Diario

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Ulula el viento con una estridencia huracanada de rock muy propia de fríos esclavos drogados y sadomasoquistas. Agitamos torpemente, en vano, la esperanza de una jornada fecunda en sol, de una noche sin este cobarde tremar polar. No me inspiran estos escrupulosos ritmos naturales del casi invierno; no me inspiran los movimientos límpidos del pasado verano. El tiempo me aburre, la peste me aburre, la gente me aburre, los libros me aburren, Europa me aburre.

La felicidad, en este universo, radica en jugar a una especie de enclaustramiento doméstico. La felicidad, más allá de este universo, consiste en persistir en él. En casita puedes tomar cannelés, éclairs -mejor si rellenos de chocolate-, un buen tinto (Chateau La Lagune), gustar de los geranios y el trenzado musical de Bach, dormir la siesta de cuatro a cinco y media, buscar el adjetivo siguiendo ensimismado las formas helicoidales del humo de tu cigarrillo, fascinarte al recordar el cabello de las mujeres (oh las nymphettes) y las terrazas de los hoteles de la costa italiana, contemplar aquella foto de mamá (tan guapa) en Vespa, probarte un traje inglés, arrellenarte en un sofá Chesterton, odiar la celulitis, y, al final, feliz y confortado de tu confinamiento hogareño, meterte en la cama sin esfuerzo, y, antes de dormirte, imaginar que dialogas con Fedro y Aristófanes, que eres un noble viviendo en un palacio frente a los jardines de Luxemburgo, o que vives en una ciudad con dos cientos mil habitantes y ochenta mil prostitutas, compartidas por archiduques, obispos, burgueses, campesinos y menestrales. Nunca se malgasta la vida en la errabunda vagancia -¿papillon?- del dolce far niente hogareño. El movimiento es deletéreo (Flaubert) El placer reside en la quietud y no así en el chusco movimiento, esa pasión inútil de las masas. Esclavo es todo aquel que no dispone de nueve décimas partes del tiempo para sí. Esclavo es aquel que recibe cientos de mails en la oficina, y se aboba con el trabajo, y se divierte con hueco ocio fullero. Yo, Christian mi nombre, dispongo de casa decente y limpia, doméstica amable y guapa y, sobre todo, ante todo, lujo en la mente. ¿Oficio? Rentista y propietario rural. Si prefieres el placer aventurero a la prudencia, eres un descoyuntado insensato. El estricto aislamiento voluntario es la forma más inteligente para lograr la felicidad; solo conozco una intoxicación digna, la resumida en la palabra «ataraxia» o tranquilidad del alma. Si en tu vida hay más de uno, si sois como mínimo dos, ya hay traición. Para ello, para la gloria terrestre, se precisa una tropical mente y no una menguada mente liliputiense tan de moda en esta época. El hombre que sueña y piensa su asordada soledad es un Dios; el hombre farfullando en el bar es un mendigo. La sociedad solo causa quebraderos de cabeza, y, además, enseña con instrucción impostada. Todos los problemas del hombre nacen por no saberse estarse quieto en la habitación, declaró exacto el inmortal Pascal.

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Esta semana larga me leí cuatro libros. Los listo; por una parte «Entusiasmo», de Remedios Zafra, y, «Genealogía de la pantalla», de Israel Márquez, ambos en Anagrama. Los llamaré, respectivamente, «A» y «B». A y B comparten una liturgia léxica sui generis, una prosa periodística de zanahoria hervida (B con grumos afilosofados), una inventiva de mentes pizzicato propia de la era de las redes e Internet. A los dos autores les hubiera recomendado que, una vez escrito el libro, lo hubieran dejado reposar en el cajón (o en una carpeta virtual) y que, tiempo después, los volvieran a escribir partiendo de cero. A es un repaso bibliográfico que no arguye su propia visión o conclusión o tesis del asunto que trata. Vomita los datos leídos de modo precipitado; se nota que no maduró en su mente lo que estudiaba. Nunca hace conexiones temáticas a campos adyacentes de la lectura. Si escribo un libro sobre la pintura del Renacimiento debo poseer una abundante erudición teológica, histórica, estética, bíblica, filosófica, científica, etc.. sobre la época. Eso me permitirá hilar mi ensayo con agudas percepciones al sintetizar todos esos conocimientos en la explicación de un cuadro o un pintor. Israel Márquez lee, copia y pega, y lee circunscrito a su especialismo bárbaro. El libro es más un compendio e informe de lecturas que una aportación intelectual al tema que trata. La redacción de un estudiante aplicado e inteligente, poco (nada) más. B es más meditado, se nota que la autora algo se devanó los sesos. Eventualmente sorprende con una prosa elegante y artística (excepción en lugar de norma) Su fallo es que el relleno, el grosor del tubo, engaña respecto a lo pírrico de la pasta. De las 250 páginas le sobran ciento y pico. La autora no estudió matemáticas. Un matemático define las propiedades de un objeto matemático y SABE que son sobrantes hablar de las medidas de ese objeto (puede medir un milímetro o cien kilómetros o decenas de miles de quilómetros), de su color (es improcedente e innecesario que se refiera a, digamos, círculos rojos, blancos o negros), o que solemnice lo autoevidente (la suma de los ángulos de los triángulos es menor de 360 grados) Y no se me contrarazone que la prosa ensayística puede ser como yo no digo si busca propiedades literarias. Precisamente no agregar adjetivos rutinarios, no enumerar con paráfrasis repetitivas la misma idea, no aburrir con flujos de mucho orden o mucha entropía, es típico del rasgo literario. La autora, una vez escrito el libro, debiera haberlo empezado de la nada nuevamente, repensar compulsivamente sus temas y jibarizarlo drásticamente.

Los otros libros que me leí, fueron, respectivamente, «Vida escrita», de Joan Maragall, y «Ni venta ni alquilaje» de José Jiménez Lozano. Los llamaré «X» e «Y». X e Y tienen en común que son libros menores, concretamente artículos periodísticos del gran poeta y el justamente premiado novelista.

Si aúnas A, B, X, e Y en la mente, qué conclusiones infieres. Unas claves brumosas que apuntan a otros mundos subyacentes y otros muy disímiles sentimientos de la vida y anclaje con las cosas. Te asomas a esos libros y, aunque no estén, en unos ves tempo lento y moroso, quinqués, olor a oveja y chova, meditaciones religiosas, nieve calma en un paisaje, ves palabras como «reposadero», «escarapela», asendereada», «portapalomas», «retiñir», ves la sombra del impluvium tan fresca, la calidez del hipocaustum, el fresco de una capilla, el resuello de un tranvía, aromas de hortensias en una verbena, boinas ociosas de viejo, trajes regionales, aires de sierra, en fin, términos y causas precisos y palpables, hombres que se comprenden del todo, y logran incluso más que comprenderse del todo. El mundo que hay detrás de estos libros es sólido, rocas y esos míticos juramentos con un simple apretón de manos. El mundo de A y B que hay detrás es de un plastificado bizantino rosa de Koons; un rumiar banal sobre bibliografía secundaria sin relevancia, tiempo envasado en ideas desencarnadas -el que transcurre en las pantallas, el tiempo sin soporte molecular de la experiencia virtual-, tras estos libros asoman autopistas gigantescas, neones chillones, rascacielos con cubículos como nichos de cementerio, en fin, un cordón umbilical hilado a lo transitorio y una mente engarzada a pasajeros flashes inconsútiles. Las bodas intelectuales de X e Y seguro que se avienen con «Mimesis» de Erich Auerbach; las de A y B con «Cultura Mainstream» de Fréderic Martel. Un universo poblado por la Dulcinea de Cervantes, Dante, cuadritos rococó, el realismo del cheval ombrageux, Napoleón o la Bérénice de Racine; ecos, sí, de ese universo reverberan en X e Y. No así en A y B; un universo donde centellea la MTV -o la reseca de eso-, el K-pop, el estilo informal de las críticas de cine de Pauline Kael donde no tiene sentido, pues lo ha liquidado, la jerarquía high y low, Shakira y la Coca-Cola. Cada galaxia implícita en cada par de libros viene asociada con una ganancia progresiva de medios tecnológicos y una pérdida regresiva de medios intelectuales. Aunque los cuatro autores caben bien bajo la etiqueta de intelectuales, hay más vida intelectual en Maragall y Lozano que en Zafra y Márquez. Solo un cegarnos por las apariencias podría hacernos creer lo contrario, más o menos como si creyéramos que la portada del disco de Supertramp «Crisis? What Crisis?» es más densa conceptualmente que cualquier mediocre pintor académico del XIX.

Dados dos lenguajes de igual categoría, uno del siglo XX y uno del XXI, el primero posee mayor fuerza (estética, cognitiva, sapiencial) El murmullo de fondo de violín bachiano se ha convertido ahora en música de ascensor.

Tomo al azar un pasaje de T. Hardy «No supo cuánto tiempo pasó en aquella duermevela. Abrió los ojos de repente. El leño que sostenía el fuego se había partido por la mitad y había dejado de llamear; la vela que había dejado en la repisa de la chimenea casi se había consumido. Pero persistía sin embargo un resplandor en la estancia, aunque procedía de otra puerta. Darton volvió la cabeza y vio a la mujer de Philip Hall en el umbral, con un candelabro en una mano y un hervidor de té en la otra»

Cito ahora de una novela de R. Wolfe «El calentador hace BLOF y el agua empieza a correr por las cañerías. La puerta del baño está entornada. El tipo debe estar ahí, tarareando en previsión de la follada, que imagina guarra, salvaje y guarra bajo el chorro de agua hirviente y vapor y flujos de animal nervioso en el ambiente, quizá su mayor vicio, su mayor debilidad»

De la sutileza del matiz y la delicadeza de observación moral al desgarro punk nihilista de trazo grueso, de la mampostería elegante de un hervidor de té al cacofónico BLOF, de una mujer en el umbral de la puerta a un sádico estuprador salivando y tarareando como un cerdo, de la suave voz poética «duermevela» y «candelabro» o «vela» al lapo de las palabras «guarra» y «follada», del tono de caballero al tono de lavadero industrial, de la sintaxis que fluye en pensamiento a la abrupta gramática de esquizo, de un leño que paulatina, lentamente, cesa de llamear, a una tubería oxidada rota. Bah, a qué seguir. Wolfe se arquea como una literatura propia de A-B, Hardy serpentea en los modos de una imaginaria literatura de X-Y.

Entre A-B y X-Y también hay toda una urdimbre de alusiones, símbolos, ritmos que separan sus dos energías creativas. Una está familiarizada con la noche estrellada, las sombras de las iglesias y sus himnos rituales, las formas del mundo natural (plantas, flores, pájaros, nubes, árboles), las leyes de un orden moral natural como lo puede ser el granizo. La otra padece una embotada sensibilidad cromada, de flores artificiales, de kitsch decorativo, de una astronomía de videojuego, de un reino donde la palabra es esclava de la imagen, de una época histórica de «retirada de la palabra» (Steiner), en resumidas cuentas, de ilotas de la palabra inmersos en una baraúnda de música enfáticamente coribántica y en una iconosfera martilleándoles gossips y empaquetadándoles ideología prêt-à-porter. Antes la tradición y el estudio te convertía en el que debías ser, ahora el slogan publicitario te recubre con la imagen que engañosamente crees más convincente de ti mismo.

Si se cuestiona el discurso tradicional sobre la verdad o la belleza, y solo existen «dispositivos de verdad» o «arbitrarias bellezas» que, encima, son tácticos, políticos y transitorios, si se impone el evangelismo tecnológico y económico como religiones liberadoras, estos desmontajes a la moda solo horadan la civilización para que ganemos una astronómica amnesia. Seguramente muy pocos leen a Maragall o a Jimenéz Lozano, también pocos -presumo-, pero más, a Zafra y Márquez (al fin y al cabo tienen el hándicap de ser scholars en un cosmos donde se impone como cultural el mismo desprecio a la cultura y la academia) Dentro de poco, si no ya, se generalizará la lectura de los productos que escriban (o les escriban) las celebridades activistas (periodistas, actores, deportistas, influencers de Tik Tok, Instagram o Youtube, etc…) Mi profecía apocalíptica la vivo como una hipótesis alucinatoria y sin prueba alguna susceptible de no corroboración. Porque sí, yo también soy ahora un bárbaro, crucé la frontera y solo sé pensar con mazas.

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Cuando contemplo mi prosa o poesía, casi siempre siento la humillación ante un espíritu que funciona no con objetos valiosos, sino con cosas que me insultan. Para vencer en literatura, enfrentándote a un ejército con iguales efectivos, debes aniquilarlos a todos y, a la vez, no puedes permitirte el lujo de perder ningún hombre. Esta idea de Seferis es tan exacta como feliz. Un poema, un fragmento brillante de prosa, mantiene en movimiento muchos platos sobre distintas varillas. Entonces, logrado ese efecto, dejas de pulir. Un escritor elemental pero correcto mantiene en equilibrio solo dos platillos, un virtuoso más de una docena. Me siento humillado al releerme y ver fragmentos de algún/os plato/s rotos por el suelo. Escribo para alimentar esta hidra estúpida de las redes. La faena seria la pospongo o aplazo. Sé que puedo mejorar (abrumadoramente), aunque tanto mediocre material como ofrezco aquí parece una especie de autosabotaje. El espíritu, alimentado con sederías o vilezas, siempre funciona. Yo -y no todos podrían afirmarlo- al menos distingo sus momentos.

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TERAPIA ARTÍSTICA

A Marta Cots Lledó (1971-1993)

A veces pienso que el territorio del amor

es indiscernible del territorio de la muerte

y que gatos demoníacos y lobos hambrientos

lo marcan infaustos con sus ácidos orines.

A veces pienso, valga la hipérbole,

que el amor es una gaviota atrapada en la turbina de un avión.

Que no se distingue del desplome de las Torres Gemelas.

Pero después vienes tú, aurora en las regiones del éter,

vestida de cuca Marilyn o arlequín rosa, dandy

con foulards amarillos, sutil y onduyant,

extravagante, desnuda y arrolladora y tierna, y entonces,

de alguna rara manera, por una suerte de racionalismo mágico,

el “yo” no arde quieto más en los infiernos,

nos extasiamos ante nubes o pintura paisajística,

nunca dejamos de ser compinches, jamás,

de inundar de rosas los pasillos de los hospitales,

o blandir la espada en justas del medioevo,

o bien disfrazarnos de espantapájaros (ahora que lo pienso,

eso sí; de espantapájaros dialogaríamos con el exclusivo

poder de la mente)y, entonces, de alguna exacta manera,

tú te desintegras en las letras arial narrow

de cada una de las palabras que te dirijo,

perfumada, como un bouquet de flores, al pie de unas olas,

emergiendo del Mar Muerto nuestro géiser de besos.

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RIEN N´ÉGALE EN LONGUEUR LES BOITEUSES JOURNÉES

Un buen pudín triturado disfrutarán de cena

los gusanos con mi cuerpo; después de esa

liturgia bioquímica el bolo se convertirá en ánima

cabalgando hasta las luminosas aguas de Dios.

«Señorito -le oigo ya- advierto su reprimida inclinación

al sentimiento y una excesiva tristeza áspera

de hueso de cereza raspando el cuello. ¿Por qué tan infeliz?

Descanse. Se le abre la puerta del futuro.

Ah, sí, también me gusta a mí Shakespeare.

¿Sabe? Aquí lo mejor dura tanto que solo podemos

decir «Esto es lo mejor». Su noche sin ciencia cesó.

Esto es lo mejor. Esto es lo mejor. Esto es lo mejor.

Le Club Méditerranée: la plus belle idée

depuis l´invention du bonheur. Bienvenido a casa.

Verá como galopan de placer sus labios.

Tenemos mucho tiempo para charlar».

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VOICES

Comenzó a ver en la poesía a una «puttana»

en la razón un quiebre cadavérico

-la razón está dañada por el pecado original-,

y en su vida un termitero criminal

con cielo viejo y oráculos mudos.

Le aburría la tabarrosa retórica de la cultura,

su corazón de azufre, su carne de estopa.

Por eso no cesaba de oír voces:

«cupio dissolvi et esse cum Christo»,

deseo la disolución de mi carne y estar con Cristo.

Monologaban en bucle. El mismo mensaje

con ligeras y torturantes variaciones.

Solo soy un niño dormido y pensativo

que escupe la antipática tempestad.

Tengo fe. Tengo miedo.

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PRIMER AMOR

La primera mujer que besé y me tocó

fue una delgada pajillera de cine porno.

Olía fuerte a desinfectante Zotal y lefa.

Recuerdo su larga melena amarilla de medusa,

los pliegues sabios de la nalga,

el barato (pero embrujado) vestido corto negro.

Para mí era una mujer llamada Música

con perfecto ritmo sonante en mi corazón y el paraíso.

Era una mujer para mí llamada Pájaro

posada en estatua o picoteando en las algas.

Querida, hagamos más el amor en lugar de hacer dinero;

quememos cartillas y tarjetas bancarias,

no evangelicemos la ganga de gadgets tecnológicos,

odiemos las ilegítimos usos cotidianos,

los trabajos y afanes, el escalafón, la familia,

y encerrémonos en una buhardilla con quinqués,

naipes, alcohol, cuadros y viejos grimorios,

sin levantarnos nunca del jergón.

Que las lenguas vagabundeen por ociosos veranos.

Sea nuestro Amor un haragán plácido

y culto estirado en la tumbona y tomando

el sol bajo palmeras tropicales y daiquiris.

Y mañana conversemos en le salon de Madame de Geoffrin.

Como últimos romanos ante el declinante imperio

que arcángeles envidiosos o burgueses gurruminos

murmuren sobre un Placer incapaces de comprender.

Al salir ya olía a perfume de eucalipto que oxigenaban los vientos.

Cesaban los homicidios en la ciudad populosa,

Catalina II, con excelente prosa, escribe sus inteligentes memorias,

y corrían carrozas dieciochescas por las autopistas.

A partir de ahí ya podía contar a mis pocos amigos

que al fin era un hombre enamorado.

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Lo nuevo en verdad serio debe basarse en las grandes obras del pasado. Sin el estudio de los grandes pensadores y artistas de antaño cercenamos o mutilamos la conciencia de las más grandes posibilidades. El pasado glorioso debe conservarse y transmitirse en cada generación de la civilización. De lo contrario nos convertimos en chatos hombres necesariamente presos en el horizonte de nuestro tiempo y lugar, y, en una democracia, eso significa no poder sacarse los grilletes de las premisas y prejuicios de la opinión pública. Observo con pesadumbre como muchos hombres ponen murallas al pasado y muchos jóvenes viven encerrados en las coordenadas de sus puntillistas «moments of being», es decir, del mero arco temporal de sus existencias. Hombres y jóvenes que elaboran su alma con los impulsos del instante y que, al final, acaban teniendo unas almas cuya altura no levanta dos palmos del suelo.

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La augustas plegarias de la mente, son la atención y el entendimiento. Mirar en lugar de ver, analizar y estructurar experiencias en lugar de meramente tenerlas. Caer en la cuenta y sopesar, dos propiedades del espíritu que yo creo ya exiliadas definitivamente de la mayoría de los hombres.

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Mi soledad farfulla ociosa e inepta como la «p» en la palabra «psique».

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Me acuerdo de aquello de Rubén Darío: muy bonitos, muy bonitos, los versitos.

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«At tibi fortassis, si -quod mens sperat et optat-

es post me victura diu, meliora supersunt

secula: non omnes veniet Letheus in annos

iste sopor…»

Petrarca

A ti quizá, si, como mi alma espera y pide, has de sobrevivirme largamente, te aguardan mejores siglos: no ha de durar para siempre este sopor letal…

Para Christian

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El mundo ha mutado, mudado,

como un paisaje tras la granizada.

No es un plumaje sucio de légamo una noche de niebla

ni el sueño turbio de sombras diabólicas.

Y lo que crees panfletos, barbarie, banalidades,

pacotillas, bagatelas, son nuestra nueva religión.

Tu alma se adensó en foscas bibliotecas

y no comprendes nuestros afanes y vagabundeos,

la alegría honda de la liviandad y el olvido.

Regalaste con generosidad una aventura no mía,

cosechaste fracasos y burlas,

conociste el desdén y la tristeza,

envejeciste pero todavía no desmayaste.

Pero tu reloj perdió las horas.

Frente a la barandilla de la playa creciste en soledad.

¿Dónde vivir, sino en los días? La melancolía es

un trapo innoble, un ejemplo de subliteratura.

Mis centellas son rutilantes radiaciones televisivas,

la superficie es mi profundidad,

en lugar de la frase alambicada prefiero la sinceridad,

mi único esfuerzo (y Dios) es el placer,

la tecnología tornea mi mente a la manera del pizzicato,

mi motor de experiencias es el movimiento perpetuo.

Y no pido perdón al cielo por el impulso

de sangre de potro joven que me empuja.

Creo que la noche y el día no son vetustos libros,

me gusta el alba metálica al salir de la discoteca,

y me disgustan las verduras de la naturaleza,

y, más que a una capilla, mi fe se ciñe al supermercado.

No, querido tío, el futuro no es un país lleno de monstruos

y la nieve brilla en mis manos.

Traduce tú las sátiras de Luciano, príncipe del apocalipsis,

disípate en tu negro laberinto.

Y no te irrites si a mis amigas y a mí

nos chifla más la música de Vodafone

que el pestiño aburrido de Bach.

Demasiadas veces viviste como un ermitaño:

tus murallas te aislaron.

Yo soy la bárbara de tu sobrina que no puede sino quererte.

Hay que mirar el futuro con optimismo, querido.

Debes ver los bonitos fuegos artificiales

de mastines seráficos corriendo por otros bosques.

Mira, toca, saborea, entiende, soba, palpa,

huye de una maldita vez del congelado invierno.

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Lunes. Mañana.

Soy un solitario con perpetua. Siempre fue así. Nunca tuve amigos o novia. El nada cálido contrato del amor mercenario significa mi máximo acercamiento a un ser vivo. De niño, durante tres años, tuve una enfermedad en la sangre que no me permitía correr ni hacer deporte. De ahí el origen o pasión por la lectura. De adolescente mi trato con mis condiscípulos era meramente cordial; aceptaban mis rarezas y no se metían –ni yo lo hubiera permitido- conmigo.

Una imagen doble tengo grabada en mi memoria; con diecisiete años estar en las fiestas de un pueblo yo solo y aislado en una casa pese a la algarabía y jolgorio exterior. Ni salí –no me apetecía- ni me vinieron a buscar –eso no entraba en ningún plan. En Londres recuerdo que cruzaba un gran puente a mis estudiantiles veintidós años y notaba la riada de la multitud, la avasalladora muchedumbre, extraña y brutalmente ajena. Recuerdo que pensé: “Siempre ha sido y será así”. Casi treinta años después puedo jactarme de que se ejemplificó esa insinuación.

En mi alta juventud tuve dos trabajos que requerían interactuar con los demás y, enseguida, hui como gato escaldado. Me busqué un trabajo solitario y muy bien pagado y santas pascuas (de esas rentas y una herencia vivo ahora) Todo esto no significa que no añore a veces incidentalmente la cómplice mano en el hombro del amigo, el abrazo dulce de la amada, la ternura móvil de las palabras y gestos familiares. No pudo ser y ya está. Y bien que me pasó factura. Dos infartos (la soledad daña fisiológicamente al corazón), y dos depresiones severas que han acabado en un indeterminado -no diagnosticado- deplorable estado mental: alucinaciones visuales y voces. La soledad daña al software mental.

Mi nulo interés por amigos o amores se compensó con el desarrollo hipertrófico de intereses impersonales (estudios, literatura, idiomas, coleccionismo, jardinería, etc…)

La soledad puede incrementar las ideas creativas o momentos eureka, y puede intensificar el autoconocimiento (aunque, la verdad, tomarme seriamente como tema me aburre) La soledad también puede provocar extrañas experiencias perceptivas; agudización del sabor u olfato, indicios de momentos cumbre oceánicos, sentimientos de invulnerabilidad ética, posesión de una mística de raíz naturalista al oír música o bien al contemplar la naturaleza, desposesión de la idea que sucede a la emoción o de la emoción que precede a la idea, observación de la perspectiva y los objetos como con otro ángulo o con un peculiar recubrimiento (al pasar mucho rato solo y en silencio parece que a las cosas las cubre una película no sabría decir de qué exacta naturaleza). En soledad gustas por la contemplación activa del contenido de tu pensamiento, se incrementan las alternativas y dilemas de la imaginación, notas amor a esa buena compañía de la que fatalmente se carece (si un solitario recalcitrante logra vincularse con alguien también es probable que ese vínculo tenga notas más acusadas de verdad y empatía y honestidad), se tiende a desarrollar en alguna medida puntos de vista originales sobre el mundo y la vida, puede nacer un género especial de sueños que acaso no fuera exagerado llamar proféticos si el solitario es obsesivo y rumiador –también compulso- de unos pocos ítems, hay sentimiento tónico –para bien o para mal- de aquellos afectos solo templados en el sentir de los no solitarios, una excelencia profesional debido al exceso de concentración en el trabajo, etc… A mí me han pasado bastantes de estas cosas; claro, no todo van a ser infartos y depresiones. Como balance, mi terrorista soledad –que pocos aguantarían- la prefiero a sufrir compañía. Genéticamente no estoy diseñado para metabolizar una compañía que, más pronto que tarde, me cansa y agota. Y no vivo ni deseo ningún ensueño de amor romántico o de amistad a lo largo. Entonces seguro que los infartos y las depresiones ya me habrían hecho criar malvas.

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Martes. 2 de la madrugada

Declaró con modestia perspicaz Descartes “Daría todo lo que sé, por la mitad de lo que ignoro”. Yo sé una parte muy infinitesimal del universo matemático, una parte ínfima de la enciclopedia filosófica, y algo, como mero diletante con tendencia orate, de literatura. Mi cultura general es generosamente perfectible. De la naturaleza brumosa y del propósito oscuro del cosmos, de las verdades significativas de la vida, de los motivos de la naturaleza humana, debido a mi poca vividura y a mi severa soledad autista, tengo convicciones, intuiciones de convicciones ni claras ni distintas. Me gusta meditar, pero carezco del contraste de los amigos. Vivo muy cómodo en la verosimilitud de mis hipótesis, a veces francamente extravagantes, y, cuando intento contra-razonar o buscar contraejemplos, siempre busco indicios ad hoc para que mis hipótesis fundamentales no se socaven. La soledad, además de devorar la dulzura, provoca cierta rigidez intelectual. No sé disgregarme en una colección de heterónimos muy dispares; mi yo puede jugar con personajes novelescos o diferentes máscaras, pero es un juego de mera ficción. No soy un actor loco capaz de creerse todos los roles que representa.

“Nunca llegaremos a comprendernos, pero podemos hacer mucho más que comprendernos” dijo Novalis. Debemos desembarazarnos de una ciencia exclusivamente racional. Hay en nosotros un anhelo de fantasías no reductibles a la razón, una voluptuosa flor azul de presentimientos poéticos. A mi juicio la poesía vive en el interregno de lo racional y lo irracional, arriba tiene el vaporoso, sedoso cielo estrellado, pero con los pies toca la realidad común de la tierra y los árboles. En los intersticios de la región lunar y la región sublunar brota la literatura. Entre lo invisible núbil y lo visible rocalloso la metáfora. En arte un término contrastable, medible, pesable, palpable, material, apunta de modo simultáneo, contra-declara a la vez un elemento no confirmable, no medible, aéreo e inmaterial como la piel de los ángeles.

La dramaturgia espontánea de creencias morales de la gente vulgar es dignísima, acertadísima. Su instinto estético o gusto es opinable, al igual que lo es el propio campo del gusto y la propia materia estética. El pueblo, el espíritu del pueblo parece una forma exagerada de hablar; el espíritu es un atributo individual. Los agregados son formas chuscas o categorías vagas. Pero sin generalización no hay conocimiento. Admitamos pues este juego lingüístico. El pueblo –claro- políticamente no es necesariamente vox dei (vox populi no es siempre vox dei) El pueblo, algo noble en principio, puede degradarse en populacho, la gente puede devenir en gentuza. Flaubert afirma que el pueblo siempre será un menor de edad. Su observación para mí es tan verdadera como profética lo fue cuando la escribió.

Un ser humano se puede dividir de muchas maneras. Todos somos, desde un punto de vista, iguales, y, desde otra perspectiva, diferentes. Nos diferenciamos, p. ej., en que una minoría se solazará en las realidades de la mente, y una mayoría optará por los hechos en un empirismo ralo y chato (al pan pan, y al vino vino)

Eso explica la aseveración de Flaubert; el pueblo de modo abrumador opta por la realidad y no por la mente; siempre padecerá por tanto minoría intelectual. Lo que conoce el pueblo a veces puede coincidir con lo que conoce una mente selecta, pero será con un saber abreviado, resumido, tosco, como algo no matizado.

El matiz es una propiedad de la mente; el proverbio o el refrán un atributo de la realidad.

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Lunes

Sequedad de espíritu. Una nube de ansiedad en el pecho y aceleración cardíaca (como cardiópata esto debiera preocuparme un poco) Aislamiento de secuestro yihadista. Siento el eje, los eventos y los objetos del mundo como figuras de cartón mojadas y aplastadas. Me cuesta respirar, leer, concentrarme (la atención –su foco fijo- se dispersa en las solicitaciones de mi mundo interior poblado de un coro de chirridos y alucinaciones auditivas: cantos y palabras sueltas en latín macarrónico) Hace media hora tomé diez gotas de Rivotril y un Diazepam. Siento algo de alivio. Debido al pánico exacerbado a enloquecer (tengo antecedentes familiares) me ejercito en geometría algebraica y cálculos de lógica de primer y segundo orden. Intento calcular con el método axiomático, con el cálculo de secuentes, o bien con el cálculo de deducción natural. Me deprimo hasta el suicidio, me siento el más tonto del planeta, al cometer tres errores en la demostración de la propiedad metalógica de consistencia en el cálculo de segundo orden (donde se cuantifican las propiedades, lo que provee a este cálculo de una eléctrica belleza y potencia) Los tres (axiomático, secuentes, natural) son formas alternativas para probar los mismos teoremas. También hago ejercicios –simplones- de Teoría de Modelos y Álgebra Universal. A veces diseño circuitos eléctricos equivalentes mediante álgebras de Boole. Tengo la íntima convicción que la locura significa de alguna manera una disociación, escisión, o disgregación de la mente. Y, así, creo que practicando técnicas de pensamiento deductivo evito el florecimiento del pandemónium o maremágnum de asociaciones caprichosas, de meras aglomeraciones azarosas y al tuntún en el encéfalo. La hilatura lógica conspira contra el trenzado anárquico de la locura. También juego partidas al ajedrez por Internet con otros jugadores (norteamericanos, indios, filipinos) que me apalizan bestialmente o bien con el sofisticado software de varias aplicaciones. Mi terror a que mi mente huya a una excursión de la que jamás podrá volver (a un jardín baldío rojo-sangre y helado de nieve sucia de acera de ciudad), hace que repita también en las galerías de mi mente pasajes memorizados o bien que memorice elementos nuevos. Esto supone un esfuerzo draconiano. Mi natural propensión consistiría en quedarme arrellenado, apoltronado en la butaca viendo la tele, en no leer nada (y les aseguro que leer con voces en la cabeza crispa hasta la extenuación); en resumidas cuentas, en vegetar en la cama, en dejarme succionar por el agujero negro de la desidia, en nadar en las aguas infectas de la abulia. Pero soy, o pretendo ser, luchador, no ceder, no apaciguarme blando y sin vibrato en una vida pseudoextinta. Mi bizarría psíquica, siguiendo su curso espontáneo, conduce al crudo frenopático. Debo insistir en esos contrafuertes intuitivos. Acaso mi terapia silvestre no tiene el refrendo de la ciencia, pero a mí hasta ahora me funciona. De momento puedo escribir y pensar en una argamasa organizada en secuencias de prelación, en oraciones jerárquicas y coherentes y cohesivas, y no con un puntillismo dadá de impresiones volanderas. Pero sé que algún día se romperá el muelle, no podrá volver a su posición original, y, entonces, acabaré institucionalizado en un manicomio de por vida. Aplazo la sentencia (rezo a Dios para que en lugar de eso me muera antes con un terminante y fulminante infarto) Nada temo –nada, nada; y nada miento- a la muerte. La locura, por otra parte, me crea un terror pánico –agudo, visceral- indescriptible.

Ayer me leí “Escribir es un tic”, y “Rol de cornudos” de, respectivamente, Francesco Piccolo y Cela. El libro de Cela juraría que lo escribió un negro y él simplemente lo arregló con un mero afeitado. Representa lo peor de mi cosmovisión del arte y la sensibilidad. Precipitado, con descarado objetivo dinerario, pesado por reiterativo y esquelético, relleno de chocarreros desplantes y apuntes costumbristas. Aquí Cela ya chocheaba muy a lo grandeur. Vaya letargo tragarse esas pamplinas propias de una castiza sensibilidad moral del medievo. El enfermizo congelado invierno en el que entró la obra –y vida- del Nobel es antológicamente patética, impertinentemente risible. En una entrada de este diccionario se glosa al “Cornudo de secano”, y, escribe el autor –o sus negros- “El de cuerna dura y resistente, aunque no muy desarrollada. Es especie peculiar de las economías agrícolas pobres y mesetarias”. “Pobre” y “mesetario” es casi sinónimo de “celiniano”. Y “resistente” lo fue, sí; era su divisa chulesca de política y cucaña literaria. En el fondo el gallego no fue más que un sobón chupacirios, que un ágil saltatumbas, que un guiñapo saltimbanqui del poder camaleón. Se creía un bufón con rabia e ingenio, y era un deslustrado marrano a garrotazos, un mamporrero para llevarse solito todito el parné.

Cela, debes saber

más que la ciencia de la nada y el ser

que Marina es mala mujer

y loca loca por joder

cuernos te va a poner.

Lo pudiste tú confirmar:

para mejor encornudar

si tu mujer sale a mear

síguela a Calatrava del Falgar.

¡Ya verás!¡Ella musho picar!

El libro de Piccolo es amable, luciente, brillante y bruñido y plastificado como la pantalla de un móvil con Instagram en el visor. Citas (ni muchas ni pocas) con un relleno ensayístico muy paupérrimo intelectual y estilísticamente, propio de un escritor novillero. El libro defiende una tesis obvia que conocemos cualquiera del oficio: la inspiración es trampantojo, engañifa, mito atlántico, montaña de oro irreal; lo importante son las estrategias de cierto método/s, y la constante y no desfalleciente obra de taller, de persistente obrador. Un escritor que no sea un bobalicón imberbe desconfía de la inspiración como de un capo siciliano que te ofrece un préstamo. Agrupado en un decálogo temático el autor italiano habla del otro trabajo de los escritores, de los ritos en torno a la mecánica de escribir, de dónde se escribe, de con qué (pluma, máquina u ordenador), etc… Resaltaría una clarividente cita del apartado “Soledad” (cap. 6) Bueno, no la copio que es larga y encima estoy cansado. Además, existen otras mucho mejores que no aparecen en este tomito aprendiz.

Después de comer estudiaré mates y, ya que la exigencia cognitiva y la tensión requerida es infinitamente mayor que al leer literatura, después me leeré dos libros distendidos. “Vida escrita”, de Maragall, un viejo libro de Aguilar con selección y prólogo de Riba, y “Toda la belleza del mundo”, del poeta Jaroslav Seifert. El subtítulo lo aclara todo “Historias y recuerdos”. Curiosa la euforia (y cura) de la escritura. No sabía qué escribir antes de ponerme a escribir y, ya escrito, anímicamente decrece el malestar y el pesimismo que antes de escribir. Si lo puliera y reescribiría analíticamente, si lo perfeccionara y mejorara estéticamente, probablemente asomarían negruras neuróticas kafkianas. Así que, venga, pincha ya “Enter”; y voilà.

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Lunes

En nuestra vida ordinaria, en los trabajos y declaraciones del mundo, percibes la escrupulosa y minuciosa mezquindad de la inteligencia y la sensibilidad defraudada. Un desincrustante o antídoto es ir a la busca del Arte, allí donde se aúnan intensidad, brillantes lenguajes y elucidaciones de experiencias imaginativas o inferenciales. De alguna manera el Arte es un movimiento de deleite hacia una (muy) alta tierra feliz. El Arte es la ley placentera de la forma lograda. El gozo de asimilar la grandeza. Los artistas son custodios o pastores de la conciencia invisible y también de las regiones inmediatas que no se atreven a deshacer maleficios o pájaros de mal agüero. El Arte es plural, pero siempre provoca que tú te transformes en el más enamorado. El Arte aumenta la cantidad de Bien y el diámetro de la realidad («una vida sin cercados» Larkin) Aunque los artistas se metan en chanchullos, el Arte es una finalidad sin fin desinteresada (Kant)

A un poeta le ronda en su interior como una vaga sombra o una desfigurada silueta un poema durante un mes, o dos, o un año, hasta que esa insinuación se ejemplifica y afluye al exterior. Los poetas de las redes sociales somos poetas menores porque no seguimos ese método semi-onírico sino que escribimos a impulsos impremeditados e inmediatos o irreflexivos. Invito a que se lea gran poesía, poesía de indubitable grandeza y calidad. El gusto es comparativo y se engendra (y nutre y se perfila) en la comparación. Marwan -leerlo- no produce un movimiento de deleite placentero y armónico, sino un sonrojo de displacer estético. Esa percepción nace al leerlo comparándolo con Auden, Ponge, Cernuda, Machado, Heaney, Milosz, etc… La emoción de Marwan se hila a la saga adolescente «Crepúsculo», la emoción de Auden se trama en una de las mayores inteligencias que cristalizó el siglo pasado. Una vida defraudada también es mezclarse con mezquinas inteligencias derrotadas. No lean a Marwan (ni a mí, por supuesto) sino a Borges y sus pares. Vivirán más y mejor.

Me acuerdo de aquello de Rubén Darío: muy bonitos, muy bonitos, los versitos.

Si hubieran medicado a Juana de Arco no se hubiera salvado Francia.

¿Quieres ser libre? Levántate cada día a las cuatro de la mañana.

Mi soledad farfulla ociosa e inepta como la «p» en la palabra «psique».

Para transformar un niño en adulto existen cuatro factores decisivos: (1) los padres(2) los coetáneos (el «peer group») (3) la escuela y (4) los medios. Todos viven, a mi juicio, una quiebra monumental.¿Qué soluciones hay?

La augustas plegarias de la mente, son la atención y el entendimiento. Mirar en lugar de ver, analizar y estructurar experiencias en lugar de meramente tenerlas. Caer en la cuenta y sopesar, dos propiedades del espíritu que yo creo ya exiliadas definitivamente de la mayoría de los hombres.

Dos poemas dedicados a poetas enemigos (que ultivo con mimo y pagaría si me faltasen)

(1) De rabizas, piltofreras, truchas pellejas,

de zimitarras y zurrapas rancias tus guedejas,

hediondo, legañoso, tocino, puto y cornudo,

bujarrón, hijo de mulatero, coño flojo,

ladrón público, pelotudo caraliendre, gordo culo,

enorme tobogán de piojos, enorme capullo,

ay mozo, doncel memo, alma de sepultura:

¡Tintín te la meta en tu fofa musculatura!

(2) SIN MOLLERA Y SIN SESERA EL POETA LO PETA

Gallipavo senil, gagá y cogotero,

meapilas y cagapoquito, gallifante, loquito,

de poesía mandril para macacos,

andrajo salido de Tele Cinco,

empalagoso y baboso, churrigueresco,

escribe tu libro gordo de Petete y sucia Pelambre,

garbancero que me imita incapaz de plagiarme;

pero yo, pardiez, aprecio tu bajo cómico tocino

como se aprecia a un lelo redondísimo como vecino,

tus terminantes versos de percebe pelagambas,

tu inacable jeta de berza pagafantas,

tu inteligencia peso mosca que no se desgasta,

esas boutades con que trincaste la pasta

y tus éxitos de carapollo, de cararrana, de pimpollo,

el que sumes a Lope y Quevedo, a los desdichados ojos,

versos de indio monguer y cacaseno,

pinga enana, badajo enclenque y lira de ajos,

poemas con pérdida de orina e ideas de tebeo.

Hueles a ácido úrico, a fumar bosta con el peta,

Un abrazo poeta. Te lee Forrest Gump, y la “tieta”.

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Pongo la tele. Tele 5. Una choni cantamañanas, vestida con una blusa de seda garbancera, con pinta de alcohólica de arrabal o actriz de porno alemán de los setenta, pregunta si el rey Juan Carlos se deja llevar por el instinto puro y duro, y, comenta, jocunda y dentuda, “pero él no toma Viagra, ya que ningún Borbón sufre impotencia”. Ughs. Poto y cambio de canal. Antena 3. Una especie de play boy otoñal ovino que uno juraría que fue incapaz de aprobar la EGB, presenta un concurso que encanta a jubilados de Benidorm con Alzheimer, o a boxeadores sonados en la sala de un psiquiátrico. Poto. Zapping. La Sexta. Noticiero. Sesgado, superficial, sensacionalista, manipulador, mal redactado, mal realizado, mal presentado; píldoras de información que caerán en las cabezas de los espectadores creyéndose éstos que conocen la realidad infusa. Borbotear o farfullar inane; mero llenatiempo para que quepan los anuncios. Ilustración audiovisual de una conversación mundial chocha y tartaja. De la escuela pública y de los periodistas fluye el desconocimiento total. Es devastador el papel de la televisión en la vida pública y política. Evita el razonamiento y el discurso como si fuese una plaga de Egipto. Prosiga el show. Demenciados del mundo, ¡United! Cambio de canal. Cuatro. Me parece que estoy viendo una suerte de “Informe Semanal” de mercadillo gitano; textura emocional y verdad efectista y espectacularizada. Siguen comentando no sé qué de la gritona subdesarrollada (en todos los sentidos; icono sin seso ni tetas la pobre) de Greta Thunberg. Dios mío. Mmm. La 1. “Españoles por el mundo”. Turismo de calceta. Mejor sería un mundo sin españoles, o España sin españoles. Cambio. La 2. Arsuaga dando una master class. Esto sí tiene buena pinta por lo menos. Ahora Steven Pinker perora convencido y mesiánico cual Candide volteriano. Advierto que los intelectuales viven en la pomada mediática como Shakira cimbrea las caderas. Las estrellas del campus no se diferencian de las estrellas del espectáculo o de la telerrealidad. Entretienen con ingenio mediano y masticado a un público con ingenio enano. Los verdaderos sabios no salen en la tele. Évidemment se ocultan. Arsuaga, por cierto, está constantemente en un segundo plano, con intervenciones muy secundarias; la parte del león son los comentarios pueriles de su alumnado (que ciertamente sí “conectan” con la audiencia) Parece una clase magistral –je, je- impartida por esos suaves Bollycaos, tiernos y contundentes, parapetados en su ingenuidad mayúscula, en su abisal Alicia en el país de las maravillas. Los necios cándidos en la mesa de los sabios. Se acabó el programa. Lástima, no estaba mal. Acaso (seguro) protagonizaron el programa los borriquitos en chándal y no los profesores con corbata, pero, en fin, es el signo televisivo (causa formal y eficiente) de los tiempos.   

Pongo la radio. La SER. Fútbol. La fealdad histérica entrando por el oído. Lo basto y sudado y analfabeto, reina grande y gigante como montaña asiática. Cambio el dial. La COPE. Fútbol. Negación de las cantidades espirituales. Patadas al diccionario. Abolladura o hundimiento de las luces. “Jo, puede ser penalti. Delantero por delantero. Enseguida presentamos el Valencia- Atlético. Mata entra con amarilla. ¡Hola Paco González! Las alienaciones confirmadas” Ughs. La mísera muchedumbre huyendo de la colina del gusto. Onda Cero. Fútbol. Todo tiene una naturaleza tan vulgar, que la incomprensión se juzga insana o antinatural, como la astucia artística rigurosa y fulgente del genio. RNE. Un afamado periodista llamado “García” hace honor a los García del mundo. Un ser García. Si fuera un ser Lucrecio o un ser Llorenç Villalonga no conmovería. Pero es un ser García. ¡Viva el alpiste García! El pintor entrevistado, por cierto, parece (apariencias muy confirmadas) especialmente locuaz y lerdo. RNE 3. Peliculitas. Musiquita. La cultura como rancio –cutre- bibelot kitsch. La cultura Reader´s Digest (rock enfático y fotogramas convencionales) entronizada como emblema de la cultura. Cambio el dial. Radio Clásica. Aquí me quedo al fin. Como en mí es hábito.

Estúdiese si existe una conspiración radio-televisiva para abobarnos e idiotizarnos del todo.

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Domingo

Día frío, mentalmente anti-leibniziano, de lecturas baladíes y zoológicamente simiescas, negligentemente insulso. Día con bosta de vaca y con misa de doce. Así: lectura de “Examen de ingenios”, de Caballero Bonald, y “Noticia de mi vida”, de Carmen Rigalt. Uno una esquirla farragosa y traqueteante de prosa de pope bizantino dipsómano tirando a gagá, y la otra una rumiadora o evocadora de cosas más o menos como las pérdidas de orina de una vicetiple pechugona. Ambos tienen algo en común: exhiben sin tasa ni pudor la portentosa posesión de sus defectos. Catalina de Médicis tenía un lecho tendido con cuadrados de réseuil o lacis; estos libros están bordados con un color mora pocha betún y graciosos dibujitos de palmones viriles –él-  o palmeritas cursis –ella.  Ni observaciones ni anécdotas que aviven el fuego; ambos libros son un pudín indigesto de abovedas naderías (el finado) o gossips de telenovela que desprecia la inteligencia (la cardiópata)

Ayer me leí “León de ojos verdes”, de Manuel Vicent. Sin comparación no existe el pensamiento, y, la verdad, mezcladas en mi mente las tres lecturas, leer a Vicent es como encaramarse a las nubes después de la escayola estriada y el desván de ratas de esta noche y esta mañana con Rigalt y Bonald. Se desprende una tintura bondadosa de la novela (cuentos yuxtapuestos mejor) Uno se pavonea de dulzura con esos recuerdos flameando en el hotel balneario mediterráneo. La prosa no se atranca ni en el sencillismo periodístico ni en el fatuo crimen de una altura que se desea y no se alcanza. La primera cualidad de un libro es su expresión. La segunda es su elegancia. Esta es una novelita comestible y popular, de usar y tirar, pero contribuye a transformar los trastornos de la maldad (a los que soy tan propenso en mi diario) en un lenitivo de impresiones ordinarias amables y un halo de murmullos de corazón elegante. A mí me hace bien. Bonald es molesto como una miga de pan en la tráquea; Rigalt es tonta como una neurótica menopáusica que no encuentra las llaves; con Vicent -gracias- sientes el calor de dormir al lado de un cuerpo bastante bello con carita de Lulú.

Abandono la lectura “El gran Meaulnes”, de Fournier (la leeré en francés; la traducción de Valverde y María Campuzano suena a chirrido de voces embutido en unos zapatos que aprietan) Abandono la lectura de “La fuerza de las cosas”, de Beauvoir, en la página 105. Parece un desfile en una fonda ferroviaria o en un barucho a la moda parisién. Muchas personas, ninguna singularidad y e ideas –pocas- tópicas y tullidas. Todo como un movimiento diarreico constante. Esta señora se cree su propia importancia de animadora intelectual excéntrica zazou. La cantidad de falsedad e inmundicia que acumularon ella y su “joroba” Sartre ya se ha escrito y pormenorizado. Abandono también una paja que me hacía –ay, ay- muy infructuosamente y sin ganas demasiado notables. Pajero y putero, ya que por eso riman.

Oigo golpear en la ventana una brisa fresca. Mi perra resopla mientras duerme. Voy por el tercer gintonic. El cielo es más blanco que azul. Los calcetines, caros y limpísimos y negros, me entibian cariñosamente los pies.

Eso desvanece momentáneamente mi pena por la lefa no eyectada.

Cristianismo

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No hay libro malo que no tenga algo bueno, declararon Cervantes y Plinio.

Buenos fueron Leon XIII, Juan XXIII, Juan Pablo II, Benedicto XVI, y muchísimos más, qué duda cabe. No presumamos de crestimoros («Es que si haber parecido / me jomento e me mojer /a ambos decir que las manos / besar, y quedar a ser / ni crestiano por el haz / ni moro por el revés /sino así, así, entre dos luces / cresti-moro» Calderón ) Y recordemos con Quevedo en “Virtud Militante”: «No solamente estas potencias son invidiosas unas de otras, sino de sí mismas. La memoria de lo que es un hombre, y no de lo que no era ni de lo que dejará de ser, más es olvido que memoria” [Citas amabas tomadas de las Obras completas de Quevedo y Calderón en Aguilar, Madrid, con edición del sabio Luis Astrana Marín)

Claro que la historia es poco más que los crímenes, locuras y desgracias de la humanidad (Gibbon), pero la historia, a mi ver, es la conexión de patrones de hechos resumidos en una versión. El historiador A da la versión 1, el historiador B la 2, el C la 3, etc… Hay que leer muchas y opuestas (Fontana o Hobsbawm son un tipo de historiador; muchos otros existen –y creo que infinitamente más capaces)

El sobrenombre de sans-culotterie alude a la vida del espíritu de trabajadores, tenderos, profesores, artistas, escritores, funcionarios menores y solo un puñado de ricos con deseos y pasatiempos de educación intelectual, orgullosos, dignos y serios, que se reunían para lecturas de Rousseau o Volney, y gozosos cantaban, discurseaban y disfrutaban de recitados a cargo de jovencitas. Vida del espíritu, sin duda. Me placería ser un sans-culotterie, con Concostrina, Vidal, o Fisas. Pero también me gustaría (fuera está de mis posibilidades) leer a Michelet o Mommsen (ars longa, vita brevis) Carlos Fisas leía hasta dejarse las pestañas pestiños o ladrillos para sacar perlas de ahí. César Vidal, con un ruso aprendido por correspondencia, tergiversa y manipula con deshonestidad consciente.Cualquier época histórica debe ser vista con benevolencia por parte del historiador. EL circo romano, el gineceo, los Borgia, las monarquías absolutas, etc… Las anteojeras y prejuicios de nada ayudan.

Mi profesor Francesc Fortuny (más que genial) nos hablaba de Cicerón como de su vecino del quinto, discutiendo y viviendo a fondo con él tal tertuliano sobre Messi. Eso es ser benevolente con la historia.Todos hemos consultado los diez volúmenes malevolentes de la “Historia criminal del cristianismo” de Karlheinz Deschner. Es una versión. Él mismo nunca ocultó que el motor de su opus magnum era el odio, como un novelista que necesitase la fotografía de su archienemigo en las letras como semilla donde pudiese brotar su inspiración.

Cuando Akbar el Grande asciende al trono del Imperio mogol en India, el arte persa e indio se fusionan creando un estilo único. El estilo cristiano es único. Cúpulas románicas sobre pechinas y sobre trompas, escuelas episcopales que derivan en Universidades, asombro y estupor ante miles de abadías, iglesias y catedrales. Cristianismo es el pontificado de Constantino I, hombre hábil para los negocios y de gran energía, a quien el miedo (padeció graves acontecimientos) jamás venció. Y el fresco del siglo XIII en la iglesia inferior de la Gruta Sagrada de Subiaco. O aquel pequeño capuchino de quien nadie creyó capaz al principio que arrancara muchos pelos de las barbas de los turcos y logró la decadencia de su amenaza salvando así (o no ahogando) a la civilización europea -me refiero a Inocencio XI. No son mis Papas preferidos, pero quise aplicar benevolencia metodológica y no odio (y además no mentir)

Impulsar la economía, renovar el comercio, exigir lealtades y valores –todavía a contrapelo de la palpitación moderna- pero que son pilastras de granito y mármol de la civilización, acabar con lacras históricas, hacer el bien, ayudar y proteger, patrocinar el arte y la cultura y conservar el saber secular, en fin, me aburre repetir evidencias, son beneficios indudables que, entre otros, debemos al critianismo.

Alberti, en De pictura, afirmó de la basílica de Santa María de Fiore: “Esta construcción enorme que se eleva hacia el cielo es tan vasta que podría cobijar a toda la población de la Toscana bajo su sombra” Si no crees en Dios y bellezas sublimes iguales, probablemente creas (te cobijes) en Ignatius Farray, las Twanda Rebels, Puigdemont, el animalismo histérico, el anti-taurinismo, el veganismo, el anti-tabaquismo como destino en lo universal, y otras religiones de sustitución.

No he dicho nada original. El primer paso de la lucidez está en admitir, con buen humor, que nuestras ideas no tienen por qué interesar a nadie. El suicidio más acostumbrado en nuestro tiempo es pegarse un tiro en el alma. Los hombres son menos iguales de lo que dicen y más de lo que piensan. El que se cree original solo es ignorante. Yo creo en Dios por eso, y algunas cosas más.