policía o de ambulancia, máquinas tragaperras, música de ascensor, música ambiental en restaurantes o comercios, etcétera. A mí, cuya hipersensibilidad al ruido está incluso diagnosticada, todo el cerumen ruidoso de la ciudad y la tecnología me enloquecía. Fuxí (huí) a una aldea gallega de diez habitantes. A la paz como el claustro de un monasterio del siglo XIV. Con música de las esferas, de la luna, de la lluvia, de la naturaleza, y aletear de mariposas en lugar de retumbar de tubos de escape. La ciudad hierve, bulle caótica como una infartada olla a presión a punto de reventar, es una osamenta que cruje con chirridos enfermos y agudísimos, sus habitantes son desquiciados cerebros a un tris del manicomio, como supo Bernanos. La aldea es una colcha de musgo y morados, de claros y dorados, de bosques y vaguadas, de capiteles lunares y sol medieval. Aquí me gustaría morir.
Sin espacio
En un mundo cultural y social centrado totalmente en el mercado, con un déficit educativo de dimensiones mundiales, donde la información se reviste de entretenimiento, donde la única causa aceptada universalmente es el beneficio económico, en un mundo donde la explicación científica y técnica desplaza al mito y la poesía, donde la comprensión de la sociedad pertenece a las ciencias sociales y la crítica política es un eco de los media, en este mundo, dadas las condiciones de este mundo ¿es posible una literatura que ya no pacte de un modo definitivo con el entretenimiento y la banalidad? Para unos pocos miles de lectores la respuesta acaso sea sí, pero para la sociedad tomada en su conjunto temo que la respuesta es la contraria.
