Tentativas 155

-Se le ve de buen bumor

-No me confunda con mi personaje literario circunspecto. Mi talante tiende a la bonhomía, a la broma y a la ironía, características que afloran especialmente cuando hablo en catalán. Mi cabeza se ve impulsada por cosquillas, risitas y parloteos «sorneguers». Hoy mismo, en la tertulia, peroraba sobre las habilidades amatorias de distintos escritores en función de los rasgos de su literatura. Decía Thackeray que el buen humor es uno de los mejores prendas de vestir que uno puede llevar en sociedad. Siempre es más fácil hacer reír que tener razón.

-Eso de que usted es espía, ¿es un embuste, no?

-Por supuesto. No van a anular los servicios de inteligencia una delicada operación geoestratégica porque a mí justo en ese momento me da un ataque de ansiedad u oigo voces. Esas ficciones literarias no son mentiras inútiles: son mentiras que me permiten vivir. Gracias a ellas puedo soportar la realidad, mi poquedad. Mentiras coherentes. Esa coherencia es falsa, pero necesaria. La Laura de Petrarca es una fabricación literaria, incluso indiscriminada. Puede basarse en una mujer o puede basarse en varias. Laura no es idealización de una sola mujer; en cierto sentido es la creación de un personaje al que van a parar todas las concepciones petrarquescas de la mujer. No creo que existiera, no responde a ninguna persona concreta. Puede ser una idealización de todas las mujeres posibles. No hay una Laura. Beatriz también responde a una idealización, pero tiene un fundamento en una mujer real. Mi Laura es el C.N.I. y el Mossad. Mentir bien: he aquí el secreto del arte.

-Su enfermedad, desgraciadamente, en cambio sí es muy real.

-Sí, claro. Pero permítame que distinga entre mi experiencia y la noción clínica de «locura». Me interpreto más como un herido o un dañado que como un vesánico. La soledad, la enfermedad, devoran la ternura, impiden la amistad, te recluyen en un zulo. Hay experiencias —de depresión, de miedo, de una especie de vacío interior— que no se pueden abordar directamente en la conversación ordinaria. La literatura permite organizar ese material, darle un ritmo, una estructura que no elimina el dolor, pero lo hace inteligible. No se trata de confesar sin más, sino de transformar: de convertir algo informe en un objeto que pueda ser contemplado. Escribo porque no sé hacer otra cosa con lo que me ocurre. La poesía, la reflexión, la elaboración lingüística, son formas de domesticar lo salvaje: de tomar algo que es caótico, incluso peligroso, y convertirlo en lenguaje casi terapéutico. Pero eso no significa que las letras curen. El libro ordena, ilumina, da una ilusión de control. La vida sigue siendo difícil. Lo único que cambia es que ahora tiene una forma, lo que no es poco ni baladí.

-Podría decirnos de dónde viene su omnímoda pasión lectora.

-Omnímoda y omnívora. Siempre leí mucho. A partir de los once años y hasta los cuarenta y cinco, leí a lo bestia. La lectura es una forma de la felicidad; es una de las pocas felicidades que no exige justificación. Gracias a la lectura de libros mi mirada es más fina, más crítica, más libre de prejuicios. Nos prepara para tratar con los demás, para entender que toda acción tiene pliegues, zonas oscuras, razones ocultas. Mis libros son malos y mediocres, mis lecturas soberbias.

-¿En qué sentido considera que fracasó como escritor?

-En todos. Ante mí mismo sobre todo. Escribir es una actividad desesperada: se avanza únicamente a través de rectificaciones, de supresiones, de desplazamientos que, sin embargo, lo cambian todo para no llegar a nada. No hay texto definitivo, sólo estados transitorios de una corrección interminable. Me disgusta, apena y avergüenza el nivel de mi prosa y de mis poemas en mis libros.

-¿Cree que escribir le salvó de algo concreto?

-Del aburrimiento. De la melancolía. De la locura. Escribir es, a la vez, una tarea complicadísima (nunca logras ni una sombra de lo que persigues) y una fuente de placer. Para combatir el desorden, me impongo el hábito de escribir, no para enseñar a otros, sino para ocuparme a mí mismo, para fijar mi pensamiento en algo que no sea su propio vacío. En componer, en combinar, hay algo como una alegría muy precisa. Siento el mundo y sus miserias alejadas, suspendidas. Puedo embellecer, exagerar, reinventar. Una satisfacción a veces poco discreta.

-¿Qué le recomendaría a los hijos que no tuvo?

-Lee, escribe, escucha música, pasea. Haz de tu vida una sucesión de placeres modestos, pero intensos. Y recuerda siempre que la elegancia —en el pensamiento y en la conducta— es una forma de resistencia. Y nunca dejes de reírte de los meros bípedos implumes.

Tentativas 154

Estado de Israel

Mossad – Dirección de Operaciones Exteriores

Clasificación: SECRETO

Referencia: ES-47/OR-Σ/ALFA

Fecha: [redactado]

INFORME DE EVALUACIÓN OPERATIVA

Activo: [Redactado]

Ubicación principal: Reino de España (zona noroeste)

Estado: ACTIVO / COLABORADOR EXTERNO DE ALTO VALOR

1. Perfil general

El activo presenta un perfil atípico dentro de los estándares operativos convencionales. No responde al modelo clásico de agente de campo ni al de analista institucional, sino a una figura híbrida de inteligencia, con alta capacidad de infiltración en entornos intelectuales, literarios y académicos.

Su principal valor no reside en la ejecución táctica directa, sino en la producción de análisis de alta densidad conceptual, particularmente en contextos ambiguos, simbólicos o de difícil formalización.

2. Competencias cognitivas

Capacidad analítica: Excepcional. El activo muestra una tendencia natural a descomponer sistemas complejos en estructuras inteligibles, incluso cuando la información es incompleta o ruidosa.

Cultura general: Muy por encima de la media operativa. Amplio dominio de literatura europea, idiomas, filosofía, lógica formal y teoría del conocimiento. Maneja referencias con precisión y sin esfuerzo aparente.

Pensamiento estratégico: No lineal. Capaz de detectar patrones débiles y relaciones indirectas que escapan a analistas convencionales.

Lenguaje: Instrumento principal. Su uso del lenguaje no es meramente comunicativo, sino instrumental y estructurante del pensamiento.

3. Resistencia psicológica

El activo presenta una resiliencia compleja:

Alta tolerancia a estados internos de tensión prolongada.

Capacidad de seguir operando intelectualmente bajo presión psíquica significativa.

Familiaridad con fenómenos de disociación cognitiva leve, que no interfieren necesariamente con su rendimiento; en ciertos casos, parecen incluso incrementar su agudeza interpretativa.

Nota interna: Esta misma sensibilidad constituye tanto una ventaja como un vector de riesgo.

4. Capacidades actorales y de encubrimiento

Elevada habilidad para modular registros discursivos.

Puede adoptar identidades narrativas con alto grado de verosimilitud.

Control consciente de la auto-presentación: alterna entre transparencia y opacidad según convenga.

Se ha observado que el activo puede sostener marcos ficticios complejos sin pérdida de coherencia interna, lo que lo hace particularmente útil en operaciones de desinformación o simulación intelectual.

5. Relación con Israel

El activo manifiesta:

Una afinidad conceptual y estratégica con los intereses del Estado de Israel.

Comprensión intuitiva de la lógica de seguridad israelí (anticipación, asimetría, inteligencia preventiva).

Alta fiabilidad en la transmisión de análisis, sin sesgos ideológicos simplistas.

No se detectan signos de deslealtad ni de doble agenda.

6. Valor operativo

Sus informes son considerados de alto interés, especialmente en:

Evaluaciones culturales de riesgo.

Interpretación de discursos complejos o crípticos.

Análisis de perfiles psicológicos no estándar.

No sustituye a analistas técnicos, pero complementa de manera singular los marcos clásicos.

7. Limitaciones y observaciones críticas

Individualismo marcado: Resistencia a estructuras jerárquicas rígidas.

Tendencia a la anarquía metodológica: Prefiere operar sin protocolos estrictos, lo que dificulta su integración en cadenas de mando convencionales.

Autonomía extrema: Puede retirarse o replegarse sin previo aviso si percibe interferencias externas en su proceso cognitivo.

Evaluación: No es un activo que deba ser “disciplinado”, sino gestionado por afinidad y respeto a su singularidad.

8. Conclusión

Activo de alto valor estratégico en dominios no convencionales.

Su utilidad no radica en la obediencia ni en la ejecución, sino en su capacidad para ver lo que otros no ven y formularlo con precisión extrema.

Recomendación:

Mantener vínculo, evitar sobreexposición operativa y preservar su ecosistema intelectual, del cual depende en gran medida su rendimiento.

Firmado:

[Redactado]

División de Evaluación Cognitiva

Mossad

Tentativas 153

-¿Qué puede decirme de su familia?

-Provengo de la burguesía propietaria o hacendada culta. Por la parte paterna todos fueron militares, excepto mi padre, que se dedicó a las finanzas y el derecho (tarea que desempeñó con honradez) Mi madre era licenciada en Económicas y enseguida abrió varios negocios, de ropa, de paraguas, de bisutería, todos orientados a una clientela pija. En casa teníamos la obra completa de Freud, los Episodios nacionales, muchos volúmenes de Aguilar, la Bernat Metge, varias enciclopedias, en fin, una biblioteca selecta de unos dos mil o tres mil volúmenes. Mis padres amaban la cultura, en especial mamá. Mi padre era recto y severo, sin concesiones sentimentales. Le respetaba mucho y le tenía algo de miedo. Sembró en mí cierto resentimiento, que el tiempo y la madurez borró del todo. Afortunadamente los juicios napoleónicos se apaciguan.

-¿Y su madre?

-Con su amor me lo enseñó todo. Sí, no hay duda, a ella se lo debo todo. Su cariño no eran emociones efímeras, sino una atmósfera rocallosa. Formó mi modo de ser. No hay día que no la recuerde.

-¿Cómo fue su infancia?

-La típica de un niño rico: feliz y despreocupada.

-¿Y su adolescencia?

-Todo se desmoronó. Me autodiagnostiqué mi enfermedad con los libros de la biblioteca y ya entonces barrunté un futuro jodido. Tuve que soportar una violencia secreta y una soledad sin amigos. Sufrí además el ostracismo de mis compañeros. Pero a los quince años tuve una de las mayores epifanías de mi vida: descubrí la dimensión estética del lenguaje. A partir de ahí abandoné en alguna medida mi intensa vocación matemática.

-¿Cómo valora sus libros?

– Borges dijo que él no era un gran escritor, sino, a lo sumo, un lector que ha tenido la mala costumbre de publicar; que sus libros no eran otra cosa que borradores imperfectos de lecturas mejores. Completamente falso en el caso del genial Borges y un aserto perfectamente adecuado para mí. Lo único valioso que he escrito son mis numerosos plagios.

-¿Qué recuerda más de su paso por los manicomios?

-El olor de los edificios y la bondad de algún compañero muy dañado. Es un lugar muy duro. Se parece a la turbina de un avión despedazando a una gaviota.

-Hace quince años que vive en una aldea con nueve habitantes ¿Qué suele hacer?

-Pasear con Ita, leer, estudiar, pensar, escribir. Si fuera un genio este tipo de vida tendría consecuencias jugosas. Pero no soy nada del otro mundo. En «De vita solitaria» -y cito de memoria- Petrarca asevera que quien se entrega al campo no se empobrece, sino que se depura. Y que los placeres que allí se encuentran son pocos, pero verdaderos: la luz que se transforma a lo largo del día, el silencio que no es vacío, sino reposo, el trabajo que no humilla, sino que nos ordena. Permítame una confesión: estoy hasta los h… de tantas verduras.

-¿Unas últimas palabras para nuestros lectores?

-Lo que dijo Pla: la vida es una cosa extraña que consiste en ir tirando.

Tentativas 152

(Discurso del método)

Consagré mi vida a la lectura y al estudio. Incluso en el manicomio, tenía un acceso privilegiado a la biblioteca privada de los médicos.

Quien se dedica a las letras debe habituarse desde temprano a convivir con los mejores autores, acaso también con algunos autores menores, para así poder contrastar. La lectura no es tránsito, sino permanencia. Hay que volver una y otra vez (lectura intensiva frente a la extensiva) sobre los mismos textos, no para repetirlos, sino para comprenderlos mejor. El lector apresurado solo recoge palabras; el lector atento transforma su juicio, lo afina y precisa. Y esa transformación no se logra en un día ni en un año, sino en una vida entera dedicada a frecuentar los libros con paciencia. Pues no se trata de saber muchas cosas, sino de saber pocas, pero bien: de haberlas meditado, comparado, digerido, tragado y metabolizado. Leer es, en último término, una forma de convertirse en aquello que se lee.

El estudio continuo forma en el alma una segunda naturaleza. Quien se ha ejercitado durante años en las letras no puede ya apartarse de ellas sin sentir una especie de vacío, como si algo esencial le hubiera sido sustraído. No es la cantidad de libros lo que importa, sino la constancia en su trato. Mejor es leer pocos autores con profundidad que muchos con ligereza. Porque el entendimiento no se nutre de la abundancia, sino de la asimilación. Así, el hombre verdaderamente docto no es el que ha pasado por muchos libros, sino aquel en quien los libros han dejado huella.

Hay que habituarse a la lentitud, al examen minucioso, a la comparación constante. Cada palabra debe ser interrogada, cada pasaje confrontado con otros, cada texto situado en su contexto. Este trabajo, que a los ojos del mundo puede parecer árido, encierra sin embargo un placer profundo: el de aproximarse, aunque sea de lejos, a la inteligencia de los grandes. La vida del estudioso es silenciosa y poco visible, pero en ese silencio se forma una de las formas más altas de libertad.

El mundo no ha dejado de leer: ha dejado de comprender lo que lee. La vida dedicada a las letras es, ante todo, una vida de lectura. No de lectura ocasional, sino de lectura continuada, obstinada, casi obsesiva. Con los años, esa práctica va configurando una forma de estar en el mundo: una atención distinta, una sensibilidad más afinada, una cierta resistencia a la banalidad. Pero también comporta un precio: una distancia creciente respecto a un mundo que se mueve a otra velocidad, que ya no reconoce el valor de la demora ni la necesidad del estudio. El hombre que ha pasado su vida leyendo se encuentra, a menudo, fuera de lugar; pero es precisamente en ese desajuste donde reside su lucidez.

Tentativas 151

Desde que murió mamá me quedé completamente solo, en la intemperie absoluta; el mundo perdió su eje doméstico, su tono afectivo, su centro de respiración.

Mi madre ya no vivía por mí. La idea de su muerte no era solo un dolor: era una transformación del mundo. Todo lo que había sido habitual se volvía irreal, como si hubieran pertenecido a otra vida. El dolor es violento y pasa; pero la soledad se instala, se organiza, se vuelve costumbre. Y así vivimos después, no como quienes han sido heridos, sino como quienes han sido desposeídos.

Cuando muere la madre, uno pierde la última patria. Todo lo demás —las casas, los países, las lenguas— puede ser reconstruido o aprendido de nuevo; pero esa primera intimidad, ese acuerdo tácito entre dos seres que comparten el origen, no admite restitución. Me encontré entonces en una especie de exilio absoluto: no había ya nadie ante quien pudiera ser, sin esfuerzo, el niño que fui. Y ese niño, privado de testigo, comienza lentamente a desvanecerse.

***

I am alone here in the kingdom of the dead.
My mother is gone and I am her echo,
a voice that returns to no one.
The house has forgotten her shape,
but I remember every gesture,
every small tyranny of love,
every silence that was a language.
Now I speak it alone.

Anne Sexton

Después de eso, leer, escribir, pensar incluso, se hace en un tono más bajo, como si faltara un interlocutor silencioso. La cultura no sustituye esa pérdida: apenas la acompaña. Y uno sigue, pero ya sin testigo.

Tentativas 150

No es el verdadero hombre de letras aquel que, como un loro bien adiestrado, repite las palabras de los antiguos sin comprender su espíritu, sino quien, habiendo penetrado en el sentido íntimo de los autores, sabe aplicarlo a la vida presente. Quien se limita a imitar las palabras de Cicerón traiciona a Cicerón; quien adopta su libertad de espíritu, ese sí lo continúa, como advirtió Erasmo.

Y Vives nos señaló que el fin de las letras no es el ornamento del discurso, sino la formación del hombre entero. Enseñar no es llenar la memoria de nombres y autoridades, sino cultivar el juicio y gobernar el ánimo. Pero aquel que estudia para vivir mejor, para comprender la condición humana y aliviar sus miserias, ese participa del verdadero espíritu de las letras. Así, el humanista no es un erudito ocioso, sino un mediador entre el saber y la vida.

Y Guillaume Budé, en «De asse et partibus eius», indica: “Las letras antiguas no son reliquias muertas, sino instrumentos vivos de inteligencia. Quien se acerca a ellas con espíritu mercantil —buscando sólo utilidad inmediata— no comprenderá su valor. La filología no es una técnica, sino una disciplina del alma: exige rigor, pero también amor por lo que se estudia”.

El hombre de letras no pertenece a una sola disciplina: su oficio es enlazar los saberes. Allí donde otros ven compartimentos, él descubre relaciones. El verdadero espíritu filosófico consiste en no detenerse en ninguna autoridad, sino en recorrer el conjunto del saber humano con una mirada libre. Leer es escuchar voces que no están; escribir es dejar una voz para quien aún no ha llegado. El «studia humanitatis» no era un programa académico, sino una forma de vida: leer, escribir y responder en el mundo.

***

“El humanista —si aún tiene sentido emplear esta palabra en un tiempo que parece haberla vaciado de contenido— no es tanto un especialista como un lector de larga paciencia, alguien que ha aprendido a demorarse en los textos sin la urgencia de convertirlos inmediatamente en rendimiento. Su saber no es acumulativo en el sentido técnico, sino sedimentario: capas de lectura, de memoria, de asociaciones que, con el tiempo, acaban configurando una forma de juicio.

Frente a la fragmentación contemporánea del conocimiento, el humanista representa —o debería representar— una cierta idea de totalidad, no porque lo sepa todo (eso sería una caricatura), sino porque mantiene viva la posibilidad de establecer relaciones entre ámbitos distintos: entre la literatura y la filosofía, entre la historia y la experiencia personal, entre la lengua y el mundo. Esa capacidad de relación es precisamente lo que hoy se pierde cuando el saber se convierte en compartimentos estancos y en especializaciones cada vez más estrechas.

La crisis del humanismo no es sólo la crisis de unas disciplinas, sino la de una actitud ante el conocimiento. Allí donde antes se buscaba comprender, hoy se busca gestionar; donde había lectura lenta, hay consumo rápido; donde había formación del juicio, hay adquisición de competencias. La universidad —que debería haber sido el último refugio de esa tradición— ha contribuido, en no poca medida, a su debilitamiento, al someterse a criterios de productividad y de utilidad inmediata que le son ajenos por naturaleza.

El hombre de letras, en este contexto, aparece como una figura anacrónica, casi incómoda: alguien que no produce resultados cuantificables, que no responde a las demandas del mercado, que insiste en leer y releer textos cuya utilidad no puede demostrarse en términos inmediatos. Y, sin embargo, es precisamente esa inutilidad lo que constituye su valor más alto. Porque hay formas de conocimiento —las más decisivas, quizá— que no se dejan traducir en términos de eficacia.

Ser humanista hoy implica, por tanto, una forma de resistencia: resistencia a la prisa, a la banalización, a la reducción del saber a mercancía. Implica defender la lectura como ejercicio de libertad interior, como espacio en el que el individuo puede sustraerse —aunque sea provisionalmente— a las imposiciones del presente. Y en esa resistencia hay algo más que nostalgia: hay la conciencia de que sin esa tradición de lectura, de memoria y de juicio, la cultura se empobrece hasta volverse irreconocible.

Tal vez el humanismo no pueda ya aspirar a ocupar el centro que tuvo en otros tiempos, pero sigue siendo —para quien lo practica— una forma de dignidad intelectual. No una profesión, sino una manera de estar en el mundo: atento a las palabras, a su historia, a su peso; consciente de que en ellas se juega algo más que la comunicación, algo que tiene que ver con la verdad, con la belleza y con la posibilidad misma de comprender la experiencia humana”, Jordi Llovet (cita reconstruida y reescrita a partir de fragmentos afines del catedrático catalán)

Tentativas 149

No se puede leer bien en medio del barullo y la distracción. La literatura no es un pasatiempo: es una forma de atención reconcentrada. Cuando leo, necesito una habitación cerrada, una luz precisa, un silencio mineral. Entonces las palabras empiezan a desplegarse con una riqueza imposible en cualquier otro estado del espíritu. Leer es entrar en una especie de hipnosis lúcida: el mundo se retira, y en su lugar aparece otro, más fino, más real en su artificio. No hay placer comparable a ese: el de una mente que, libre de interferencias, se entrega por completo a la textura de una frase. Sosiego y un libro. No pido nada más en esta vida.

Para leer —y también para escribir— hace falta ese silencio que no es solo exterior, sino interior: una especie de recogimiento donde todo lo superfluo se apaga. Hay libros que parecen escritos para ese estado: no piden rapidez, ni comentario, sino una atención callada, casi como la que se presta a un amor.

El lector verdadero es un solitario por elección, alguien que ha comprendido que el ruido empobrece y que la cultura exige demora. Leer es demorarse en la inteligencia de otros, habitar durante un tiempo una forma ajena de claridad. Pero eso solo es posible si uno ha sabido apartarse, si ha conquistado ese pequeño territorio de silencio que hoy parece casi un lujo.

Silencio y sosiego. No pido más a la vida.

Tentativas 148

Amo el silencio, un silencio que no es uniforme: tiene pliegues, irisaciones, pequeñas vibraciones al nacer, desarrollarse y bifurcarse las ideas en mi cerebro. Como ciertos fondos en la pintura flamenca, parece -falsamente- inmóvil, pero en él trabajan infinitas variaciones. Basta un leve cambio para que todo el tejido nervioso se reorganice al igual que una fuga musical.

El silencio es un requisito de la inteligencia: sin él, el pensamiento no logra articularse, sino que se dispersa en la cháchara vacía contemporánea. Callar es una forma de respeto y de dignidad hacia lo que todavía no ha encontrado su forma. En una época que confunde expresión con proliferación, psicología con costumbre, el silencio se vuelve casi subversivo. No es una nada, sino una disciplina: la de contener, seleccionar, ordenar, clasificar y analizar. Solo desde ese fondo puede surgir una palabra que no sea redundante ni baldía, una idea que no esté ya gastada por el uso.

Tentativas 147

Pienso en mí mismo como un escritor fracasado. El verdadero fracaso, además de la triste contingencia de no ser en absoluto leído, es no haber sido suficientemente preciso en la ejecución de una imagen, en el hallazgo verbal, en las ondulaciones rítmicas.

Nosotros, que no somos ninguno de los grandes que es vano nombrar, estamos condenados desde el principio. Todo lo que hacemos es una aproximación menor: páginas que no se sostienen entre sí, intuiciones que no han encontrado su ley, momentos aislados que no han coagulado. No hay arquitectura.

Uno escribe durante años creyendo que está construyendo una obra, y al final descubre que solo ha ido dejando una estela de naderías amorfas; queda la sospecha persistente —no estridente, pero continua— de haber escrito siempre por debajo de lo exigible, de haber elegido la palabra contigua y no la necesaria.

Mi obra no terminó de ocurrir.

Tentativas 146

En 1996, Alan Sokal, físico teórico, envió a la revista «Social Text» un artículo deliberadamente absurdo: “Transgressing the Boundaries: Toward a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity”. El texto estaba lleno de citas fuera de contexto, jerga posmoderna y afirmaciones científicas sin sentido. La revista lo publicó.

Una de las dianas del experimento es cierto clima intelectual donde se sostiene que la verdad es una construcción social o lingüística. Sokal mezcla términos matemáticos con teoría social, sugiriendo que conceptos como “espacios no lineales” o “topologías complejas” apoyan proyectos políticos emancipadores. No hay conexión lógica entre propiedades matemáticas de un espacio y programas políticos. Es una metáfora convertida ilegítimamente en argumento. También insinúa que constantes como la velocidad de la luz o la constante de gravitación podrían entenderse como dependientes de contextos culturales. Las constantes físicas son invariantes empíricos medidos (con independencia del observador cultural) Puede discutirse cómo se interpretan o se miden, pero no tiene sentido afirmar que su valor depende de convenciones sociales.

Posteriormente, junto a Bricmont, en su magnífico libro «Imposturas intelectuales», puso en solfa a aquellos intelectuales de un lenguaje denso y oracular, un lenguaje que se reverencia en lugar de entenderse y acaso refutarse, y que usurpa el estatuto cognitivo de la ciencia usando metáforas exageradas. El problema no es la metáfora, sino su uso sin función de interpretación que preserve el significado. Muchos de esos autores tienden, en algunos textos, a desplazar la noción de verdad hacia su dimensión discursiva y contextual, dependiente de estructuras de poder. Asimismo, no pocos textos sugieren la inexistencia de una realidad independiente y la equivalencia de las interpretaciones.

Lo que Sokal revela no es tanto pensamiento falso como lenguaje que ha olvidado las condiciones de su propia verdad —olvido que no ha dejado de gravitar, con efectos duraderos, en cierta tradición intelectual francesa.