Diario de un esquizofrénico 75

Al poeta Emil Man Martínez

En su provincia guarda aquello que amo.

Yo solo escribo aquello que odio, preocupado, inquietado

por este océano gris de irrelevancia. Todos «venimos y pasamos»,

y al fin no dejamos ningún rastro.

Memoria de lo que sucedió y acaso no tenga después:

el azul de Patinir, Azorín describiendo Ávila,

el Mediodía dando rodeos en el familiar viento,

el poder de la noche tranquila fatigando

al gran Pla o al genio Borges, el adjetivo «roñoso» designando

a una oveja, la sombra del «impluvium» tan fresca,

la calidez del «hipocaustum», los cachorros suaves sin ácido.

El relámpago de belleza de este poeta calma

mi desgracia, mi daimon infernal y saturnino.

En mis asociaciones Emil es mi privado Heath-Stubbs.

Poesía donde me sirven café y empanadillas.

Poesía que no necesita plebe ni prensa.

No pocas insensateces del mundo actual

acusa gentil e ingeniosamente su inteligencia.

Su tradición no es exactamente la que se estila hoy.

Su convicción de realidad será un rocalloso destino.

Celebra pues, poeta, tu historia indemne, alta y elegante,

de raíles y bisontes nada rigurosos. Azul de Patinir….

Diario de un esquizofrénico 74

Imagen

Londres, mañana de diciembre de 1993

El alma blanca de los leopardos invernales

atravesaba el Támesis tras venir de dormirse en la Luna.

Plomo derretido humeaba en las arterias de la ciudad

como la respiración ronca de un osezno

con un huevo en la tráquea.

Londres, y también en tu lengua gotitas de agua.

No lo supiste, pero hiciste bien

en guardar esa imagen.

Con tu bufanda naranja y tu libro apolillado

y el caliente corazón de universitario diligente.

Calaveras de champaña, pulmones de pájaros

y obscuras plumas gigantes

vendrán siniestras tras ello…

No lo sabías todavía demasiado bien, pero en años venideros

cuántas veces ocupó tu mente esa imagen:

joven estudiante muy solo, apabullantemente feliz,

en medio de la ciudad populosa.

Como un destino esa compacta soledad de harapiento gozoso.

Como si viera el resto de mi vida una echadora de cartas.

Un puente, un río que pasa, un exilio, un libro.

Christian, abre los ojos y regálate esa belleza de la memoria

una vez y mil veces. Siempre. Que no muera y solo en ti viva.

Sea nieve en la cumbre de tu memoria.

Una imagen que dibujó exacta tu vida.

Eres ese símbolo: un solitario perdido en ciudad,

solo y rodeado de millones de mundos solitarios.

Diario de un esquizofrénico 73

Habla John Clare

La noche despide una fragancia a fresa silvestre,

ladran los perros a la Luna, el vilano vuela,

las estrellas son oro y amarillean la hierba:

…otoño, en estos campos veo el espectro

de la Roma de Augusto, la riqueza del ruiseñor

en las afueras de Atenas; adonde quiera que mire:

vigor y curiosidad de los Médici, la niebla

enterrada tapando las cruces del cementerio,

cercados por el trabajo pulidos, herramientas de

madera en el cobertizo, y ternura

de la iglesia engalanada, y placer, dolor y gozo

del cielo meditando el esplendor de la hierba

y la gloria de las flores. Helechos mojados de lluvia.

 Cuanto concedemos a la Inteligencia procede de la Luna.

Yo, John Clare, poeta y loco, mi futuro confío

a estos valles, y testimonio con dulzura

el sueño de mi infancia. Mi cerebro pueblo con maderas,

pobres hojas y rocío, atestiguando así en mis poemas

amor y soledad, amor, soledad, soledad y amor.

Diario de un esquizofrénico 72

Para mi profesora de latín del Liceo

“Une douceur de ciel beurre vos étamines!” Rimbaud

Con letra clara, pausada igual que la respiración,

clara como un potrillo o gato montés en el aire,

escribíais, madame, “ubi trascendit florentes viribus annus

con dedos de delicadeza florentina sosteniendo la tiza

y el tigre a vuestro pecho –feroz en la rosada–

despertaba la maleza de los árboles.

Recuerdo vuestro seno como simas Tártaras,

el lugar más profundo del mundo

incluso debajo de los Infiernos,

temido hasta por los Dioses,

vuestros pezones como bombones helados,

la largura irreal de las piernas,

los tacones pisando pasadizos de mansiones góticas.

Recuerdo sus labios alunados tan distantes

de lo que en verdad erais:

una joven filóloga recién licenciada,

una gatita o rubia platino de película.

Ah aquellas ondas rojas con peligro de magnolias

de los labios gordezuelos con discreto carmín,

o la vagabunda piel donde libre se vence la hierba.

Yo palpitaba, me mordía el sexo, el ímpetu me inspiraba,

gozando aquella pasión me llenaba de contento.

Amore ha fabbricato ciò chio linio«, podía decir con Cavalcanti.

Porque usted era en mi historia civil verso de amor

y onanismo en la cama,

y su cuello un descolgarse de visiones de Benedetta,

la falda y blusa limoneros, hobbits,

sus ojos zarza en la majestad suprema de la calma,

eran ciruelas heladas deshelándose en el Leteo,

su tiempo isla donde bracear a solas,

y sus braguitas catedrales de la imaginación,

su pelo una imposible colonia Nenuco.

Afirma Tertuliano en De Testimonio animae

que sentir placer es pensar en cosas que amamos

ayunas de la invirtuosa lujuria

ya que ésta llena de pasmo, hiel y concupiscencia.

Sin embargo, yo soñaba que le sacaba el albornoz

al salir usted de la ducha, y que usted empezaba a

chuperretear mi sombrerete de champiñón rojo

reposando vibrátil su lengua en mi delirio.

Esa imagen calentaba mi corazón.

Con Amor se roturan los campos con nardos

y habiendo llegando vuestra memoria

a estas ordinarias horas menguantes del planeta,

a estas horas coturras del comercio y la burricie y la peste,

habiendo llegado el mundo a esta calvicie

y planicie de ideas y sentimientos,

me subo a la nave de ese primer amor,

a ese instinto de falo y vulva,

subo a ese primer y último amor,

y grito, me retuerzo el sexo, increpo e insulto, exploto,

os agarro desde aquí vuestra boca con mis dientes

para negar –siempre– el “requiem aeternum” del tiempo.

Diario de un esquizofrénico 71

Pequeña elegía

Debido a algunos imponderables y a un par de contratiempos

sé que poca, muy poca vida me queda.

¿Balance? Gocé de scorts de inconsolable hermosura,

la exquisita paz de una familia que mucho me quiso,

instantes imprecisos del tiempo donde me creí invulnerable

o un corbeille de rosas al alba, o el château de Chambord

o el de Cheverny (en solemnes mañanas con bridón de llama),

Vermeer, Bernini, Viena, Lisboa, Tarski, Quine, Cavafis,

la prosa de burbuja historiada de Nabokov,

la ovonia que enloquece en amores de solo dos horas,

las penínsulas espaciosas del vino borgoñés,

asonante de frutas rojas y viñedos ducales,

largo como claridad de antorcha al trasluz púrpura,

gocé la inteligencia tanto de Fleur Cowles como de Suetonio,

estudié matemáticas, el oreo de novelas, el dramatismo

en el ballet de piruetas pensantes de algunos filósofos,

leí al barón de Maldà, las ocurrencias de senectud de Séneca,

soñé, imaginé, fantaseé, enloquecí con la belleza, ideé, creé,

jugué, canté, me dominó la pasión, hallé luz en la razón,

bebí, amisté, brillé, caí, copulé, amé, busqué y encontré.

Pero ahora mi felicidad no consiste en decir «mañana»,

sino que reside en la tristeza de una fúnebre palabra: «ayer».

Enclaustrado en feraz, feudal aldea gallega, desprecio el hoy

y ya solo espero dulcemente la muerte, esa última habitación

de hotel de lujo. Mero trotamundos por magnéticos eucaliptos,

nadie antes tan rico ha vivido nunca ahora tan mal y pobre.

A veces compensa la paciencia de escuchar cómo levitan las nubes,

las ovejas del vecino, echarle migas de pan a los pájaros,

el bosque enfurecido donde borbota y se fragua una lluvia inescrutable,

o percibir la vertiginosa corona de animales durmiendo

y a babilónicas nubes oníricas muy blancas en verano.

Muy lejos de insecticidas, cosméticos, grafiti, jóvenes adolescentes

en shorts, estallar de coches y el populoso incendio de las avenidas.

Mi alfabeto no son ya pequeñas librerías francesas o inglesas,

sino toxos, abruñeiros, bidueiros, pelusiñas y xestas.

Rodeado de este cascabeleo de inmensa precisión sensorial

el musgo y hojas secas cubrirán aquí mi tumba.

Muy pronto, sea por natura o solución romana, soñaré un sueño,

un sueño que no podrá volver a soñarse más.

Diario de un esquizofrénico 70

» Querida condesa Baschi:

Lo que voy a contar no es precisamente poético. El marqués de R. , que, como usted sabe, no es precisamente muy delicado en sus gustos, pasó ayer la noche con una comedianta y, al final de la cena, estando los dos…encantadores, el marqués no encontró nada mejor que desvestir a su Venus, y, preparando una salsa para espárragos, la colocó en un lugar que no voy a nombrar y que usted comprende, y se dedicó a comer los espárragos mojándolos en su salsa. Parece que le gustó. ¿Qué piensa usted de ello? Espero su respuesta pero, por el momento, no puedo dejar de reírme de un placer tan original.

La marquesa de Pompadour «

***

«Es una «demoiselle de moyenne vertu»».

Esto me recordó a tantos artistas que pintan la lucha entre el amor y la castidad (Pietro Perugino, Sandro Botticelli, etcétera) Acudo desde joven a las putas de lujo. No ligo, no lo sé hacer, pago por media hora de amor mercenario. Son un encaje de seda de Bruselas, un rico bordado con aplicaciones de oro y plata. Mi amor por ellas es una suerte de «gourmandise».

“Ya no te escondes para ver pornografía o practicar sexo de pago, sino para escribir un poema. Es más fácil que se burlen de ti porque estás enamorado que por estar excitado. Pero creo que inclusive ponerlos en un antagonismo es equivocado. El sexo sin sentimientos muchas veces no pasa de un ejercicio, de acto repetitivo sin un fin, sin una apuesta. El sexo conejero y cinegético, gimnástico, es una suerte de defección de la Civilización. Solo los sentimientos, más allá del amor o no, pueden hacer que el sexo sea más de lo que es” ¡Ja, ja!, no me lo creo ni yo.

Mi paraíso es una ciudad llena de casas de citas, como el París de 1790, donde, según las estimaciones de los historiadores, había 40000 prostitutas para 600000 habitantes. Condes, obispos, cardenales, burgueses o menestrales se distraían felices.

Solo una democracia que puritana querría prohibirlas.

***

Esa solemne frase: educar al pueblo.

«La mejor educación para los mejores es la mejor educación para todos» Robert Maynard Hutchins

***

Papudo y gelatinoso dinero;
solo gracias a las artes y a las putas
consequor ex illis casus oblivia nostri
se remeda mi exilio,
se olvida mi desgracia.

Diario de un esquizofrénico 69

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En nuestra vida ordinaria, en los trabajos y declaraciones del mundo, percibes la escrupulosa y minuciosa mezquindad de la inteligencia y la sensibilidad defraudada. Un desincrustante o antídoto es ir a la busca del Arte, allí donde se aúnan intensidad, brillantes lenguajes y elucidaciones de experiencias imaginativas o inferenciales. De alguna manera el Arte es un movimiento de deleite hacia una (muy) alta tierra feliz. El Arte es la ley placentera de la forma lograda. El gozo de asimilar la grandeza. Los artistas son custodios o pastores de la conciencia invisible y también de las regiones inmediatas que no se atreven a deshacer maleficios o pájaros de mal agüero. El Arte es plural, pero siempre provoca que tú te transformes en el más enamorado. El Arte aumenta la cantidad de Bien y el diámetro de la realidad («una vida sin cercados» Larkin) Aunque los artistas se metan en chanchullos, el Arte es una finalidad sin fin desinteresada (Kant)

A un poeta le ronda en su interior como una vaga sombra o una desfigurada silueta un poema durante un mes, o dos, o un año, hasta que esa insinuación se ejemplifica y afluye al exterior. Los poetas de las redes sociales somos poetas menores porque no seguimos ese método semi-onírico sino que escribimos a impulsos impremeditados e inmediatos o irreflexivos. Invito a que se lea gran poesía, poesía de indubitable grandeza y calidad. El gusto es comparativo y se engendra (y nutre y se perfila) en la comparación. Marwán -leerlo- no produce un movimiento de deleite placentero y armónico, sino un sonrojo de displacer estético. Esa percepción nace al leerlo comparándolo con Auden, Ponge, Cernuda, Machado, Heaney, Milosz, etc… La emoción de Marwán se hila a la saga adolescente «Crepúsculo», la emoción de Auden se trama en una de las mayores inteligencias que cristalizó el siglo pasado. Una vida defraudada también es mezclarse con mezquinas inteligencias derrotadas. No lean a Marwán (ni a mí, por supuesto) sino a Borges y sus pares. Vivirán más y mejor.

***

Sigo y leo a muchos poetas tuiteros con miles de seguidores. Soy hipócritamente amable con mis comentarios, ya que esas webs no dejan de ser su casa y yo no tengo madera ni espíritu de troll. Cosa distinta es que en mis propias redes sociales exprese (razonándolo) la ínfima calidad de ese tipo poesía.

También -ay- los imito escribiendo yo poemas bochornosos que esbozo en cinco minutos; el truco consiste en una especie de escritura automática soltando lo primero que se te pasa por las mientes en un estilo cursi y elemental, evitando como un demonio la «elaboratio«, el buril, la lima o la inspiración alada o la conciencia estética de la escritura.

Los genios, escribiendo así, pueden escribir genialidades (por algo son genios), pero a la inmensa mayoría de los mortales este mecanismo poético solo genera poemas-churro, poemas-ocurrencia chorra. Un poeta con oficio y años de experiencia también puede sobresalir con esta suerte de instinto espontáneo. Pero los poetas tuiteros son jóvenes y «jóvenas» que empezaron la casa por el tejado. Un pintor puede pintar un gran cuadro en treinta minutos porque necesitó cuarenta años para aprender a pintarlo en treinta minutos. Lo mismo pasa con el poeta. Un cúmulo de experiencias y técnica (o cultura) es justo de aquello que carecen esas «celebrities» de Tuiter o Instagram.

Auden o Glyn Maxwell proponían en sus clases de escritura creativa una prueba muy significativa. Daban a sus alumnos grandes poemas con algunas palabras eliminadas (nombres, verbos, adjetivos) e incitaban a sus alumnos a completar los huecos. Prácticamente nunca acertaban. Hay un poema de Larkin en que el poeta describe un paisaje que ve desde la ventanilla del tren. Al ver un invernadero lo describe así: «Un invernadero relucía, único». Ni un solo estudiante nunca adivinó el adjetivo «único». La palabra «único» es única. Los poemas tuiteros carecen de palabras, versos o poemas «únicos». Son poemas manufacturados en serie, no escritos con el dedo de Dios. Poemas Coca-Cola, poemas-palomitas; de ahí probablemente su brutal éxito; dan gusto y masaje al necio.

Diario de un esquizofrénico 68

(Aristocracia)

«Mi idea es que ninguna sociedad puede arrinconar esta «aristocracia natural» o «de mérito», cosa que no tiene nada que ver con la clase aristocrática de cualquier tipo de Ancien Régime. Se trata, simplemente, de considerar que cualquier sociedad precisa una élite, o, por decirlo en términos geométricos, una cúspide de la pirámide cultural constituida por los ciudadanos más preparados, siempre en el bien entendido que esta punta de la pirámide -tampoco, nada que ver, con una clase social económicamente privilegiada o con atribuciones despóticas- esparza su excelencia por todo el resto de la sociedad: caben en esta excelencia tanto los hombres de letras como los de ciencias y de técnicas. Esta propagación de la sabiduría de los mejores (aristoi) se produce, en lo que respecta a las Letras, por el camino de la educación, pero también del periodismo, los medios de comunicación, las revistas, los cenáculos literarios, la vida parlamentaria, los museos, los ateneos y los centros urbanos de cultura, además de muchas otras plataformas: también un edificio o la organización de un barrio pueden ser civilizados o crueles» Jordi Llovet.

En los palacios de música vieneses, la altura de los escalones de mármol estaba pensada para que al subir por ellos las damas no tropezasen pisándose la cola del vestido, o bien no enseñasen inconvenientes pantorrillas: muestra exquisita de civilización, suma de delicadeza y tacto. Compárese esa muestra de inteligente exquisitez, esa obra maestra de las costumbres, con el salvajismo urbano «okupa»: nota abrumadora de barbarie y emblema de nuestro brutal ocaso.

José María Álvarez (en español) o Salvador Oliva (en catalán), siguiendo así a una dignísima tradición humanista, incorporan a Shakespeare a nuestras lenguas merced a sus elegantes traducciones: muestra majestuosa, magnánima y generosa de distribución de lo mejor. Comparemos. La editorial Espasa, a cambio de dinero, y ejemplificando una definitiva e incontestable bajeza, premia la «poesía» de un tecleador cantamañanas: esparce basura y oculta la excelencia. Símbolo o muestra de estos desnortados tiempos.

Los escritores deben ser -al igual que nosotros los lectores- custodios de lo mejor. Sus ficciones y poemas y obras de teatro altas terrazas de lirios. Los ciudadanos deben esforzarse por ser asimismo custodios y amantes de lo más selecto. Desterrar de sus mentes la chatarra y elaborarlas con materiales nobles y brillantes ¿Cuánto vale una democracia con demócratas con mentes liliputienses e ignaras?

Yo, y particularizo mi caso, debido a mis limitaciones e insuficiencias, no pertenezco a las élites, pero sí soy satélite de esas élites, orbito feliz alrededor de ellas. Un imperativo que me enseñaron ya desde la cuna. Mis padres me legaron el lujo del espíritu.

Los ricos ahora relinchan junto a sus caballos y yates privados, los filisteos se alimentan de paja, televisión y tuits, los pobres propenden a la idiocia. Creo que la única salvación a esta hecatombe cultural reside en las capas cultas -lectoras, letradas- de la burguesía hacendada (capas cada día más delgadas y menguadas, burguesía cada vez más inculta) que nutren a esa pirámide cultural de los ciudadanos de más patente. Acaso se vea en ello clasismo, pero prefiero el instinto de realidad a ilusas evasiones utópicas, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo probado a la quimera.

Si la escuela, destruida con ideales ácratas izquierdistas que conspiran justamente contra el mérito precisamente de algunos miembros de las clases trabajadores y no privilegiadas, convirtiéndolos en estupendos ignorantes y víctimas crueles del destartalado sistema, si la escuela, decía, si la escuela mejorara, si la Universidad mejorara, acaso la impresión de depauperación intelectual y espiritual no sería tan intensa.

A veces tengo la impresión que el periodismo, la política, las editoriales, los museos, los ayuntamientos, los sindicatos, etcétera, están gobernados por la clase de los peores, por los últimos de la fila. Que desde arriba se esparcen o distribuyen detritus, resultando entonces todo una perversa contaminación o embadurnamiento de porquería. Filtraciones o capilaridad de cochambre y mugre. Las confirmaciones no son pocas y los desmentidos no abundan.

Creo que el enorme Pla observó una vez que solo la mediocridad es socialmente admisible. Ahora la mediocridad es el único método de supervivencia. Parece que la gente (¿gentuza?) no quiere asumir como algo propio y valioso la cultura, la inteligencia basada en la dialéctica más experimentada, la inteligencia trenzada en los libros y el análisis y la perfección; parece que las corrientes y comunes versiones degradadas de las formas intelectuales o cívicas derivan en una crisis colosal de aprecio a la inteligencia y el valor, en un descrédito del mérito y una sobrestimación de la estupidez.

Al menos tengo una morada limpia y agradable, jardín y una buena biblioteca. Permítaseme un colofón o coda apocalíptica. La historia comienza a ser un bazar de gritonas bacaladeras (¿eh, señora Montero?) y deja de ser un eficiente cementerio de nobles aristócratas. Desean reencarnar a madame Du Deffand en una cajera de supermercado, desean oír en el salón de Marie Bruneau Des Loges el vulgar andaluz «cockney» de la Ministra, quieren poner muebles de Ikea y bibelots kitsch en el Château de Sceaux. Las masas asienten con élites viciosas y tontas. La plebe es apática, incapaz y muy fácil de engañar. Los hermosos gatopardos son devorados por las ratas. En el mundo ya solo sobreviven hienas y ratas.

Conversar con (demasiados) vivos es como hacerlo con los indios, con incorregibles acémilos, o con monos incapaces de ese elemental logro que consiste en bajarse de los árboles. Custodiemos a los gatopardos. Que lo bello y luminoso sea mi elemento, pido a los dioses. Y, como recomendaba Horacio, multitudo non sequandam.

Prólogo a «Diario de un esquizofrénico»

LIMINAR

No olvido la carta de Madame de Sévigné:

«[…] Tengo que contaros una historieta, que es muy cierta y que os divertirá. Desde hace poco el rey se ha puesto a hacer versos; Saint-Aignan y Dangeau le enseñan cómo hay que hacerlo. El otro día compuso un pequeño madrigal, que él mismo no encontraba demasiado logrado. Una mañana le dijo al mariscal De Gramont: «Leed, os lo ruego, este pequeño madrigal y decidme si alguna vez habéis visto algo tan impertinente. Como que la gente sabe que me he aficionado a los versos, me los traen de todos los colores». El mariscal, tras haber leído, le dijo al rey: «Señor, Vuestra Majestad juzga divinamente bien en todas las cosas; es cierto que éste es el madrigal más bobo y más ridículo que he leído en mi vida». El rey se echó a reír y le dijo: «¿No es verdad que quien lo ha escrito es un necio?» «Señor, no hay manera de darle otro nombre». «¡Qué bien!, dijo el rey, me complace que hayáis opinado con tanta sinceridad: lo he hecho yo» «¡Ah, Señor, qué traición! Devuélvamelo, Su Majestad: lo he leído muy deprisa«.

Deseo del sufrido lector la magnanimidad de releer mi dietario misceláneo creyendo que no es tan malo como en su primera (y certera) impresión parece, y que su opinión crítica sea sustituida por una especie de benévolo «blurb» (pequeña frase auto-promocional que las editoriales o estudios encargan y publican antes de que salga el libro o la película) Permítanme el autoengaño de creer que la mayoría de mis lectores (en total sumarán veinte o treinta) creerán que mi libro es «Absolutely Brilliant«, «Holiday Classic«, y cosas de ese jaez.

También deseo, en mi quimera alucinatoria, que alguien me vea como un tipo de superior inteligencia y superior erudición, al que no reprueban sus escapatorias a Dante, Horacio, Catulo y Ariosto, necesarias para una expresión más viva y mayor desenvoltura de pensamiento en sus escritos. Que se me vea como docto entre doctos, o sombra benigna de los doctos. Un censor sin acrimonia y un príncipe sin nepotismo, un geniecillo de aldea, al que Voltaire –ese corifeo de la religión- le hubiera escrito admirativo el dístico: “»Lambertinus hic est, Romae decus et pater orbis / Qui mundum scriptis docuit, virtutibus ornat«

Con toda sinceridad solo pretendo ofrecer un poco de evasión o ración amable de pasatiempo y solaz a la imaginación y los ojos del querido lector al término de su –acaso- tediosa jornada de trabajo. Un deleite no demasiado sádico.

***

 Un lector siempre añade algo de sustancia personal a lo que lee; si ese algo es menos severo que la idea del mariscal al madrigal del rey, para mí es más que suficiente justificación y señal de terminante alegría.

Pese a que en muchas entradas o escolios critico a la sociedad y a mis semejantes, eso solo es una argucia retórica o desplazamiento: el único tema del libro soy yo, me refiera directamente a mí o indirectamente, aludiendo al supuesto colapso apocalíptico cultural. Si Cavafis en sus poemas históricos transfiere su elusivo yo a hechos del helenismo alejandrino, uno oculta su ignorancia socio-cultural del presente y recurre al expediente de aparentemente hablar de él –de la sociedad- cuando solo (insisto) hablo de mí.

El libro carece pues, pese a sus aserciones categóricas y prosaísmos no pirrónicos, de un significado cognoscitivo o informativo explícito o la puesta en escena de determinadas tesis (tan opinables como inevitablemente caducas) La parte del león radica en su significado emotivo y moral. Por lo que no pretendo bajo ningún concepto instruir intelectualmente, algo que me sobrepasa a todas luces, y solo familiarizar al que leyere con las obsesiones de un solitario en el fondo escéptico y fabulador y bastante mentiroso. Solo tengo una creencia verdadera, una meta-creencia o creencia sobre las creencias, a saber, que no todas mis creencias son verdaderas. Vano insistir que mi talante natural es la bonhomía y la tolerancia, incluso cierta ingenua bondad, por lo que las notas pseudo-nazis o el elitismo despreciador hacia cualquier tipo humano son muestras del más consciente género fantástico.

***

Gracias. Ni soy ni seré escritor de primera fila, no me engaño, poco menos que un dominguillo talentosillo. Un escritor amateur y diletante, de noches insomnes, que siempre tiene presente la aguda experiencia de Montaigne:

Poco importa cuántas veces revise mis escritos; en lugar de complacerme, me decepcionan y me enojan. Tengo siempre en la mente una idea, una imagen difusa, de una expresión mucho más acertada que la que empleo, pero, como en un sueño, no logro asirla ni desarrollarla

Mi obra de creación permanece en el limbo de lo embrionario, lo provisional, de lo susceptible de constante corrección, pulimento, lija y enmienda. La doy a publicar debido a motivos biográficos que deseo no hacer públicos. Detesto mi imagen de escritor y los logros nunca hallados y las limitaciones siempre manifiestas.

Si fuera serio o maduro no publicaría nunca nada, jamás, ni borracho, excepto «feuilles volants» para mi familia. Y continuamente intentaría sutilizar y escamondar en lugar de publicar. Pero me apremia mi vanidad y mala salud.

Si Cernuda habló del «aguachirle conyugal» referido a las parejas heterosexuales, no menos, yo soy un mero provinciano que juega con sus múltiples máscaras y cuya obra, según mi parecer, es poco satisfactoria e insidiosamente mediocre. «Todos los cambios están más o menos teñidos con la melancolía porque lo que dejamos atrás es parte de nosotros mismos» dijo Amelia Barr. Burton señaló: «No hay algo así como la felicidad, solo menores matices de melancolía». No hay algo así como un buen libro, solo mayores o menores matices de mediocridad en “Diario de un esquizofrénico”.

Esa mediocridad queda desmentida en el Prólogo de Santiago Lamas y el Epílogo de Vicente Gracia, médicos, científicos, escritores y humanistas a quienes agradezco el gesto compasivo de ocuparse de mí y que honran al volumen.

Un saludo muy afectuoso a todos y, de antemano, gracias por su paciencia. Todos estamos preñados de ese sueño que se llama Belleza. Todo lo desagradable se evapora en ella. Si logré un gramo de belleza con el libro mi vida está cumplida. Gracias.

Diario de un esquizofrénico 67

(Palabras para mi sobrina Clara)

Bajo la bóveda de la Capilla Sixtina siéntete renacer.

La sociedad nobiliaria, las costumbres de antecámara, el imperio de la representación, la elegante domesticidad aristocrática, son tu destino, si no de vestidos y porte, sí en cambio de espíritu.

El mundo es un boceto mal realizado y la gente no es noble ni buena. Pide que tu vajilla no sea de estaño ni de madera, sino de porcelana fina. Come pasteles de fantasías historiadas vienesas. No vayas nunca a piscinas públicas. No te tiñas. Adora los pájaros y deplora la prensa deportiva. No vayas en metro ni autobús. Hazte caquitas al oír a las estrellas del pop. Sé anti-moderna, es decir, hereje. Escupe al reguetón. Ten en el amor una figura ideal, mas sopesa las grandezas de tus propios soliloquios.

Te espero en unos años en Nogueira. Te hablaré de tu nona, te ayudaré con los deberes, nos encaprichará la luz de los pinos y eucaliptos. Tu alegría animal niega de raíz que el camino a Tebas empiece con la muerte.

Tu sonrisa es una cascada de agua helada que refresca en el calor terminal del infierno.