Era un tipo raro.
Todo el día encerrado leyendo y escribiendo
como un puerco en la corte,
no entiendo cómo no se suicidió
igual que el primo aquel de Ánxel.
Hablaba solo en el bar
yo creo que latín
se lavaba poco
bebía mucho
no era ni de aquí ni de allá
muy suyo
no mal tipo
algo locuelo a qué negarlo.
No lo vi nunca con ninguna mujer
ni amistando con humanos
diríase sus amigos los raposos y las lechuzas
y esos anillos y bufandas extravagantes que se ponía a veces
le daban un aire de dandy sodomita o bohemio.
Los críos del pueblo lo querían mucho.
Era un sabio, gordete, bonancible, y Dios, la de páginas
y páginas que habrá leído.
Más que vivir en una casa vivía dentro de una biblioteca.
Y nosotros solo somos pobres labriegos casi analfabetos.
¿Nos quiso?
¿Crees realmente que nos quiso?
¿Advirtió nuestra vecindad?
¿Crees que en su quimera lunática
escribió o pensó unas líneas sobre nosotros?
Autor: christiansanz71
Cuadro de Hopper
Nadie me llevará a un lugar
de gente joven y viva
con música y bullicio
muy lejos de esta casa.
Hace meses que no hablo
con nadie decente.
La soledad es un café
una mujer o un hombre
sentados solos
en la mesa apartada
mirando el suelo o la taza
ensimismados
un día de niebla
con el cielo rosa oscuro
a punto de anochecer.
Nadie me escribe,
las cartas son impersonales
instancias del banco, nadie telefonea
a este saco de trigo mudo
sobre una descascarillada
tabla de madera.
Así que calienta el plato
precocinado en el microondas
y come frente al televisor;
no rías ni sonrías, no llores
ni te enfurezcas -llama la
atención el aplanamiento,
el mineral allanamiento
afectivo de tus ojos-
y vete a dormir tarde
ridículamente orgulloso
de la pila de cacharros sin fregar
amontonados hace casi una semana
casi como trozos de tu rota piel sin lavar.
Yoyó
Quise en mis adentros invasiones dorias y solo suena la mortuoria armonía de un yoyó.
Quise un silencio crudo, una hierba solitaria y dura y mágica, un sexo a gogó, y solo queda el mojigato mecanismo simple y obvio de mi yoyó.
Quise el canto de las ruedas celestes, el cajón áureo de las palabras satinadas, los tojos florecidos de luna, y resta, como una cría de ballena varada en la playa, el zumbido y la herida del bobo yoyó.
¿Y qué es el yoyó?
Pizzas frías,
ademán de subliteratura,
soledad de borracho de bar,
húmedas cuevas sin algas,
negras lenguas de murciélago,
negros confesionarios como oscuros anos,
monedas sin valor,
fábricas abandonadas,
manicomios abandonados,
casas desmoronándose,
mucha televisión de madrugada,
y la sutil perversión
-el mundo no es bueno, ni noble ni sabio-
o perpleja disposición
de que todo esto es inconcebible;
por inconmensurable,
por perecedero,
por efímero.
La mar
Es una denunciable quincalla retórica pensar que la mar es símbolo de libertad por antonomasia. Muy al contrario su trenzado sonoro indica la gran oquedad de saber que vives igual como morirás: solo. Ulises tuvo una erección al oír el canto de las sirenas. La mar se oye cuando la nieve en la bota del marinero se traslada de Terranova a New York; restos de nieve sucia sobre el pavimento caliente. La mar es una puta muy hermosa que se prueba vestidos lacados y sostenes dorados para seducirnos, y que nos paraliza como a ese esteta loco que busca imposibles imperfecciones en su cuerpo azul. La mar se sube sobre sí misma, cae dentro de sí misma, se bambolea como la respiración de un buey inmenso, y tiene dos millones trescientos mil peces luminescentes que se carcajean de los albatros. La mar derrumba atuneros, transatlánticos, veleros, yates, mancha al petróleo -que no al revés-, se burla de los enamorados, dicen los periodistas mejor informados que su conflicto con la luna es inmemorial, los filósofos no saben usarla de metáfora si no añaden de paso un navío ambulante, da pena a los niños tuberculosos y delgados y melancólicos, no es muy alta (mide más el dinero de Wall Street), no es demasiado cuca (bien mirado tiene la monotonía del lunes alargado, del lunes fatigado de muchos años en la misma oficina), es firme en ademán y trazo como las rectas sentencias de muerte, desengaña a los ricos, hace creer a los pobres que cada gota, gota a gota, se tumba la roca, la roca se tumba, y es manifiestamente mejorable su civismo para con los meteoritos y los jardines. Tiene una mente liliputiense que tomamos por aguda por un mero error de volumen, el salitre -caramba, amado lector, en esto no hay disputa- es otra forma de achicharrar sentinas malolientes y nacientes lombrices, a Forster Wallace el mar siempre le recordaba los tiburones y las calamidades, Forster Wallace se suicidó con una cuerda de agua de mar, a Virgilio el mar le recordó que la Eneida era una obra inconclusa y defectuosa (hay que pasar la lima al poema sabía sin asomo de duda, pero el emperador se comportó como un fan irreflexivo y fanático) y, de paso, el mar tiene de color del vino lo que usted de propulsión aeronáutica, de arquitectura babilónica, o sensibilidad de voz grave de arcilla o ardilla. La mar es un timo por convención, una conveniencia de mafiosos soñadores y violentos, un cubilete de parchís de metacrilato que asesina, un sudor de hombres rudos y aguardentosos y un lío de palabras en el diccionario que explica las partes de un barco. La mar, y ya no insisto más, es un mito que nos hace felices. Bien, y que así sea. Burda, feble mitomanía. La mar.
Lo que yo no me explico ya nada es por qué cada día la amo más.
Agradecimiento a la poesía o los dones perdurables
La poesía no me dio
ningún amigo afín
ningún ligue de bar
ninguna religión metafísica.
Solo ver la luna
sin muros ni alambradas
sabia como un oráculo,
solo ver el mar
mugiendo de vértigo
como un campo sin agostar.
Como si orara en una iglesia
solitaria,
como si franqueara
un abismo,
la poesía me ha dado
el silencio sin espanto
de los espacios infinitos
y la conversación ingeniosa
y refinada
de una opinión sin yugo,
un amor sin bozal,
una casa con puertas
y la lenta figura
de un pájaro
piando muy hermoso
dentro de los ojos.
Aquí he de morir
Leo en la página 474 de la obra de Bernanos, Le Chemin de la Croix des Ames: «El enorme mecanicismo de la sociedad moderna se impone a nuestra imaginación, a nuestros nervios, como si su inexorable despliegue nos obligase a entregarle lo que no le daríamos de buen gusto. El peligro no radica en la multiplicación de las máquinas, sino en el número, cada vez más elevado, de personas acostumbradas a no desear, ya desde la infancia, otra cosa que aquello que las máquinas les ofrecen. El peligro -posible- no es que acabéis adorando las máquinas, sino que sigáis ciegamente la colectividad -dictador, empresa, estado o partido- que las posea. No, el peligro no estriba de suyo en las máquinas, ya que solo hay un peligro para el hombre, y es el hombre mismo. El peligro radica en el tipo de hombre que esta civilización trata de formar» Bernanos, a mi ver, fue profético al intuir el modelo o tipo de hombre propio de la civilización tecnológica. Una especie de plutócrata glacial y ruidoso corrompido por el poder absoluto. Y dibuja un futuro incierto en que el hombre no pinta nada ni es nadie. A más técnica menos silencio, y a menos silencio menos densidad de alma y más aburrimiento y tedio. Los tímpanos del hombre actual vibran las veinticuatro horas del día; con la notificación de un correo o un wasap, con la televisión, con la música o la voz de los locutores de la radio en el coche, con la voz de los compañeros de trabajo y los clientes de la empresa, y encima una caterva atmosférica de decibelios o ruidos indefinidos: la lavadora -nuestra o la del vecino-, motos encrespadas -también en mitad del campo-, peleas de borrachos, amantes copulando, sirenas de policía o de ambulancia, máquinas tragaperras, música de ascensor, música ambiental en restaurantes o comercios, etcétera. A mí, cuya hipersensibilidad al ruido está incluso diagnosticada, todo el cerumen ruidoso de la ciudad y la tecnología me enloquecía. Fuxí (huí) a una aldea gallega de diez habitantes. A la paz como el claustro de un monasterio del siglo XIV. Con música de las esferas, de la luna, de la lluvia, de la naturaleza, y aletear de mariposas en lugar de retumbar de tubos de escape. La ciudad hierve, bulle caótica como una infartada olla a presión a punto de reventar, es una osamenta que cruje con chirridos enfermos y agudísimos, sus habitantes son desquiciados cerebros a un tris del manicomio, como supo Bernanos. La aldea es una colcha de musgo y morados, de claros y dorados, de bosques y vaguadas, de capiteles lunares y sol medieval. Aquí me gustaría morir.
Literatura banal
En un mundo cultural y social centrado totalmente en el mercado, con un déficit educativo de dimensiones mundiales, donde la información se reviste de entretenimiento, donde la única causa aceptada universalmente es el beneficio económico, en un mundo donde la explicación científica y técnica desplaza al mito y la poesía, donde la comprensión de la sociedad pertenece a las ciencias sociales y la crítica política es un eco de los media, en este mundo, dadas las condiciones de este mundo ¿es posible una literatura que ya no pacte de un modo definitivo con el entretenimiento y la banalidad? Para unos pocos miles de lectores la respuesta acaso sea sí, pero para la sociedad tomada en su conjunto temo que la respuesta es la contraria.
Estilo mineral y podado
Me encanta esta observación de Wilde sobre George Meredith: «Como escritor es un maestro consumado en todo menos en el lenguaje: como novelista puede hacer cualquier cosa menos contar una historia: como artista puede ser todo menos articulado». Leyendo mucha novela de mis coetáneos, diría que su principal carencia es copiar un modelo de prosa periodístico, nada dinámico, legible, podado, mineral, homogéneo, monótono, común. Es una prosa que sirve eficazmente para vender, pero da una impresión de rudimentos u obrador muy elementales. Sin cabrilleo ni estremecimiento, de tono apagado, mate. Sin ese efecto poético singular de la precisión irónica. Sin el cosquilleo del pensamiento encima o la emoción debajo. Abunda así la prosa unicelular. Semillas que nutren plantas raquíticas y monocolores, anabolizantes artificiales que provocan una musculación fofa. Este modelo de prosa pobre es el equivalente o el paralelo a la globalización económica y cultural. Parecería que debemos escribir todos como quien devora palomitas.
Muerte del aldeano
Mi aldea tiene un silencio de hospicio
que atempera la emoción y da forma métrica a los cielos.
Aquí las frondas tienen esencia de tumulto
y lo inferior asciende
y la nación se llama Júpiter
y el fresco de la luna cae sobre la yerba
y una diafonía oriental es la costumbre de las abejas y los menhires.
No queremos cafés-cantantes que niegan la selva de nuestras lunas,
ni coches marciales con su coro de mierda.
Queremos el lento otoño nuboso
la voz del milano con sus dientes en las moras
la espesura de verduras silvestres que dibujan muros de amor
los toboganes de abisales perdices
la lírica prolífica de la patata
el relámpago vaciando los pulmones celestes
la risa a borbotones de los lagartos
el cercado de abedules como lustrosas jofainas.
Aquí he de morir.
Ni hablar de morir en hospital, en Ciudad,
entre híspidos médicos estúpidos
y aleladas enfermeras que te tutean y te llaman «abuelo».
Que me embalsamen entre estas viejas piedras de mi casa
con la misma agua que bebe el lobo
con escarcha que rompen las cabras
con ímpetu de luna que también mueve al jabalí.
No quiero blancos despachos sin fe, catéters, jeringas,
sino la hermosura de entoldar mi boca en la aldea
acurrucado con la higiene de la yedra.
Con sudor y el sacho abrí canales en el campo.
La Ley, el Poder y la Luna son mi jaculatoria.
Porque aldeano soy
y únicamente aquí y ahora
quiero entregar al Altísimo mis pecados.
Phoebe

BONDAD, VERDAD Y BELLEZA
En L.A. te veo patinar cada día
en el bulevar contiguo a la playa.
Aquí el cielo es un aquelarre azul,
una sed y una fuente, una manía
de imaginarios dragones y sol,
una lívida liviana volvoreta en su
país, su jardín, en su violeta de benjuí.
Bajo este cielo y este sol,
bajo el cielo y el sol de montes e industrias,,
nuestro búnker del amor,
nuestro zulo de la belleza,
nuestra fosa del sexo.
Puro bonum, verum et pulchrum.
DONDE PHOEBE ES EL HALCÓN
Amar es como el arte de cetrería;
hay que domesticar al ave rapaz
cuyas garras o hieren o acarician.
Debemos tener paciencia: el amor
es ese animal irracional; seamos pues
indulgentes con los errores primeros;
pero una vez domesticado,
no seamos ilusos; su natural propensión
es volar muy lejos de nosotros.
TERAPIA ARTÍSTICA
Pienso: son lobos hambrientos y gatos demoníacos
los que marcan el territorio del amor y la muerte
con sus ácidos orines y el aplomo de sus fauces.
Gatos, lobos, y almas en pena, que gimen en pastosa
pasta de dientes podrida de verdín y maleficios.
Pero viene el Arte, así, medio gagá, vestido de mequetrefe,
de petimetre con foulards rosas, dandy y rosa e inútil,
ondulante como bajío de piratas que amanecen cojos,
y , merced al Arte, tú Phoebe querida, tú melancolía,
te desintegras en cada una de las palabras que te dirijo.
TE PROPONGO
Bombardear Las Vegas. Casarnos en Gibraltar, como los huidos de la justicia y que se aman. Ir a Lisboa a embriagarnos con viño verde. Subir aturdidos la torre de Babel. Viajar abrazados en el último departamento del tren. Representar nuestra locura juiciosamente. Escenificar el amor en playas silvestres. Te propongo Phoebe. Te propongo un pacto con el Cielo.
UN REGUSTO DE TI
No puedo aguantar lo que me gustas.
Me gustas tanto que temo hacerme pipí.
Me gustas tanto como un retrato de Whistler
-esa noble metáfora en el retrato-
Y engalanada para la ópera o con antifaz y turbante.
O subiendo escaleras de colores.
Debes saberlo; fui un prisionero
que ve la luz tras toda una vida en sombra,
y al que, como dijo el poeta, cuando los gusanos
hagan una cena fría con su cuerpo encontrará un regusto de ti.
LACUS SOMNIORUM
La noche es una acrópolis de bellos jugadores canadienses de hockey con los steaks con doble filo como las lanzas de Agamenón. Y entra el alba oportuna a tu sueño como una bailarina con los pies móviles por un anfiteatro de tornasol y arte de fablería. Pero lo más chulo es que te levantarás, te lavarás la cara, pensarás en el próximo café absolutamente necesario, la aurora dejará de ser éter y misterio para ser región divina, pero lo más chulo es la gozada de analizar el look de tu pijama y sonreír en nuestros adentros.
