País de la seda

view of royal palace in spain

En estos días de tribulación y zozobra he estado ojeando los diarios de Azaña, magníficamente editados por Jiménez Losantos en Alianza. Hay paralelismos y observaciones sobrecogedoras. No aprendemos. Eterno retorno. España es el único país de Europa que en dos siglos sufrió cuatro guerras civiles. A veces pienso que desde el fin de los Austrias, acaso poniendo como énfasis o línea de arranque nuestra constitución de Cádiz, existe en nosotros una vena turbulenta de violencia, una violencia soterrada y subterránea. Somos unos bestias. El español es un hidalgo dignísimo en la derrota, un honorable y muy generoso ser humano, pero, bien sabido es, tendemos a embestir y no pensar, somos testas rígidas y no dialécticas. La rigidez, gran defecto nacional. En Italia se pelean dos amigos o familiares, se llaman de figlio di putana para arriba, y, acto seguido e inmediato, nombran una expresión que no recuerdo ahora pero que es el nombre de una especie de bizcocho. Se dicen, nos tomamos juntos el bizcocho, un poco de vino, y asunto resuelto. En España estamos, a igual incidente, años o toda una vida sin hablarnos. Rígidos, poco dialécticos, ya digo. Ya que uso la alegoría italiana, en Italia gobernaron en coalición la democracia cristiana y el PCI, algo así como el PP y Podemos. Nosotros corneamos, no dirimimos y pensamos. Cuando Freud conoció en Londres a Dalí, comentó «es un español típico: un fanático». Goya fue quien nos entendió y retrató más fiel y acuciosamente. En el español hay como una inveterada falta de expresión fina de sus sentimientos, una observación siempre sesgada por la pasión, como una suerte de violentas palabras emboscadas en nuestra alma. España no es Zaire ni Sri Lanka. Pero desde Fernando VII hace tiempo que solo hay en la modernísima contemporaneidad horribles políticos. En la Edad Media fuimos varios estados en una nación, y siempre hemos sido una nación. A mi ver y entender España no es ni debe ser ni fue varias naciones en un estado. Pero admito que esa es mi visión de la naturaleza de mi patria, otras hay y hubieron en un país cuya principal afición, como un adolescente inseguro, es preguntarse qué es. Sabido el tópico que una crisis es una oportunidad. Insto a que, y quiera Dios que la sangre no llegue al río, abramos un debate nacional preguntándonos qué hemos sido, qué queremos ser, cómo deseamos aunarnos, qué maravilla nos incita a navegar hermanados y juntos. Insto a vertebrar España. Yo la vertebro leyendo a sus filósofos, escritores, admirando a sus pintores y científicos, elogiando a sus eruditos. Poetas, científicos y artistas que para mí indistintamente pueden ser Foix, Espriu, Ausiàs March, Llull, Sagarra, como el más terulense de los terulenses, el más sevillano de los sevillanos, o el más compostelano de los compostelanos. Sabemos los problemas que causó el carlismo, y el origen decimonónico de los nacionalismos catalán y vasco, y, en menor proporción, gallego. Difícil solucionar un conflicto en una rígida cabeza vascuence tan española como la rígida cabeza zamorana.
Pero permítanme soñar, ser quijote. Cuando Marco Polo en el siglo XIII llegó, tras atravesar el desierto, a Kanbalu -la actual Beijing- quedó fascinado; escribió :»es más grande de lo que la mente puede imaginar, no menos de dos mil carruajes y caballos de carga entran en ella diariamente cargados con seda cruda; brocados y sedas de distintos tipos se fabrican aquí en enormes cantidades». Ojalá España algún día lo más grande que imaginarse pueda, y que la seda – valga la alegoría y símbolo- llene los talleres, los pueblos, los sentimientos, las razones, las ciudades, las calles y los paisajes que, en definitiva, con propiedad se nos pueda llamar País Sedoso, País de Sedería, País de la Seda.

 

P.D. A los historiadores profesionales les desagradan en grado sumo los argumentos caracteriológicos. Pero pese a lo grueso de sus líneas no expresan una vaciedad absoluta. El inmemorial desgobierno español y la desgana de sus élites se alían con un pueblo de charanga y pandereta. O aprendemos a tocar al violín o la zambomba. Nuestra historia si algo señala son sus múltiples retrocesos. A veces, al salir de bar, me apetece escribir a la embajada inglesa o francesa para exiliarme allí alegando la sempiterna catetez palurda española.

Apocalipsis

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La vida cotidiana está llena de tópicos y estereotipos. La vida está llena de rutinas deprimentes y embrutecedoras, de destinos de papagayo. Muchas veces, al entrar en la intimidad de los otros, percibes una suerte de suicidio general por encogimiento de alma. Vemos como muchas personas no razonan del modo adecuado. Vemos aversión, hastío, asco, repugnancia, disgusto. Barbarie de mazas. La aptitud y el talento y la felicidad es la cosa peor distribuida. Vemos gentes precarias que llenan de alcohol los bares. Facultades internas de pensamiento y emoción muy precarias. Conexiones de matrimonios y de padres a hijos y de persona a persona de modos y maneras nunca delicados, ricos y complejos, sino utilitarias y mendaces. Lugares donde solo importa la rentabilidad y no el pensamiento crítico y las ideas, la poesía y la imaginación. No hay autoridad externa ni interna ninguna, no hay misericordia ni compasión, no hay altos valores interiores específicos. Todos son iguales a todos, nadie es distinto a nadie, la guerra universal se enseñorea en los corazones. Se desprecia el arte y la inteligencia, y una presión violenta mueve los hilos. Nunca fue menos sólida la justicia ni tan arbóreo el mal.

Para saber las últimas noticias del orbe no hace falta leer una web o  ver el telediario. Basta con El Apocalipsis de San Juan.

Lectura de Rafael Reig

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La novela a reseñar es «Para morir iguales», la historia de un hospiciano pícaro lleno de lealtades a su infancia y su desclasamiento. Rafael Reig es un novelista de trama y aventura, que aquí demuestra sus amplios poderes. La fidelidad a una cultura de pares, la visión mítica de los orígenes y el lumpen, la especial sensibilidad hacia los desiguales y marginados y ofendidos, la importancia y el himno a la imperfección, el espacio de fidelidades vivido con tensión pero heroicidad, el gobierno y la ética de los parásitos, el juicio al Orden como una instancia abyecta y repulsiva, la influencia de las fuerzas subyacentes o implícitas en toda existencia, la libertad pirata, la libertad osada, el desplazamiento del bien al mal y del mal al bien, la triste y desolada burguesía, el denuesto o agravio a la religión y su hipocresía, la vitalidad epicúrea y sapiencial de las clases subalternas, la complejidad de la moral y el destino, el carácter como «daimon», el amor, el amor, la loca de la casa de la imaginación, estos y muchos otros temas atraviesan la excepcional novela de Reig, un verdadero maestro en hacer ficciones muy entretenidas y emocionantes con sustancia de fondo y valor literario. Novela épica y lírica pese a los propósitos del autor, romántica canción para con los habitantes del margen, en ese universo sin miedo, en ese duro universo también hay alegría y peripecia y fugas poéticas -espléndidas (estremecedoras) las inserciones de la novela infantil Sandokán-, también hay una alternativa al statu quo, también hay otro fundamento a la Verdad y el Bien.

Pero, debido a mi visión conservadora del mundo disímil a la que ofrece la, insisto, magistral novela de Reig, creo que sus preceptos están equivocados. Porque el Orden es una organización del alma. Una organización natural del alma. Lo que él propone es arbitrio y desorganización. Obviamente el Orden (y he escrito muy abundantemente de ello) es nefasto hoy día, una abominación lovecraftiana. Un Orden que se resume en un irracionalismo antiilustrado, una religión peronista y de mera autoayuda, un pueblo convertido en populacho merced a los medios de comunicación de masas y las nuevas tecnologías, un descrédito del hecho y la realidad. Un Orden donde los burgueses cada vez se distinguen menos de los proletarios, donde una campechanía analfabeta sustituye a la formalidad y a la buena educación, donde la diversión o el ocio más degradante reina por doquier. Claro que este Orden (insisto, este es uno de mis monotemas, de mis temas obsesivos) no es el Orden que deseo y anhelo, casi preferiría la anarquía delincuente del libro de Reig (bueno, tampoco, no debemos exagerar)  Porque el Orden que es mi razón y mi quimera construye una vida de plena significación. Es el proceso por el cual el pensamiento se disocia de las cosas, se asocia con cosas externas, y vuelve a reflejarse sobre sí mismo para dar forma a esas cosas, porque ese Orden o proceso cognoscitivo y esa ética inferida expresan la naturaleza real de las cosas y el alma,  del Bien, de la Verdad, de la Bondad. No son lastres ni engañifas ni trampantojos, sino la esencia de la civilización. Fundan costumbres y convenciones que resisten la erosión del tiempo y las modas efímeras y que, a la par, son capaces de adaptar novedades (cautamente) que mejoran esa misma civilización. El Orden que predico se basa en la toga romana, la sandalia cristiana, en la Acrópolis y también en Florencia, en Londres, París, Madrid y Roma, y en los cafés europeos. Porque fuera del Orden no se encuentra otra civilización alternativa o un idilio salvaje y ácrata, sino la más crasa y redonda barbarie. O Shakespeare o zulúes, o Cervantes o Belén Esteban, o Ratzinger o el Vaquilla,  o la contaminación dichosa del recto sentido y la excelencia, o la contaminación venenosa del mar enfangado de petróleo. Este Orden de ahora es una muchedumbre grosera e ignorante, un cuerpo social que no tiene ni estabilidad, ni poderío, ni sobre todo gloria (como en el Ancien régime) Un Orden donde parece que al común no le importa la limpieza de la calle, la fortuna de su aldea, y la suerte de la iglesia no le conmueve. Un Orden donde casi todos parecen colonos indiferentes al destino de su país, donde los hombres oscilan entre la servidumbre pública y el desenfreno privado. Sin refinamiento de gusto ninguno y obviando los placeres del espíritu y cultivando artes baratas (turismo, deporte, sexo, Internet). No es el uso del poder o la obediencia lo que deprava al hombre, sino el empeño de un poder ilegítimo o la obediencia a un poder que se estima usurpador u opresor. En el Orden democrático hay como una obediencia ilegítima y antinatural y un poder que desprotege y aliena. Prefiero, pongamos, la edad media. Podía haber miseria y desigualdades, pero las almas no estaban degradas. Hoy todos somos siervos del orden mutable del Estado; yo quiero serlo del orden inmutable de la Naturaleza.

Extraordinaria novela que invierte los polos y plantea una especie de irisación del desorden. Muy bien organizados los elementos de la fábula, muy bien escrita (sin pomposidades o abarrocamientos ni afectación abstracta o el idioma yéndose de vacaciones por la galaxia de la ininteligibilidad) Espléndidos, magníficos y vivos secundarios (muy dificultosamente desaparecerán de mi memoria Escurín y Mercedes) La epifanía del mal que en el fondo es -eso cree Reig- el bien, la épica a unos colores, equipo y afectos cuya traición es la peor deshonra. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una novela española. «Para morir iguales», de Rafa Reig, en Tusquets, ¡Chapeau!¡Bravo!¡Hurra!

P.D. ¿Vale la pena leer la obra de Rafael Reig? Sí, su obra es el perfecto complemento a las grandes obras y el ideal suplemento a las obras malas o mediocres.

Oda al método de mi aldea solitaria

cascade creek environment fern

Los árboles del viejo sendero prolongan su zumbido y orugas bailan la conga con llamas apenas visibles a la luz del sol. Las violetas se encantan porque Dios protege su cacareo de heno y su rubor de vergüenza púber. Los pájaros casi de miel licúan su silencio en un iglú imperturbable de colinas lejanas. Alfileres de obelisco tejen una unidad. Estriaciones de acantilado someten la unidad a forma. Combustibles de naves de memoria vierten la forma en impresión. Y la impresión es un helecho detalladamente examinado, un pianoforte en que súbito ladra el perro, un musgo unísono que se hila a la respiración ovillada del gato. Aquí no existen ratones congelados y la hilera de eucaliptos sin tallar respingan como polluelos, y los anillos del riachuelo alimentan gansos y se enrollan como lo harían una multitud de lunas color arcoíris. Aquí toda fábula es fabulosa y lo fabuloso es la anciana que duerme como la cosa más hermosa, más esencial y duradera. Leones y lobos de invierno habitan el Gran Sí. La nieve es una geórgica abisal, la lluvia una égloga astral. Animalillos que respiran perpetúan el instante. Cualquier oración es una pelusa rosa o un pececillo rojo enhebrado a las ramas del jardín. Es imposible que aquí se mutile la expresión humana y el razonamiento. El ultraje de la ceniza suelta la hélice. La capilla y el monte revelan la opulencia.

Ah mi aldea orensano conmigo como único habitante. Miel y mies. Trigo y lagartijas. Debates de ángeles en un palacio de tejas negras y platino. Y, como un agua que insiste su amor al río, este menudo pensamiento que siente y afirma que debe ser necesario que todo siga así. Que la covacha o égida de esta noche solo debe seguir así.

Petit informe de mi vida

Hay a veces como una especial dulzura intemporal en mi existencia de modesto propietario rural gallego; en mis campos cultivo camelias y magnolias, y un buen vino afrutado se conserva en mis lagares. Solitario compacto, pero menos con mis perros y asilvestrados gatos. En mi pazo no trabajan herreros o agricultores patizambos, en mi aldea hay humildad de cuerpo y orgullo de corazón, y nubes de ardiente agua coronan mi cabeza. Mi ritmo se alimenta de libros de mi ancha biblioteca y júbilo de púrpuras rosas. A veces, sobre todo las largas noches de invierno, de este entretejido engatusado veo que falta la hembra, la compañera. Pero mi soledad augusta parece querer obedecer solo a los arbustos, los matorrales, las innumerables hierbas, y a esas mañanas y tardes que son siempre la misma mañana y la misma tarde. Limpio y cuido mi casa como Virgilio sus hexámetros, y si mi brazo se acalambra bajo el dril musculoso de la chaqueta nueva, rezo a mi Dios y a mi ya agraciada y vieja religión. Los jóvenes quieren satisfacer el primer deseo que se les presenta. No permiten que se les oponga resistencia a nada y su vida dichosa es solo una vida o vivir que pasa. En cambio a mí mis constreñimientos -y los de la dura tierra que pueda dar una mala cosecha- me acrecientan. Limito con la luz del alba y no con la necrosada industria y el asfalto. Mi individualidad va mucho más allá que la su experiencia superficial. Admiro el heroísmo y el trabajo, los santos y los poetas. Nunca transfiero mi vicio privado a una virtud pública, soy frugal y me place ocultarme. Voy errante con la luna que ni tropieza ni miente. Mi alma no es tirana y la domeña, alternativamente, Voluntad y Naturaleza. Vivo esperando dulcemente la muerte. Y sé que no envilecí mi vida.

Mi educación y la de los milenials

Nací en el año 71, en medio de una burguesía hacendada muy chapada a la antigua. Tuve profesores privados y hasta mis dieciséis o diecisiete años no vi la televisión. Mis papás creían fuertemente en inculcarnos a mis hermanas y a mí una educación humanista y moral, indiscernibles la una de la otra. Se perseguía ser sabio a la par que recto y decente. Mis papás pretendían que sus hijos se convirtieran en señores del universo y amos de su destino y de su propia condición, mediante una toma de conciencia científica del mundo empírico, y una toma de conciencia religiosa de la trascendencia y la relevancia de nuestros semejantes. Nos educaban con el ejemplo y con su virtud, censuraban nuestras faltas arguyendo argumentos e ideas, y su previsión y su intervención era prácticamente siempre modélica. No incurrían en mensajes embarullados, oscuros, libertarios, contradictorios, sino en la coherencia y orden que da una educación clásica y tradicional. Su ideal era propagarnos un saber y una ética cultivada, unos valores -si esto no sonara demasiado enfático- eternos. Deseaban que lográramos o alcanzáramos una máxima humanidad erudita y que nos tensáramos en nuestra singularidad elaborada. Y ahí, a qué dudarlo, mucho intervinieron libros y lecturas, museos y reglamentos, amor, consejos y fe. De adultos los tres hermanos, pese a idiosincrasias y distintas vocaciones, ejercemos control y dirección a nuestras creencias, comprensión y no quimeras irracionales a nuestros afectos, intención emancipadora a nuestra conducta, y pasión por la capacidad de posibilidad y matiz que significa el arte. De alguna manera no egoísta mis padres quisieron una multiplicación de sí mismos en nosotros, como ellos fueron una multiplicación de sus abuelos, y sus abuelos de sus bisabuelos. Se serenaban e incrementaban los fundamentos de la tradición con cada generación, se anudaba con preciosismo cada eslabón de la cadena. Mis hermanas me cuentan lo difícil que les resulta esta transmisión para con sus hijos e hijas.

El humanismo tradicional te conformaba o configuraba con un modelo con su propia capacidad de estructuración. Pero hoy educa la tribu de los media -Internet, televisión, cine, seriales de Netflix- y la marea u océano gris de la información visual. Vivimos en una iconosfera o bombardeo o galaxia de imágenes agobiantes y planetario, y en un medio sonoro o acústico de chirridos, automóviles, fábricas, que, sumado a la aceleración del mundo, a la imposibilidad de la lentitud, crean una suerte de película o costra que enturbian la entrada de mensajes educativos clásicos. Los medios de expresión del orden visual sustituyen insensiblemente a los medios de expresión verbales, al logos. Y esos mensajes visuales se insertan en las conciencias de los chavales y niños casi como con la percepción de un psicótico. Unos tienen -afortunadamente- un contexto clásico, pero muchísimos otros son caóticos, azarosos, con condicionamientos inéditos a los propósitos familiares, hay mensajes visuales -de Facebook, de series y películas- que refutan, niegan, ponen en duda, el ideario familiar. Muchas veces también entra en la conciencia de los hijos de los padres mensajes con formulaciones nihilistas, o angustiosos, o tétricos, o de pérdida de compasión o valor de todo lo humano. Y ello queda retroalimentado por la influencia de la pandilla escolar o de los contactos en las redes sociales que a su vez no pueden actuar de contrapoder pues, por falta de experiencia y madurez, son muy influidos por los mensajes antagónicos antes mencionados. Y así es como vemos ya en plena Universidad a tipos humanos desestructurados, de humanidad limítrofe o muy lábil, tipos a los que el influjo de la publicidad y los mass media convierte en cansados hedonistas, sin rigor moral o capacidad de alegría y trabajo, nada estoicos -su umbral para no tolerar la frustración es mítico- , sin pasiones culturales ni intelectuales de altura y de verdadera calidad, sin nociones claras y distintas sobre las cumbres y los abismos humanos (sobre, en fin, ideas exactas y no estereotipadas del bien y el mal) , con un espíritu interior sin ímpetu ni impulso, incapaces de ser distintos porque su medio es la uniformidad y su tótem el igualitarismo, etcétera etcétera. Son los milenials, una generación cuya única libertad es la experiencia sexual promiscua, el sexo conejero y de imitación de las web porno, pero ayunos de la libertad de ser, crecer, florecer, y transmitir esa arraigada esencia a sus hijos. Disculpen este post pesimista. Lo veo todo muy negro.

Lectura de Luis G. Martín

La novela a reseñar es El amor al revés. Son las memorias sodomíticas del autor. Explica el trance autobiográfico de una homosexualidad en principio no asumida hasta su plena asunción. Todo parece la vida de un santo gay, con su vía crucis y camino de purgación, concluyendo en una suerte de vía unitiva feliz y plena. Se transparenta muy bien el carácter del protagonista. Es una biografía correcta pero no puedo mostrar por ella un entusiasmo fingido o superior al sentido. Hay memorias pero no historia y la conciencia del protagonista no es superior, sino limitada. Es triste que el secreto más profundo de una psique signifique autodesprecio. Y muchas veces Luis G. Martín parece más un ideograma que un acabado personaje. En el libro no hay una visión profunda del mal o del bien. La ficción real sugiere que no hay detrás una inteligencia de verdad, una voluntad fáustica o un punto de vista original sobre el mundo y la vida. Hay como una densidad de basalto que oscurece la verdadera voz. No hay ideas espirituales férreas. Su mente baila de puntillas porque no posee una verdadera melodía. Me alegro que el autor haya superado traumas y sinsabores, pero su identidad me parece postiza, manufacturada en serie. Me alegro que huya del infierno. Pero me desagrada que no exista singularidad en la concepción del estilo; todo deriva o acaba en un gay autosatisfecho pero en el fondo con poco volumen y latitud.

Contra España

España, demasiados retrocesos, llena de cabreros hirsutos,
con indolencia arábiga andaluza, con inane saltataulells catalán,
feísmo gallego, covacha quebrada cántabra,
España ufana como un gusano
que el arado parte en dos.
España televisual, futbolera, barista, de mal gobierno
y zarrapastrosa, pulposa, tuercebotas, chapuzas, pugnaz inculta,
zampabollos, incauta, con mayonesa en la comisura, y baba,
haragana, tumefacta, necrosada, twitera, lo dicen las sefirot
cabalísticas: eres un ejemplo de burricie y detritus de alma.
España esquirla sin luz, negrura de confesionario,
ciclópeo atrio de la mendacidad, sentina idiota:
je acuse l´Espagne, y de mi judería soy, mi biblioteca es mi patria.
España sarmentosa ágata de la mecanografía, frutera y verdulera,
país de la caterva y la inepcia. Apostato. Hereje afrancesado
o conde don Julián, o anglófilo imposible, os dejo, parto al exilio.
Bajo una égida más amable se cobijará mi nombre y mi ley.
Nunca bajo los vientos congelados e infernales de esta noche eterna.

Pensées del raptado en Estambul

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Cuando contemplo mi estado y la altura esta de mi vida, puedo decir al igual que Gibbon, y con el mismo Gibbon, que al observar la suerte común de los mortales , debo reconocer que he sacado un premio mayor en la lotería de la vida. La mayor parte del globo está cubierta de barbarie o esclavitud, y en el mundo civilizado las masas se condenan a la pobreza o la ignorancia. Nací en nación libre e ilustrada, en una familia rica, libre y honorable. Y, desde luego que soy rico, pues, frugalmente, mi ingreso todavía dobla mi gasto. Los veinte años que la ley de probabilidad me aseguren de vida los dedicaré al otium divinis o bien al otium cum dignitate, al cultivo de las letras y la extasiada contemplación de mis propiedades. También las pecuniarias. No olviden que soy propietario rural conservador gallego de origen catalán. Mi hacienda es mi biblioteca y mi soledad, la naturaleza y mi amada madre. Y a la hora de juzgar los libros mi criterio de peso y medida, mi criba de valoración y ponderación, es si la lectura me ha arrebatado el espíritu e inspirado sentimientos animosos y nobles. No se engañen, no hay otro. Por esa regla se sabe si algo es bueno y se debe a mano de arista o no.
Como colofón permítanme expresarles cálidas afectos de cariño, viniendo de alguien de carácter hosco e híspido. Los leo y admiro. Los leo y aprendo. Pero sepan asimismo que la soledad es mi destino, igual asimismo al destino de un rey. No teman nunca de los jamases estas escalofriantes palabras bíblicas » Mis parientes me han fallado y me olvidan mis amigos más próximos. Los que moran en mi casa y mis esclavas me tienen por un extraño, les resulto un desconocido…A mi mujer le repugna mi aliento y mi hedor a mis propios hijos. Aun los chiquillos me desprecian y me escupen apenas me levanto. Mis íntimos me aborrecen y aquellos a quienes quería se vuelven contra mí» Esto atestiguaba el patriarca Job en el siglo III a.C. No teman nunca a la soledad. A veces es bueno cansado de tantas calumnias retirarse. Sean lo que quieran, no aquello que puedan. Y aférrense a lo mejor, jamás a lo peor. Ser solo es ser mayor.
Y un abrazo muy afectuoso.

Mis criterios de lectura

A lo que leo, tras lo que contemplo y así como las razones y criterios de la contemplación, incluso a lo que siento, incluso también al pensamiento, a la hora juzgar o evaluar sus calidades, de argumentar su grado de bondad o eminencia, le aplico un exigente criterio artístico, implícito en los juicios, que ahora deseo hacer superficialmente explícito.
En la discriminación artística, en el sopesar y comparar, a la hora de informarme del valor de lo leído, e, insisto, estos criterios son extensibles al ámbito de otras experiencias, en la medida razonada del orbe libresco, lo reduzco todo a una cuestión de fuerzas. Sobremanera importa, a mi ver, la fuerza estética, pues la alta y sublime dramaturgia estética, el concretar lo bello en energía verbal, es don incomparable. En la fuerza estética relumbre y esplende la belleza, como en el centro de una emanante transmisión plotiniana, porque el dinamismo de kalós en las palabras cualquier cosa ennoblece y dulcifica, hace del arte algo no arrabalero ni menor ni industrial, nunca, en fin, objeto de vulgaridades predecibles; kalós debiera ser el norte, faro y destino de lo escrito, la médula y savia del verbo, el culmen al percibir la lectura. Pues la fuerza de la belleza eriza las pilosidades de la mente, nos transporta a reinos supralunares, vuelve el ojo de la percepción y la intuición una educada materia contradictoria de la chatarra y la bisutería de las ferias. La belleza endiosa al hombre, lo cumple. Y además la literatura bella conspira contra esta Era de la Fealdad, nos adentra en sinestesias de rumores vegetales, de densidad de significados lunares. Con hábito la fuerza de la fealdad nos posee, y nos deforma; con hábito de lo bello, la vida se transforma, y al bien nos conforma. Las sensaciones de lo feo embotan el alma, abajan las sensibilidades, nos abocan insensibles al pudridero de la historia, a la idea, como un Napoleón psicótico, de que sólo vale lo útil (como las letrinas) y no lo desinteresado y gratuito. Y a la busca de árboles hermosos en el bosque de los libros, permaneces y te inscribes en el gran orden de lo bello universal, galáctico. La belleza es una gloria universal que colinda con la gloria individual. La belleza permite aguzar los ojos y la mente ante lo particular, por lo que se convierte en corrosivo o acidulante o desincrustante de conductas gregarias. La Belleza, en esta época de fealdad ruin, es revolucionaria, la espita de una bomba contra el sistema. Algo bello aparece en nuestro siglo como algo alternativo, como un mundo posible de la gran panorámica junto a los grandes ideales, además, y según enseñan doctas tradiciones, la mente divina es, si es algo, seguro que necesariamente muy bella. Participar de un subconjunto natural de belleza es participar en el gran conjunto de la belleza divina. Porque también pudiese o pudiera ser la belleza noble dado que es moral, y, por tanto, en los hallazgos expresivos del escritor, vive en potencia la rectitud del orden (y eso es la sabiduría, el orden y el amor) Que el genio estético se deslinde del genio moral, que se lo evite y elimine, pudiera o pudiese ser un signo de decadencia. Pero, aquello que no es susceptible de duda, es que sin la fuerza estética, sin el qué y el porqué de la rosa, vivir es morir, la vida se torna lisa y literal y crasamente insoportable. Nosotros respiramos la toxicidad del mundo de modo irreflexivo y natural, pero, a mi ver, esto no significa que no somos más que enfermos espirituales. No somos sino moribundos o zombis (permítaseme la opinión contundente) si vivimos enfermos de fealdad en esta era de ocaso y fin de la belleza (belleza: por casi lo único que merece la pena vivir)
A lo que leo (insisto, tal se puede ampliar a lo que se experimenta) me gusta aplicarle el grado o intensidad de su fuerza cognitiva, o mental, o de pensamiento, o de don perspicuo de conocer con la fuerza del pensamiento inferencial y analógico. Con la expresión «fuerza cognitiva» indico la elevación y altura y gracia del pensamiento, sus retahílas y recovecos, su hondura y precisión. A este fuerza se le asocia, vano subrayarlo, la mente grande, la gran mente, el gigantismo inteligente, el cociente de exactitud de los productos cognitivos. Se ve en la gracia y revuelo del matiz, en la brillantez del razonamiento, en el diseño de la imagen, en el don de crear metáforas, en el análisis de los hallazgos, en la clarividencia, en las sinuosidades de valles y depresiones de la complejidad, en cierto valor terapéutico pedagógico, en la amalgama sutil de la síntesis, en el aumento, que a sí mismo se alimenta, de las ideas y sus ramajes, etc… etc…Que, en resumen, eidos es el esplendor del espectáculo imaginativo y racional. En la fuerza cognitiva, a modo de voz baja, surge la pleamar de la verdad. Tras la fuerza cognitiva se mira y admira, retumba, hay en ella, tras ella y bajo ella, la Verdad. Un magnificente eidos en pos de la verdad, no sería mala definición de la fuerza cognitiva. Además creo que en la creatividad de la verdad se figura lo grande, lo definitivo, nunca la pancarta triste del tétrico nihilismo. Creo (con convicción) que debemos creer en la verdad, ya que la verdad aclara y discierne, discierne y sustancia, ama y conoce. Para mí resulta una alfalfa intelectualmente muy bajita, además de que crea una suerte de depresión anímica, la apología sobre la disolución de la verdad. Veo una suerte de conexión entre la corrupción de la verdad y la corrupción del lenguaje. Malos, malos tiempos son, para los buscadores de verdad.
Por último, a mi ver y entender, es relevantísimo evaluar la fuerza sapiencial (en lo leído y contemplado) La fuerza sapiencial poco tiene que ver con muchas de sus versiones degradadas, sino con el don del esclarecimiento, con la tentativa de respuesta al enigma. Discernimiento vital y moral, en definitiva. La procura de solucionar las constantes de la naturaleza humana, de escribir sabiduría en nuestra alma interior. Es una brújula o mapa frente a las oscuridades, un entendimiento de las cumbres y los abismos, de las simas y las trampas. La fuerza sapiencial mapea el territorio del corazón humano con poesía, filosofía, novela, imaginación, ética y ejemplo, brillo y estética. El sabio acierta en la diana, y nos insta a ser ricos y maduros y floridos, elaborados y reales, nunca hombres huecos. En el alma elaborada suenan diapasones estelares, autoconciencia del cosmos. La energía sapiencial es un examen inteligente de la vida. Un poner una dimensión astronómica en nuestra pequeñez mineral. La sabiduría niega nuestra propensión a la mendacidad.
Hemos dado los titulares de las fuerzas. Si las desmenuzamos acaso veríamos otras subfuerzas alternas como la fuerza musical, la fuerza lógica, la fuerza gramatical, la fuerza retórica, la fuerza astronómica, la fuerza teológica, o sea, toda una desplegada fuerza de triviums y quadriviums. Pero, las energías seminales, creo, son las antedichas. Todo se reduce a un análisis o explicitación de la belleza, la verdad y la sabiduría. Dónde están ahora las obras bellas y verdaderas y sabias, dónde lo hermoso arrebatador, lo inteligente por maduro, lo lento por sabio. ¿Dónde está la medicina del alma? ¿Dónde está la verdad que hemos perdido con el nihilismo?¿Dónde está la belleza que hemos perdido con la imagen?¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido con la tecnología? Parece, se diría, que la fuerza de lo mediocre destruye ríos, anega ciudades, embrutece corazones, confunde mentes. Se diría, parece que la forma informe es la fuerza del orbe. Dónde la Forma en lugar de esta atrabiliaria ensalada de ruidos y palabras. ¿Dónde?