Me encanta esta observación de Wilde sobre George Meredith: «Como escritor es un maestro consumado en todo menos en el lenguaje: como novelista puede hacer cualquier cosa menos contar una historia: como artista puede ser todo menos articulado». Leyendo mucha novela de mis coetáneos, diría que su principal carencia es copiar un modelo de prosa periodístico, nada dinámico, legible, podado, mineral, homogéneo, monótono, común. Es una prosa que sirve eficazmente para vender, pero da una impresión de rudimentos u obrador muy elementales. Sin cabrilleo ni estremecimiento, de tono apagado, mate. Sin ese efecto poético singular de la precisión irónica. Sin el cosquilleo del pensamiento encima o la emoción debajo. Abunda así la prosa unicelular. Semillas que nutren plantas raquíticas y monocolores, anabolizantes artificiales que provocan una musculación fofa. Este modelo de prosa pobre es el equivalente o el paralelo a la globalización económica y cultural. Parecería que debemos escribir todos como quien devora palomitas.
Autor: christiansanz71
Poema biográfico
Te acodabas a tender la ropa.
Al inclinarte asomaban tus pechos avergonzados.
Un narcótico poderoso se apoderó de mis ojos.
Las cadenas de tus manos y piel me liberaban.
Jugaba un sorbo de luz el poniente del otro lado del edificio donde estaba yo muy avergonzado espiándote.
Serás mi sol y mi aurora
mi cortesana de pliegue con perfume a hembra
joven casada proletaria
babilónico caballo de mar
hasta el último aliento de vida que me quede.
Walden
La televisión, baja estirpe abyecta,
la internet, exaltado firmamento infeliz,
la sociedad de consumo, la novela de consumo, el cine de consumo, el objeto de consumo, el erotismo de consumo, la política de consumo,
la realidad como espectáculo en el noticiero de las tres,
el coche, los electrodomésticos, la cadena de alta fidelidad, la Tablet y el portátil,
el móvil última generación, las alfombras y el tresillo, la decoración navideña, las vacaciones en un transatlántico,
el burócrata,
el director comercial, la secretaria particular,
el médico, el asesor, el gestor, el psicólogo, el periodista,
el escaparate del hogar, el safari ebrio de los productos de limpieza,
la gula, la moral epicúrea, el ágape de hamburguesas,
la inflación de los cuerpos y la deflación de los cerebros,
el mail, el twitt, la foto tonta en Instagram,
el sexo conejero, el sexo cinegético, la fuga a la autoayuda,
el sobresalto al robo casero,
la morbosa web porno cada tres horas,
la depresiva con las braguitas sucias y el pespunte deshilachado,
el delirio de lo nuevo, el muro suicida hacia lo viejo,
deportistas y turistas, futbolistas y millones, y una evanescente, frívola y liviana alma dentro,
ver y pensar el mundo a 200 km hora
la angustia del rumor electrónico que se cura con ansiolíticos
la exhibición impúdica del yo
la torre de marfil con sistema Dolby
la sugestión de la mercancía en lugar de su calidad
el imperio audiovisual, el imperio de la publicidad, el imperio púber, el Gran Imperio de la Caca
y todo, desde el cuerpo a la materia, de la materia al espíritu, de escasa durabilidad.
Treparé por las cimas del sueño de la luna,
cortejaré peces de estanque,
me recluiré en una choza en mitad del bosque,
pensaré pensamientos con mi mente solitaria,
sembraré patatas y dulces pimientos,
leeré a la luz de una vela los Moralia de Plutarco,
sentiré la algarabía del alba y la noche inmemorial,
cualquier cosa, cualquier cosa,
menos el bobo hundirme en esta decadente civilización
de plástico, nada y locura.
Escritor, pero no édito
No soy un escritor édito. Incluso, más, el remoquete de «escritor» es un título que te deben dar tus iguales escritores, como una especie de derecho de admisión. Si no, eres un eterno escribidor, diletante, o aficionado, un simple juntaletras. Pero hoy, revolviendo cajones, advierto que he escrito más de doce libros, de poesía, de crítica, de ensayo, de relatos, una novela, varios diarios. Pero nunca inquirí o deseé publicar. Además de un impulso irracional y obsesivo de perfección, notas de mi personalidad semiesquizoide juegan en contra. Pero me siento escritor de todas todas. Aunque escriba exclusivamente para mí y mis ocios.
La casa en orden (invierno)
La casa en orden y la sombra del sauzgatillo digetea estremecida sobre el agua.
El mundo en calma, y ancha la avenida de la noche con un punto de tristeza voluptuosa, diversa, innumerable, espesa y adormecida, porque la noche es justo la hora de los amantes.
La casa en orden y el mundo en calma. En el cielo se abre un claro y el día se levanta. Los cacharros limpios y lavados en el fregadero. Gasóleo suficiente hasta febrero. La vajilla tiene luz de agua de invierno como de lejía ácida y oxigenada. El plumón de las aves quieto. La cama recién hecha. El colchón recién comprado recto y apaciblemente duro. Un rastro de resplandor vago el del cuervo negro orensano, como si su cabeza tuviera una curiosidad recalcitrante. Dentro de poco llegará un lejano chubasco que cubrirá de violeta al hórreo, casi se diría un párpado caer ligeramente opaco. Se desliza el crujido de una osamenta con una suavidad esponjada en este frío gallego. La Belleza surge en tanto lo que es también existe. Y ocurre que la casa está en orden, el mundo en calma, y sobre el velo de sarcasmo y fatiga de la vida, sobre el bombín que deja amplios resquicios de alopecia e ictus, sobre la cabeza oscura de una babosa enorme y negra y adormilada, alguien o algo hizo bien su labor. Sapos y ranas no cesan de cantar, de dos en dos cruzan la noche húmeda las salamandras: la casa en orden y el mundo en calma. Leeré bien abrigado hasta muy tarde. ¿Solo era eso? ¿Y todavía algo más basta?
Yhavé
Tres pajarillos agónicos caídos del nido.
Una puta que solitaria toma café en el bar.
Una anoréxica en el hospital, que, al ir a defecar en el baño, y debido a la muy débil musculación de su ano, expulsa los intestinos.
Un adolescente que acosan en la escuela brutalmente por bujarrón.
Una madre que llora con lágrimas terribles porque hoy no puede dar nada de comer a sus hijos.
El suicida que mira ansioso las gillettes en la cómoda, a punto.
Oh Dios, neurasténico príncipe trastornado, agudo estiércol que refleja una moribunda luna, espectáculo de terrible tempestad,
me causas hartura oh tú ínsula lejana y extraña.
Me estiro en la cama horas y horas en silencio compacto para oírte
y solo oigo negras rúbricas de espuma manchada de petróleo,
solo oigo húmedos hocicos de basalto,
espinazos de vidrio corruptos,
acrobacias de monos junto al mar,
ginebras sucias y grifos oxidados,
solo oigo un agobio seco de llovizna y fango,
y pechos necrosados y semen rojo de ira.
El Dios hebreo pertenece al estercolero.
Voy a ir al baño a defecarlo.
Si por lo menos hubiera dicha en el más acá…
La tradición
La tradición clásica arguye que las piedras de toque de la civilización, la conformidad de la mente y el sentimiento con los más altos y exquisitos valores morales e intelectuales, eran pasajes de Platón, Cicerón, Shakespeare, Cervantes, Fray Luis, Garcilaso, Montaigne, Racine, Milton, etc.. Ese era un refugio y un diapasón interior que modelaba nuestras visiones, que educaba nuestras maneras. Aunque suene extemporáneo eran los educadores de la humanidad. Ahí dilucidamos nuestros misterios , ahí se volvían afines -como una hermandad- las necesidades del sentimiento. Pero entre esos autores clásicos y nosotros hoy mismo cambió el mundo. Ahora se despliega planetariamente una iconosfera -era de la imagen-, se despliega universalmente una sonosfera -esfera sonora que nos envuelve recurrentemente-, se despliega internacionalmente una websfera -una era del lenguaje científico del número y el bit, una cortina electrónica que organiza nuestra conducta e información- Estas esferas o dimensiones penetran insensiblemente nuestra conciencia y formación. Hay un clima interior del alma educado en las universales superficies acústicas, visuales y computables. Hay un martilleo compulsivo de esas esferas que provoca un cambio en el estilo cognitivo, que propende al fragmento, la falta de profundidad, el mariposeo discontinuo en la concentración, creando en los hombres del siglo xxi dentro de sí como matrices opacas -patterns- a la recepción de la voz clásica y milenaria. Una baraúnda de vibraciones estridentes es el sentimiento de la vida del hombre contemporáneo. Se anatemiza y pulveriza el lenguaje delicado, se infama la lentitud y el silencio, la retórica está en un absoluto descrédito, se retira la palabra subordinada al sonido -sonosfera-, a la imagen -iconosfera- y a la velocidad de la luz -websfera-. Si alguna ley estética rige el arte y el habla es la de la degradación de la sublimidad. Todo debe ser chato, romo y evidente. Nadie parece querer recoger la herencia y la dinámica de la alta cultura. Desaparece la sensibilidad ante el mundo natural (nubes cárdenas, árboles grisáceos, lunas altas y anhelantes) por una especie de sensibilidad mecánica, por una suerte de sensibilidad metalizada. Sin Religión, sin Naturaleza, sin Memoria, sin Absolutos, y a ello sumado el mundial orbe icónico, sónico, y tecnológico, el hombre se desfragmenta, se convierte en un grano minúsculo dentro de un cuadro puntillista. La cultura -sus grandes nombres- están en trance de desaparecer, sino han desaparecido ya.
Lectura de Sarrión
Lectura de Farol de Saturno, de Antonio Martínez Sarrión. Libro dividido en dos partes, una primera de preceptos estéticos y éticos, de visión general de los asuntos del mundo, no ayunos del peculiar tono hosco y abrupto propio del poeta, y una segunda elegíaca hacia los objetos modestos del recuerdo, rilkeanamente humildes. Martínez Sarrión en su primera época usaba una suerte de descoyuntamiento textual, una especie de asociaciones psiquedélicas. Prescindía de los nexos oracionales y de las correlaciones lógicas, por lo que su poesía difícilmente emocionaba. Eran como meditaciones autistas. Si no recuerdo mal desde El centro inaccesible hay una inflexión en su poesía para proveerla de mayor comunicatividad y transitoriedad para con los lectores. En este Farol de Saturno la expresión es clara y legible, el discurso muy racional. Con una sarcástica retórica de tono elevado y culto, el libro emociona y traspasa. Acaba un poema así : «En lo tocante a gentes de su edad/según el enunciado/mucho depende la desilusión/de que sean blindados marsupiales/neoconsevadores e irrecuperables/o gentes del común, que aceptan ir en «metro»/y a nadie, con afán denigratorio/motejarían de tercermundista» Yo, en lo tocante a gentes de mi edad, deploro su estética de domingo, su pinta de olifantes ridículos ,que se afanen y engolfen con gordezuelas secretarias, el deplorable río de televisión de su cerebro que Dios hizo a máquina y no a mano, y que carezcan del mínimo afán de distinción, no pegándose un tiro ante el espejo del mundo (que me perdone el poeta la paráfrasis) La mala leche -creo que un rasgo de carácter suyo- del escritor fulge también en esta observación: «Es tan proliferante esta metástasis/de mentecatos y de dominguillos/que, más allá de sus propias boñigas,/solo hablan del mirífico mercado/de que tienen el «móvil» descargado/o de las series norteamericanas./Por eso ya no salgo de casa/sin plantarme/mi escafandra de buzo». Sí, te entendemos. Libro mayor de un poeta ya sin ínfulas vanguardistas.
Arte de supermercado y arte interlocutivo
El arte del supermercado parece hoy universalizarse. Es accesible, así logra ocupar más tarta del público, su idioma es un instrumento de género periodístico, neutro y sin articulación, la quilla estética no ahonda más allá de dos centímetros, su paradigma es el cine y las series de televisión, no cambia al lector, no resuena en otros escritores, no es culturalmente profético. Es un arte de envase aséptico y trivial. Un precipitado de la publicidad y el márketing. Se acabó la era de los genios solitarios, de aquellos que con su obra subían increíbles ocho miles. Pero hay una salida plausible a este desafecto sistema cultural; una literatura que se encuentra entre el supermercado y la solitaria cumbre de las montañas. Una literatura que dialogue con su sociedad, que concierna a los lectores (pero no como simple entretenimiento), que agudice nuestra percepción, nuestros presupuestos y prejuicios, y nos familiarice con ciertos problemas contemporáneos que flotan implícita o explícitamente en el ambiente. Mucha literatura inglesa y norteamericana sigue esta vía, mucha literatura española e hispanoamericana también. Vano citar nombres. Se acabó el genio épico. Bienvenido al registrador de nuestros usos y costumbres, manías y sueños, obsesiones y deseos, motivaciones y aventuras. Porque el arte siempre fue el mejor espejo para saber quienes somos aquí y ahora, aunque la imagen que devuelve no sea justamente halagadora.
Luna llena
Plenilunio. Relampagueante y barroco casco de húsar. Navío fantasma que gime. Seda salvaje en los labios de Melibea. Muchacha con los pechos como un gélido vaso de gin. Esta luna de ahora y de hoy no es la luna de la calle, de las noches habituales, no es la luna de los periódicos. Es lo que asocio con la explosión del periodo de lago historiado y gárgola retorcida en la prosa de Proust, con la inmersión en el lodo interjectivo de Céline, con la flor de mierda preciosa y vibrante en un sintagma de Genet, con el cincel ácido y barbitúrico con que talla Faulkner, con las cabriolas de arlequín junto a un mar de papel de Joyce, con la música de ritmo verbal inglés de Borges, con la música de seco polvareda de Rulfo, con la música de parataxis ebria y esquizotímica de Benet, es el océano de sílabas levantadas por trompetas de Jericó que logra Nabokov, y esta luna singular me trae a la mente la severidad de Musil y Broch, casi como intuir la fórmula de la bomba de neutrones. Pienso: «Per què la nosa del nostre llastimós i carrisquejant idioma?» Nuestra lengua es un calco de la de los media. Sueño, al igual que esta luna que espío, una lengua crepuscular y no periodística, antirromántica, anticolorista, antipopular, con horror ante las emotividades fáciles y automáticas, manufacturada en obrador de orfebre subversivo, de semitonos más que de tonos, precisa, que elogie la poesía y degrade al poder, de dureza memorable de diamante, de maleabilidad y expresividad como fuga de Bach, nunca podada ni enana, sino ebria de jardín botánico y orgasmo. Un idioma de pelo rubio y largas piernas, con sol blanco de enero y fuego de chimenea, una flor sin raíz pero de robusto aroma. Quiero escribir todo lo diferente posible a una crónica de El País o El Mundo.
