Pequeña elegía

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Con un par de infartos y algunos íntimos imponderables

sé que poca, muy poca vida me queda.

¿Balance? Gocé de scorts de inconsolable hermosura,

la exquisita paz de una familia que mucho me quiso,

instantes imprecisos del tiempo donde me creí invulnerable

o un corbeille de rosas al alba, o el château de Chambord

o el de Cheverny (en solemnes mañanas con bridón de llama),

Vermeer, Bernini, Viena, Lisboa, Tarski, Quine, Cavafis,

la prosa de burbuja historiada de Nabokov,

la ovonia que enloquece en amores de solo dos horas,

las penínsulas espaciosas del vino de Borgoña,

asonante de frutas rojas y viñedos ducales,

largo como claridad de antorcha al trasluz púrpura,

gocé la inteligencia tanto de Fleur Cowles como de Suetonio,

estudié matemáticas, el oreo de novelas, el dramatismo

en el ballet con piruetas pensantes de algunos filósofos,

leí al barón de Maldà, las ocurrencias de senectud de Séneca,

soñé, imaginé, fantaseé, enloquecí con la belleza, ideé, creé,

jugué, canté, me dominó la pasión, hallé luz en la razón,

bebí, amisté, brillé, caí, copulé, amé, busqué y encontré.

Pero ahora mi felicidad no consiste en decir «mañana»,

sino que reside en la tristeza de una fúnebre palabra: «ayer».

Enclaustrado en feraz, feudal aldea gallega, desprecio el hoy

y ya solo espero dulcemente la muerte, esa última habitación

de hotel de lujo. Mero trotamundos por magnéticos campos y eucaliptos,

nadie antes tan rico ha vivido nunca ahora tan mal y pobre.

A veces compensa la paciencia de escuchar cómo levitan las nubes,

las ovejas del vecino, echarle migas de pan a los pájaros,

el bosque enfurecido donde borbota y se fragua una lluvia inescrutable,

o percibir la vertiginosa corona de animales durmiendo

y a babilónicas nubes oníricas muy blancas en verano.

Muy lejos de insecticidas, cosméticos, grafiti, jóvenes adolescentes

en shorts, estallar de coches y el populoso incendio de las avenidas.

Mi alfabeto no son ya pequeñas librerías francesas o inglesas,

sino toxos, abruñeiros, bidueiros, pelusiñas y xestas. Sí, acaso mejor así.

Rodeado de este cascabeleo de inmensa precisión sensorial

el musgo y hojas secas aquí cubrirán mi tumba.

Muy pronto, sea por natura o solución romana, soñaré un sueño,

el último sueño que no se soñará nunca más.

Diario

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Algunos intelectuales propugnan la idea de que el hombre debe ser liberado de las cadenas de cualquier convención o restricción moral, de cualquier tipo de autocontrol. Y, para más inri, insisten en que el gobierno, sin que lo pida el pueblo, debe elaborar leyes (Ley Montero sobre el aborto por ejemplo, una típica cortina de humo) y crear un estado de bienestar que proteja a la gente de cualquier revés.

Las formas de vida errónea y la infelicidad que causan son asistidas por una batería de asistentes sociales, psicólogos y mediadores. La función del estado es resolver con impuestos redistributivos los efectos materiales de la irresponsibilidad individual.

Lo que es bueno para un poeta o bohemio (añádase ahora novelistas, guionistas de televisión, directores de cine, periodistas, o cantantes pop), tan de moda hoy día, tarde o temprano se convierte en bueno para el trabajador no cualificado, el desempleado o el receptor de prestaciones sociales; todos aquellos que necesitan muchos límites y orden para que sus vidas sean tolerables y tengan esperanzas de mejorar.

Nada hay en el mundo que no pueda ser justamente criticado. Pero la civilización necesita ser conservada más que modificada esperpénticamente, con crítica descontrolada o con crítica desde el atril irreal de los principios utópicos (ley Montero otra vez)

En los países del tercer mundo la implantación de ideales abstractos logró que la situación sea incomparablemente peor de lo esperado, y en parte de Europa la desastrosa concepción de la vida de muchas de sus gentes creo que se relaciona con las fatuas e autoindulgentes ideas de intelectuales, economistas y críticos sociales (o con el embrutecimiento de las nuevas formas de ocio tecnológico y de los media) Casi el 40% de los niños nacidos en Gran bretaña lo son fuera del matrimonio. Y el número sigue creciendo.

…..

Grosero y vulgar y zafio se vuelve -ya es- el mundo, lleno de patologías: embarazos de adolescentes, borracheras en la vía pública, sadismo y gozosa malignidad en una cada vez más extendida cota de crimen, drogadicción, abortos, enfermedades mentales, enfermedades venéreas, intimidación, abandono, violencia, agresividad…No poco abundan mocosas y mocosos mimados y tiránicos, ególatras, quejicas, petulantes, deshechos y demandantes.

Una cultura muy grosera crea personas muy vulgares. Nada escandaliza. Todo está permitido. La única convención popular es el hedonismo más chancho y acabar con cualquier tipo de convención.

Decidí, con mamá, vendernos uno de los dos pisos de Cataluña y venirnos a nuestro pazo orensano en el campo feudal, silencioso y hondo. Y aquí morir. Parece que la gente deja de conocer el movimiento natural del corazón humano. Me voy. No espero que esto mejore.

Savonarola terminó sus días en la hoguera, inmolado por el mismo populacho cuyas emociones había sabido despertar antaño tantas veces. Por si acaso, he de recluirme en mi privada Royal Society o particular Académie Royale des Sciences. Los vulgares hacen demasiado ruido en el mundo. La chusma es propensa a todos los yugos y atrocidades. No espero que esto mejore.

Esto no tiene ningún viso de mejorar, no. Me encierro en mi jardín y en mi biblioteca. Cuidaré de mamá (onorate l´altissima bellezza) y con Petrarca declaro definitivamente: «Yo mismo he comprobado que mi espíritu en ningún lugar está tan feliz como entre bosques y montañas, y entre libros». Es bueno esperar y morir en medio del aire salobre del gabinete de estudio.

Aquí os quedáis, hooligans, esos ladies and gentlemen modernos de parque dominical. Cada lanero a su telar. L´âme, c´est moi. Vivir estudiando (y retirado) es expresar la virtud más alta.

Es imposible que esto mejore hasta dentro de un par o tres de siglos.

Autobiografía del amor

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El amor es aquella percepción extraordinaria de lo único,

que leíste y no conoces,

la idea de lo excepcional como savia del sentimiento,

lo racional convertido en magia, lo real en trallazo,

aquello tan raro que que creíste intuir en los poemas imantados

y que a menudo -te dices a modo de fantasía compensatoria-

y a diferencia del arte, se corrompe,

pues su naturaleza es corruptible, mudable y caduca.

Que el Amor, joven jaguar, es o deviene noche híspida y hosca,

desorden como una casa con las cortinas sucias,

ocaso torpe como la ternura mecanizada.

Que el Amor es hijo de un padre perroflauta,

pasota, pobre, bondadoso,

e hijo de una madre sádica,

una rubia pija y lujosa, rica e inmoral.

Del linaje de la Riqueza del Amor

brotan las fosforescencias y el oro.

Del linaje de la Pobreza del Amor nace

una llama que se apaga, dolor y barro.

Pudieras o pudieses creer que tu montura son los corceles huracanados del viento,

pero todo, ¿seguro?, ¿quimera o experiencia?, ¿símbolo o sudor?

es cual un Ícaro cuyo destino es carne

muerta que roe una alimaña.

Que el Amor es panorámica, (¡qué sabes tú, bicho Samsa!),

de una montaña que se achica al descender,

niebla sin aire que se engolfa en las sensibilidades multitudinarias,

trama que muta a ceniza, multitud

de casa con prole y horario de oficina.

Acaso mi doctrina sea poco esclarecida y sabia,

lugar tópico como mano que se cierra,

muy seguramente me invista con toga que no merezco.

Permítanme una confesión. He vivido sin Amor,

no fue mi afán o destino morder la sábana del Amor.

Nadie logró o logrará en mí o yo en ella inmiscuirme,

a nadie permitiré abrir las puertas de mi biblioteca.

Para mi Amor es un «ni existe todavía ni vendrá nunca».

Y me pasma, es asombroso, la de trenes descarrilados,

y la de sentires diluidos en la contemplación abyecta,

y la de rojísimas memorias y tremebundos affaires que os causan.

Me pasma. Es asombroso. Yo miro el Hecho del Amor

como un físico ve el Hecho del Universo; y no sin alguna razón

hay analogías, paralelismos entre ambas oceanografías o

sinestesias, entre ambos movimientos de péndulo

y mareas y contramareas,

entre el big-bang y su reflujo,

y el haceros sangre y las reconciliaciones.

Es asombroso. Que el Amor tiene una veta de Santa Teresa

y otra de navajeo yonqui suburbial. Qué de asombroso es.

Que el Amor se parece a un tenso silencio

en una mañana de hospital

un día de huelga revolucionaria.

Se parece a un solitario seminarista

que traduce el Ars Amandi una noche sin sexo ni amigos.

Semeja un Platón de montaña pleno de erotismo agropecuario.

Pero en el Amor, permítanme la confesión, ni subo ni subiré.

Solo amo estudiar, una forma no perecedera de amor.

Llamadme meapilas, cagapoquito, enciclopedista, ilustrado,

cobarde, chato o haragán. De esa nave yo no sigo su estela.

Falso poeta o falso arqueólogo, mientras vosotros vivís,

yo me quedo en casa a veces dichoso

repasando viejos legajos y grimorios.

Egoísta bien lleno de pus podéis si os place llamadme.

Pero de alguna manera sigo siendo aquel niño

que unas Navidades yendo de la mano de papá y mamá,

éstos se despistaron y me extravié. Niñito perdido en la ciudad

populosa, entre las callejuelas del destino hallé refugio en

la ciencia de la biblioteca. O en mis adorados papás.

Qué más pedir.

De todo ello me ha quedado,

un trato acaso voraz con la melancolía,

el refugiarme en la quimera de las hadas de agua,

el sexo íntimo en el légamo de las morbosidades,

un lugar bajo la bóveda de la iglesia;

de todo ello infiero me ha quedado

la ignorancia hondísima de la vida,

un rostro con un tono alelado,

el amor a los seres gatescos,

a los teólogos medievales,

a cualquier animal que fulja a la luz del alba,

y un asiduo trato con la negra y pastosa, solitaria misantropía.

Diario

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Mi madre, orgullosa de mi educación (colegios privados, clases particulares de dibujo, música e idiomas), es también una crítica literaria sagaz y que corta a degüello. Siempre le leo todo lo que escribo (excepto los diarios íntimos) y espero su reacción; hoy me dijo que soy demasiado cerebrotónico, poco cálido, que el genio debe ser fácil de asimilar (aunque él mismo posea una gran originalidad), que el destino de cualquier poeta es llegar a ser recitado anónimamente por el pueblo, y, last but not least, que un escritor es un animal racional literaturizado (aunque mentiroso) pero que yo propendo en exceso a la verdad, la sensibilidad lógica, y la razón.

¿Qué querías mamá? Toda tu vida contendiendo para convertirme en un ser exquisito y singular, siempre empeñada en tu desprecio a las masas («son como bacterias» sueles decir proverbialmente) y ahora deseas verme un sosias de la ridícula y vulgarzota Ana Lena Rivera o un doble del ripioso chupacaramelos de Mario Benedetti. Yo persisto en mi ser (caviloso, minoritario, antipopular, elitista, magnificente, grave), a imagen y semejanza de como me creaste y que, en tu fondo, sé que deseas.

Me criaste para que me juzguen los prebostes de Oxford y no las listas de éxitos o de más vendidos de Marie Claire o Lecturas. No, mamá, hoy no es tu día. Criticas a abuelas y madres de cerebro calloso, a políticos y artistas botijeros, eres adorablemente clasista y de espíritu dorado. Hoy es el día de las madres de Mercadona. Tú eres selecta como una hilada fresca de viento en la montaña. Otro día me pondré mi capa McFerlán y tomaremos unos mirlitons juntos.

Como que amo lo bueno y exquisito no puedo sino amarte. Nuestro amor es como lujosa leche de queso de alce. Nuestro amor es como un sinfonier clásico o un sillón pan de oro, como un antiguo reloj de oro. Para otros el pollo de asador con sus patatas renegridas y resecas. De ruc i de senyor se n´ha de venir de mena.

…..

Hoy, con mamá, recordamos a papá ¡Cómo echo de menos las partidas de ajedrez con mi padre! ¡Cómo echo de menos a mi padre! Teníamos un nivel similar, aunque él jugaba de modo más creativo y agresivo.

Como que nuestra casa era -es- señorial, en un rincón del comedor, junto a la ventana, teníamos una mesa de juegos. Con mi madre jugaba a las damas y a las cartas, y con mi padre al ajedrez. Ya no existe la casa y mi padre está muerto y mi madre mayor y algo enferma.

«Todos los cambios están más o menos teñidos con la melancolía porque lo que dejamos atrás es parte de nosotros mismos», dijo precisa Amelia Barr. Muy a menudo tengo la sensación de que todo está desérticamente despoblado y que mis únicas estrellas vivas brillan en un cielo muerto. Suscribo en su totalidad la observación modélica y exacta de Robert Burton «No hay algo así como la felicidad, solo menores matices de melancolía».

…..

Me faltan tres asignaturas para licenciarme oficialmente en Exactas. La inteligencia de un escritor es tan cutre que no da ni para el folletín más cochambroso, para la novelita de más baja estofa, para la estupidez escrita más sudada y tópica.

Estoy leyendo y releyendo mis libros de Cálculo, Álgebra Universal, Topología Conjuntista, Lógica Modal, etc…Ejemplos de pensamiento honrado. Y cuando leo las ingeniosidades ocurrentes e improvisadas de los escritores advierto que son todo inclementes y napoleónicas limitaciones, malabarismos de niño gitano con los tobillos sucios.

No entiendo por qué consideran tan importante, casi un eje de su existencia, la publicación de su libro, publicitándolo hasta la náusea. Lo que más sobra en el mundo son libros publicados. Lo que más sobra en el mundo es esta inundación de libritos ulcerados y mal compuestos y peor escritos.

Como ya escribí una vez, soy demasiado inteligente para ser escritor o bien español.

…..

Tienes que ser realmente alguien antes de poder compartir algo en las redes. Al no darse esta máxima, el tonto del pueblo (que antes solo molestaba en la taberna) se ha puesto en el mismo lugar de preeminencia social que el don de Cambridge. Los lerdos ocupan el espacio público desplazando a los márgenes a los sabios o capaces. La maldición bíblica de las redes.

Diario

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Día tórpido, majadero y borrico, en el que no tuve otra opción que hablar con gente de cerebro calloso. La televisión y la radio emitían su radiación de oquedad y vacío, su deshabitado desierto parlante de ingravidez y nada absoluta y tétrica.

Tomé al mediodía un «pastéi de nata» y se cortaron varias cónicas de trozos de mi lenguaje y mi memoria. Todo gran lujo culinario es un estímulo escalofriante, nunca deja indiferente el reconocimiento en el paladar el gusto alto. Nabokov es como un magret de pato al roquefort, Shakespeare como un crujiente de tapioca con tartar de cigala, Azorín igual a una alcachofa confitada con jugo de ibérico, Horacio igual a gazpacho de espárragos verdes de Jean-François Rouquette. Mi prosa misma es como un sinfonier clásico o un sillón pan de oro.

Nadie me lee. Leo o repaso las estadísticas de mi blog y apenas lo visitan dos, a lo sumo tres personas. Un pañuelo de hierba incendia el suelo por donde escribo y nadie desea ser chamuscado. Como un espectáculo teatral desvanecido tras de mí no dejo ninguna huella. Nadie siente que leerme es como despedazar la cabeza de un jaguar. Me cumple entonces la sabia cita de Virgilio (Geógicas, 2, 412):

«Alaba los poderes grandes, / pero cultiva uno pequeño».

Pasó aquí en Barcelona el infumable Sant Jordi. La abrumadora mayoría de lectores carece de una sólida formación literaria detrás. Compraban libros consoladores de ocasión, de infantil distracción, todos de extrema mercadotecnia y nulo valor intemporal. Compraban libros como quien compra buñuelos y leían libros de escritores que los escribían como quien hace buñuelos (lo dijo Cervantes) «¿Tienen las Moralia de Plutarco?» Silencio. «Ya es pega. ¿Por un casual Elogio de la vida solitaria, de Petrarca?» Silencio. «¿O bien los Ensayos de Montaigne, una novela de George Eliot, algún tomito de las Vidas Paralelas de Plutarco, El Banquete de Platón, La Historia de Roma de Michelet, Ada o el ardor de Nabokov, qué sé yo? «Mire, Señor, lo que nos pide es muy raro. No lo vendemos. Tenemos lo que puede ver por aquí» «Pues no, muy amable caballero; lo que tienen por aquí no me interesa nada, pero nada nada»

Todo lo muda la edad ligera, o sea, el inexorable paso del tiempo. Libreros de cerebro calloso, libros de mente callosa, expansiones del libro y la rosa con ventas de best-sellers callosos. «Tórpido» se aplica en medicina a una lesión crónica y de difícil curación. La falta de inteligencia de la burguesía que nació en Francia durante el segundo imperio y el nacimiento de las masas proletarias poco después, es el tórpido movimiento espiritual de la época. Allá vosotros. Yo camino por el sinuoso jardín de Little Atenas, y vivo en mi nocturno en brillantes gris y plata. ¡Qué ciega herida os consume, qué boquete se os ahonda queridos míos! Nada podéis sacar de vosotros mismos, a no ser palabras callosas hechadas a pacer desde el vacío de hormigón calloso de vuestras lenguas negadas a la grandeza y la gloria.

Perdonad el increpado y maleducado vituperio. Solo me queda el alto don del desprecio. No os hago de menos, pero yo soy mucho más. Y no me importa publicitarlo.

Diario

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¿Cómo deseo mi vida estos pocos años que me quedan? Frugal, defendida de infortunios, zozobras y contratiempos, y, como se ha caracterizado siempre, y prueba de que soy un espíritu selecto, muy solitaria.

Ahora se lee mucho y de muy poco, y eso muy poco, muy malo. Yo leeré (y releeré) mucho de mucho, y eso mucho muy bueno. Escribiré, pero no por la vanidad de publicar, que ya se han publicado demasiados libros en esta vida. Me quedaré embobado en los bancos de las plazas, y, ocasionalmente, gastaré mis dineros en una escort despampanante.

Me gusta la dulzura intemporal de una existencia solitaria y defendida de los vientos congelados de la noche. Hablaré poco y pensaré mucho, no me enamoraré, no pisaré sendas trilladas, y, como única extravagancia, me alimentaré de Nescafé mientras leo volúmenes clásicos de antimodernos y heteredoxos. No descarto, como Richelieu, dejar mi herencia a mis gatos. He tenido una vida cumplida, completa y agotadora. Es hora de retirarse a mis Palacios de Invierno.

Reina de Francia

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La turbamulta en la plaza

le lanzaba hortalizas e improperios,

pero la reina tenía en los ojos

la tranquilidad profunda de la noche

y la muerte.

Vi a la Reina de Francia en

Versalles hace años.

Brillaba de luz, leche, miel, y verdes praderas.

Sus labios eran algas tibias de felino,

el mundo se nombraba si ardía su corazón,

si su piececito caminaba.

Pero llevaba la crueldad contra ella

sin un antídoto posible.

En la nación guillotinaron a los hombres más valerosos,

los de honor y los caballeros.

Su destino quedó en manos de la burda

plebe mandril de verduleras, bacaladeras y furcias.

Yo hubiera desenvainado diez mil espadas al ver

una sola mirada capaz de ofenderla.

Pero en Francia ahora ya no existía aquella

generosa lealtad al rango y al sexo,

ni obediencia digna, ni subordinación del corazón,

solo desharrapados y beodos mendigos

o asesinos con los dientes mellados.

¡La exaltada libertad y la seda ultrafina a cambio

de las berzas y los rancios potajes de garbanzos!

Habrá que soñar con pasión en aquel pasado

balcón de luz y en su maquillaje hermosísimo.

Signos aturquesados trenzaban

la gloria del espacio y de las introvertidas nubes.

Invencible e impecable su cuerpo

se deslizaba al fin como tercetos áureos

o como un destino de minué y luna griega.

Su corona yacía en el barro y, con sorna,

se la probaban en turno

verduleras, mendigos y meretrices.

En el cadalso conspiraba una aurora sin paraíso.

La gentuza, esa turba u horda,

gritaba con su brutez y vulgaridad acostumbrada,

igual a harapientos tiñosos y beodos.

El chusmerío hodierno iba a

disfrutar -cómo no- con la decapitación.

A la reina solo le quedaba

melancólica mirar su último ocaso.

Con usura y plebe analfabeta y zafia

no hubiesen existido las doradas monarquías.

De educación prusiana, el infecto matarife

le pisó su delicado botín, a lo que ella solo dijo:

«Pardon, mesieu».

Fueron sus últimas palabras.

Diario

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«No hice más que urgir a nuestra/ época a abandonar sus trabas/ con las sabidas reglas de la antigua libertad/cuando de repente me rodea un bárbaro estruendo/ de búhos, cucos, asnos, simios y perros» Milton, Soneto XI.

Un fontanero de Barcelona, un universitario de Londres o Milán, una estheticient de París, un funcionario de Franckfurt, almacenan en su encéfalo muchos bits de información: decenas de series de Netflix, las noticias de las redes sociales, el mapa de carreteras que circunvalan su ciudad, las miles de horas de televisión vistas, las instrucciones de videojuegos y otras aplicaciones informáticas. Saben comprar por Internet, descifrar pictogramas, chapurrean un par o tres de idiomas, tienen una vastísima cultura musical (de música no humanista, claro)

Pero su pensamiento rápido, de un imposible darse a la contemplación, su nerviosismo esquizoide cognitivo, causan una barbarie tumultuosa, un estruendo de graznidos y ladridos guturales. Yo prácticamente ya no puedo hablar con nadie. Todo lo anega la mass-cult y la mid-cult, todo lo llena el analfabetismo de estos medio letrados. La cultura ya no es Horacio y Flaubert, sino el aire que respiran estos medio letrados iletrados: no lo que muestra un poema o un cuadro del XVI, sino la transgresión drag-queen, bailar dance o reguetón, el yoga, comer suschi, el pensamiento comercial, el break-dance, los realities, los cómics, el consumo de masas…Es lo que organiza su vida y les da sentido: tatuarse, ponerse una cresta punk, robar una camiseta en la tienda, leer un poetastro en Instagram, un vídeo de You Tube, la pandilla, etc…No tienen la sensación que estos subproductos los laceran, dañan, o afean, sino que les proveen de sentido e identidad. Su mundo y alimento es la baratija de simio.

Ante este bárbaro estruendo la antigua cultura es una traba que les limita y oprime.

Vencieron. Nos ganaron.

Bárbaros del mundo: United!

Adieu

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Me acomodo mi foulard de raso amarillo,

me alimento y mordisqueo las glorietas del cielo,

oigo al mirlo derramar su fresca hilada fresa,

contemplo la iglesia desde mi galería acristalada,

la batalla desde lo alto del valle, lejos del combate,

unto mis manos con dorada agua de rosas,

respiran aurorales mis altos sueños invernales,

tomo mi daiquiri de atardecida, sereno y feliz, y,

tras contemplar este mundo sin cuidados,

estos despojos impíos e indolentes y arbitrarios

de un paisaje de zombis y vidas de subsuelo,

este ejército en la playa de rucios con chancletas

y bronceador, y coca-colas y sombrilla de plástico,

digo a mis estrellas implacables

y a tanta pestilencia alrededor,

a la turbamulta que ocupa las

cámaras de nuestros castillos,

a la cutrez de avaros sandios,

a las hienas que reemplazan a los gatopardos,

a los relajados benditos flameados en Mercadona,

a los durmientes sin esplendor ni ideas,

a la indignidad y torpeza de menor

de edad del populacho, barista y tatuado,

a su villanía orgullosa signando la barbarie,

con mi copa en la mano y el lujo

consciente y púrpura en mi mente,

dirigiéndome a esta tierra sin genio

y a su espíritu de burgueses graves de baja estofa

les digo, alejándome de ese parque temático

de hediondez, bajura, necedad y vulgaridad

adieu, éternellement, adieu à tous…

Diario

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A lo largo de la historia legisladores, hombres de letra y estudio, filósofos, profesores o eruditos, no eran considerados con reticencia ni recelo, sino como una clase privilegiada de hombres dedicadas al más honorable de los ocios: el estudioso o cavilante. Con el surgimiento de la democracia y la moderna burguesía se convirtieron es sospechosos a la par que indeseables. Algien dedicado hoy a la epigrafía, a la traducción minuciosa de Cicerón y Tácito, a los arcanos del pensamiento de Kant, un erudito sobre el imperio bizantino, la historia de las escuelas monásticas, o sobre el desarrollo de las ideas matemáticas de Mesopotamia a la actualidad, es visto como alguien sobrante, como un estorbo, y carece de relevancia, prestigio e importancia social.

Antes, en Grecia, Roma, la Edad Media, el Renacimiento o la Ilustración, la sociedad, los nobles, el poder civil y político o religioso, los protegía, y prácticamente nadie los discutía. Hoy alguien nacido de familia de linaje recibe fuertes presiones para que desista de incorporarse a la clase intelectual y se dedique a ganar dinero y cursar másteres de lo más variopintos para subirse al carro triunfante del dinero y el pecunio.

La gente, fóbicas del lento estudio y la larga inteligencia, se volvió abyecta, mezquina, pusilánime y de vuelo de ganso. De una estupidez formidable y universal. Vivimos entre soberbios estúpidos (Flaubert), en una sociedad desmembrada y descompuesta, con una historia sin proyecto o designio, y cuyas clases rectores andan metidas en un cul-de-sac (Kafka)

Además la mesocracia intelectual es apabullante. Ocupan el escalafón intelectual mediático mentes planas lejísimos de aquellos patricios mandarines o zares. «Parvenus» sin distinción ni alcurnia ni altura. De prosa utilitaria y desganada. Yo, pese a ser un mero diletante, me siento infinitamente superior a ellos. Escriben librillos de hechura de magazine, de rápidas ideas saltatorias sin peso ni gravedad. Séneca escribía en el De vita Beata: «Nihil ergo magis praestandum est quam ne pecorum tiru sequamur antecedentium gregem» (Nada debe preocuparnos tanto como seguir cual ovejas al rebaño que nos precede) No, yo no soy como esa caterva de intelectualillos de gazette.