Diario

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Céline, Knut Hansum, Wagner, Dalí, Diógenes, Eriúgena, Heidegger, D´Anunnzio, Pierre Drieu La Rochelle ,Henry de Montherlant, Pirandello Malaparte, Kerouac, Ginsberg, Pemán, Camilo José Cela, Agustín de Foxá, Gorki, Che Guevara, Neruda, Trotsky, Josep Pla, Eugeni D´Ors, Sánchez Mazas, Pedro Laín Entralgo, Julio Camba, Sartre, Foucault, Laing, Toni Negri, Julius Évola, Gramsci, Bakunin, Vargas Llosa, Handke, Villon, Jünger, Borges, Larkin, Ted Hugues, Torrente Ballester, Althusser, Oscar Wilde, Schopenhauer, Thomas de Quiencey, Byron, Burroughs, Verlaine, Casanova, Ellroy, Genet, Boecio, Tomás Moro, Marlowe, Sade, Chester Himes, Nabokov, Octavio Paz, Lowry, Nietzsche, Simone de Beavoir, Canetti, Manuel Puig, Hernán Migoya (único autor escandaloso que cito de pésima calidad), Juan Goytisolo, Lemebel, Leopoldo María Panero, Pasolini, Luis Antonio de Villena, José María Álvarez, Umbral, Jaime Bayly, Quentin Crisp, ETCÉTERA, ETCÉTERA, contaron con mala prensa, o ideas escandalosas, o vidas escandalosas.

Nietzsche afirmó que las más grandes ideas son los más grandes acontecimientos; las ideas con el corsé de lo políticamente correcto son acontecimientos rutinarios, mineralizados, miniaturizados, con frecuencia pobres prisiones de rutina y solemne memez.

Vivimos una época de resentimiento estético, renuencia a lo intelectual, inmediatez acémila y falta de audiacia filosófica, venganza de los peores, donde se premia a «grandes hombres» por vulgares sentimientos patrióticos o por ensalzar determinados tópicos (también vulgares) sexuales o políticos. No podemos leer a Borges y a Larkin porque se burlaron de los negros y debemos leer a insalvables mediocridades inanes que a cambio solo expresan creencias sin sanción social y con burro aplauso de la plebe. No podemos leer a altísimos misóginos renacentistas o mediavales y sí en cambio adorar a naderías que solo saben sobresalir en su propia nada como Lucía Etxebarría o María de la Pau Janer.

Los hombres libres tienen y sopesan ideas; los hombres sumisos respiran el aire cavernoso de las ideologías. Yo jamás dejaría de leer un gran poema (ni lo prohibiría) que hiciera apología de ideas terroristas etarras o anarquistas o carlistas, ni prohibiría -obviamente- una ópera con excelsa música y cuyo libreto estuviese basado en el Mein Kampf (y conste que por mis venas corre un cuarto de sangre judía) Un síntoma inequívoco de esta sociedad decadente es que la extravagancia solo se reserva a descerebrados, locos o delincuentes.

Mucho gran arte propende a la heterodoxia. Ser libre es ser capaz de dirimir entre estética sublime e ideas humanas (o éticas) execrables o vidas que se han conducido según patrones a tu juicio indeseables. La sensibilidad moral mucho ha cambiado; tenemos aguda conciencia ecológica y acusada sentimentalidad feminista. Pero el infierno está empedrado con piedras llenas de buenas intenciones. Aprender información, tener capacidad para analizarla, permitirse el don de la opinión no sandia y delicada, cada día abundan menos en esta sociedad antiilustrada, en esta sociedad con píldoras de información (a menudo simplonas y degradadas, espectacularizadas), escasa difusión del conocimiento, y ocaso casi radical de la sabiduría.

La GRAN CONVERSACIÓN DE IDEAS que empezó en la antigüedad, y a la que se fueron sumando los hombres más eminentes, se sustituyó insensiblemente por una cascada agramatical de tuits y posts. Una mente bien educada no se forma y llena con lo que flota en la palpitación obvia de los tiempos (literatura de mala calidad escrita por escritores chatos que creen el arte un simple vacacionar por una especie de picnics de autoayuda y frases o ideas manidas) El buen arte necesariamente es ANORMAL, y, si trata el tema de la normalidad, lo hace de modo y manera anormal.

Todo artista jamás debiera renunciar a sus necesarias notas o dosis de herejía y contraculturalidad, y defecar -con pachorra feliz- sobre el Partido de la Normalidad.

Diario

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EL SERMÓN DEL ESTIÉRCOL

Antes (algunas veces) podía estudiar prestando una evangelista atención al laberinto de detalles. Jugar al ajedrez con descocadas

psicoanalistas sin despistarme, ver corazones de mujeres

ingeniosas como el burgués adora relojes, reconcentrarme

un hora seguida en una minúscula y amarilla flor de toxo,

permanecer quieto junto a abedules lejos del alcance del hombre.

Mi mente creaba nuevas y completas estructuras de significado,

conexiones entre ellas y nuevas ideas a partir de esas conexiones.

Escribía mejor, leía más, pensaba más claramente.

Me asignaba algún tiempo para la contemplación profunda

y atisbé, custudié, algún pequeño campo con luciérnagas

abiertas toda la noche. Mi mente se manchaba con briznas

de coronas recién pulidas y murallas tan poco desgastadas y altas como labio recién besado.

Pero debido al alcohol, la bizarría mental, la conventual soledad,

por vivir un tiempo en que todo duele, por no dormir ni descansar,

por infiltrarse rápidamente en mi momentos libres la televisión,

Internet, los objetos de la tierra recubiertos de pedazos de vidrio,

las almas de mis coterráneos rebullentes de idiocia, servidumbre,

y ebrias llamas en los ojos como gusanos, hoy, lo sé, mi mente

es igual al Caos antes de la Creación. ¿La Belleza en mi vida?

Frustración y no deleite ¿la Verdad? un vegetar siempre antes de empezar a usar mi cerebro ¿los Libros? muy temprano para leerlos

y muy tarde para comprarlos ¿el Arte? su forma opaca mi propia

opinión ¿la Civilización? una caterva de encéfalos que no entienden, no saben dirimir lo que evalúan , son incapaces de argumentar con ideas o expresarlas con claridad y elocuencia.

Casi ninguna gramática, con metástasis de mala retórica, y mocos

de micos como lógica ¿el Amor? ay, un lugar donde renunciar a vivir siempre.

Yo ya soy un bárbaro con la mente contrahecha por el golpe de estos nubarrones, ya un bárbaro con la boca pastosa y la bota de los payasos con su peso bajando del circo de los reinos acostumbrados, de las estrellas violoneando estridencias,

de ríos, alcantarillas, parlamentos, instituciones cromadas

que fabrican piscinas, cocinas, ideologías, trending topics.

De tanto esperar a los bárbaros me convertí justo en uno igual a ellos.

No sirven amores y amigos (no tengo), ni manzanas jugosas

para un apetito refinado, ni que me enseñen a apilar una carga

de heno o a rezar en la iglesia tomándome la vida con calma

y mindfulness. Vivo inconsciente en el barlovento de la basura de todos los inviernos.

El Gran Príncipe de la Tiniebla de los Manicomios.

En el desolado exilio de la grandeza respiro hemipléjico.

«Fue un chico educado y estupendo», se comentó en la aldea.

Nota: poema que escribí borracho. Y se nota.

La bella Tiktoker

Se insinúa nacer de Luna en la nuca

y gotitas doradas. Gemelos pechos

de alacrán como traidores fantasmas.

La exquisita turbación dulce y blanca

del bikini. Rubio el pelo limpio y claros

los ojos. Pergamino limado la piel.

Maravillosa, sutil, creída y alabada

contigo mi vida no se pasa durmiendo.

Labios gordos como una roja rana hervida.

Ya no puedo leer arcaicos papeles,

no puedo escribir insólitos enigmas;

solo deseo beber tus cristalinos pezones

mil noches y una noche siempre más.

Y ser para siempre. Y lograr no haber sido.

POST SCRIPTUM: Este poema (esbozo de poema más bien, muy elemental y rudimentario) lo escribí de golpe, sin corregir, y en cinco minutos. Comparado con los poemas precedentes en el blog es declaradamente menor.

Pero uno no puede ser sublime sin interrupción, o estar en permanente contacto con la trascendencia. Es un poema muy menor con algo de (solo un poco) gancho.

Debo reescribirlo a fondo o romperlo.

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Epitafio

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Cuando volvió, desolada, abatida, del funeral,

la madre del burgués y ocioso oso apacible,

del aburridísimo Christian, rey boscoso

de los lobos, deseó para él un epitafio.

Y el poeta de provincias Maximliano

amigo común de Samael y del difunto

lo esbozó compungido siguiendo con escrúpulo

los informes e inclinaciones de la verdad sin mentira

y serio envió después el epitafio, una primera redacción,

a aquella elegante y demasiado enferma dama.

«De Christian el alunado o aldeano rey

honrad dignamente, gentes de la Ribeira Sacra,

su clara, concreta, minuciosa y efímera memoria.

Loco (aunque fingió) y de noble corazón

fue arbitrario de gusto, justo de estilo y sabio de mente.

Entregó a los solícitos libros su diligencia,

y altivo en el hondón de su corazón

algún pensamiento sin reposo amaneció bello y esclarecido.

No esquivó el dolor, pero en su fracaso

miserable nunca se sintió pobre. Honrad a ese lobo

de pelambre canela. Queda aquí, en la tiniebla, bajo estas letras,

su vagabunda alma. Ese árbol, ese jardín, y la conventual piedra,

comparten con las estrellas su fe y símbolos.

Pero fue fue todavía más que todo eso, muchísimo más:

el Gran Solitario. Temen los hombres una propiedad tan atribulada:

no la hubo más noble y alta entre los incendios de sus días»

POST SCRIPTUM: Nadie fue más solitario que yo. Y, como Gloria Fuertes, puedo declarar que la soledad elegida me salió rana.

Yo defiendo lo mejor

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Depresión que amenaza con llegar a psicosis

si continúo pegando la hebra con taxistas

y ninguno comprende que la felicidad proviene de la honradez,

no así del placer y el engaño,

si el miserable (orillas de baba con lefa) Gran Hermano

más y más devasta como con su amoníaco de armonios

pestilentes sin rieles, si el chalaneo chatarrero compulsivo de políticos

desharrapa más y más mis tiernos oídos.

¿Está la Vía Láctea derrumbándonse desde lo más alto del cielo?

¿La tarima del roble pudriéndose?

Christian, entre bárbaros, vltimvs romanorvm,

pisas el amargo polvo del exilio,

con sosiego de pálida hojarasca de otoño,

pero tú sabes que, bajo este orbayo y esta lejanía,

defiendes lo mejor, el imperio tumultuoso de estrellas,

la ley de lo alto contra el sandio tercermundismo,

la emoción minoritaria ante una horda que veloz, décadas y décadas,

se desploma y cae oculta, las triestinas palabras tropicales de la ciencia,

el lignito de luz embrollado a la noche perpetua,

como contrapeso a tanto espanto atroz y útil,

a tanto espectáculo feo y estúpido, soberbiamente incapaz,

con su eco de burócratas, oficinistas, dominguillos,

lameculos y corruptos cucañistas de hortera polo Lacoste;

tú, bien lo sabes, defiendes lo mejor.

¿Hay verdor en los bosques?

¿Cae lluvia gozosa y se entonan versos menalios?

Vives en tu aislado pazo gallego como si fueras una poeta exiliado

que de la USA inculta pasa a un café libresco de Europa.

Quien se descifra conoce su propia sentencia.

Infaútate y encapríchate de los gatopardos y lobos,

y bajo la bóveda siéntete renacer.

La sociedad nobiliaria, la vieja biblioteca,

las costumbres de antecámara, el biscuit y la genoise,

el imperio de la representación, la elegante domesticidad aristocrática,

fueron tu crianza, tu égida, sino solo de vestidos y porte,

sí en cambio de espíritu y sangre.

El mundo es un boceto mal realizado y borderline

lleno de fantoches pazguatos alicortos,

y la gente no es educada, despejada, ni noble ni buena.

Que tu vajilla no sea de estaño o de madera

sino de porcelana alta y que el villancico del aqueronte te aquiete.

No vayas nunca a piscinas públicas. No te tiñas.

Desprecia las hienas de la España tatuada.

Adora los pájaros y deplora –como siempre hiciste–

la prensa deportiva (tintinear de tifus o escarlatina)

No subas a metro ni autobús.

Hazte caquitas mentales al oír farfullar a esa estrella del pop.

Sé antimoderno, apocalíptico. Escupe jeremiadas al trap.

«Regis ad exemplum totus componitur orbis», declaró Claudiano,

todo el mundo se conforma con el ejemplo de los reyes.

Hoy los reyes y cardenales imitan a los súbditos tontos y frailes tartaja,

si puede ser convirtiéndose en lo más bribones y deslustrados analfabetos posibles.

Las hienas atacan a los gatopardos.

La famosa pitonisa llena de escombros la fábrica de gas.

Se oye la cháchara de unas postizas uñas rotas pintadas.

Sé tú –es necesario que seas– el rey en esta cueva cochambrosa de invierno.

Las muchachas tienen malvados pensamientos neciamente simples.

Oh reyezuelos de una zafiedad embarazosa, escandalosa y decadente;

¡Corred! ¡Se quema el bistec!

Contra las excrecencias corporales del estafador arte moderno,

contra la masturbación obsesiva de la prosa de pulga,

contra el surrealismo descosido del habla rutinaria,

el orgullo y el destierro aseguran tu Ley,

no el rito canalla de esta satrapía con su publicitada democracia e igualdad.

Antes libre y alto que igual.

Dios juzga y prefiere a los mejores,

y quien denigra el gesto de los mejores,

con rebuzno, se somete a la infausta grey.

Lo noble llama a todo lo recto y sublime pensado y escrito,

al arte del arreglo ikebana,

a la fuente doria del río dorado; pero ¿dónde?¿dónde?

¿en un pueblo junto al mar?

¿en los vastos espacios paranormales de la noche?

¿en los cortinajes densos de una labios gordezuelos

besados en el ring del Deseo?

Acaso, pero lo público es técnico, depredador, mediocre, inmoral y vulnerable.

Fungible (al amor, al deseo lo flagela el tiempo)

Dos son traición contra lo falso.

Amor es prole y horario de capataz rutinario.

Sí, sí en el olor de pecho alanceado de un San Sebastián.

Solo al menos te ocupas de ti mismo (la mejor compañía)

La Ley es la propiedad privada contra la depauperación,

la segura distribución de cintillas de oro para con lo sagrado.

Y mientras, el puto Gran Hermano de los c…

Pero yo defiendo lo mejor;

término insustituible al de la palabra “destino”,

término conocido en bosques de Islandia, y silvas y selvas del Guaraní,

en un sonar rapsódico de tacones contra la losa,

en ajedrez de la piel de pimientos y océanos,

en delfines con mitológica piel de zapa,

en petit-suisses encima de los pezones.

En el santuario de la cima elogiemos a los solitarios jinetes.

El enrejado rosáceo de la mente es un disturbio claro del aire,

un gamo saltando de clorofila que sombrean nubes.

La Ley de lo mejor conspira en agudo retumbar rosáceo.

No seas una estrella torcida que roen alimañas.

Cruje una osamenta de dentaduras postizas.

Defender la Ley de lo Mejor: sigue ese único destino.

POST SCRIPTUM:

Me gusta el pío campesinado rural, las capillas silenciosas, las vieirias, los perfumes caros y el Châteauneuf-du-Pape. Deportes, comida y un poco de arte no me parecen nefasto ideal para la gente común.

La simpatía y el amor son más importantes para mí que la desdeñosa fría razón (opino aquí igual que Burke)

Hoy el término que se utiliza para hablar de cultura es el antropológico que usó originariamente Tylor en su obra «Primitive Culture»: «La cultura o civilización entendida en su amplio sentido etnográfico, es un todo complejo que abarca el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualquier otra competencia que haya adquirido el hombre en tanto que miembro de una sociedad». O sea, un conglomerado o aglomeración de procesamiento de la información por aprendizaje.

DISCREPO solemnemente de esta dictadura definicional (hoy universal, generalísima y avasalladora, y que crea el contradiós de permitir hablar de cultura nazi o cultura pedófila) Estipularé o convendré una definición alternativa de cultura para evitar las discusiones sobre palabras y centrarnos entonces en la materia de la cosa.

Para mí cultura es la adquirida en buenas universidades, que permite la percepción y el juicio autónomos, que te libera de la primigenia tiranía de lo mediocre, que te provee de ingredientes subversivos, y cuya gama de ideas y hábitos de pensamiento te elevan y nunca abajan (la verdadera cultura es un modo de avance, nunca de envilecimiento) Para mí la cultura es búsqueda y ansia de perfección, un modo de sentimientos y pensamientos de subido tenor, una pasión científica y moral cuya raíz se encuentra en el estudio y análisis de la perfección misma. Aunque su impulso puede ser bastante general su resultado es patrimonio siempre de una minoría selecta. Su soledad y exilio defiende de la infección de las masas urbanas. Las masas campesinas tienen ( o tenían antes al menos) una propensión espiritual más robusta y leal. La cultura, así entendida, puede concebirse como una especie de religión sustitutiva o religión laica.

Para navegar en el mar de la cultura se necesita una brújula o visión panóptica y criterios sólidos. Supongamos que un capitán inglés de la primera guerra mundial detiene a un capitán alemán , o bien que un burgués francés y otro italiano conversan en un expresso de los años veinte. Ambas parejas tienen un mundo referencial formado por textos de Cicerón, Horacio, mitos platónicos, pasajes de Suetonio, textos bíblicos, y una idea familiar sobre la conversación artística y musical occidental. Pasemos ahora a otro experimento mental: un vagón de metro de una gran ciudad mundial de ahora mismo. La Biblia, la Antigüedad y los clásicos desaparecieron TOTALMENTE del mundo alusivo de estos pasajeros de metro. Para ellos la cultura no es más que una forma de barbarie encapsulada con celofán de colorines y apócopes de tuits. Información sin conocimiento. Conocimiento sin sabiduría. Información azarosa y desestructurada. «Pizzicatto» de enlaces velocísimos a webs con lectura abrumadoramente superficial en diagonal y ritmo semi-esquizoide.

La cultura occidental se deshilvana porque los textos que la crearon son mero polvo de (muy malas) tesis doctorales. El espíritu de colmena tecnológica anula la libertad y el juicio independiente o capaz. A mayores medios tecnológicos, menores medios intelectuales. Si somos incapaces de emitir un juicio objetivo y sano (y para ello se necesita buena filosofía, buena literatura, buena pintura) el voto que se exprese rozará alarmantemente la basura. Sin juicios meditados sobre el bien general solo nos queda populismo de quincalla apolillada y democracia hooligan.

Cultívese, amigo lector. No sea un mero fantoche de pobre e ignorante tumba. Glaucón y Adimanto experimentaron el esplendor de cierto tipo de alma. Lea y no sea un rucio y no convierta a sus hijos en rucios. Rompamos la cadena (la caverna abisal) del linaje de rucios (pero los Bárbaros ya ocuparon las ciudades)

Encomio del pintor

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Querido, el falso color esparce su tono chillón por doquier.

Ni sorprende la Verdad ni nadie confía en pintarla.

Tú, retirado en menuda aldea boscosa, gastas tus horas

en constatar el azul de una nube, el imperio de un bullicioso

silencio en ese trazo de exquisita caligrafía. Lees historiadores

y poetas en la galería acristalada, frente a una iglesia del s. XIV:

bajo la gloriosa monotonía de las estrellas sientes la mutación

de las cosas terrenales, su vanidad, pero también su plenitud;

tus semejantes nada te comprenden. Si un artista viera como

la gente ordinaria dejaría de ser artista. La Ciencia gime

en el Exilio. La Musa obedece al Poder. Todo se vuelve Noche.

El Arte se arrastra a la Gran Negligencia (me cuentan que en las

Escuelas no enseñan dibujo sino cómo emborracharse antes de

las entrevistas, no estudian a Cossa o Giotto sino la escrófula

del tintado de los tebeos o las leyes que rigen el mercado)

¿Amar solamente la pureza del arte? El camino es lodoso.

Tinieblas hediondas nos rodean. Amigo, los años de Estudio

se infantilizan, la Disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia,

las Bellas Artes y el lenguaje se abandonan, el idioma y

su retórica son gradualmente descuidados, casi abrumadora,

completamente desconocidos. Las gestas del pasado no pueden

ni alimentar más de dos segundos de conversación. No está

de moda ser culto o bien inteligente. Y la escritura

se ha reducido a un acto similar al de imprimir papel moneda.

El Arte regala solo Ruinas. El Arte ofrece solo Ruinas.

Odoacro depone a Augústulo. Aquí hueste del Sultán Mehmet II.

Quédate en tu gabinete, bajo el lucernario, examinando la pipa

del esbozado bodegón. Ama el quieto ritmo saudoso de la luna.

Nadie entiende nada. Tú pintas poco porque pintas para mucho

tiempo. Amigo, honor y gloria. Tu casa arcaica legisla lo más

actual: la fuerza del mar. El pasar y peso del pájaro en la mente.

POST SCRIPTUM:

Yo pertenezco a la burguesía propietaria culta. A diferencia de la aristocracia sus élites no se fundaban en el principio de la sangre, sino en el acomodo de un cierto principio de riqueza y en la laboriosidad educativa. Éramos los creadores de las élites y profesiones culturalmente creativas, y el nivel medio nunca se abajaba hasta una mediocridad embarazosa y vil (a la par que la mayoría uníamos -o deseábamos aunar- la cultura cristiana y la cultura europea) Fuimos la última estirpe de los patricios.

Los libros y el arte glosaban a otros libros y a otras obras de arte, en una nutricia y fertilísima -espléndida- conversación literaria y artística. Observo obstáculos en esta forma de formación de las élites desde el establecimiento mismo (digamos que principios de los años cincuenta) de una cultura igualitaria popular y anti-elitista; observo también que en estos tiempos populares e informales sectores cada vez más amplios de la población toman parte en las actividades culturales degradándolas.

Ahora vemos por doquier embaucos o timos de pillos pintores que no saben pintar ni componer, cantantes refractarios al arte del canto, periodistas amarillistas que no tienen ni pajolera idea de preguntar o de escuchar, escritores grafómanos obsesivos pero que no se les ocurre la idea elemental de abrir un libro para leerlo o estudiarlo, gentes insensibles a la conversación profunda, el análisis intelectual, o la emoción cultivada, pero que son o se creen artistas debido a la peste posmoderna -de origen romántico- que afirma que el arte solo consiste en «expresarse» (seas o no un analfabeto sideral y sea lo que sea que signifique el brumoso término «expresión»)

Pese a que yo me considero un mero amateur o «dilettante» (culturalmente mis lagunas son como cráteres lunares profundísimos), me preocupo en estrechar en la medida de mis fuerzas la familiaridad con la vastísima acumulación de saberes del pasado. Mis papás refinaron mis modales, mi clase burguesa me proveyó de urbanidad y civismo (aunque propendo a veces a ciertos excesos contraculturales, heterodoxos o lunáticos) La cultura, claro, es un perenne esfuerzo premeditado de perfección, la única forma de avance frente a las mazas, la caverna platónica y la barbarie. La vanidad o pedantería son peligros relativos, pero alguien ciertamente culto no incomoda nunca a su interlocutor tenga la clase social que tenga y sea todo un ignorante o un medio-letrado. Pero si antes las élites hacendadas eran la salvaguarda de la cultura, ahora la verdadera lacra es el «homo videns» o el «homo technologicus» tontísimo, pero que muy tontísimo, junto a la caterva ridícula e inane o bochornosa de pseudo-artistas.

Aturdidas criaturas sin dudas y con lenguaje sin reflexión o cohesión, que se mueven por el brillo pulimentado del mundo como semi-autómatas. La hondura eterna no ronda ni orbita por esas mentes pueriles. El credo de las preguntas obstinadas e insidiosas se borra o desaparece de su escenario mental. Los pensamientos y la sensibilidad yacen demasiado hondos, caídos en grutas sin casi aire.

En una obra de 1987 escribió Finkielkraut (cuya tesis era que cuando el odio a la cultura pasa a su vez a ser cultural, la vida guiada por el intelecto pierde toda relevancia, visibilidad o significación), escribía -decía- el filósofo francés: «Siempre que lleve la firma de un gran diseñador, unos zapatos equivalen a Shakespeare, una historieta con una intriga palpitante equivale a una novela de Nabokov, lo que leen las lolitas equivale a Lolita, una frase publicitaria eficaz equivale a un poema de Apollinaire, un ritmo de rock a la melodía de Mozart, un bonito partido de fútbol al más selecto ballet, un gran modisto a Picasso, Manet o Miguel Ángel, un clip, cualquier vulgar single o un spot equivalen a Verdi o Wagner. El futbolista y el soberbio coreógrafo, el gran escritor y el publicista, el sublime músico y el rockero son creadores con idénticos derechos. Hay que terminar con el prejuicio que reserva la cualidad para unos pocos y que suma a los restantes en las subcultura»

Corre paralela a la voluntad de humillar a Shakespeare la de ennoblecer al zapatero. Corre paralela a la voluntad de humillar a Talleyrand y Richelieu la de ensalzar a Sánchez e Iglesias. Establecer jerarquías y distinguir «quantitas» ayunas de calidad, de «qualitas» intocables y definitivas, no creer que TODAS las prácticas culturales son GRANDES creaciones de la humanidad, es -ya es- el pensamiento de un vesánico u orate perturbado. Bárbara Cartland vale lo que Flaubert, y, por ser más popular, merece estudiarse en las Universidades y orillar al obsesivo estilista francés tan aburrido.

El arte debe apartarse y huir urgentemente de Shakespeare y acercarse lo más posible a los parlamentos intelectuales de Messi o a las bufonadas de Tik Tok. Todo lo que sobrevive debe hacerlo en la forma más liviana y hedonista posible (Horacio acabará en forma de cómic y videojuego, no lo duden) El futuro es (el presente es) de Mickey Mouse y Shakira, de Los Pitufos y Sálvame, créanme.

Cuando Finkielkraut escribió su ensayo (un ajuste de cuentas al posmodernismo de moda) no existían Google, Pinterest, Tik Tok, Twitter, Pornhub, Smartphones, Wikipedia, Netflix, Reggaetón, Whatsapp, etcétera, casi él solo conocía la televisión, los coches, la nevera y la tostadora. Existe una incompatibilidad irreconciliable entre esos mecanismos tecnológicos y la verdadera creatividad cultural, agravándose la metástasis anti-intelectual señalada por el pensador francés hasta límites que rozan la auto-parodia.

El amor no pertenece ya a la retórica y la retórica pertenece sepultada en la urna de los muertos, la felicidad personal se descentra de los libros y se centra en «telefoninos» 5 G, la etiqueta y el autocontrol no regulan el trato sino la violencia soterrada y el botellón potatorio.

¿Se romperá el cable del ascensor y todos los pasajeros caeremos al abismo? Yo creo que YA casi bordeamos el abismo, sino vivimos en él de pleno. Creo con inusitada (¿irreal?) convicción que vivimos una civilización papuda, decadente y zancuda. Preferiría ser un aristócrata de la corte de Luis XIV que un adolescente bobo que idolatra a una estrella del pop mema o se pasa todo el santo día jugando con su consola o colgando fotos intrascendentes en Instagram.

Prefiero oír a Casanova conversando con Benedicto XIV o Clemente III, con la emperatriz María Teresa o con Luis XV, con Madame Pompadour, Voltaire, o con el Doctor Johnson, Winckelmann y Mozart, que arrellanarme acéfalo ante el televisor o la radio escuchando retransmisiones futboleras o noticias deportivas.

Leemos en Mateo 5, 48. «Estote ergo vos perfeci!» (Sed, pues, perfectos) Las élites burguesas hacendadas cultas creaban esa perfección. El proletariado artístico la destruye. Esa perfección armoniosa se ha diluido como un azucarillo con la cultura coetánea moderna. ¿Ha perdido la humanidad la capacidad de vivir con ideas abstractas o serias? Tocqueville ya habló profético de «la hipocresía de la molicie» Se está creando una Era Glacial Tecnológica que presumo durará varios siglos (si se me permite ser vanamente profético). Baudeliare todavía creía en el éxito y presentó por eso su candidatura a la Academia. Yo tan solo me conformo con inspeccionar apacibles nieblas y tímidos cirros. Yo solo me impongo a mí mismo el primitivismo de los bosques y la metalurgia del silencio.

Un noble medita pausadamente

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Tener casa propia, limpia y agradable, afable,

un jardín tapissé de flores y abejas en verano,

pocos o ningún hijo, acaso mujer fiel, ningún tumulto;

que vague la vida en Adagio non tropo, ma divoto,

estudiar los severos astros, mucho leer a la luz de la vela,

acallar la lengua (que abunde mucha conversación

con el cielo y así no obtener dócil habladuría),

convertir en rechifla la farsa y sátira de la época,

sin deuda y poca hacienda, ni avaracia ni deseo.

Contentarse con poco, nada querer de los Grandes,

domar las pasiones, cultivar el juicio esclarecido,

no conocer la tormenta y meditar en silencio,

y, solitario como un sabio, escribir con letra clara

y pausada igual al corazón, un libro modesto y veraz

que ampare pálida memoria de tus días o iguales afanes.

Y ya que arden los conventos, o nadie cultiva la tierra,

y se pueblan de salvajes las ciudades, pasar los granos

del Rosario sin devoción: attendre doucement la mort.

POST SCRIPTUM:

Variaciones a un tópico literario ligeramente inspirado en un muy raro poeta francés del Seizième.

Ya avancé por los caminos varias parasangas. Me adentro en el seco, frío Invierno de mi descontento, dirección al País del que Nadie Regresa. Si pudiera volver a vivir mucho cambiaría mi vida; hubiera apostado fuerte por mi vocación de escritor y trabajado (fui una especie de traductor secreto internacional) infinitamente menos. Temí a la bohemia y su pobreza. No fui osado. Solo me queda legar mi nada a nadie, pedir perdón a Proserpina y «esperar dulcemente la muerte».

Al poeta Emil Man Martínez

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En su provincia guarda aquello que amo.

Yo solo escribo aquello que odio, preocupado e inquietado

por este Océano Gris de Irrelevancia. Todos «venimos y pasamos»,

y al fin no dejamos ningún rastro.

Memoria de lo que suceció y acaso no tenga después:

el azul de Patinir, Azorín describiendo Ávila,

el Mediodía dando rodeos en el familiar viento,

el poder de la noche tranquila fatigando

al gran Pla o al genio Borges, el adjetivo «roñoso» aludiendo

a una oveja, la sombra del «impluvium» tan fresca,

la calidez del «hipocaustum», los cachorros suaves sin ácido.

El relámpago de belleza de este poeta calma

mi desgracia, mi daimon infernal y jupiterino.

En mis asociaciones Emil es mi privado Heath-Stubbs.

Poesía donde me sirven café y empanadillas.

Poesía que no necesita plebe ni prensa.

No pocas insensataces del mundo actual

acusa gentil e ingeniosamente su inteligencia.

Su tradición no es exactamente la que se estila hoy.

Su convicción de realidad será un rocalloso destino.

Celebra pues, poeta, tu historia indemne, alta y elegante,

de raíles y bisontes nada rigurosos. Azul de Patinir….

POST SCRIPTUM:

No me gustan estos tiempos romos y abajados, tontuelos y memos y tartajas. Carecen de educación y humanismo. Tiempos de fantoches y horteras, de trapisondas y lameculos cucañistas. Crecí en una clase privilegiada, en una burguesía hacendada y propietaria cultísima, con clases privadas de música, idiomas y dibujo. A esquiar en invierno y a Sitges en verano. Aquel mundo emitía unas radiaciones como un crustáceo desperezándose lentamente, crujía todo como una osamenta articulando mis miembros y mi sangre.

Desde poco antes de la crisis (el origen histórico preciso lo situaría a partir de los 50 del s. XX) el mundo se volvió muy feo, horrible e invivible. Como agitanado. Como de mercadillo balbuciendo baraturas sin calidad. Como de histéricas verduleras berreando. Un muncho chato y vacuo de hombres incultos y maleducados que se vanaglorian de su ignorancia. Yo ya solo vivo en la dulzura intemporal de mi mente. Algo me salva; sé que no envilecí mi vida. Que hay oro en mí. Que no rellené mi alma de paja. Que hay como un cerebro de Dios en mi alma y no un engranaje de máquina.

Pero una propensión melancólica me ataca pensando en los adorables viajes de antaño por Europa con papá y mamá. Ahora soy un rentista pobre. Escribo -mucho- para mí, y leo para la gloria. Lampedusianamente. Y nunca pienso ponerme a trabajar. Eso ni pensarlo siquiera, jamás. A veces en mis poemas, como una estrategia de disposición retórica y de efectos de impresión en el lector, exagero las notas despreciativas y agresivas hacia los diferentes a mí, pero mi natural (os lo aseguro) es de simpatía y bonhomía y serenidad. Si desprecio a los demás es porque también me desprecio a mí mismo. Triste destino ser pobre habiendo sido rico. Ahora mi riqueza es de carácter, de cultura, de nostalgia y sutilezas. El mundo registra fácilmente ideas nuevas; más dificultosamente registra experiencias nuevas. Mi experiencia es de apocalipsis, decadencia, caída y derrumbe. Mi mundo se desmoronó y vivo como en un helado exilio. Mi vida consiste en limpiar de nieve los escarpines de la zarina y defenderla con mi vida de los lobos. Huimos por la estepa en un trineo blanco y limpio. Cae cellisca de las nubes. Detesto lo nuevo.

Este mundo moderno no será castigado; es el castigo mismo. Conmigo Emil, su Logroño bendito y la energía de su elegancia burguesa y muy culta, archilectora, con él junto a mis Palacios de Invierno.

Ancien Régime

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Ah aquel mundo de ayer de mi infancia

cuando iba con mis papás arriba, al reservado del restaurante,

y abajo quedaba la vida, la cuca coctelería, el piano perfectísimo,

el aire espumoso del verano, la luz arracimada en los ojos silvestres para que impugnasen los bigotitos putrefactos de filisteos o rockeros desquiciados.

Lo recuerdo todo con intensa claridad de símbolo: nuestra gente era aún ordenadísima, educadísima, exacta y sólida, no cabía ni asomo de plebeyez o de engaño,

sobrepujaba el pensamiento soberbio, augusto, fluía magnánimo el gesto,

y el dinero –perdonad la confesión– lo teníamos quienes debíamos tenerlo.

Para nosotros el sileno griego, el templo jovial de las sagrados oros molidos y las hojas de vírgenes álamos,

el lirio bíblico, las lluviosas y largas playas de amanecida y el negro de los pumas.

El mundo entero era lo mismo que una pastelería vienesa;

los días sin diferencia al sabor civilizado de los cangrejos en las tabernas de Sitges.

Sí, hubo un día en que nosotros éramos los amos del mundo, los dignos propietarios de la historia.

Sin cutres revistas del corazón ni carreteras atestadas de turistas, sin proteína barata,

éramos nosotros los elegidos, los purpurados, el alma que devoraba el mundo a cambio de inyectarle gloria,

el espíritu que custodiaba la palabra y la belleza y la medida.

Nuestras plegarias se atendían, buscábamos fe y alegría, y de fe y de alegría se nos proveía,

el mundo funcionaba porque estaba bien hecho.

Sin embargo, imperceptible e insensiblemente, se socavó aquel Ancien Régime.

Se dejó de oír el crujido dulce de aquella osamenta que sostenía el orbe,

la trompetería en rotación de los bárbaros sonaba amenazante en las fronteras.

Subieron al estrado muy mediocres y rapaces tipos, muy mediocres y mendaces hombres

y todo se llenó de las ruines y vulgares ideas del comercio, las tecnologías, las luteranas obligaciones,

empezó caudalosa la tan indeclinable como impostergable corrupción de la sabiduría.

Donde comía cada día con papá y mamá pusieron un Zara.

En las voces enseguida percibí una neblina ácida y turbia, tonos broncos e híspidos;

arreciaba como una plaga de langostas el tsunami sandio de las muchedumbres y la democracia popular.

Se imponía como blanca religión la ley de la horda,

marsupiales tartaja, hienas analfabetas gobernaban la república

y hormigas siervas las votaban con estrépito y devoción.

Se congelaron los bosques y se helaron las frágiles rosas,

guillotinaron a la reina, huían príncipes al exilio, e imperaron rocosas sombras.

Recuerdo como con papá y mamá iba arriba, al bonito reservado,

a degustar mis vieiras laminadas con aceitunas y tomatitos de invierno.

Agradezco a mis papás la hermosa tradición que me legaron. El gusto del lujo mental.

Pero pasó aquello como pasa la arena a través de la cruel clepsidra.

Ya ahora en mitad del camino de mi vida, recordando con punzante amor aquella arcadia

(el maître no oía entonces brutales planes de sexo como debe oír ahora,

ni los pazguatos y analfabetos comentarios de futbolistas o de sus presidentes),

recordando aquella feliz memoria que –ay– no fue promesa de futuro,

derrotada la flor del tiempo,

poseedor de hacienda menuda y con envidiable ocio,

decido desaparecer, enclaustrarme,

vagar por mis tierras gallegas,

saberme propietario de lo noble e inmortal,

ensoñar por altos bosques de eucalipto, vagar por mi sonrosada melancolía,

sentir esa intemporal existencia de solo ser propietario rural,

y escribir, a nadie escribir,

las líneas precisas e incomprensibles de este mediocre y elegíaco poema.

POST SCRIPTUM: Fui un niño de familia rica. Ahora soy rentista pobre. Pese a la máscara y exageraciones del poema (no hay peor poesía que la poesía sincera) siento la decadencia y apocalipsis de este mundo hortera, chato y bárbaro, donde la incultura y la mala educación se han vuelto modas culturales, un mundo en el que no sé vivir porque no me criaron para vivir en él. Tomo mi daiquiri helado y brindo por el pasado.Y huyo junto a la la zarina por campos de nieve siempre al Exilio.

Respecto al poema, la idea es feliz, pero algunas palabras o tropos no son las más pertinentes. Recibí dos ofertas editoriales para la publicación de mis poemas. De momento las decliné (y suelen ser pocas esas buenas oportunades) Mi vida se me hace muy cuesta arriba; cuidar a mi madre enferma, carencia de amistad profunda (en puridad, nunca tuve amigos), sin amor (nunca tuve tampoco novia), y, en fin, que vivo envuelto en una solitaria -yihadista- y tremenda, abrumadora y esteparia pobreza emocional. Trabajar el ritmo y eufonía de la escritura, pulir y cortar, ir a la busca de la expresión memorable, también se me hace muy cuesta arriba. Sé que si trabajara intensamente en mi obra podría cabar saliendo algo notablemente digno. Pero el dolor devora mi dulzura, mis ganas de vivir, y sabotea un probable (pero muy reducido, muy para connaisseurs) éxito.

Que nunca pase nada

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Anhelaba ser redondo y tranquilo,

esa justa tosquedad de espíritu, no en vano

se reforzaba así su creencia de saberse el más

solitario, el más -sin vida- ilimitado.

Contemplar anchamente un día de nubes tímidas,

embobarse con las filigranas doradas y helicoidales

del humo del cigarrillo, ver nevar -sobre todo-

sentado en la galería acristalada junto a la iglesia,

y no pensar, no vivir, no enamorarse, no saber,

no pleitear, no leer, no sentir, no escribir.

Alimentarme, como Epicuro, solo a base

de pan y queso, carecer de habla,

no abrir la luz en busca de ciencia,

no confiar ni en el sí ni el no, intimar con la Luna,

no amar ni místico lujo ni supersticiosa pobreza,

siempre sin amigos, siempre dentro de casa.

Cesar, aniquilarte, desvanecerte, olvidarse,

sin deseo ni sueño de eso mismo,

y acabar como un alto monstre sacré

cuyos hechos, ritmo, ideas y sentimientos

corren (nada pasa) al compás de una piara de rosadas

ratas entre tu sabio y radiante dormitorio.