Dios prefiere Esquilo al bingo

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Según señala Val Cunningham en su libro «British Writers of the Trirties», Geoffrey Grigson fundó la revista New Verse en 1933 como reacción explícita para repeler los valores y gustos literarios de las masas. New Verse fue un foro ferozmente elitista.

Eliot asimismo decretó en frase célebre: «Los poetas de nuestra civilización tal como existe en el presente deben ser difíciles»

Ortega consideraba que la función primordial del arte moderno consiste en dividir al público en dos especies; los «connoisseurs«, aquellos capaces de entenderlo, y quienes no pueden. El arte más que impopular sería antipopular. Cito: «el arte moderno actúa como un poder social que separa y selecciona en el montón informe de la muchedumbre dos castas diferentes de hombres». Según Ortega la sociedad se reorganizará «en dos órdenes o rangos: los ilustres y los vulgares». Según también el filósofo español el aristocratismo del arte «fuerza a las masas a reconocer lo que son: la inerte materia del proceso histórico».

¿Debe el arte, la poesía, excluir a las masas, como pensaban los modernistas? No creo que ello sea condición necesaria. ¿Debe la poesía ser difícil? Opinión tan arbitraria como que la poesía debe ser fácil. Lo que debe ser una condición necesaria y suficiente para la poesía es que ésta posea una especie de jugosa calidad, independientemente de su mayor o menor fuerza popular.

¿Está el público siempre equivocado en literatura? Pregunta irrelevante, capciosa, el refrendo democrático, el pulgar arriba o abajo de los romanos en el circo, es un criterio extra-estético. El rebaño a veces acierta y otras yerra, puede proteger tanto diamantes como barro, si protege diamantes no los convierte por eso en barro, si protege barro no lo convierte tampoco por ello en diamantes. Pero -podemos inferir- cuanto más «uneducated» sea el rebaño más probablemente desbarrará

Yo ya empiezo a pensar, dado que ahora ser elitista es casi como ser judío en la Alemania de los años treinta, que en un futuro bien próximo el premio Nobel será elegido por el público por voto telefónico, como en Eurovisión; vemos como cada día se desprecia más e influyen menos los prebostes de Oxford -ya nos entendemos- en temas relacionados con la cultura o incluso la ciencia. ¿Dejaría operarse usted de apendicitis por un carpintero o por mí o por su vecina en lugar de por un médico?

Steiner declaró que «El gran arte y la gran literatura están tocados por el fuego y el hielo de Dios» (tesis que argumenta en su centelleante ensayo «Presencias reales») Dios -seguro- prefiere leer a Esquilo y Virgilio antes que ver fútbol o ir al bingo. No sé si la mayoría de seres humanos escogerían igual. Dios condena a las llamas de infierno a los Instapoetas, pero la multitud, el enjambre ruidoso de la multitud, gozoso les pone «me gusta».

Yo creo mucho en Dios y nada en Marwan.

De Henry James al reggaetón

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Lionel Trilling arguye que la diferencia entre Dreiser y James «es la sempiterna creencia americana de que existe una oposición entre la realidad y la mente, y de que se debe tomar partido por la realidad» El realismo empírico y mostrenco, los hechos pelados, la apología de la taberna, suelen prevalecer en las literaturas (y en el gusto lector) a aquella literatura como análisis de las capacidades mentales abstractas, de la interiorización, de la constante distinción de tipos humanos y la elucidación de sus propósitos, sensibilidades, valores e intenciones.

El grosero sentido común, el tópico sentimental, son más frecuentes que el esclarecimiento de la variedad, la dificultad y la complejidad; porque la llanura realista es multitudinaria, municipal, y la altura de las cumbres, el refulgir del hielo en las cumbres, plateado y ligero como un pez, allí donde moran leopardos solitarios, esas cumbres son atributo o patrimonio de las felices minorías capaces, de artistas de potente y singular visión y una gran voluntad para no desfallecer defendiéndola.

La literatura (y los escritores) son un trozo o miembro de la sociedad, y si los hombres en la sociedad se inclinan con (poca) tensión espontánea al realismo y abdican de la mente y la inteligencia, nada extraña que una alta frecuencia de obras literarias sean chatamente realistas y sus ingredientes mentales poco más que remociones de periodismo barato y sugerencias de magazine.

El crítico Sven Birkerts explica como una serie de alumnos universitarios suyos fueron totalmente derrotados por Henry James. Más que la dificultad del lenguaje, el estilo, el vocabulario, la mampostería lingüística; más que los giros de la mente jamesiana, o su peculiar ironía, o la época pretérita de la acción o el singular pathos moral; más que las alusiones indirectas, los modos arcaicos de caballerosidad; más que las elipsis, o las añejas costumbres; fue TODO, TODO James lo que no entendieron y los dejaron in albis. Les derrotó no esto o aquello en particular, sino TODO en su conjunto, el TODO en su armonía y dinamismo.

¿Qué ocurrió? Las suposiciones implícitas de los estudiantes, la asunción más o menos conscientes de sus mitos, su velocidad moral, su forma de integrar experiencias, su crianza con la televisión y los ordenadores, su posibilidad o límites de inteligibilidad, sus libros culturales, su tempo de concentración y atención, eso y mucho más definían un nuevo paradigma INCONMENSURABLE con el paradigma de Henry James. A ambos los separa una falla de orden epistemológico y, me atrevería a decir, también de tipo ontológico. Eran especias distintas en planetas con hábitats distintos.

La filigrana y el esmero de la mente de James opaca las mentes discotequeras, fiesteras, ruidosas, electrónicas, despistadas, superficiales e unidimensionales de los estudiantes universitarios que lo leían. Vivimos en una cultura en franca y exponencial disolución. Con bárbaros y ágrafos sentimientos de la vida, con ilotas pensamientos de articulación balbuciente e inconexa.

La música no es humanista (por tanto es incapaz de educar, es una música desencajada de la trascendencia) sino que apela a rugientes deseos sexuales, a la mera experimentación de la posesión coribántica; las inferencias que los estudiantes extraen de sus observaciones son desamuebladas, superficialidades, agusanados clichés; el cosmos moral se reduce a los juegos frívolos de los programas de telerrealidad o a las interactuaciones apocopadas y anónimas (y agresivas o maleducadas) de las redes sociales; se descree del cartesianismo cambiándolo por la emotividad expresiva; estos universitarios no son capaces de distinguir entre lo sublime y la basura, entre la profundidad y la mera propaganda; el deleite, el consejo y la sabiduría, el heroísmo y la bondad, se degradan debido a un consumo tropical de información audiovisual. Sus mentes no influyen sobre sí mismas porque se desparraman en el acicalamiento social de la hiperconexión, de esos bucles lúdicos (y adictivos) que niegan la meditación, la divagación creativa, el autoconocimiento, que los impiden estando como están inmersos en un ininterrumpido «divertissement» banal.

Además leen libros cuyo desmenuzamiento o clave hermenéutica es extraliteraria. Libros cuyo libro de instrucciones está en la música popular, el cine, la psicología de las revistas de autoayuda, las evasiones parasicológicas o esotéricas tan pasmosamente irracionales, en una especie de historia como «atrezzo» vulgarísimo y ecléctico y de cartón piedra, o en la imaginación cibernética, o la iconología «pulp«, o los antihéroes mafiosos y delincuentes, etc…Asimismo el conocimiento se desprecia y orilla en aras de la diversión y la expresión como moneda de más peso en la tabla de valores ( «¿Por qué debo ser culta si yo solo deseo expresarme?» dijo en una entrevista una artista de éxito)

James escribía libros que remitían a un lenguaje literario, a unas densas resonancias retóricas, y a unas fuentes o influencias librescas tan ricas como clásicas. Eran libros ahormados en la tradición literaria, que se montaban a lomos de esa fértil tradición. En esa época los libros eran esquejes de un tronco literario anchísimo. En el nuevo paradigma de estos estudiantes derrotados por James los libros con que se nutren son mónadas sin ventanas a la tradición y a la anatomía literaria, y el idioma es poco más que un sucedáneo (como arenque reseco) del lenguaje periodístico, un lenguaje de tele tipo o de crónica de sucesos.

Era de esperar esta decadencia. Acaso uno de sus orígenes se encuentre en la universalización de la educación a finales del siglo XIX. El infierno suele estar empedrado con un camino lleno de buenas intenciones. Una educación pública que creó un nuevo tipo de hombre, el patán que sabe solo a base de píldoras, el estúpido que pretende refinar su mente pero carece de la suficiente diligente inteligencia.

Nietzsche ya señaló que la educación pública universal representaría una debacle colosal para la cultura. A mi juicio su profecía se confirma más cada década que pasa. La democratización y el igualitarismo tienden a nivelar por un rasero muy bajo. La única vía regia para cultivar la humanidad es mediante la lectura reflexiva y perspicua de lo mejor que se ha escrito y pensado. Y la Universidad ya no obliga a estudiar a Platón, Shakespeare, Cervantes, Montaigne, Kant o sus pares, sino a feministas homosexuales, negros anarquistas, o hermafroditas obreros, o a aprender un mero inglés comercial, o a saber cada vez más de cada vez menos hasta saberlo casi todo de prácticamente nada.

En las Facultades de Letras o Humanidades se ponderan obras obviando la consideración del mérito o demérito objetivo de su contenido (idea, incluso, la del valor regulativo de la verdad, que también se pone en entredicho mediante sofisterías verbosas y plúmbeas -triste cultura que no solo desprecia la verdad, sino el ideal de verdad) Sumemos a ello que el nuevo soberano es el ordenador y lo multimedia, una especie de irrealidad que convierte la mente en un erial yermo, en un secarral sin aguas que lo puedan regar.

Tolstoi, Shakespeare, Platón, Milton, Quevedo, Valle-Inclán, Emerson, Goethe, Cicerón Tucídides, Suetonio, etc… todos son derrotados en la nueva Era de Google, que aniquiló a la Era de Gutenberg. Dada esta miniaturización de la mente, después de Henry James todavía quedan los anabolizantes didácticos de, digamos, John Grisham, Pérez Reverte, Mónica Carrillo, etc…, pero, si mi profecía no es una mera alucinosis, insensiblemente se irán sustituyendo por las películas de Hollywood, las series de Netflix, los vídeos de You Tube, Pinterest, Wikipedia, Shakira, Bollywood, Disney, las telenovelas, el hip hop, el reggaetón, y demás plaga antiintelectual y espectacular[Nota. Aquí no es dable elegir entre la mente o la realidad, sino entre la realidad y sus excrementos. Fin de la Nota] Las cuñas de ese «enterteinment» cultural «mainstream» global se afilarán cada día más hasta romper esa medio cultura («mid-cult») –ella misma una parodia chusca de la alta cultura- y lograr que casi todo el planeta consuma esos detritus o palomitas grasientas.

En sus cuevas héroes del Ancien Régime mantendremos esas islas de arcaica conservación llamadas Henry James y sus iguales. Gracias a esos héroes monásticos, a esos eremitas solitarios, veremos un renacimiento intelectual en -pongamos – dos o tres siglos. Yo no permitiré que Madame Récamier enseñe un piercing en un «after-hours«. Si millones de seres espirituales vagan invisibles de un lado a otro de la tierra, me vestiré con galanas ropas curiales cada vez que entre en mi voluminosa biblioteca. No permitiré que Madame de Stäel quede narcotizada y estupidizada frente al televisor. O que Cromwell se compre una barbacoa, un chándal y escriba «pósits» de autoayuda en la puerta de su nevera. Juro que evitaré que Mozart desayune Coca-Cola en un MacDonald´s. JE VEUX LA VIE SOLITAIRE.

Postscriptum: Soy elitista, no eugenista, ni nazi. Mi utópica divisa se cifra en el lema «elitismo para todos», pero ello sé que es una quimera que no se aviene con nuestras naturalezas. No despojo de su condición humana a la horda o chusma irreverente y vulgar. A una choni y a Safo, si las pinchan sangran, si las insultan ambas se sienten molestamente humilladas, y ambas buscan la delicadeza de la felicidad, el amor y la autorrealización. Tan vida viva es la de una mariposa como la de un sapo.

Pero las aglomeraciones, la colmena universal de las masas acémilas pretenden tomar lugares de la civilización que solo los pueden ocupar los mejores. A mí me irrita esa intrusión. Y las masas acémilas también presionan, centrípeta y centrífugamente, para ahogar a las almas de oro. Los mediocres se juntan por todas partes para convertirse en señores. Los regguetoneros quieren grabar con la Filarmónica de Berlín.

El populacho y el rebaño tienen un punto despreciable lo que no obsta, claro claro, para negarles su imprescriptible humanidad, humanidad que indefectiblemente ostentan y debe justipreciarse. Yo tengo conciencia de un entorno no solo ajeno sino muy hostil.

Yo no fui engendrado en un cafetucho de Calcuta. Normal mi orgullo de clase. Mi familia no proviene de la estirpe gangrenada de los mercachifles. De ahí mi blasón. Creo que nos anega un diluvio de barbarie. Hay dos rangos sociales: los ilustrados y los vulgares; alcanzamos tal cota de decadencia que los vulgares no se saben vulgares o bien presumen de su locuaz vulgaridad.

Soy un señorito esnob; juzgo la leche en polvo, la comida enlatada y los best-sellers una blasfemia, algo que irrita la mente divina. Baudeliare condenó la fotografía como un sacrilegio que permitía a la vil multitud contemplar su propia imagen trivial. Y ahora, para más inri, la orgía de los selfies. Con los libros baratos, el cine, la prensa, la radio, Internet, desaparece la vida interior. Creo que es obvio que en la vida pública existe una tiranía de los menos valiosos y más necios.

Pero si algún lector me considera un vanidoso desmedido, un fatuo presuntuoso ridículo, permítaseme esta íntima confesión; yo, Christian mi nombre, también tengo en la estrella de mi destino ser «massa damnata» o «massa perditionis«. Vale.

Ancien Régime

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Ah aquel mundo de ayer de mi infancia

cuando iba con mis papás arriba, al reservado del restaurante,

y abajo quedaba la vida, la cuca coctelería, el piano perfectísimo,

el aire espumoso del verano, la luz arracimada en los ojos silvestres para que impugnasen los bigotitos putrefactos de filisteos o rockeros desquiciados.

Lo recuerdo todo con intensa claridad de símbolo: nuestra gente era aún ordenadísima, educadísima, exacta y sólida, no cabía ni asomo de plebeyez o de engaño,

sobrepujaba el pensamiento soberbio, augusto, fluía magnánimo el gesto,

y el dinero -perdonad la confesión- lo teníamos quienes debíamos tenerlo.

Para nosotros el sileno griego, el templo jovial de las sagrados oros molidos y las hojas de vírgenes álamos,

el lirio bíblico, las lluviosas y largas playas de amanecida y el negro de los pumas.

El mundo entero era lo mismo que una pastelería vienesa;

los días sin diferencia al sabor civilizado de los cangrejos en las tabernas de Sitges.

Sí, hubo un día en que nosotros éramos los amos del mundo, los dignos propietarios de la historia.

Sin cutres revistas del corazón ni carreteras atestadas de turistas, sin proteína barata,

éramos nosotros los elegidos, los purpurados, el alma que devoraba el mundo a cambio de inyectarle gloria,

el espíritu que custodiaba la palabra y la belleza y la medida.

Nuestras plegarias se atendían, buscábamos fe y alegría, y de fe y de alegría se nos proveía,

el mundo funcionaba porque estaba bien hecho.

Sin embargo, imperceptible e insensiblemente, se socavó aquel Ancien Régime.

Se dejó de oír el crujido dulce de aquella osamenta que sostenía el orbe,

la trompetería en rotación de los bárbaros sonaba amenazante en las fronteras.

Subieron al estrado muy mediocres y rapaces tipos, muy mediocres y mendaces hombres

y todo se llenó de las ruines y vulgares ideas del comercio, las tecnologías, las luteranas obligaciones,

empezó caudalosa la tan indeclinable como impostergable corrupción de la sabiduría.

Donde comía cada día con papá y mamá pusieron un Zara.

En las voces enseguida percibí una neblina ácida y turbia, tonos broncos e híspidos;

arreciaba como una plaga de langostas el tsunami sandio de las muchedumbres y la democracia popular.

Se imponía como blanca religión la ley de la horda,

marsupiales tartaja, hienas analfabetas gobernaban la república

y hormigas siervas las votaban con estrépito y devoción.

Se congelaron los bosques y se helaron las frágiles rosas,

guillotinaron a la reina, huían príncipes al exilio, e imperaron rocosas sombras.

Recuerdo como con papá y mamá iba arriba, al bonito reservado,

a degustar mis vieiras laminadas con aceitunas y tomatitos de invierno.

Agradezco a mis papás la hermosa tradición que me legaron. El gusto del lujo mental.

Pero pasó aquello como pasa la arena a través de la cruel clepsidra.

Ya ahora en mitad del camino de mi vida, recordando con punzante amor aquella arcadia

(el maître no oía entonces brutales planes de sexo como debe oír ahora,

ni los pazguatos y analfabetos comentarios de futbolistas o de sus presidentes),

recordando aquella feliz memoria que -ay- no fue promesa de futuro,

derrotada la flor del tiempo,

poseedor de hacienda menuda y con envidiable ocio,

decido desaparecer, enclaustrarme,

vagar por mis tierras gallegas,

saberme propietario de lo noble e inmortal,

ensoñar por altos bosques de eucalipto, vagar por mi sonrosada melancolía,

sentir esa intemporal existencia de solo ser culto propietario rural,

y escribir, a nadie escribir,

las líneas precisas e incomprensibles de este mediocre y elegíaco poema.

Custodiemos a los gatopardos

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«Mi idea es que ninguna sociedad puede arrinconar esta «aristocracia natural» o «de mérito», cosa que no tiene nada que ver con la clase aristocrática de cualquier tipo de Ancien Régime. Se trata, simplemente, de considerar que cualquier sociedad precisa una élite, o, por decirlo en términos geométricos, una cúspide de la pirámide cultural constituida por los ciudadanos más preparados, siempre en el bien entendido que esta punta de la pirámide -tampoco, nada que ver, con una clase social económicamente privilegiada o con atribuciones despóticas- esparza su excelencia por todo el resto de la sociedad: caben en esta excelencia tanto los hombres de letras como los de ciencias y de técnicas. Esta propagación de la sabiduría de los mejores (aristoi) se produce, en lo que respecta a las Letras, por el camino de la educación, pero también del periodismo, los medios de comunicación, las revistas, los cenáculos literarios, la vida parlamentaria, los museos, los ateneos y los centros urbanos de cultura, además de muchas otras plataformas: también un edificio o la organización de un barrio pueden ser civilizados o crueles» Jordi Llovet.

En los palacios de música vieneses, la altura de los escalones de mármol estaba pensada para que al subir por ellos las damas no tropezasen pisándose la cola del vestido, o bien no enseñasen inconvenientes pantorrillas: muestra exquisita de civilización, suma de belleza y tacto, y también exquisitez. Compárese esa muestra de inteligente delicadeza, esa obra maestra de las costumbres, con el salvajismo urbano «okupa»: nota abrumadora de barbarie y brutal ocaso.

José María Álvarez o Salvador Oliva, siguiendo así a una dignísima tradición humanista, incorporan a Shakespeare a nuestras lenguas merced a sus elegantes traducciones: muestra sublime, majestuosa, magnánima y generosa de distribución de lo mejor. Comparemos. La editorial Espasa, a cambio de dinero, y ejemplificando una definitiva e incontestable bajeza y suciedad, acaba de premiar la «poesía» de un tecleador cantamañanas: esparce basura y oculta la excelencia. Símbolo o muestra de estos desnortados tiempos.

Los escritores deben ser -al igual que nosotros los lectores- custodios de lo mejor. Sus ficciones y poemas y obras de teatro altas terrazas de platino y lirios. Los ciudadanos deben esforzarse por ser asimismo custodios y amantes de lo más selecto. Desterrar de sus mentes la chatarra y elaborarlas con materiales nobles y brillantes ¿Cuánto vale una democracia con demócratas con mentes liliputienses e ignaras?

Yo, y particularizo mi caso, debido a mis limitaciones e insuficiencias, no pertenezco a las élites, pero sí soy satélite de esas élites, orbito feliz alrededor de ellas. Un imperativo que me enseñaron ya desde la cuna. Mis padres me legaron el lujo del espíritu.

Los ricos ahora relinchan junto a sus caballos y yates privados, los filisteos se alimentan de alfalfa, televisión y tuits, los pobres propenden a la idiocia. Creo que la única salvación a esta hecatombe cultural reside en las capas cultas -lectoras, letradas- de la burguesía hacendada (capas cada día más delgadas y menguadas, burguesía cada vez más inculta) que nutren a esa pirámide cultural de los ciudadanos de más patente. Acaso se vea en ello clasismo, pero prefiero el instinto de realidad a ilusas evasiones utópicas, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo probado a la quimera.

Si la escuela, implosionada con ideales ácratas izquierdistas que conspiran justamente contra el mérito de algunos miembros de las clases trabajadores y no privilegiadas, convirtiéndolos en estupendos ignorantes y víctimas crueles del destartalado sistema, [Inciso. Las élites endogámicas sin la energía renovadora de los mejores entre las clases subalternas se pudren y parasitan. Pero la escuela ya no permite esa sabia circulación de las élites. Fin del inciso], si la escuela, decía, si la escuela mejorara, si la Universidad mejorara, acaso la impresión de depauperación intelectual y espiritual no sería tan intensa.

A veces tengo la presunción que el periodismo, la política, las editoriales, los museos, los ayuntamientos, los sindicatos, etc… están gobernados por la clase de los peores, por los últimos de la fila. Que desde arriba se esparcen o distribuyen detritus, resultando entonces todo una perversa contaminación o embadurnamiento de porquería. Filtraciones o capilaridad de cochambre y mugre. Las confirmaciones no son pocas y los desmentidos no abundan.

Creo que el enorme Pla observó que solo la mediocridad es socialmente admisible. Ahora la mediocridad es el único método de supervivencia. Parece que la gente (¿gentuza?) no quiere asumir como algo propio y valioso la cultura, la inteligencia basada en la dialéctica más experimentada, la inteligencia trenzada en los libros y el análisis y la perfección; parece que las corrientes y comunes versiones degradadas de las formas intelectuales o cívicas derivan en una crisis colosal de amor a la inteligencia y el valor, en un descrédito del mérito y una sobrestimación de la estupidez.

Al menos tengo una morada limpia y agradable, jardín y una buena biblioteca. Permítaseme un colofón o coda apocalíptica. La historia comienza a ser un bazar de gritonas bacaladeras (¿eh, señora Montero?) y deja de ser un eficiente cementerio de nobles aristócratas. Desean reencarnar a madame Du Deffand en una cajera de supermercado, desean oír en el salón de Marie Bruneau Des Loges el vulgar andaluz «cockney» de la Ministra Portavoz, quieren poner muebles de Ikea y bibelots kitsch en el Château de Sceaux. Las masas asienten con élites viciosas y tontas. La plebe es apática, incapaz y muy fácil de engañar. Los hermosos gatopardos son devorados por las ratas. En el mundo ya solo sobreviven hienas y ratas.

Conversar con (demasiados) vivos es como hacerlo con los indios, con incorregibles acémilas, o con monos incapaces de ese elemental logro que consiste en bajarse de los árboles. Custodiemos a los gatopardos. Que lo bello y luminoso sea mi elemento, pido a los dioses. Y no seguir a la multitud.

Analfabetos del mundo, ¡United!

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«Millones de graduados universitarios con un nivel de ingresos superior al promedio de la población no son grandes lectores. Y si las masas universitarias compran pocos libros, ¿Para qué hablar de masas pobres, analfabetismo, poco poder adquisitivo y precios excesivos? El problema del libro NO está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir. Lo cual implica (porque la lectura hace vicio, como fumar) que nunca le han dado el golpe a la lectura: que nunca han llegado a saber lo que es leer» Gabriel Zaid

En un estudio sobre los universitarios españoles de 2006 de la Fundación BBVA, se concluyó que solo un exiguo y raquítico 12% de los universitarios leía un libro al mes !!Un libro al mes!! Cifras palmariamente catastróficas y que, con probabilidad, empeoraron estos últimos trece años. En las sociedades subdesarrolladas el pedagogo Paolo Freire acuñó y descubrió el término de «analfabetismo funcional». Enzensberguer ideó y explicitó el término de «analfabeto de segunda categoría», un tipo de analfabetismo propio de las sociedades desarrolladas, industriales y modernas, y prototipo ideal que forja nuestra universidad española.

En palabras de Enzensberguer: «El analfabeto de segunda categoría es afortunado. Su falta de memoria no le causa ningún sufrimiento; el no tener una manera de pensar propia le alivia de toda presión; valora positivamente su falta de concentración para concentrarse en nada; considera una ventaja el no saber y no comprender lo que sucede. Es activo. Es adaptable. Muestra una considerable determinación para conseguir lo que quiere. Así que no hay que sentir lástima por él. El hecho de que el analfabeto de segunda categoría no tenga ni idea de lo que es contribuye a su bienestar. Se considera a sí mismo bien informado, puede entender instrucciones, pictogramas y cheques bancarios, y se mueve en un mundo que le aísla completamente de cualquier desafío a la confianza en sí mismo. Es impensable que pudiera sentirse frustrado por el ambiente que le rodea. Al fin y al cabo, es ese ambiente el que lo ha creado y formado para garantizar su supervivencia sin problemas»

Si el analfabeto funcional, en civilizaciones subdesarrolladas, no sabía muy bien leer debido a la falta de referentes culturales e información contextual, el analfabeto de segunda categoría sabe leer, pero lo abstracto, complejo y profundo le resulta extraño, alienígena. Desprecia la cultura y le chifla Netflix, sus placeres son chatos y bajos (y, si puede, caros), sus ideas políticas son como irracionales consignas o tuits astrológicos, no aman la música seria, y meros «puer technologicus» les resulta extranjera la delicadeza de gusto o opinión. Se aturullan ante el argumento secuencial, orbitan inconscientes en la bisutería haragana de las ideas fáciles y la pleitesía del pensamiento mágico. Sustituyen asimismo como conversos fanáticos la religión por el animalismo, o el feminismo, o el veganismo, o la conspicua Era de Acuario.

El futuro (un montón de baldíos escombros) ya es suyo.

Anotaciones del escriba agropecuario

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(a) Se iluminan las ciudades con farolas, pero se hace de noche en el mundo moral (tomado de Víctor Hugo)

(b) «Pronto lo habrás olvidado todo, pronto todos te habrán olvidado» Marco Aurelio, Meditaciones, VII, 21

(c) Wittgenstein subrayó que Schopenhauer era un verdadero filósofo debido a que se convirtió en «a teacher of manners«, un maestro de costumbres, un ejemplo de ética, alguien que supo poner sabiduría en su vida, un modelo biográfico. A cuánta distancia de los aburridos filósofos académicos y sus rutinas miserables y su mundo estrecho, liliputiense.

(d) «Simul et jucunda et idonea dicere Vitae«, Horacio, hablando de la función de la poesía en su Arte poética, I, 334. «Y al mismo tiempo decir cosas agradables y adecuadas para la vida».

(e) Se glorifica (de boquilla) la sabiduría,

pero se lee (y publica) la fruslería.

(f) ¿Cómo es ahora el mundo? Solo quedan lobos para alimentar a los lobos en las ciudades vacías.

(e) Ajos y zorzales helados,

vacías tripas de búhos hambrientos,

ratones gordos escondidos en los párkings,

obturando los ejes de la cuadriga,

entrometiéndose en los motores de los coches,

desterrando la verdad y la belleza del corazón de los hombres.

Cruzan las fronteras los bárbaros trayendo el viento de la muerte.

Cada vez la tierra llenándose,

cada vez hospedando a más tatuados ilotas de la palabra.

Y cuando piensas en las estrellas

de repente se manchan de grasa las flores.

Ni algo maravilloso (o su memoria) queda en todo lo que es Cultura, Naturaleza o glaciales Dioses.

(f) «En las últimas semanas duermo muy intranquilo. Siempre sueño con el servicio. Sueños que me llevan siempre a la frontera del despertar. En los dos últimos meses me he m[asturbado] únicamente tres veces. Las personas que me rodean me dan asco, y esto ocurre en contra de mi voluntad. Con frecuencia me aparecen, no como personas, sino como máscaras grotescas. Hoy, estado de máxima alerta. Mi comandante es muy amable conmigo. Piensa en la meta de la vida. Es lo mejor que puedes hacer. Debería ser más feliz. ¡¡Oh, si mi espíritu fuese más fuerte!! Bien. ¡Dios sea conmigo! Amén» (Anotación del 28 de Mayo de 1916 de Wittgenstein en su Diario) A mí a veces también me resulta insoportable la abyección de mis camaradas. El filósofo vienés habla consigo mismo, pero uno tiene la impresión que se dirige a todos nosotros. Profesar un modo de vida muy diferente al común, es ejemplificar una sabiduría, vivir una filosofía. Wittgenstein, con esa peculiar intensidad o incandescencia indiscernible del genio, fue otro «master of manners«.

(g) No despertemos al dios Pan. Que en prados, bosques y rascacielos reine el silencio. No debemos despertar al dios Pan.

(h) Recorrí poco mundo, y encima sin los ojos abiertos.

(i) «Cualquier talento se echa a perder cuando los temas que plasma carecen de valor. El arte de nuestro tiempo cojea tanto precisamente porque nuestros artistas más recientes carecen de unos temas dignos. Es algo que nos afecta a todos; tampoco yo he sido capaz de negar mi propia modernidad» Goethe, en Conversaciones con Goethe, de Eckermann.

(j) ¿Si tan acordes van el vino y la vida?

¿Por qué mamá me prohíbe la bebida?

¿No será la ginebra mi actriz preferida,

la que tiene en los labios mi herida favorita?

(k) A mí mismo: no negaré el mérito que tiene el que lograras alcanzar semejante excedente de estupidez.

Por empinados caminos de escaramujos y dulces espinos blancos

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Divago por las galerías de mis ensueños merced a la bendición de la soledad y la energía del silencio. Y yo, que no me considero especialmente esclarecido ni lúcido entre los lúcidos, pero que tampoco soy un mandril típico de los inicios de este siglo, recuerdo una cita de Palingenio «Tanta est penuria mentis vbique / in nugas tam prona via est!» (Tal es la penura de la inteligencia en todas partes / que las tonterías tienen allanado el camino)

Especialmente tontos son los bucles lúdicos y adictivos de Tinder, Cundy Crush o las redes sociales. Precisamente estando ahí, en ese zumbido o guirigay de conexión perpetua -como ver la tele u oír la radio-, no estás en otro sitio, saber, con tus propios pensamientos, vibrando al azar o vagabundeando por los enrejados rosáceos y amigos de tu espíritu, paseando por esos caminos dúctiles (que permiten ideas creativas y autoconocimiento) , caminos submarinos y silvestres, oyendo sinestésicas meditaciones casi inexpresables, sintiendo una euritmia donde mana el agua dorada a punto de cristalizar.

Si nuestras únicas formas de adquirir experiencias son las que proceden de la rutina deprimente del trabajo, del limitado número de nuestros amigos, o de la voz ruidosa y banal de los medios de comunicación de masas, meros sonidos e imágenes que expulsan el silencio y el yo profundo del mundo; si nuestros únicos dioses y deseos son los de la publicidad, el cine, la prensa, la radio, la televisión, la prensa o Internet; si creemos que ser sofisticado es tener un yate privado, un coche deportivo, o un avión particular; si a usted (a diferencia de mí, del mismo Dios, y del rector decimonónico del «Jesús College) no le produce consternación ver llegar los primeros trenes a Cambridge, sobre todo los domingos, o el estilo aséptico y sin resonancia histórica de los muebles de Ikea frente a los muebles nobles Biedermeier; entonces es probable que este escrito le resulte tan esotérico o improbable como si le cayera un meteorito en la cabeza. Es usted la savia de esta decadente civilización, el alimento de su decrepitud y demagogia.

Presumo que si nos retuitean un tuit muchas veces, o recibimos muchos «me gusta» en Facebook, se dispara la dopamina y sentimos placer y euforia (estamos diseñados para el acicalamiento social) Pero, ¿acaso la soledad es un demérito? Convengo con Nietzsche acerca de que todo aquel que no dispone de tres cuartas partes del día para sí mismo es un esclavo. En una epístola Plinio el joven escribió «Me parece especialmente hermoso que no caigan en el olvido aquellos que merecen la inmortalidad». Debemos intentar buscar momentos de soledad bajo el aspecto de la eternidad. Mejor; esos momentos casi siempre solo son dables en soledad (también, a veces, en el amor)

El mundo no es un tranquilo claustro de un monasterio del siglo XIV. Creo que la red de decibelios martilleantes y el afán desmedido de conexión tecnológica nos enfermen moralmente. La arrogante sensibilidad metálica y técnica, la subordinación de la palabra a la imagen, la sustitución de la palabra selecta por la palabra vulgar, la baraúnda de un movimiento aceleradísimo sin dónde ni por qué, conspiran contra el paciente pensamiento reflexivo y pulverizan una absolutamente imprescindible soledad y un totalmente enriquecedor silencio. Nuestra poscultura es frívola, inmadura, y en el fondo, quebradiza y frágil.

Pocos estorbos, una soledad discreta y amable, la casa limpia y la noche en calma. Algo de vino en el lagar de mi feudal casa orensana. Conservar libre el alma y presto el juicio. Vivir honrada y menudamente. Leer mucho, escribir poco, pagar a tiempo todas las cuentas. No estorbar ni pleitear. Cuidar a mamá. Evitar pasiones morbosas. Pasear por los bosques y arrancar las malas yerbas del jardín. C´est attendre chez soi bien doucement la mort.

Saturno

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Con la ayuda de mi gato negro mataré a mi primo Tiberio cuando éste menos se lo espere,

con navaja cortaré el cuello de Silano,

envenenaré a la abuela Antonia e injuriaré a Augusto

Dios me dio ginebra, silencios, acedía y soledad sin tasa.

Debido a la melancolía de mi naturaleza mi deseo es poco,

soy frío y seco como la tierra, oscuro de piel y renqueante,

desabrido, ruin, ambicioso, taimado, hipócrita, avaro.

También hosco, astuto, falso, frígido, apocado, perezoso y muy lento de movimientos.

¿La imaginación?, inquieta y débil,

¿la risa?, tiznada de veneno,

¿la noche?, el verdadero sol de mi ciencia,

y los vientos congelados de inviernos sucesivos contemplan mi choza sin amantes.

Mi pecado «spei de salute aut venia obtinenda abiectio«

Sin sonrisa de victoria cualesquiera de los ángeles del crepúsculo me tutelan y me arrastran a un compacto olvido.

Sabedlo. Toda belleza que es belleza se desvanece y marchita,

todo deleite, cuando se posee, cambia de aspecto y causa hastío,

la esencia de Fortuna es mudar (a peor),

los placeres del mundo y los goces de la tierra

(derramar y distraerse, empequeñecer el alma, sus criaturas pensantes y su sabiduría con fruslerías,

desasosegar el jornal para que lo aprovechen cacasenos marsupiales idiotas y egoístas, pecuniarios obsesos subnormales,

buscar acuerdos que significan poco más que meros vicios o servidumbres,

no saber mortificar la lengua y acabar farfullando inanidades inútiles

entre otra caterva de inútiles también incapaces de guardar su lengua)

los placeres, decíamos, son fugaces, falsos, transitorios y fatalmente incompletos;

la primaveral hoja de verde savia es helada sangre invernal en potencia;

además de que todos seremos engullidos por el voraz agujero negro de la mente de Dios

-los astros no engañan a nadie, queridos míos-

La bilis negra retumba regia y colosal, como un hoplita tanque de guerra, gobernando la osamenta chirriante y crujiente de las galaxias.

La bilis negra está en la muerte que nunca se olvida de ti, desde niño a viejo.

Sabedlo. Nunca estimé a las mujeres (jóvenes o listas), el éxito o la fama;

detesté al público, al necio mogollón, el sexo a gogó en playas silvestres, las ciudades zombis, la alegría del botellón, las camas limpias de los hoteles;

Saturno y el otoño tienen la culpa.

El supermercado descabalgó al genio

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El pasado es un reservorio exquisito de ideas grandes y gestas nobles o de sumas bellezas. Cualquiera hoy tiene acceso fácil a sus magnas ideas y ejemplos gloriosos. Pero nadie enseña a tomar eso como una posibilidad viva para uno mismo. El gusto por la grandeza exige asimismo también pasión. Una prudente, piadosa, sabia, pasión significativa.

Las pasiones significativas de los jóvenes o de la gente «espesa y municipal» son esculpidas por el macabro mercado y los «media», y no por la gatopardesca razón libre y cardenalicia, imitando así a los modelos antiguos geniales (es decir, clásicos). El supermercado desbancó, descabalgó al genio (turbamulta de cartagineses que no leen a Polibio y usan máscaras ofensivas al gusto)

«Litterae quoque […]per Italiam increvere, accedente tunc primum cognitione liiterarum graecarum, quae septingentis iam annis apud nostros homines desierant esse in isu. Retulit autem graecam disciplinam Chrysoloras Bisantius, vir domi nobilis ac litterarum graecarum peritissimus» Eso dice Bruni de Manuel Crisoloras (Constantinopla, 1350-Constanza, 1415)

Traduzco: «Las letras […] se difundieron por Italia, sumándose por vez primera al conocimiento de las letras griegas, que habían dejado de estar en uso entre nosotros desde hacía setecientos años. Quien restituyó la antigua disciplina fue Manuel Crisoloras, bizantino, hombre en su patria noble y sumamente ducho en las letras griegas»

Los últimos Crisoloras van muriendo, murieron (Bloom, Steiner, Batllori, Popper, Von Balthasar, Olsen, Curtius,…) y se trocan por mediáticas figuras intelectuales con una embarazosa mediocridad de magazine.

El heroísmo no se encuentra ya en las Vidas Paralelas de Plutarco sino en la final de taparrabos de la Champions; la bondad no es un atributo de Cristo sino un gordinflón de barba postiza vestido de Papá Noel frente al centro comercial; la Fortuna no se la domeña sino que se la azota sin piedad; se hace lo que se quiere, pero se carecen de ideas inteligentes para hacer cosas inteligentes con aquello que se quiere; abordar la lectura de grandes libros es algo que casi ha desaparecido de todas partes; el amor no es un destino eterno sino un contrato perecedero; los curas ignoran el latín y se nutren de la prensa rosa; el carácter y la imaginación no siguen un método sino la irreflexión evangelista tecnológica.

Prisión de Dédalo es mi melancolía por este mundo sin brújula ni altos porqués. Permitidme como colofón un sueño; los poetas -aún si hijos del «melancholicus» Saturno- somos humanistas como el rey que presenta la «Cronaca figurata» florentina. Ese rey latino enseñó agricultura a los romanos y fundó Sutrium. En cuevas siríacas o catacumbas escribimos alunados, como lobisones solitarios.

Aquello que permanece, el oxígeno de las branquias de una civilización, fue fundado por un poeta. Aunque la Anfictionía Délfica esté controlada por los etolios, persistimos y no nos rendimos. Zeus es testigo. Amén.