Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
A lo largo de la historia legisladores, hombres de letra y estudio, filósofos, profesores o eruditos, no eran considerados con reticencia ni recelo, sino como una clase privilegiada de hombres dedicadas al más honorable de los ocios: el estudioso o cavilante. Con el surgimiento de la democracia y la moderna burguesía se convirtieron es sospechosos a la par que indeseables. Algien dedicado hoy a la epigrafía, a la traducción minuciosa de Cicerón y Tácito, a los arcanos del pensamiento de Kant, un erudito sobre el imperio bizantino, la historia de las escuelas monásticas, o sobre el desarrollo de las ideas matemáticas de Mesopotamia a la actualidad, es visto como alguien sobrante, como un estorbo, y carece de relevancia, prestigio e importancia social.
Antes, en Grecia, Roma, la Edad Media, el Renacimiento o la Ilustración, la sociedad, los nobles, el poder civil y político o religioso, los protegía, y prácticamente nadie los discutía. Hoy alguien nacido de familia de linaje recibe fuertes presiones para que desista de incorporarse a la clase intelectual y se dedique a ganar dinero y cursar másteres de lo más variopintos para subirse al carro triunfante del dinero y el pecunio.
La gente, fóbicas del lento estudio y la larga inteligencia, se volvió abyecta, mezquina, pusilánime y de vuelo de ganso. De una estupidez formidable y universal. Vivimos entre soberbios estúpidos (Flaubert), en una sociedad desmembrada y descompuesta, con una historia sin proyecto o designio, y cuyas clases rectores andan metidas en un cul-de-sac (Kafka)
Además la mesocracia intelectual es apabullante. Ocupan el escalafón intelectual mediático mentes planas lejísimos de aquellos patricios mandarines o zares. «Parvenus» sin distinción ni alcurnia ni altura. De prosa utilitaria y desganada. Yo, pese a ser un mero diletante, me siento infinitamente superior a ellos. Escriben librillos de hechura de magazine, de rápidas ideas saltatorias sin peso ni gravedad. Séneca escribía en el De vita Beata: «Nihil ergo magis praestandum est quam ne pecorum tiru sequamur antecedentium gregem» (Nada debe preocuparnos tanto como seguir cual ovejas al rebaño que nos precede) No, yo no soy como esa caterva de intelectualillos de gazette.
Domingo de Resurrección. Día soleado. Apacible y luminoso. Sereno y con piar de pájaros. La figura del individuo sentado y leyendo silenciosamente está dejando de ser nuestro escenario supremo. La mengua dramática de la cultura del libro corre paralela a la merma radical del sentimiento religioso. Se reemplaza a la divinidad íntegra, ordenada, teológica, referencial, controlada y de significado autónomo e independiente, por un mosaico roto de fragmentos incompletos, contradictorios, relativistas, arbitrarios e indeterminados. Dios se ha volatilitazo e implosionado en decenas o miles de líneas de destino particulares. Dios se ha excluido de aquello que define nuestra comprensión. Un evento deportivo brillando en la televisión, unas suculentas tiendas comerciales, ese tropo poético de excursión con vuelo en parapente, el ideario feminista o la pandilla, o bien Tuiter y Tik Tok, eclipsan a Dios. Un Domingo de Resurrección es como un Domingo en que abre El Corte Inglés. Humo, vanidad, publicidad, compra, silencio, espectáculo y la Nada.
…..
Hace tres meses que no escribo ningún poema. Como observará el lector sagaz de este blog, tengo poemas necesarios e inevitables, y otros meramente llenaespacios, intrancesdentes y de circunstancias, simples ejercicios de redacción. Los inevitables, aunque nunca están acabados y hechos del todo, sí que apuntan o insinúan a un fundamento, a una estructura organizativa, y dan lugar a los mitos sagrados en mi experiencia del mundo y del yo. Son proposiciones universales de la hegemonía de mi psique con ornamento literario (provisional, que soy un perfeccionista compulso y un descontento inveterado)
Como si tuviera solo tres libros, una Biblia, un devocionario, y un almanaque, que leyera repetidamente vez tras vez, esos poemas necesarios e inevitables son mi estrecha gama de literatura donde se embebe honda y obsesivamente mi conciencia o alma. Ahora copio y pego uno muy malo (el tema y la idea me importaban en cambio mucho), en que su vacilante ejecución, su desparrame descontrolado, su falta de sujeción a un núcleo duro, le confiere una nula autoridad y una populachera aceptación industrial. Espero que les gusta algo más que a mí, que es prácticamente nada.
ÚLTIMA VISIÓN
Verás de nuevo el valle ensuciarse con tu corazón,
calles provincianas, jeringuillas en oscuros párkings.
Balcones sonrientes cada vez que chispea un recuerdo,
a políticos sin portento, periodistas sin gramática,
tenderos mediocres, que, como una mujer
después de fregar el suelo,
cuida que la puerta del cuarto quede cerrada
para que no entre el perro y lo deje todo perdido
-escombros humildes de la fatal y no resonante historia.
Acaso vislumbres lobos blancos en el hielo,
o domingos quietos de lluvia y el veloz caminar de la vida.
No. No se te ocurrirá pedir en préstamo un libro
del convento, escribir un postrero poema,
ni pensar en antiguos amores como oraciones escolares,
y olvidarás poco a poco la sombra espesa del aire.
Solo verás -es lo único que importa,
algo que sabes sin ápice de duda-
como preludio a la última bocanada de tus pulmones,
íntimo y acurrucado,
la cara de mamá,
última visión (perdóname, mamá, perdóname si fui un monstruo),
Vivimos en una España tatuada donde reinan los delincuentes, en un parque temático de hiel, banalidad y bajura. De exhalaciones verbales de calidad bajísima (pónganse a oír a tertulianos o votantes o políticos), de atorrante falta de educación en las formas, de un vandalismo de hondura de selva, de incursiones literarias sin sabor ni nobleza, precariamente informales y que escamotean principios intelectuales seculares, una época con una cantidad desmedida de farsa, con un espíritu de «debâcle» definitivo y mortal.
Una Era de lápiz dialéctico sin afilar, de almas menestrales embutidas en mastodónticas ciudades provincianas, con epigramas graciosillos flotando en el ambiente pero carente todo de la épica de la perfección individual. Una Era de plagio, de pigmentos superficiales de Orden, de políticos falsarios e inconcretos de trazo grueso y fofo y capcioso, ostentosamente inclinados hacia el pragmatismo y no a la heroicidad. Una Era escandalosa, borboteante, gritona, pero inconcebiblemente pueril, sin enhebrar ni ahormar. A falta de convicciones, opiniones, a falta de opiniones, vomitonas irreflexivas e inmediatas en las redes sociales. Una Era desaforada, antigenialoide, epiléptica, delirante, fácil y facilona, sin mérito alguno.
Mi vida obscura y marginal es una forma de protesta contra esta época. Mi santuario es el vituperio y el desprecio. Este imperio, como la Roma final, cae no escasamente, no poco aceleradamente. A veces mi máscara o personaje literario violento y aristocrático no es del todo cierto. Desearía un natural entendimiento y no esa necrológica cutre en el pensamiento y sensibilidad al conversar con mis semejantes. Sigo mi Oriente y mi Camino. No sigo jamás lo doméstico y vulgar. No esperen de mí asomo alguno de diversión ni jolgorio en este parque temático de bajura, irrisión, fonética deslavazada y mentes de autoayuda.
Es forzoso que sea. Alinearme con mis estrellas. Pero contra la inmensa mayoría.
Me gusta aquella foto de mi mamá en Vespa. Las novicias que saben latín y cocinan pastelitos cremosos. La ociosidad de los libros en que sepulto apaciblemente mi vida. Los «mignonettes», es decir, botellitas de licor o perfume. La opera omnia del cerebro de un burgués cultísimo que es el origen de mi linaje. Los infolios, los senos con lunares espolvoreados aquí y allá, los calcetines caros y de colores llamativos, las vidas de Marsilio Ficino y Gauss, no leer y defecar a la vez (jamás eso), las vírgenes rosas con brillo solar púrpura en los ojos, el que esta Edad Media sea tan poco griega y tan negra, y así podamos brillar los felices pocos, las pibitas o mocosas que huelen muy bien, los cabros o carneros que en el bar no cesan, monotemáticos, de hablar de fútbol, putas o culebrones, porque de ellos no será el reino de los cielos. Me gusta VOX (que votaré), la intensa sensación de «dépayssement» que experimento, ni que sea de lejos, al oír mugir una vaca, me gustan las formas de ocio de la civilización tecnológica porque los lerdos deben estabularse y así incordiar menos, el lenguaje, me encanta sobre todo el lenguaje, que es el sagrario de la erudición, el repositorio del ingenio, la alacena donde se guarda lo mejor que debemos sacar de nosotros mismos: ei etiam placere non negligant recte loquendo. Me gustan las cancioncitas rock, pop o techno, porque sus oyentes ignoran la mayeútica socrática y no me debo nunca -empíricamente no es posible-comunicar con ellos. Me gustan los groseros sofismas extravagantes de las gentes porque afinan, agrandan, y hacen lucir mi pensamiento, o esos libros puerilmente consoladores que tan a la moda se estilan ahora ya que inflan mi prosa insólita, esforzada y ni charlatana ni chismosa. Un si es no es impostada, teatral y graciosa.
Me gustaría retirarme a la Tebaida, Siria o el Bajo Nilo o gozar de la corte de Federico de Prusia. Me dedicaría al estudio, la filosofía y la literatura; no a pensar en el dinero o cómo ganar vil y manchado dinero: Beatus ille qui procul negotiis…Siempre al margen, siempre ocioso. Con la solvencia de mi alma no pervertida por el mundo y los hombres. Sin la banalidad infecta de estar en posesión de un trabajo o de un mediocre (desacreditado pues) título universitario.
Algo ya me acerco a ese ideal. No del todo aún. Sin creer ni crear collages culturales arbitrarios, y creyendo que la gramática, la lógica y la retórica no son meros malabarismos logocéntricos. Sin desfachatez o brutalidad moral, sin tibieza intelectual. Viendo sabias, guapísimas duquesas pintadas en la pared. Amistando cada vez más con mi alma libre, cuajada, madura y hermosa. Advirtiendo que los hechizos caedizos del mundo a mí no me conciernen. Pisando suavemente mis sueños. Haciendo mi trabajo. Oyendo el áspero rugido de los guijarros en la playa retumbar y donde combate el día que no me ilumina y la noche que no me observa.
Leo y estudio para la gloria. Escribo precipitadamente, pero con no poca elegancia improvisada. Decidí ser escritor amateur y ocasional, pero soy (no lo creo, lo sé) inmortal.
Es altamente probable que deje de vivir en Galicia. Fueron alrededor de diez años buenos o muy buenos. La inteligencia de un hombre se mide por la cantidad de silencio que es capaz de soportar y por las cantidad de estupidices que es capaz de evitar. En mi pazo gallego del siglo XVII no sufría la paleta compañía de los labriegos elementales y zumbones, me asqueaban las bostas de vaca con verdezuelas moscas alrededor, y el tono o coeficiente pasmosamente mediocre (más allá de un límite crítico) de la sociedad galllega y sus prohombres tallados en tópicos de mal manual y sus proclamas como conjuros apasionados independientes de la confirmación o refutación de la realidad, me deprimían. Un pueblo abrasadoramente inculto y necio. Pero en mi casa de Orense disfrutaba del conventual y majestuoso silencio, de la regia y solemne o augusta soledad, y de mí mismo. Cualquier compañía es latosa; la de un gallego-tipo, doblemente latosa.
Pero salgo de Madagascar para caer en Guatapeor. Ahora viviré en Manresa y Barcelona, donde tengo casas y lujos que no desiquilibran mi presupuesto. La casa de Barcelona llena de cortinajes aterciopelados, muebles antiguos, y ediciones encuadernadas en piel de los libros de derecho y economía de mi papá, y de los libros de literatura e historia de mamá.
Los catalanes son hombres «completamente»: completamente imbéciles, completamentes inanes, completamente despreciables. Símbolos y númenes de la medianía más atroz. Incapaces de alzarse un palmo por encima del suelo. De los paletos gallegos a los burguesitos adocenados del risible «imperium» catalán. No hablan decentemente su lengua ni lengua románica alguna con cohesión y coherencia. Simiescos dominguillos de «tortell» y «mona de Pascua».
En mi casa de Barcelona me arrellenaré en la butaca y leeré y estudiaré. No tengo muchos libros ya que la mayoría los llevé en trailer a Orense. Las cucas librerías francesas e ingleses se sustitituyen insensiblemente por tiendas de ropa de lujo. El tráfico y la aglomeración de personas causan brotes dermatológicos en alguien delicado como yo, que admira la civilización y no su parodia grumosa. Pasear por Barcelona es como vadear un pedregoso río lleno de pegamento. Te cruzas con miradas lelas donde no asomó una chispa de capacidad, talento o inteligencia, ves cabelleras teñidas y modelitos en cabezas donde un abisal vacío puebla el craneo peliteñido. Ves talluditos gordinflones en bicicleta o patinete. Y cerca, contiguo, el submundo choni de arrabal y delincuencia y tan tatuado de Cornellà u Hospitalet, ese Inferno gutural orangutanesco.
Papá y yo coleccionamos juntos libros de política. En sus idiomas originales. Por aquí andan viejas ediciones, dispuesta entre la noble caoba, de Hayeck, Von Mises, Berlin, Friedman, Salisbury, Hume, Locke, Burke, René Girard, Rémi Brague, Robert Spaemann, Fabrice Hadjadj. También volúmenes -nada intonsos-, de Menger, von Böhm-Barker, von Wiese, Lachmann, Kauder, Jay Nock, Chamberlein, Chodorov, Nisbet, y Aron, Polanyi, Ropke, Rueff, Oakeshott, Strauss, Voegelin, Jouvenel, Ortega, Weaver. Tenemos a Kirt, y a Viereck, a Weber,o Julián Marías, Gómez Dávila, Balmes, Donoso Cortés y Bonald. Una surtida biblioteca del pensamiento diestro más capaz e inteligentemente suficiente. Me voy a poner las botas.
¿Me cansaré de tanto leer? Ni que leyéramos corriendo…
……
Es sabido el abajamiento que la democracia cultural provoca. En una sociedad de masas hay más cultos, pero los cultos son infinitamente más incultos que antaño. Las élites (periodistas, escritores, profesores, políticos, clérigos, empresarios, etc…) carecen de vigor y ejemplaridad, de fuerza y altura intelectual.
El auténtico espíritu clásico es una abertura a la inteligencia y la vida, a la inteligencia del mundo y la naturaleza. Estudiar derecho romano, latín, filosofía aristotélica, arte griego, no es óbice para aprender informática, lenguas modernas, ciencia cognitiva. Lo nuevo no se opone a lo viejo, se complementan con sabiduría. No es gratuita o peregrina la clasicidad, sino que permite la capacidad de juicio, la elaboración del razonamiento, el don del discernimiento. Y la capacidad de juicio es la premisa inexcusable de la libertad y la moral.
Observo una defenestración o devaluación en la capacidad de juicio de las élites democráticas. El clima cultural que irradian es decadente, pobre, bobo y anecdótico. No hay en su mente algo así como las pilastras de granito de la civilización, sino nebulosas a veces pueriles, a veces frívolas, con frecuencia vaporosas y huecas. Mucha información y poco conocimiento, algún conocimiento y ninguna sabiduría. O hay un rearme educativo fuerte (una nueva ilustración) y unas élites con sustancia o nos vamos al garete. Aunque bien pensado la decadencia empezó cuando se generalizó la escuela pública y gratuita, cuando muchos quisieron y entraron en la Universidad. Los prebostes de Eton y Oxford a cambio del pensamiento magazine tertuliano. Y encima las masas piden el sugragio universal. Acabáramos…
Cuando dejé mi trabajo estuve a un tris de dedicarme solo a estudiar, pensar y leer. Observaba con sumo displacer la desidia e incuria que caían insensibles e inclementes sobre las formas culturales, a aquellos viejos mandarines que me formaron (Curtius, Mann, Eliot, Auden, Auerbach, Riquer, Riba, Cavafis, Pessoa, Eckermann, Bloy, Kernan, Flaubert…) orillados y sustituidos por Másteres en la Universidad sobre «Liderazgo emocional y Empatía», «Ideas filosóficas en la Televisión», «Sexo tántrico y parejas conscientes», «Constelaciones familiares», «Dinero y conciencia» y otro suma y sigue de barrabasadas, memeces o chorradas chiripitifláuticas. Con ortografía singular uno, perplejo, triste y decaído e irónico, solo podía proferir, como hizo Flaubert en Bouvard et Pécuchet, «C´est hénaurme!» y «Quelle hhhindignation!».
Pero me inventé como escritor -una vieja vocación- y, a la par que solidificacaba mi descubrimiento -mejor: atestiguamiento- de ángulos de mi personalidad y que ejemplificaba o insinuaba mis convicciones, iba forjando una lengua entre coloquial y culta. Soy un escritor con una voz, un mundo y una forma particular de expresar ese mundo y esa voz. Pero no tengo ningunas ganas de publicar (previo trabajo obsesivo, que no hice, de pulimento); ya se han publicado demasiado libros en este inmundo mundo.
Dos razones más: nadie te lee y nadie desea leerte. Se lleva la oralidad ilustrada en imágenes de la televisión y las redes, y se descree del hombre tipográfico, aquel que emplea argumentos complejos, que selecciona la información según su relevancia, la jerarquiza, la cataloga, la discrimina y sopesa y matiza, y así la transforma en conocimiento y, tras más depuración y reflexión, tras más contraste y tensa dilucidación, la convierte en sabiduría. El Homo Computans solo desea brevedad, fragmento, inconexión, deshilachamiento, espectáculo, irrelevancia y banalidad. Estas son las palpitaciones de los tiempos. Un escritor para triunfar solo debe tener un objetivo: entretener, divertir, así, sin más problemas. Y su lenguaje no debe levantar un palmo del suelo. Debe escribir de forma elemental, podada, sentimental, charlatana.
Recorro con la mirada compungida esta masa de gente totalmente igual y cada vez más baja. Sé que vivo una oceanografía de la banalidad, en una especie de parque temático de bajura y vulgaridad. Como constató profético Benjamin, el avance de la civilización se paga con el precio de una inevitable barbarie. La grosería de todo ya es literalmente escalofriante.
Donde mejor estoy es en mi torre de marfil, muy lejos de las pezuñas democráticas. Mi lujo mental y mi soberanía intelectual no se avienen con esta plutocracia del gran número analfabeto o acémilo. La base de la pirámide es muy ancha y la cúspide muy estrecha y picuda. Sigo estudiando y leyendo. No, no envilecí mi vida.
Mi primera vocación fue la ciencia, concretamente la matemática. En el Instituto me seleccionaron todo el bachillerato -y antes aún en el Liceo- para representarlos en la Olimpiada Matemática. No lo hice mal pero siempre nos ganaban los del Colegio Alemán, que daban el triple de horas lectivas de esa materia respecto a nosotros.
Tuve una experiencia estética con un libro de poesía en mi adolescencia y nací a la literatura. Durante la Universidad (en las que estudié muchísimo aunque solo me licencié en Filosofía pese a tener cuatro cursos aprobados de Exactas) escribí dos novelas, que todavía andan en aquellos viejos disquettes antediluvianos.
En esos años jóvenes fui de oyente a cursos de informática (especialidad en AI), derecho mercantil e internacional, economía, y aprendí las principales lenguas europeas vivas, a leer alguna muerta, y rudimentos de un par o tres de exóticas. Acabada la carrera hice cursos de doctorado en Lógica Matemática (con énfasis muy especial en la Teoría de Modelos y el Álgebra Universal) y después decidí no seguir la carrera de profesor y preparé oposiciones para diplomático.
Pero hete aquí que un año malhadado me fichó un país extranjero (del que yo había escrito artículos muy ditirámbicos o laudatorios en revistas universitarias) y mi vida cambió de arriba a abajo, copernicanamente. Tuve que trabajar de manera obsesiva y ocultar mi profesión (para eso tenía una tapadera perfecta que no viene al caso) y ocultar también de forma extrema mi vida. Me convertí en una especie de gentleman de formas exquisitas, muy cauto y reprimido, y analizando, descubriendo y transmitiendo información en defensa exclusiva de los intereses del país por el que trabajaba.
Pero fui descubierto y entonces empezó mi vida pública (en el proceso de descubrimiento y, para protegerme, inventé métodos y modos que han pasado a la pequeña historia de la Inteligencia…y del teatro)
De todo esto quería escribir (ahora que debido a dos infartos muy poca vida ya me queda) y dejarlo como testimonio a mi familia. Pero la embajada -digámoslo así- me prohibe escribir mis Memorias, incluso, obviamente, «a clef». Este post es mi pequeña venganza. Debido a las cantidades ingentes de trabajo que padecí (y muy bien retribuidas) mi formación literaria se resiente y resintió. En literatura soy todo limitaciones. A lo mejor me decido a corregir los poemas y publico dos o tres poemarios (tengo ofertas de al menos dos editoriales) Pero si en algo he sido un fuera de serie, un primera espada de nivel internacional incluso, no ha sido precisamente como escritor ( o no solo) En fin, gajes y cosas del oficio. Una pena todo.
Pasé muy mala noche, casi no dormí. Ahora una mañana oscura, lluviosa, lipemaniaca. Tuve la íntima sensación que existen dos estados en los que se destruye el lenguaje: la psicosis y la monomanía melancólica. El lenguaje, si debemos adjetivarlo, es algo así como refrescante y rosado, lo opuesto a un adefesio frío y apático.
Siguiendo esa línea de pensamiento, desde mi atalaya solitaria, seclusa, intuyo que la angustia y decrepitud moral se alivia si uno es capaz de encontrar las palabras e imágenes que faltan para discernirla. Lo que en inglés llaman «crisis of literacy» yo lo traduzco como una crisis o merma del espacio psíquico. Cualquier conflicto requiere palabras para decirlo; si careces de esas palabras, el conflicto se enquista. Las redes sociales, el alcohol y las drogas, la soledad melancólica o la agramaticidad psicótica, agrietan y devastan el espacio psíquico. El lenguaje tiene una dimensión terapéutica.
…..
Borges dijo que empiezas a escribir sencillamente, después pretendes ser original, luego escribes imitando a tus maestros, para acabar escribiendo otra vez sencillamente pero habiendo pasado por esas otras tres fases.
Yo, por vanidad, propendo a lo barraco. Pero en mis poemas, aunque a veces les sobran quincalla, tiendo claramente a una gran sensibilidad lógica. Clásico, para mí, significa ordenado, claro, inteligible.
Muchas veces el poema exige una primera redacción como una eyaculación (este blog es un ejemplo de esa lefa expulsada) Pero después la impresión se queda dormitando en mi interior, a veces durante años, y la expresión de esa impresión se va reelaborando, afinando, lenta, pausada, inteligentemente. Saco farfolla, tacho, sutilizo, aclaro, busco el giro memorable. Por eso en la presentación de «Multitudo non sequitur» digo que todo lo escrito en él es embrionario.
Mi literatura madura al hilo de mi vida y no, en absoluto hasta ahora me hago cargo de ella.