En las catacumbas

group hand fist bump

Es desolador viajar en avión o metro y ver a tutti quanti embebidos en los ocios tecnológicos, fagocitados por las cuitas del telefonino, ahuecados en el turbio colchón mate y negro de la pantalla. La literatura, la lectura, son viejas damas achacosas, victorianas y antediluvianas, el libro es un dinosaurio del pleistoceno, una reliquia inútil, el escritor un pelele de pacotilla. Donald Saason o Sasoon (no recuerdo bien) en su voluminoso libro Cultura. El patrimonio común de los europeos, relata el periplo de la cultura como mercancía. Su último capítulo dedica páginas y páginas a la televisión, el cine, la radio, y un epílogo flojito a Internet. Pero la cultura como mercancía no es lo mismo que la cultura como perfección y enaltecimiento noble del alma. La cultura como producto de las industrias creativas -incluidas, claro, las tecnológicas- no es igual que la cultura como almanaque eterno de lo bello y bueno perfecto, de lo bello perfecto y verdadero. Lo sustantivo o crucial de la cultura es la qualitas, no la quantitas, no se olvide el distingo.

Pero yo persisto como un último mohicano en mis catacumbas. Como un piel roja entre pazguatos hombres blancos borrachos de güisqui y de orgías consumistas. Como un minúsculo verde de musgo en un inmenso, total océano yermo. Vivimos una Edad Media Tecnológica, una Era Gris de Internet, un Medievo de Pantallas y Píxeles. Este blog, siguiendo la literalidad de su nombre, se declara contestatario, contrario, opuesto, contradictorio a los hábitos, modos y costumbres. Léase pues enciclopédicamente, dieciochescamente, y después que el lector desempolve su peluca.

Ojalá nunca hubiera nacido contiguo a esta Mema Máquina Universal. Ojalá escribiera con pluma de oca untándola en tinta de calamar.

Ojalá no hubiera nacido nunca aquí y ahora.

No fame; vive oculto.

bare tree in the middle field covered in snow

Yo nací y me crié en medio de una burguesía muy rica, pero tan hacendada como culta. En mi casa se vivía intensamente la cultura, y más por ser una burguesía provinciana. Hasta más allá de los veinte años nunca me subí al bus o al metropolitano; era niño y adolescente de taxis. Pero una serie de imponderables e infortunios hicieron que se cambiasen las tornas, y a partir de ahí conocí el alma popular. Y de las muchas (múltiples) cosas que me sorprendieron es que ínsito en las creencias y fantasías populares estaba el deseo de fama, de popularidad, de no ser anónimo; veían como un don ser un futbolista internacionalmente, mundialmente famoso, una dicha ser una estrella del pop conocida urbi et orbi, el no va más poder ser un cocinero o un aristócrata cuyas vidas se relataran con todo pormenor en el papel couché.

De ahí al excremento de Gran Hermano solo hay un paso imperceptible y natural. Pero qué estúpido es ese exhibicionismo y qué insustancial ese morboso deseo de reconocimiento. Epicuro de Samos, perspicuamente, aconsejaba vivir a escondidas, vivir oculto. Horacio y Ovidio reformulan esa idea. «Nec vixet male qui natus moriensque fefellit», Horacio, «No se da mala vida quien de nacimiento a muerte pasa desapercibido». Mejor no podría ser dicho. O bien Ovidio, «Bene qui latuit, bene vixit», «Quien bien se esconde, bien se da». Maravillosa -y certera- observación. Los andrajosos punks tenían la nihilista divisa «No future»; mucho mejor: «No fame».

Elogio subido de la literatura

assorted books on the shelf

La representación lógica de un objeto literario puede ser ambigua, indeterminada, difusa, paradójica. A lo mejor el significado emotivo (el sentimiento) asevera que p, y en cambio el significado cognoscitivo -la idea- hace una aserción de no-p. El énfasis de la expresión literaria puede transgredir leyes lógicas  o intuiciones racionales. Nuestras meditaciones metaliterarias (conceptos sobre la naturaleza de la literatura) afectan a la naturaleza literaria de lo leído. Hay bucles y alusiones entre los diferentes niveles de lectura. Porque la literatura, al igual que la mente, es recursiva y guiada por una especie de fuzzy logic.

En estos tiempos de televisión apabullante, astronómico Internet, memos videojuejos, haxix y coca y erotismo publicitario, en estos tiempos idiotas y carentes de interés, para algunos -cada vez menos- la literatura no es letra muerta sino razón de vivir. Yo no vivo la literatura como un académico o como una disciplina escolar, sino como un brote de la vida, como una rama verde y fresca de la vida. Mi imaginación está atravesada de literatura, mis íntimos consuelos son literarios, mi placer mayor es sentarme a leer un muy gordo libro. Aquella actividad que merced a un acúmulo o registro de experiencias, engrandece el yo y aquilata la conciencia, que elucida el sentimiento ético, que provee de orientación sapiencial a los significados, aquella actividad que suma placer al conocimiento y conocimiento al placer, que consuela y multiplica, cuya extensión es cualquier posibilidad, cuya intención es la del espíritu universal, que aguza la vida al percibirse en ella lo difícil y el matiz, a esa actividad semidivina yo la llamo «literatura». O sea, a una catarsis por la belleza, a la felicidad del hallazgo expresivo indiscernible del atributo de la perfección, a la aprehensión de la pluralidad, a la fertilidad de lo singular, a lo ambiguo lógico y a la lógica de la ambigüedad, en resumen, a la crítica de la vida.

Así yo lo veo, la literatura es una crítica o comento de la vida, una serie de vínculos hipertextuales sobre la vida, una redacción o conversación infinita acerca de la vida. Mala literatura es mala vida, mala pintura de la vida (erotismo difuso y explícito, culto adocenador al dinero, presencia de «las cosas» en lugar de las ideas, servil condición lacayuna del alma, esquematismo cognitivo resuelto en píldoras de filosofía barata o en anabolizantes didácticos pedestres, folletinesca visión de los grandes acontecimientos, etcétera) En una gran novela toda norma se puede generalizar y todo detalle puede convertirse en norma. En toda mala literatura el sentimiento se convierte en tópico, el honor en honrilla, el ideal en evasión, y los buenos y malos aparecen en separación tajante, terminante, última y definitiva, como en un catecismo infantil.

Que el delicado pincel de Botticelli ilumine mis ojos, que las augustas Canzoniere de Petrarca iluminen mi mente. Como preguntó Charles Du Bos «Sin la literatura, ¿Qué sería de la vida?».

¿Cómo y por qué leer?

woman in black top holding a book

Sopesar para dirimir, inferir para probar, certificar para deducir, ejemplificar para inducir, eso hace el buen lector, mezclar lo leído en su mente y destilarlo para sí en sus posibilidades de verdad y en la validez de sus esquemas o pautas o moldes de razonamiento. El buen lector aclara las aguas oscuras, amansa las aguas borbotoneantes y de turbia violencia, y , si el juicio es perspicuo e inteligente, dibuja con los juicios leídos la figura de su propio juicio. Y el proceso no necesita de jergas ni academias, de obiter dicta oraculares, de jeremiadas abstrusas y proféticas; todavía cuando la mente del lector sea o propenda a lo barroco -tal mi caso- el envés del tapiz tiene una hilatura de geométrica sencillez y claridad. Todo lo que se puede decir se puede decir claramente o en un sistema adecuado de símbolos. Todo lo confuso amenaza con una acusada ininteligibilidad. Todo reparto aleatorio de cartas es caos en la mente, marcas de tinta sin significado en el papel o el corazón. La costumbre de lo nuevo farragoso es tan perniciosa como la repetición obsesiva de lo viejo archiconocido. La mente tiene unas necesidades naturales de luz y belleza como la luna de diamantina oscuridad. La incandescente intensidad de la luna es como la respiración armónica de los párrafos y epígrafes, el lúcido desparpajo de la luna es como lo leído que fluye por nuestros adentros con majestuosidad de zarina y humildad de campesina. Leemos para incrementar el don del discernimiento, elaborar nuestra personalidad, advertir lo eterno y lo efímero de los elementos del alma, leemos para soportar la vida en silencio y soledad (una de las más avispadas y eficaces terapias del yo) Leer es vivir y ver claro, poner la maquinaria de la mente para leer y poder vivir con los ojos abiertos, para poner a la vida una mullida y acolchada protección. Leer no es el banal entretenerse con un best-seller o matar el tiempo como cuando estamos frente al televisor o con un videojuego. Leer es atarse a imponderables, pretender resolverlos, y acabar siendo afín al sabio. El estado de la mente tras un buen libro es muy diferente que «antes» de haberlo leído (de modo similar a como el estado de la lengua castellana es diferente «después» de haberse escrito El Quijote) Un buen libro es una semilla que germina; un libro que no hace brotar plantas de interior es ese test que convierte al libro en mercancía -y encima prescindible- Leamos para sopesar lo importante, dirimir lo excelente, mezclar en nosotros lo sublime, ejemplificar las grandes o pequeñas palabras esclarecedoras, advertir los argumentos sólidos y la envolvente filosofía perenne. Leamos a favor de un incremento de los fundamentos y jamás para disminuirlos. Leamos ciegos para la liviandad del instante este romo y mercachifle. Intensamente (pocos pero muchas veces leídos grandes libros), o in extenso (navegando gozosos por los milenarios y abundosos eslabones de la tradición) Leamos como una política forma de resistencia frente al ruido, la megalópolis, el gregarismo, la máquina, el arte moderno, la política y el fútbol, el turismo, el deporte y el machismo, Internet y los conglomerados. Como si estuviéramos aislados en una cabaña en mitad de un prado nevado allá en la más honda Laponia.

Ontología

astronomy cosmos crater lake national park dawn

Mi propuesta ontológica acerca de lo que hay en el universo sería como una n- tupla U=<a, b, n, i, p, e, ?> donde «a» equivale al conjunto de objetos físicos situados espaciotemporalmente -sillas, estrellas, árboles, átomos. donde «b» equivale a los objetos abstractos, la belleza, la bondad, el mal, el amor etcétera, «n» equivale al ancho universo matemático, donde los objetos matemáticos, números, triángulos, cotangentes, ecuaciones, tienen el mismo vigor ontológico que los datos de los sentidos, amén de su objetividad irrefutable, y de su rocallosa certeza, «i» equivale a las ideas y productos culturales, tanto ideas filosóficas, estéticas como científicas y biológicas, «p» y «e» significan en esta abarrotada, densa y barroca metafísica, alternativamente «procesos» y «eventos» y son los potencialmente e imponderables agentes de cambio de la realidad y las ideas -si me leyera Lucrecio los llamaría «clinamen»-. Y, por último, «?», significa la hipótesis de un Ser Supremo, o bien un Uno, o una Energía Dimanante, o bien un Dios subyacente e inmanente, estructurador y motor de las distintas entidades de este florilegio existencial. El alma o espíritu humano lo considero una manifestación o subgrupo de «b» ó «i», o bien de «p» y «e».

Pues bien, y disculpen el fárrago del párrafo anterior, perdonen filosofemas de diletante; sepan que cuando yo contemplo desinteresadamente las leyes del universo que figuran los componentes antes mencionados, cuando oigo al lobo en mitad del risco, cuando cae la nieve invulnerable a la maquinaria de la fábrica y al alquitrán o asfalto de la carretera, cuando mi soledad demuestra que al mundo le gusta ocultarse pero es íntimamente racional, cuando de la rosa se infieren los más potentes teoremas del porqué, cuando mido las expresiones de mi vida y advierto algo jocoso y apesadumbrado que demasiadas son indecibles al patio y la corrala, y me las guardo solo decibles para mí en un oriente engastado a nubes de rítmica armonía, si yo me digo que mi axioma es «la semilla es verde, la fuerza del tallo es verde», entonces se aquieta mi alma menuda y me anudo a los engranajes del orbe como un cometa se hila a la gravedad del planeta que le atrae. Ser. Ser y basta. Ser y basta y nada más. Ser redondo y vegetal. Una vida falsa implica cualquier mala vida. Ex falso sequitur quodlibet. La Historia de la Verdad es la historia del Sol. Y la Historia de la Razón es la Historia de la Luna.

Contra el populus o sobre no seguir a la multitud

people having fun on concert

Nadie puede amar la verdad y el bien si no odia las multitudes. Giordano Bruno. Yo odio la chusma irreverente y la mantengo alejada de mí. Horacio. Sí, el vulgo espeso y municipal, la calle llena de gente con su vilísima honradez, las hordas futboleras y la furibunda gentuza fabricada a máquina y a golpes de televisión y no a mano y no tampoco con mano divina, el terrible inculto e ignaro sentando cátedra, la democracia de cabezas demócratas ralas y buidas, la falta de gusto y la plebeyez de los ricos, los filisteos burgueses feos, los brutos proletarios sucios, todo conspira contra la luz de almíbar de la inteligencia. Me queda la patria de mi biblioteca selecta, la seda, natura y el mar. Sí, seré demócrata y multitudinario cuando la tertulia del bar hispánico sea indistinguible de un salón de Madade du Deffand. Mientras, el escarnio a la mayoría y la soledad mía dulce como un delicado helado tutti frutti.

Papá

couple hands on shoulder beside plant

Ahora educan las discotecas, Facebook, la pandilla, Instagram,
el haxix, la televisión, los videojuegos, te lo juro papá.
Nadie ayuda con su propio bolsillo a los necesitados,
los gustos no se avienen con las opiniones,
la ropa y los labios de la gente recuerdan sus malas horas,
la risa no es un astro de la galaxia,
no se soporta el castigo ni el útil consuelo,
los secretos y las virtudes no se guardan bajo llave,
Nochevieja es una vomitona universal.
El ardor no se acomoda con la razón,
se apaga la estrella de Dios en un vacío de juglerías,
los cangrejos de las tabernas de Sitges ahora saben insípidos,
pero mamá se viste como una señora del siglo XIX si vamos a cenar…
Este mundo no sería tu tipo; ni es el mío, la duda ofende.
Los pensamientos se expresan fuera de las elegantes palabras,
el decoro es un mineral insólito,
el cielo es un juicio poco falaz de gasolina de avión feo,
la plebeyez de turistas un insoportable tsunami,
la neblina de Zara un turbión de gas que no deja respirar.

Os agradezco la tradición, el stylo que me legasteis. Las clases
de pintura y música privadas, la fe que en mí vive.
Cuido mucho de mamá. Y mucho te echo de menos.
Cuido de mamá y cuido también el desdén robusto, solidísimo, que siento por esta realidad abyecta.
Ahora educan porros, discotecas, facebooks…

Habla el viejo Jenófanes

stonewall palace

Me conocéis -mal- como viejo oligarca,
pero otorgo a Atenas la democracia. Invisibles, inobservados, otros oligarcas
con vosotros se repartirán la hacienda arruinada.
Nuevos oligarcas como vosotros esquilmaréis la riqueza
y la polis será lugar predilecto para el mal, el desorden y el latrocinio.

Permitidme os deje. Vuelvo a cultivar mis camelias en mi villa,
a mi silencio sin respuestas,
a mi razón que quieta divaga,
a tamborilear paciente mis dedos sobre las hojas del tulipero y el imperialis.

Nada os debo; al cabo, mi riqueza es de estudio, azar y cuna,
y sobre los guijos de esa playa no he de tender mi toalla,
y Colau y Carmena, en mi orbe, menos reales que orientales alquimistas.

Gloria, arpegios, lunas amarillas de juventud y loor a Shakespeare, a Cézanne, a Charly Parker, a Teócrito y Safo, a Eurípides y Praxíteles, a Empédocles y a Heráclito, a Fedro y Lisis, a Homero e Ingrid Bergman
.
La guerra de la noche no se nutre de prisioneros, sino de Pensamiento y Belleza.
El día de la noche no es avulgarado ni triste, es viento subido a huracán, es hojarasca de serena, clorofílica, brutal, elitista, daimónica Belleza. Id, si os gusta, a sentaros en el último escalón.

Porque todo democracia conspira contra el gusto, y a mi edad es impío ser lacayo del número..

Porque el prodigio descree del voto y la asamblea.

Biblioterapia

library university books students

Día ventoso, hojaldrado de aguanieve, frío de temperatura, invernal y temeroso. Los fines de semana no se puede escuchar la radio, repleta de cutres retransmisiones deportivas, un avulgarado panes et circenses universal. El pueblo siempre será un eterno menor de edad. Escucho radios francesas e inglesas; ah la maravilla de Internet. Estuve leyendo a la mañana las reflexiones del gran editor alemán Siegfried Unseld, y por la tarde un manual ameno y popular de biblioterapia. Los actos lingüísticos, si no recuerdo mal, tienen una dimensión perlocutiva, la capacidad de incitar a la acción al receptor del mensaje lingüístico. Otra manera de verlo es advertir que en la ficción novelesca participamos de una experiencia a la vez que observamos esa experiencia. De estas particularidades se infiere que la literatura puede ser una fuente de consuelo, que la sabiduría de un pensamiento, un punto de vista, un personaje, se puede transferir del papel a nuestro espíritu. Leemos para sumergirnos en kalós, en el reino de dioramas de luz de la belleza, leemos para sumergirnos en eidos, el reino majestuoso del intelecto y la idea, y leemos también para empaparnos de sabiduría, para elucidar y dilucidar nuestros misterios y turbiedades, nuestras penumbras y preguntas. Toda lectura reflexiva, atenta, minuciosa, juiciosa, crece como un manantial de agua al deshelar la montaña. Leer es una forma de saber estar solo, de aprender a estimar, de sopesar juicios, y de formar una personalidad.

Las referencias bibliográficas mencionadas son:

Siegfried Unseld, El autor y su editor, Taurus

Ella Berthoud & Susan Elderkin, Manual de remedios literarios, Siruela / Círculo de Lectores.

 

Libros sobre libros

assorted books on shelf

Día lluvioso, con nubes tertulianas, borbotoneantes, que “grinyolen”, como se dice en catalán, que “dringuen” como también se dice en esa lengua románica, que “espateguen”, “s´esmuneixen”, día lluvioso con un blanco en el cielo de papelillo de cigarrillo requemado. A la mañana, o por la mañana, me leí el libro de Mikita Brottman, Contra la lectura. Es un libro que en tono desenfadado habla, desde un incombustible amor a los libros o bibliofilia, de algunos de sus peligros, como que te recluyas en una especie de campana pneumática aislada, que una fuerte experiencia libresca empiece a nublar tu juicio –bovarysmo, donjuanismo, hamletismo- ya que no has desarrollado tu facultad perceptiva al hilo del mundo y sus ordinarias experiencias entre “ordinary people”. Asimismo la autora habla de modos y manías lectoras, de lo ridículas –a su juicio- de las propensiones apocalípticas que proclaman algunos humanistas literarios, y también intenta desacralizar a los clásicos y el deber institucionalizado por la escuela y la Universidad que predican acríticamente su bondad y exigen leerlos canónicamente. El libro se parece mucho en sus conclusiones o tesis al ensayo de Daniel Pennac, Como una novela, y muchos de los mandamientos o decálogo de los derechos del lector que enumeraba el francés coinciden con los ideales de la autora estadounidense. Hay que ser un lector hedónico, los “otros” no son semi-simiescos por el hecho de no leer o bien leer novelas románticas y best-sellers, los libros no son sagrados ni el mejor de los objetos idealmente creados por el Hacedor o el Universo. Si alguien lee este blog –lo que dudo- les diré que yo clasifico mi pasión lectora en tres estanterías simbólicas, a saber, (1) libros de lectura obligatoria (2) libros de lectura opcional y (3) libros de lectura sugerida. Los del apartado (1) son libros que tengo que leer antes de que me muera –leemos frente o contra la muerte, no se olvide- y los del apartado (3) libros que no pasa nada si no los leo antes que la espiche. Al cajón (1) necesariamente no deben ir los clásicos universales de la literatura ni a (3) los detritus de la historia de la literatura de la imaginación y la inteligencia. Me gusta lo bueno y detesto lo malo, tal es el quid del gusto, pero hay una dimensión de curiosidad arbitraria en mis gustos y paladar. No todo es nouvelle cousin frente a McDonald´s, a veces hay cocina de la abuela muy apetitosa y nutritiva. El libro de la Sra. Brottman se lee enseguida, así que deglutido ya, me apetecía un poco más de libros sobre libros, de libros cuya galaxia referencial fuesen también libros. Entonces empecé a leer Los raros, de Gimferrer, en Bitzoc, y Diario de un librero, de Shaun Bythell, en Malpaso. El libro de Gimferrer tiene una suntuosa prosa joyante y sinuosa, almibarada y oriental, como de salterio y grimorio, demorada y de bujía anochecida proustiana, Una quintaesencia de esplendores de ajenjo, de historiados tirabuzones de espuma. Desde memorias dieciochescas y crónicas de indias hasta oscuros poetas modernistas todo pasa por el tamiz subjuntivo y entre paréntesis del barcelonés. Un abalorio de marfil, un diorama de luces es el espléndido libro tributo del de Verlaine, Los poetas malditos, y el de Rubén Darío, también intitulado Los raros. El libro de Mr. Bythell es una crónica jocosa y bienhumorada de los placeres y días y disgustos de un librero de viejo escocés. Ameno, transparente y solar, pese a la pertinaz llovizna británica. Vale la pena leerlo para no caer en utopías ni falsos idealismos sobre el noble oficio de librero (si uno desea hacerse rico más que vender libros que venda cemento o alfileres de corbeta o coches o silicona o petroleros. Enfín. C´est le monde…)