Eliot 11

Gracias al seguro azar, al legendario azar objetivo, al racionalismo mágico (buena expresión para definir a la literatura) de la sincronicidad, hallé una perla, entre muchas, a propósito de su artículo.

La «Piazza universale di tutte le professioni del mondo» (1585), de Tomaso Garzoni, demuestra que la impostura no ha cambiado un ápice en cuatro siglos. Las mismas artimañas de seducción que empleaban los farsantes renacentistas para embaucar a la nobleza italiana son las que hoy utiliza una falsa psicóloga con la alta burguesía barcelonesa: la «vèrbola» (la charlatanería elocuente), la explotación de la vulnerabilidad y la puesta en escena.

Garzoni dedica los capítulos más «llaminers» a charlatanes, falsos médicos, astrólogos y engatusadores de feria. Para él, estas profesiones no se sostienen sobre la razón, sino sobre el ansia de los hombres por soluciones mágicas a los dolores del alma y del cuerpo. Nihil novum sub sole.

En el Discurso CIV («De los charlatanes y embusteros»), Garzoni describe la «vèrbola» del falso sanador exactamente con la misma indignación que usted:

«Entran estos en la plaza con sus carteles y títulos fingidos, precedidos por trompetas y tambores para congregar a la turba. Subidos a sus bancos, comienzan a esparcir por el aire una vana e infinita palabrería (una vana e infinita ciarla), pronunciando nombres solemnes de filósofos que jamás leyeron y términos médicos inventados para asombrar a los idiotas. Son hombres de una audacia indomable y de una elocuencia puramente teatral. Su profesión no es la ciencia, sino la persuasión fraudulenta y el engaño de las gentes desvalidas, a las cuales prometen salud, remedios divinos y el alivio de todas las melancolías del ánimo. Mas todo su arte se reduce a esto: vaciar las bolsas de los necios infundiéndoles falsas esperanzas, vendiendo por gran precio un agua clara o un ungüento de manteca como si fuesen el elixir más precioso del mundo».

P.S.: Es muy interesante leer la «Pseudodoxia Epidemica», de Browne, en paralelo a Garzoni. Un saludo cariñoso, profesor.

Eliot 10

De adolescente, al escribir, cada corrección era un gesto físico: una presión de la mano que añade, borra, desplaza o cambia. Mis fichas holandesas de cartulina blanca se llenaban de tachones, flechitas, ralladuras y borrones. Me gustaba la huella del pulso en ellas. Escribir también es un oficio, como el de ceramista o herrero. La mente del ajedrecista Luzhin se parece al aspecto de aquellas fichas.

En el vasto catálogo de las pasiones y de las actividades humanas que Zwinger analiza en el monumental Theatrum vitae humanae (publicado originalmente en 1565), el ajedrez (ludus latrunculorum o scacchorum) ocupa un lugar privilegiado. No lo ve como un simple pasatiempo, sino como un espejo de la guerra, de la estructura social y, sobre todo, como un laboratorio psicológico para medir la virtud y la templanza de un hombre frente a la adversidad.

A continuación, adapto del latín renacentista de Theodor Zwinger un pasaje jugoso sobre el juego, poniendo especial énfasis en el arte (nunca suficientemente ponderado) de encajar la derrota:

«El ajedrez es el teatro de la mente donde no cabe el auxilio de la fortuna; aquí los dados no excusan la necedad del que pierde. Por ello, la derrota en este juego muerde con mayor saña el corazón de los hombres soberbios. Hemos visto a varones prudentes en la plaza pública perder toda compostura ante el tablero, maldiciendo sus propias manos y acusando de ceguera a sus ojos. El hombre templado, en cambio, demuestra su virtud no cuando sus piezas asedian al rey adverso, sino cuando, viéndose acorralado y despojado de sus torres, entrega las armas con el semblante sereno. Quien no sabe perder en el ajedrez, difícilmente soportará con dignidad los reveses con que la Fortuna azota la vida pública».

Un saludo, Karina.

Eliot 9

La traducción de El cortesano de Castiglione, realizada por Juan Boscán e instigada por Garcilaso de la Vega, modeló la prosa y el ideal de caballero en la España del Siglo de Oro. Ah, la sprezzatura: el nunca dar la impresión de esforzarse vanamente por agradar. Clímax de la cortesía y de la convención social.

Los expertos han leído con atención el Galateo overo de’ costumi (Galateo o Tratado de las costumbres), de Giovanni Della Casa (1558). Mi madre, que coleccionaba libros de protocolo, tenía una edición facsímil. En ella, Della Casa recomienda no sonarse con la mano ni con el gorro, sino con un pañuelo, pero añade que tampoco debe hacerse de manera ostentosa: «No es decoroso sonarse ruidosamente ni quedarse contemplando lo que uno ha expulsado de la nariz como si fueran perlas». Acaso la censura más curiosa sea la que advierte que no debemos oler las flores que luego vayamos a ofrecer a otra persona.

Por su parte, Polidoro Virgilio (citado en El Quijote y auténtico bestseller en su época) publicó la monumental De rerum inventoribus libri octo. Su propósito fue titánico: rastrear el origen filológico e histórico de todas las actividades humanas, las leyes, las artes y las ciencias, y, de manera muy especial, las costumbres religiosas y civiles, confrontando las fuentes griegas y romanas con las Sagradas Escrituras. De aquella obra extraigo esta cita, cuya traducción pertenece a Francisco de Támara:

«Los banquetes y convites tuvieron principio entre los antiguos para dar gracias a los dioses y para confirmar la paz y amistad entre los hombres. Al principio eran muy templados y frugales; los lacedemonios comían juntos en público con gran templanza, y los primeros romanos vivían de gachas y yerbas. Mas los persas y los asiáticos derramaron después la ponzoña del regalo y la glotonería por el mundo. Inventáronse los cocineros refinados, los sumilleres, y el trinchado de las viandas, y trocóse la necesidad de comer en arte de deleite. Escribe Plinio que la demasía de los banquetes llegó a tanto en Roma, que fue necesario poner leyes que tasasen el gasto de las cenas, porque los hombres ya no comían para sustentar la vida, sino que consumían provincias enteras en una sola mesa, buscando aves raras y pescados traídos de lejanos mares para complacer a la gula.» (Libro III, Capítulo II)

Al leer a Polidoro Virgilio se comprende perfectamente de dónde bebieron humanistas como Erasmo de Rotterdam (De civilitate morum puerilium) o el propio Baltasar Castiglione para reglamentar el comportamiento moderno. Polidoro les brindó la justificación histórica y la genealogía a unos gestos que el Renacimiento terminaría por convertir en leyes de vida.

Un saludo afectuoso, Sra. Posadas.

Eliot 8

Jacques Cazotte fue un escritor francés del siglo XVIII, hoy recordado sobre todo por su novela fantástica «Le Diable amoureux», una de las primeras obras modernas donde el demonio aparece como figura ambigua, seductora e irónica. Se le atribuye el pequeño opúsculo moral publicado hacia 1768, e impreso en Ámsterdam para evitar la censura parisina: «Des petits inconvénients de lire», «De los pocos inconvenientes de leer».

Allí leemos: «El lector propende a engullir, a atiborrarse de carnes y vinos secos. Si aumenta su dosis de lectura, también aumenta su panza y su gula. Son seres grasientos, de los que comen a dos carrillos y se ceban cuatro veces al día».

Leo en un dietista norteamericano de finales del siglo XIX: “Los intelectuales deben comer pocos sándwiches descortezados, y de no más de 5X5 cm; las violetas confitadas y las tartaletas de frambuesa les irritarán el colon; poco pavo, y, la leche, siempre desnatada”.

Asimismo en el opúsculo de Monsieur Tissot, De la Santé des gens de lettres, Sobre la salud de los hombres de letras (1ª ed., 1768) se recomienda que los letrados no se alimenten de bestias de carne tierna, excepto el pato y la oca. Y se insiste en lo recomendable del pescado con escamas, los peces de lago, las anguilas, el apio, las uvas, las moras, y, sobre todo, y en grandes cantidades, la achicoria y los albaricoques. Tissot desvela multitud de historias clínicas penosas de jóvenes, extrêmement attaché aux études, que sufren flojeras y parálisis al presentarse la Canícula, así como asquerosa serosidad en las circunvoluciones cerebrales, y, pero no se asusten, queridos colegas, signos de una lamentable calidad del líquido seminal. Con el plexo cordial inflado de sangre y la cabeza llena de pájaros. Son tipos, encima, la mar de tristes.

A diferencia de Cazotte, Tissot asevera que el lector es melancólico, delgado como un hilo, y que come como un pajarillo.

Famosa es la relación entre la delgadez y los letrados. Véase por ejemplo estos dos títulos recientes: Fernando Valcárcel, La delgadez del lector. Ensayos sobre ascetismo e inteligencia (Universidad de Salamanca, 1985), o también: Enrique de la Serna, Bibliotecas y ayunos. Historia y crítica del lector ascético (Siruela, 1992).

Famosa es la relación que quiso ver Aristóteles entre el genio y la melancolía. El texto se encuentra en el primer capítulo del libro XXX de los Problemata y ha sido llamado por algunos «una monografía sobre la bilis negra». La uva es melancólica. Viene a cuento.

Eliot 7

La Séptima: una televisión nacida para decirnos qué pensar y para enmarcar cómo debemos interpretar los hechos sobre los que pensar (uso «pensar» en un sentido laxo).

La «opinión pública» rara vez es libre, razonada u orgánica; suele ser un artefacto moldeado por el poder, los medios y la inercia del entretenimiento. El siempre perspicaz Gore Vidal —que bien se conocía el llautó— escribió:

«La opinión pública se ha convertido en algo que se fabrica, no en algo que se consulta. El ciudadano medio vive en los «Estados Unidos de la Amnesia». No aprendemos nada porque no recordamos nada. A medida que avanza la era de la televisión, los líderes políticos son elegidos no por sus ideas, sino por su capacidad para ser perfectos para la pantalla. Una democracia es ese lugar donde se celebran numerosas elecciones a un gran coste, sin cuestiones reales y con candidatos intercambiables».

Hace ya un cuarto de siglo que convivimos con internet, y las redes están abarrotadas de juicios sumarísimos. Son el lenguaje y el razonar, en sí mismos, los que están de capa caída. La masa no lee. La opinión pública actual está determinada por la moda, el chisme y el escándalo; la política ha dejado de ser un debate de ideas para convertirse en una rama de la industria del entretenimiento. Hoy en día, los intelectuales carecen de influencia en la opinión de las masas; el vacío que dejaron ha sido ocupado por celebridades, cocineros, modistos y futbolistas.

Ya en su obra clásica, Jürgen Habermas señalaba cómo la opinión pública pasó de ser un espacio de debate racional y ciudadano a un escenario dominado por el consumo y la manipulación. En la actualidad, ese diálogo democrático original se ve desplazado por la persuasión estratégica y el espectáculo.

Para Fernando Vallejo, en sintonía con este diagnóstico, lo que llamamos «opinión pública» no es más que el eco de siglos de adoctrinamiento. Considera que la colectividad carece de criterio propio y se mueve por pasiones bajas o consignas impuestas:

«La masa no piensa, embiste. Lo que llaman la respetable opinión pública es la suma de los prejuicios, las ignorancias y las cobardías de una multitud de analfabetos ilustrados que repiten lo que les oyen a los bribones que los gobiernan o a los farsantes que los confiesan. El ser humano en grupo pierde la poca luz que le quedaba en el cerebro y se convierte en una bestia de rebaño. Le tienen pánico a la verdad y adoran la mentira, siempre y cuando la mentira venga bien empaquetada con las palabras «patria», «democracia» o «progreso»».

P. S.: Disculpen la expansividad del comentario.

Eliot 6

En mi biblioteca encontramos los Études d’esthétique médiévale, una de las grandes obras olvidadas del siglo XX (bibliofílicamente es una delicia: las primeras ediciones belgas están magníficamente impresas). También los tres volúmenes —obra insuperada— de la Medieval Aesthetics. Les recomiendo que busquen la edición latina-francesa de la década de 1940, como también recomiendo hacerse con la primera edición en castellano publicada por la Editorial Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid, 1958-1959. Tres volúmenes en dozavo mayor. Encuadernación original de la época en plena tela editorial azul con estampaciones doradas en el lomo. Papel biblia de alta opacidad, cortes limpios. Es un juego codiciado porque las reimpresiones posteriores abandonaron la calidad del soporte original.

También encontramos en mi biblioteca la obra completa de mis maestros: la del psiquiatra y ensayista en lengua gallega Santiago Lamas, la del médico humanista y botánico Dr. Vicente Gracia, la del poeta José María Álvarez y la del matemático Josep Pla i Carrera.

Si hablamos de matemáticas, entre mis libros favoritos hay uno que sirve de puente exacto entre el álgebra abstracta (retículos, álgebras de Boole, álgebras de Heyting) y las lógicas no clásicas (relevancia, intuicionismo, modal). La referencia es J. Michael Dunn y Gary M. Hardegree: Algebraic Methods in Philosophical Logic (Oxford Logic Guides). Y de la interface entre filosofía y matemáticas, de los muchos que colecciono y los pocos que estudio, destaca, por ejemplo, Ignacio Jané: The Role of the Absolute Infinite in Cantor’s Conception of Set (Jané fue también profesor mío en la U.B.).

Me interesa la psiquiatría; tengo cientos de volúmenes. Sobre el nacimiento de la clínica mental francesa, donde el diagnóstico era un ejercicio de clasificación casi literaria, debo mencionar a Étienne-Jean Georget: De la folie: considérations sur cette maladie (1820). El texto inspiró a Théodore Géricault para pintar sus famosos retratos de locos. Trata la enajenación con una observación clínica tan descarnada que linda con la literatura gótica. Apasionante. La princeps tiene encuadernación de la época en media piel (holandesa) con puntas, lomo liso adornado con hilos dorados y tejuelo de piel marroquí. Páginas con barbas preservadas (sin guillotinar), lo que denota el respeto del encuadernador por el margen original. Extremadamente raro. Extraordinariamente caro. Un día, en París, lo pude tener un minuto entre mis manos.

Si quieren saber de caserones en ruinas y secretos de familia inconfesables en el Yorkshire rural, lean Sheridan Le Fanu: The Wyvern Mystery (1869). Y una novela excepcional oscurecida por El gatopardo: Federico De Roberto: I Viceré (Los Virreyes, 1894).

Ese aroma, mezcla de polvo, cola y papel envejecido… ese olor rancio, pero dulcísimo. El perfume del papel envejecido tiene algo de confidencia, de secreto compartido. Abrir un libro antiguo es un gesto casi amoroso. Un volumen con aroma de humedad, de encierro, impone un ritmo lento. No se lee igual un libro recién impreso que uno que huele a sótano, a inviernos detenidos.

SI LA SANGRE DEBE HIBRIDARSE, LA MENTE TAMBIÉN.

No se trata de negar la originalidad de cada cultura, sino de demostrar que el diálogo entre ellas es lo que vivifica la tradición. Una literatura o tradición intelectual nacional abandonada a su propio solipsismo corre el peligro de asfixiarse en el provincialismo del espíritu.

Eliot 5

Me gusta el dinero y el lujo. Mi familia vivía en las afueras de Barcelona, en una casa con algunos lujos donde todo se disponía para la tranquilidad, la comodidad y la paz. Casi rodeada de un olor a pasteles y aguardiente de cerezas.

Nos quedábamos largo tiempo a la mesa, charlando, tras las comidas preparadas con arte. Siento todavía en el paladar la mermelada con queso blanco o bien arenque fresco. Vestíamos buenas telas de lana, cardada y tejida con reverentes cuidados, que uno juraría que mantenía el calor de las ovejas vivas.

Los domingos, antes de ir a comprar tocinitos de cielo y “tortells”, oía motetes y madrigales en la catedral. Recuerdo el toque como rosado de la catedral, aquellos sonidos bellamente bordados, la serenidad que no conturbaba al ánimo.

Dinero, lujo, paz. Muy lejos de esta Democracia falsaria, artificial y meramente nominal. La burguesía demostraba cierto impulso o ímpetu empresarial. El espíritu de lucro era creativo, no defensivo ni negativo, como ahora. La intelectualidad no técnica gozaba de cierta influencia, con dimensiones más allá de lo solo divulgativo. La Libertad se entendía como un fin.

Hoy son pocos los burgueses que han oído siquiera hablar de las obras gramaticales o pedagógicas de Erasmo. Si el capitán Nemo enseñara su biblioteca a los nuevos profesores Aronnax, éstos no entenderían nada. Vivimos, no lo duden, tiempos menguados.

Eliot 4

Jesús Cintora, que no es el más brillante del aula, ha abanderado durante años ese estilo excrementicio de hacer televisión que confunde el periodismo incisivo con el activismo. En este periodismo de trinchera, los turnos de palabra, el tono y la condescendencia se reparten de manera desigual según la proximidad del tertuliano a las tesis del Gobierno. No busca la verdad ni el contraste de pareceres, sino la reafirmación del dogma y la humillación del adversario mediante la interrupción o el ninguneo.

Cintora recuerda intensamente al personaje de Ludo Totila en Historia de Mayta (1984), ese periodista de izquierdas que acomoda la realidad a sus prejuicios ideológicos y que vive de agitar consignas, ciego a la humanidad de quienes le rodean. En la novela, Vargas Llosa disecciona este tipo de prensa sectaria con citas extensas sobre la degradación del oficio:

«En un país como el nuestro, el periodismo ha dejado de ser una forma de información para convertirse en una forma de guerra. No se informa para aclarar las cosas, sino para oscurecerlas y para destruir al adversario. El periodista de partido no busca la verdad, busca la eficacia de su mentira, la contundencia de su golpe. Para ellos, el ser humano que piensa distinto no es un interlocutor, es una anomalía de la naturaleza que debe ser extirpada o, al menos, ridiculizada ante el público».

Resulta demoledor contrastar la figura del pequeño Cintora con la de los grandes intelectuales liberales franceses, como Raymond Aron y Jean-François Revel, durante sus años en las páginas del semanario L’Express. Aron y Revel practicaban un periodismo de ideas, frío, analítico y ferozmente respetuoso con los hechos, las cifras y la inteligencia del espectador o lector. No necesitaban la humillación ni el sectarismo burdo porque su autoridad emanaba de la honestidad intelectual. Algo de lo que carece extraordinariamente el antiilustrado Cintora.

Eliot 3

Que el poder político sin moral ni límites es simple bandidaje no es una novedad; es el núcleo de la patrística. Ambrosio de Milán ya avisó en su De Officiis de que el gobernante que busca su propio beneficio en vez de la justicia es un expoliador. Nos dejó escrito aquello de «Quid est enim detrahere alteri sui commodi causa, nisi inhumanum…»: ¿qué es quitar a otro para el beneficio propio sino algo inhumano y contrario a la naturaleza? Si un miembro despoja a los demás para fortalecerse, el cuerpo muere. Si nos arrebatamos lo ajeno, la sociedad se destruye.

En la misma línea se despachaba Jerónimo en su comentario sobre Sofonías, retratando a unos jueces que son «lobos de la tarde» y que «convierten las leyes en botín», transformando lo que debía proteger al ciudadano en su destrucción. Al final, como advirtió Isidoro de Sevilla, el rey solo es rey si actúa con rectitud; si no, es un tirano. Un usurpador.

Dedicado a nuestro gobierno rapaz. Pasemos a la literatura francesa.

«¿Por qué habría de contenerme? —escribía Maurice Leblanc en Arsène Lupin—. El robo, cuando se ejecuta con elegancia, es la más alta de las bellas artes». Hay un placer casi sensual en deslizarse en la vida de un hombre, tomar lo que considera más seguro. No se roba por necesidad, sino por el deleite de demostrar que las cerraduras de los ricos son tan frágiles como su moral.

Y si de religión, estética y santidad invertida se trata (cómo son, ay, estos franceses), el clásico irredimible es Genet. En la página 29 de su Journal du voleur, lo dejó claro: «Rehusando los motivos del mundo, el robo me pareció una acción noble… un placer casi místico en apoderarse de lo ajeno, un gozo que me separaba de vuestra moral de esclavos».

Lo malo es que nuestros socialistas usan menos la mística y son más de prosa cutre. Ya se sabe lo que da de sí le raffinement français.

Eliot 2

No quiero compararme con la avispada África. Yo también soy superdotado pero, por mi experiencia, debo constatar que resulta fastidioso pertenecer a los valores atípicos de la campana de Gauss: solo la mediocridad es socialmente asumible. Mi hándicap principal fueron mis crasas limitaciones en las relaciones sociales; no es que sean escasas, sino que son francamente nulas. Mis padres y Mensa fueron mis apoyos principales en esa época adolescente de tribulación afiebrada.

«Entre tantos conocidos, conservamos a esas raras personas que hacen el camino más rico y más verdadero». Sobremanera me place recordar a Josep Pla i Carrera, Ramón Cirera Duocastella (muerto demasiado prematuramente), Santiago Lamas, Isabel García Lado, José María Álvarez y Ramón Jansana. Soportaron mi legítima rareza. Y fueron magnánimos —esa alta virtud aristotélica— con mis innúmeros defectos. También mi madre y mi hermana, bandada de pinzones y luz zodiacal, se comportaron con suma ternura y comprensión. Todos —y otros— aliviaron la terrorista soledad.

Spinoza: «Sed omnia praeclara tam difficilia quam rara sunt» («Las cosas excelentes son tan difíciles como poco frecuentes»). Me salvó la escritura. La inteligencia no avanza en línea recta, sino por saltos. Mis catorce libros son el resultado de una vida entera de lecturas, conversaciones, viajes, impresiones y recuerdos. Nada es mío por completo; todo es mío por combinación. El escritor no crea desde la nada: reúne, mezcla, transforma. La originalidad consiste en una nueva disposición de materiales antiguos y plagiados.

Mi más cálida enhorabuena a África. La inteligencia no es la vía regia a la felicidad, pero tampoco resulta un gran estorbo para lograrla.