Censura

La ley no puede apaciguar a un burdo, palurdo perseguidor de maricas. Son pues lícitas las representaciones de erotismo homosexual. La ley no puede apaciguar al que considera sacrosantas sus ideas políticas o religiosas. Son pues lícitas la burla y animadversión a favor y en contra del aborto, a favor y en contra de la monarquía española. Por lícito entiendo no reglamentado en un tipo penal. La ley puede y debe tolerar males que la moral y la buena educación condenan, mucho más enfáticamente en un contexto artístico. El empeño moral no puede apoyar una ley censora. El empeño moral no es el faro decisivo del legislador. El Mal y la Ley, el Bien y la Ley, no son sinónimos. No todo lo bueno debe ser legislado; ése es un muy mal principio. No todo lo malo debe ser prohibido; ésa es mala máxima. Existe un ámbito moral allende la ley. Existe una censura moral más allá de la ley. Existe una aprobación moral más allá de la ley. En la sociedad contemporánea vivimos en un legalismo irracional y asfixiante. Todo son normas. Abuso de normas y demasiadas personas, tal la definición de nuestra época. Me gustaría se instaurara una moral natural de la virtud. Así, seguro, se evitarían la ofensa de que se legisle hasta la nimiedad más inútil, y se evitaría el peligro inminente de la censura. Vivimos malos tiempos.

Belleza es destino

El que no llega a ver bellos colores o hermosos cuerpos, no es más desgraciado que el que carece del poder, de la magistratura o de la realeza. El desgraciado es el que no halla la belleza, solo la belleza; para obtenerla hay que dejar los reinos y el dominio de la tierra entera, del mar y del cielo; si, gracias a esa renuncia y a ese menosprecio, puede uno dirigirse a ella para contemplarla…

Plotino, Enéadas.

Todos poseemos la facultad de poseer la belleza, pero poco la usamos. Cerremos los ojos y miremos de manera no ordinaria. El recubrimiento de los objetos y los eventos en una sociedad industrial, invisibiliza su resplandor innato. Somos felices si percibimos la belleza, y desgraciados si experimentamos fealdad. Belleza es destino, belleza es el carácter del alma y los bosques, las lunas y la necesidad. No es retrógrada ni perversa la antigua convención artística de aprehender lo bello. Lo fútil y decadente es el Océano de la Fealdad, representada o pensada. El mundo es ahora universalmente feo, lo particular se recrea insistente y enfático en lo feo. La Belleza es la meta de un deseo natural. Lo que vemos no.

Lectura del Dr. Edwin Fuller

En esta recensión debo hacer incómodas e impúdicas confesiones. Vivo de una manera pautada y muy aislada. Me levanto a las cinco de la mañana, escribo y leo, de ocho a once trabajo en el campo y con los animales, y después me dedico a lo que pedantescamente llamaría otium cum dignitate, otium divinis. Me visto con ropas curiales y fatigo feliz mi biblioteca. Mis relaciones sociales no es que sean deficitarias, sino que son francamente nulas. Vivo en una minúscula aldea de la profunda Galicia. A veces paso hasta un mes entero sin hablar con nadie. Me agrada esta compacta soledad. Leo, escribo, y pienso en lo que leo, paseo por los bosques con mis perros. Mi vida es humilde, sin ambiciones, honesta y soltera, baja y alta. Pero hete aquí que desde hace dos o tres años, debido a un problema de acomodación de la vista y la cerrada soledad, de repente me dan como unos brotes de alteraciones perceptivas visuales y sonoras. Durante esos accesos percibo el color y la luz con otras tonalidades, me fascinan las marcas de superficie en los detalles de los objetos, me fascinan clases de pequeños colores como cubriendo los árboles y el viento y las nubes que semejan o más planas o más ovoides o más luminiscentes de lo que en realidad son, parece como si advirtiera el alma luminosa de los objetos, su pneuma eléctrico, sus moléculas ingrávidas. Todo presenta una apariencia como de seres animados. A veces hasta se superponen a esas imaginaciones como unas extrañas figuras geométricas en forma de prisma o rectángulos. Son un registro de experiencias sensoriales alucinatorias que me permiten pensar con lógica, no se adhieren a ellas notas emocionales de angustia ni pánico, advienen con certeza matemática, no afectan a mi sistema de creencias, incluso su aguzada y agudizado despliegue me producen una calma naturalidad, una estoica serenidad. Es todo como una mística naturalista -prefiero ese idiolecto a llamarlo alucinación psicótica- Al cabo de veinte o treinta minutos del sobresalto perceptivo, del súbito acceso a una especie de sobrerrealidad, me tomo un Lorazepam de 1 mg y, en menos de una hora, mi instalación en la realidad es ya la común y no alterada. De tanto en tanto esas experiencias me asustan algo pues tienen como paralelo ciertas alucinaciones auditivas y una interpretación casi religiosa de las mismas. Pero ello se da, por fortuna, esporádicamente.  En esos momentos oceánicos axiomas como «todo es uno» o «nada es distinto a nada», o vivencias de invulnerabilidad y deseo del todo y de unión con el todo, o presentimientos de inmortalidad y embriaguez cósmica, no son raros.

El libro de Edwin Fuller se titula Surviving Schizophrenia. Es una guía o manual clásico en su género. Trata el trastorno o trastornos esquizofrénicos de manera clara e informada. Explica perspicuamente causas, síntomas, origen, tratamientos, de esa estigmatizada y caótica, terrible enfermedad. Su tesis es que la esquizofrenia es una malformación o déficit de funcionamiento cerebral. Se agradecen tesis biologistas cuando se puso de moda años atrás las tesis de Foucault que no consideraban enfermo al enfermo, sino enferma a la sociedad y sano -incluso paradójicamente- al afectado. Su lectura me ha dado unas claves y deslindes claros entre lo que es una psicosis y mi a veces conciencia alterada. Veo un aire de comunidad familiar. Mi locura episódica tiene algo muy similar y algo muy distinto a la locura oficial.

P.D. Nunca tomé ni tomo drogas o bien alcohol.

Fútbol

En los vestíbulos del Teatro Real de Madrid, como elemento decorativo, hay unos grabados permanentemente expuestos del gran Jaume Pla Pallejá. Complemento exquisito de una sesión melómana su virtud paciente, su lento arte alto y minucioso. Un vuelo de arte de longevidad dúctil, hermosa y anciana. Esto es civilización, y no la perorata futbolera, esos envases desechables, esa apoltronada medianía sin consistencia. Qué horror de pensamiento congelado de sofisma quebrado. Qué sentimentalismo de bazar oriental.

Fútbol: global content provider. Prosa de calcetín con hollín y alitosis. La vida es (debiera ser) poesía. El fútbol es marrullera prosa.

España sin españoles, qué delicia

La civilización es un raro compendio de refinamiento del gusto, honra a la opinión selecta, esclarecimiento moral, delicadeza de expresión, sentimiento religioso, una pléyade de gran arte, y destino de eminencia.

Once millonarios horteras y bárbaramente iletrados jugando mal al balompié no. Esta locura futbolera es lo más romo y abajado que cabe imaginarse. Vienen los bárbaros. Suenan sus mazas alrededor de mi casa. La rusticidad, la burricie, la mente estrecha vuelvan. Voy a celebrar la derrota del Mundial degustando boeuf gras y un Côte d´Or borgoñés. Si no, un Chablis de Dijon o un Moulin-à-Vent. Cuido mi biblioteca y mi jardín. Me la suda Hierro y Lopetegui.

Elogio de la historia

Permítanme hacer un elogio o panegírico de la historia por parte de un mero diletante.
Gusta la historia, padre y madre del hombre, porque es una mina de problemas filosóficos; así podríamos preguntarnos ¿es la historia, la colección de eventos en el tiempo, un sistema no lineal? Matemáticamente un sistema no lineal es aquel muy sensible a pequeñas variaciones en las condiciones iniciales, variaciones que afectan de modo y manera no determinista el resultado final del sistema. Yo creo que la historia no es modelable en un sistema lineal por lo que las líneas de fuerza histórica, las propensiones o tendencias históricas creo pertenecen más a las quimeras y la literatura fantástica que a lo real. Pues no creo en la existencia de una ley histórica con características afines a una ley natural. La ley de la gravedad o la del volumen de los gases respecto a su presión, tienen una clara y precisa inteligibilidad, la ley de la lucha de clases o de los regímenes feudales, por decir algo, pecan, a mi ver, de miopía y grosera simplificación, como el imposible de meter el mar en un hoyo.
Otro interesante problema es saber si existen lo que yo llamaría paradigmas civilizatorios, explicables como n-tuplas con n-condiciones. Por ejemplo una tupla pudiese ser A=<f, m,e,o> donde f equivale a creencias filosóficas, m a creencias morales, e creencias estéticas, y o a organización social. Otra tupla podría ser B=<t, e, h> donde t son ideas teológicas, e sistema económico, y h grandes hombres históricos. Sí creo en la organización histórica en “paradigmas civilizatorios” y cómo cambian o mutan por cambios tecnológicos, sistema de valores morales-filosóficos y relaciones de propiedad (seguramente existirán otros agentes que, insensiblemente, van modificando la historia)
Lo anterior fue un modo poco versallesco de argumentar, demasiado tamizado por el tiralíneas del pensar. Elogiemos la historia más vaporosa o poéticamente. Porque es el campo de pruebas o laboratorio empírico para retratarnos, conocernos, no negarnos. Porque desvela nuestra naturaleza desde un ángulo que no ve la biología o la genética. Porque es una música donde se entreveran y sazonan la suculenta pintura de nuestras hazañas de héroes y santos, y de nuestras ignominias de diablos. E, interesante en sí misma, vuelve, si la leemos y estudiamos, nuestras biografías a menudo rutinarias y deprimentes, en experiencia de comparación y elevación y anagnórisis de una belleza sobrecogedora. La historia es una muerto que, si se pretende rematar, bien vivo está. En ella pulcramente se representa el teatro de la vida. Y la exquisita hiperestesia de la vida. Y su extrañeza y bohemia o heterodoxia hace reales los borrosos reinos de la vida. Y su comunidad de aromas nimba nuestro atardecer, comprendió nuestra alba. Y su perpetuo estremecimiento nos recorre. Ah la historia de obispos con dedos enjoyados, cuyas ebúrneas manos manosean a un efebo, ah las fellatios en los crepúsculos de los pajares del mediterráneo. Con la historia habitamos los arrabales de la periferia y el centro nobiliario del palacete de los ricos. La lectura es un placer de mera sensación inmensa. La lectura que no elude el crimen, y que alude a un más allá de nosotros mismos. Mordamos su fruto caníbal y jugoso, gocemos en las imprevistas locuras de sus recodos. Oh emperador romano vesánico, oh lugar de Alejandría y Bizancio, oh Medievo donde los muertos ya no sufren. Con la historia, merced a ella, padre y madre del hombre, a la par habitas el cielo y el infierno. Y endiosas de sentido nuestra voluptuosidad: es como respirar a campo abierto. En una buena vida hay amor, amistad, conocimiento, belleza y creación; que esté también el ancho riachuelo de la historia. Y, en pleno invierno, con tesón y fuerza, nos conozcamos y reconozcamos. Ay tejidos suaves, catedrales, Vermeer, islas y tanta insomne pesadilla. Ay del estremecimiento en la glándula pineal. Y que con profusión feliz traduzcamos significados emotivos en cognoscitivos, y encontremos una inteligibilidad entre tanto signo arbitrario. Que la palabra demiúrgica de la historia nos inspire, su nitidez de voz y hecho pleno, de experiencia cultivada. Ven a mí historia, padre y madre de todos nosotros.

Con mis papás en la remota belle époque

Ah aquel mundo de ayer de mi infancia
cuando iba con mis papás arriba
al reservado del restaurante (Les gens que j´aime, digamos, o bien Vía Venetto)
y abajo quedaba la vida, la cuca coctelería, el piano perfectísimo, el aire rizado del verano.
Lo recuerdo todo con intensa claridad de símbolo:
la gente era aún ordenadísima,
educadísima, exacta y sólida,
no cabía ni plebeyez ni engaño, ni nihilismo alguno,
y el pensamiento era soberbio, augusto,
subrayando el gesto sereno y firme, magnánimo,
y el dinero -perdonad la confesión- lo teníamos quienes debíamos tenerlo.
Para nosotros el sileno griego, y el templo mozartiano, el lirio ruskiano,
el chelo de la noche, el violín del otoño,
las lluviosas playas de amanecida.
El mundo entero era una pastelería vienesa,
era una cristalería verdina con cofres verdaderos,
y la vida lo mismo, sin diferencia, al sabor de los pescados
en las tabernas de Sitges. Sí, hubo un día que nosotros éramos los amos del mundo.
Sin cutres revistas del corazón ni carreteras atestadas de turistas,
éramos nosotros, los buenos, los dignos propietarios
del inexorable mecanismo de la Historia, el Arte y la Vida. Rezábamos al Altísimo
y nuestras plegarias se atendían, buscábamos fe y alegría, y de fe y de alegría se nos proveía,
creíamos en el Bien, y no había mal en el mundo ¡Qué suave era el vals y el mar!
Nada había que temer, pues el mundo funcionaba porque estaba bien hecho.
Sin embargo, imperceptible e insensiblemente, se socavó aquel Ancien Régime.
Se dejó de oír el crujido de aquella osamenta que sostenía el orbe,
la trompetería en rotación de los bárbaros cruzaba las fronteras conocidas.
Sin embargo ocurrió que vosotros ascendisteis al escenario de la historia. Se trocó gema por plata, sino barro (las almas de oro eran reliquias del mundo de ayer)
Subieron muy mediocres y rapaces, muy mediocres y mendaces hombres al poder, todo se llenó de estas mentes ruines y vulgares del comercio, empezó caudalosa la tan indeclinable como impostergable corrupción de la Belleza.
Donde comía cada día con papá y mamá pusieron un Zara. En las voces
de mis semejantes y desemejantes enseguida percibí una neblina ácida y turbia.
Arreciaba como una plaga de langostas el tsunami de las muchedumbres.
Se imponía como blanca religión la ley de la horda.
Y ahora todo y todos continuamos como bestias en esta república.
Ahora todo está perdido y parece que nadie quiere saberlo.
El Orden industrioso y lacayuno, industrial y lacayuno, tecnólogo y sumiso, se conjura
contra aquellas virtudes de Helenas homéricas, de raudos Aquiles (y ya se observan parodias de Hefestion y podres estilizadas dentaduras de plexiglás)
Por el Orden impúdico se abren las puertas del Averno
y se congelan los vientos del mar. Y se hielan los desiertos.
Aquella sabiduría que era una perfección que absorbe, una caricia que unta,
se cambió por este expreso de Shangai cuyos raíles -raíles y bisontes-
a otra estación Mauthausen nos conducen.
Recuerdo como con papá y mamá iba arriba, al bonito reservado, a degustar mis cangrejos
y mis vieiras laminadas con tomatitos de invierno. Se hacía dichoso lo individual,
extenso Libro de Horas la Forma, de oro la puerta damasquina se volvía. Agradezco a mis papás la hermosa tradición que me legaron. Pero pasó,
pasó aquello como pasa la arena a través de la medida clepsidra, como pasa el agua
del tiempo a través de la cintura voluptuosa de la clepsidra. Ya ahora en mitad del camino
de mi vida, recordando con amor aquella arcadia (el maître no oía inmorales planes de sexo como debe oír ahora, ni pazguatos y analfabetos comentarios de futbolistas o sus presidentes), recordando aquella feliz memoria que -ay- no fue promesa de futuro, derrotada la flor del tiempo,
poseedor de hacienda menuda y con envidiable mente decido
decido
decido desaparecer,
vagar por mis tierras gallegas,
saberme propietario de lo noble e inmortal,
vagar por bosques de eucalipto,
vagar por mi sonrosada melancolía,
y escribir, a nadie escribir,
las líneas precisas, incompletas, e incomprensibles de este elegíaco poema.

Lectura de Alvin Kernan

Son casi las tres y media de la mañana. Acabo de leer The Death of Literature, de Alvin Kernan. El paso de una sociedad basada en la imprenta a otra regulada por las comunicaciones electrónicas, la falta de quietud, concentración, y fuerza de voluntad para leer a Henry James, Conrad o Woolf, debido a la prisión o cárcel veloz de la vida real, la desintegración del canon estético, la perdida de autoridad e influencia del escritor, las nuevas modas críticas universitarias, la cultura de la televisión y del ocio tecnológico que se establecen y sustituyen los antiguos dominios literarios, una cultura dominada por la billetera, la arrolladora fuerza del utilitarismo, el libro como algo sobre lo que meditar y que penetra en el alma convertido en mero producto, enfín, todo en sentido general y particular, causa el lamento elegíaco por la literatura, reina o princesa ya sin trono. Y, de alguna manera, siento muy verdaderas esas tesis. El escrutinio y amor a la literatura era un ingrediente esencial de la existencia humana; nos daba sentido y orientación sobre la calidad de la vida, sobre el significado de la persona humana, sobre cómo entablar con los demás relaciones significativas, nos nutría en un meollo de valores capitales, esenciales. Insensiblemente todo esto ha desaparecido del escenario social. Y así también se homologa y estandariza el interior psíquico de los hombres, cuya variedad mengua (es curioso observar el poco número de extravagantes que hay ahora, o bien que la extravagancia se identifique con la delincuencia)  Mi padre era banquero, pero se reunía en el casino con abogados y profesores y discutían sobre las nuevas ideas literarias, filosóficas, económicas, políticas. No era ajeno a los medios intelectuales, más incluso, veía como una necesidad la ilustración y la cultura. Las nuevas clases profesionales, la nueva burguesía hacendada, se desentiende olímpica y neoanalfabeta de todo ello. Los jóvenes enloquecen con las maquinitas y el deporte y el sexo y casi ninguno sueña con construirse una biblioteca. Los escritores , como antes un Moravia en Italia o un Russell en Inglaterra o un Enzensberger en Alemania o un Sartre en Francia, los escritores son como figurillas de cera sin resonancia ni eco. Disculpen, ando abatido y muy pesimista. Casi nadie ama aquello que yo tanto amo. Y la naturaleza humana sin el humus de la literatura es igual al mar con una negra, gigante mancha de petróleo. Y los buenos editores no venden, y la buena salud de la lectura es un mito para engañados optimistas de los deseos…

La respuesta es la biblioteca selecta, leer un buen libro a la semana

De alguna manera se ha sustituido de modo insensible y muy rápido la necesidad natural de cualquier mente hacia su realidad de belleza y sabiduría y verdad por una universal futilidad, se ha sustituido insensiblemente la mente culta por la mente yerma, la mente civilizada por la asilvestrada del hipermercado, el derecho y la moral y las costumbres por el dinero y la publicidad, la mente ordenada y que desea o ama la perfección por la mente caótica internaútica o esquizoide ,despistada, se ha cambiado el juicio por el vacío, el campo por la metrópolis, el elogio y vivencia de lo lento por la hipervelocidad, la alta cultura por la planetaria y omnipresente cultura de masas, el pensamiento por el eslogan, la creativa frustración o idea de límite por la euforia pueril perpetua, el omnipresente chirrido del turbocapitalismo tapa el silencio clarividente, maduro, el amor selecto pierde frente el sexo conejero, la panorámica cede a un ultraespecialismo, la tecnología se ha puesto en lugar del arte y la literatura, la ciencia en lugar de las humanidades, se ha puesto los mitología de los mass-media en lugar de la religión tradicional, y, todo ello, para más inri, frente a una pantalla, constante y amplísimamente frente a una pantalla, sea del televisor o del computador.
Para no acretinarse más la respuesta, obviamente, está en los libros. Leer uno muy bueno, como mínimo, una vez a la semana. Para no ser un emperador de la idiocia y la estupidez, la respuesta es la biblioteca selecta. O eso o el pringue simiesco. No existe otra alternativa.